Argentina: primavera militante

viernes, 3 de enero de 2014
BUENOS AIRES (apro).- Alex Sabbatini vive el momento más trascendente de sus 22 años de vida. Son las diez de la mañana del 10 de diciembre de 2013. En la sala de conferencias de la Comuna de Uranga se apiñan unos 70 de los mil vecinos de este pueblo, situado en la provincia de Santa Fe, a 280 kilómetros de Buenos Aires. Las persianas americanas bajas y el aire acondicionado protegen a los asistentes de un calor que comienza a apretar. Las lucecitas redondas embutidas en el cielorraso ofrecen una iluminación agradable. En una de las paredes cuelgan fotos de los jefes comunales de las décadas pasadas en sus marcos originales. En algunos años colgará también aquí la foto de Alex Sabbatini. El muchacho jura ahora como jefe comunal. Recibe el aplauso cálido de los presentes. Sabbatini es el alcalde más joven de todo el país. “Feliz, la verdad que muy contento, porque comienza una nueva etapa donde vamos a demostrar que con una población unida y un trabajo de transparencia se puede”, dice el joven a Apro. “Esperamos concretar todos los proyectos que hemos presentado en la campaña, como la continuidad de la obra de cloacas y la escuela de enseñanza media para adultos”, dice. “Queremos una comuna ordenada, un pueblo limpio, con unidad, con cultura, con educación.” De pelo corto, estatura baja y escasos 58 kilos, Sabbattini derrotó en las elecciones a la candidata kirchnerista. Durante la campaña electoral, recorrió casa por casa todo el pueblo con una libreta de apuntes en la mano. Cree que es posible alcanzar cierta armonía entre sectores de intereses divergentes. La propuesta de una escuela para adultos responde a una problemática extendida en Argentina. En la actualidad, según datos del Ministerio de Educación, 550 mil adolescentes de entre 13 y 19 años no concurren a la escuela Sabbatini viste saco negro, jeans, camisa a cuadros sin corbata. El joven pertenece al Partido Demócrata Progresista, hoy casi extinto, opositor al gobierno de Cristina Kirchner. Su militancia política, que comenzó hace tres años con campamentos y cursos de formación política, responde, sin embargo, a un fenómeno surgido a partir de la presidencia de Néstor Kirchner en 2003. En la década neoliberal de los noventa, que desembocó en la crisis terminal de 2001, la juventud argentina experimentó una etapa de descreimiento y apatía. El proceso abierto por los Kirchner logró que muchos volvieran a creer en las políticas de Estado y en la militancia como herramientas de construcción política y social. “Es bueno que se les dé este espacio a los jóvenes, que se les dé la participación, y no solamente la de pintar un pasacalles o pintar una pared o salir a repartir folletos, sino que encabecen una lista, que participen, que propongan ideas y que sean líderes dirigentes”, dice Sabbatini Y prosigue: “Creo que le hace muy bien a la política eso. Lo tomo bien, con alegría, y por supuesto con un compromiso para que se sepa que la juventud puede gestionar una comuna, un municipio”. Sabbatini es requerido por los grandes medios de Argentina. Su elección como alcalde ha otorgado a este ignoto pueblo una impensada presencia en la prensa. Uranga tiene sólo cuatro calles asfaltadas. La mayoría de sus 350 familias viven del campo. En invierno se siembran arvejas. Ahora, en verano, es el turno de la soya transgénica. Los productores son los mayores contribuyentes de la comuna. Sabbatini no planea confrontar con ellos. Cree que es posible evitar daños a la salud y el medio ambiente controlando la aplicación extensiva de agroquímicos alrededor del pueblo. Poco cuesta imaginar que Lisandro de la Torre, el fundador del partido en el que el joven hoy milita, se hubiera opuesto a este negocio controlado por las multinacionales que producen las semillas y los agroquímicos. De la Torre se suicidó en 1939, después de haber denunciado, en 1935, las cláusulas secretas de un contrato de exportación de carnes argentinas a Gran Bretaña. Los frigoríficos y transportistas ingleses eran entonces los grandes beneficiarios. Una de las asistentes a la toma de posesión de Alex Sabbatini es Lorena (nombre cambiado). De jeans y blusa negra ceñidos al cuerpo, sandalias con tacos, el pelo negro y lacio hasta la cintura, la joven no se considera amiga del nuevo jefe comunal. Sí compartió con él el jardín de infantes y las escuelas primaria y secundaria. Sabbatini interrumpió sus estudios de ciencias políticas para asumir el cargo que ocupa. Lorena espera recibirse de ingeniera industrial en 2015. “Yo estoy totalmente de acuerdo que una persona joven esté a cargo de la comuna”, dice ella a Apro. “Acá en el pueblo hubo muchas críticas en cuanto a la edad que él tiene. Yo tengo su misma edad. Si Dios quiere en un año o dos termino. Y me pienso con responsabilidades en cuanto a una empresa como él va a tener en cuanto a la comuna”, especula. “Yo me siento capacitada para llevar a cabo esas responsabilidades y creo que él, en cuanto a su carrera política, está totalmente capacitado para llevar esta responsabilidad porque es muy eficiente, muy responsable, muy capaz”, sentencia. Jóvenes originarios Para Cintia Arapa la militancia política es sinónimo de lucha por los derechos de los pueblos originarios. La joven de 26 años es una indígena colla. Nació y creció en Rosario, la tercera ciudad de Argentina. Allí se afincaron sus padres tras emigrar de Salta, provincia que limita con Chile y con Bolivia. Cintia vivió los rituales indígenas desde niña dentro de la familia. Asistió a un colegio privado, de confesión católica, donde callaba su origen, por temor a ser discriminada. Arapa integra la mesa de trabajo de los Pueblos Originarios de Rosario. Este comité de crisis se reúne cuando alguna de las muchas comunidades indígenas en la ciudad sufre algún incidente grave. Por ejemplo, la muerte violenta de uno de sus miembros. Las reuniones suelen hacerse en alguna sala del centro cultural La Toma, donde ahora se realiza la entrevista. El antiguo supermercado fue a la quiebra en 2001 y hoy es gestionado por 28 de sus exempleados. Es una de las 300 “empresas recuperadas” que hoy funcionan en Argentina. En el centro cultural se reúnen unos 80 colectivos de la ciudad, incluyendo los organismos de derechos humanos, algunas cooperativas de artesanos, la asociación de actores. En el gran hall del antiguo supermercado hay mesas y sillas de bar. Alrededor hay locales y pequeñas salas de reunión. De modos suaves y largo pelo negro, Arapa usa pantalones de mezclilla y camiseta beige. Sus lentes de marco delgado convienen a su timidez. “Con el tiempo fui asumiendo de donde provenían mis raíces”, dice a Apro. “Y lo hice saber. Pero no durante la escuela sino cuando estudié en la facultad”, explica. “En primer año de la carrera de licenciatura en antropología dije que provenía de una comunidad de pueblos originarios, y que estaba militando con la juventud indígena”, refiere. “Entonces se sorprendieron, mostraron respeto, y noté que era distinta la visión que cuando yo era más joven”, sostiene. “Era mejor asumirlo de joven y enfrentar esa situación, pero a lo mejor de joven yo no tenía esa fortaleza”, cuenta. Según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos, 600 mil argentinos se reconocen hoy como indígenas o primera generación de sus descendientes. Hasta no hace mucho la palabra “indio” era usada en Argentina a manera de insulto. En los últimos diez años, la problemática indígena ha logrado una enorme visibilidad. Sus demandas son difundidas por los medios. El otorgamiento pleno de derechos choca, sin embargo, con la expansión de la agricultura transgénica y los proyectos mineros, que contaminan sus territorios. Arapa ha participado en el proyecto de ley para la creación de una Universidad Nacional Intercultural Indígena, que se presentó en junio de 2013 en la Cámara de Diputados de la Nación. La joven escucha con atención. No dice una sola palabra de más. Tuvo que dejar los estudios para asegurar el sustento. Suele concurrir a encuentros de pueblos originarios en todo el país. “Necesitamos también contactarnos con nuestras comunidades y ver las diferentes problemáticas y también ver cómo podemos ayudarnos entre nosotros porque es la misma problemática que tenemos: tierra, salud, los idiomas”, sostiene. “Es un trabajo muy duro que nos toca ahora a los jóvenes encarar este problema.” Cintia cuenta que sus padres dejaron de hablar el quechua y ya no lo transmitieron a sus hijos debido a la discriminación y los castigos corporales que sufrieron de niños al hablarlo en la escuela. “Nosotros como pueblos indígenas trabajamos para que no se pierda la cultura, pero también sabemos que los cambios se hacen políticamente”, explica, al ser consultada acerca del sentido de su militancia. “Tenemos que insertarnos en la política para lograr esos cambios, que son muy difíciles, porque es cambiar toda la mentalidad occidental, ir contra todo ese aparato”, sostiene. “Sabemos que no es fácil, pero vemos que se está tomando conciencia. Y que cada vez hay menos tierra, cada vez más gente”, grafica. “El consumismo no nos lleva a ser mejores sino a como devorarnos unos a otros, por querer más”. Juventud K Los protagonistas más destacados de este resurgimiento de la participación política de los jóvenes son sin duda los militantes del kirchnerismo. Entre sus agrupaciones figuran La Cámpora, Kolina y el Movimiento Evita. Juan Irigoitia tiene 22 años. Estudia y milita en la Universidad de Rosario. A la vez es uno de los responsables del centro cultural Empalme Norte, en Empalme Graneros, uno de los barrios con mayor presencia de pobreza y narcotráfico de la ciudad. El centro cultural dispone de una biblioteca con 2 mil libros de texto para escuelas de primaria y secundaria. Hay también computadoras con acceso a Internet. En las paredes cuelgan pósteres de Juan y Eva Perón, de Néstor y Cristina Kirchner. El galpón contiguo tiene piso de cemento y techo de lámina. Allí se ofrecen semanalmente clases de apoyo escolar y talleres de danza, música, albañilería, electricidad, kung fu. En la noche del viernes 20 de diciembre los chicos acuden con padres, hermanos, abuelos. Las paredes se han ornamentado con banderines y guirnaldas de colores. Se han montado largas mesas en la vereda para los más de 100 asistentes. Micrófono en mano, Juan Irigoitia anuncia el comienzo de la muestra de fin de año. Luego coordina un juego con 20 chicos y chicas. “Estamos cerrando el año acá en la biblioteca, con gente de todos los talleres haciendo su presentación”, explica. “Hay mucha alegría, parece que nos estamos divirtiendo, que es lo fundamental”, dice. “Y empezar a construir estos ámbitos de socialización, de cercanía con el otro, que nos encontremos, que podamos –a partir de la música, del arte, de compartir una comida– acercarnos y construir juntos algo, que no sabemos muy bien qué es, pero sabemos que es bueno”, dice. Los espacios de confluencia social entre personas de las clases media y baja son escasos. Ante el avance de la inseguridad y los delitos violentos, desde los grandes medios y las redes sociales se critican los subsidios estatales que reciben los más pobres y las políticas de seguridad que garantizan el respeto de los derechos humanos. Juan Irigoitia interactúa con naturalidad entre los niños y sus familiares. Privilegia los resultados del proyecto al placer personal que siente por llevarlo a cabo. Ese sentimiento épico que la joven militancia kirchnerista expresa en sus actos masivos pasa aquí a un segundo plano. Históricamente, Emplame Graneros ha sufrido inundaciones debido al desborde del arroyo que atraviesa el barrio. Es una zona de casas bajas y pequeños talleres metalúrgicos. Hay también algunas villas miseria y la comunidad indígena Los Pumitas. La población del barrio es joven. Casi no se ven personas de edad. La circulación de motos es intensa. “Está todo bien con ellos”, dice a Apro Abel (nombre cambiado), de 20 años, un vaso plástico de cerveza en la mano, orgulloso de haber nacido en el barrio. “Solamente una vez entraron y se llevaron las computadoras”, dice, para recalcar el respeto que el barrio tiene por la biblioteca y la tarea de quienes la llevan adelante. Abel es bajo, de ojos claros y mirada vidriosa. Abandonó la escuela secundaria pero sueña con llegar a ser profesor de computación. La biblioteca es para él una ventana al mundo. En la esquina aparecen ahora cuatro motos. Cada una lleva a dos muchachos a bordo. Las ruedas delanteras se ubican en la misma línea. Como caballos prestos a iniciar una carrera. “Acá todo el mundo anda armado”, dice Abel. Cuenta que él anduvo un tiempo con una pistola. Tomó la decisión después de que una bandita lo sorprendió una noche en una esquina, mientras fumaba y tomaba cerveza con un amigo. Le hicieron sentir el caño del revólver en la axila. Se llevaron su celular. A dos cuadras de su casa funciona un “búnker” de venta de drogas. A las clases y talleres asisten niños y adolescentes de vida dura y capacitación baja. El narcotráfico los capta como clientes pero también les da trabajo. De los 900 mil jóvenes de entre 14 y 24 años que no estudian ni trabajan, los “ni ni”, como también se les llama en Argentina, el 80% proviene de barrios pobres como este. Es el turno de la muestra del taller de danza brasileña. El grupo está a cargo de una joven profesora del barrio llamada Erika. Lo conforman 12 chicas de entre cuatro y trece años. Lucen minifaldas y corpiños azules y rojos, con lentejuelas brillantes, al estilo de los carnavales en Río de Janeiro. El grupo baila tres coreografías en medio de un calor sofocante. El espíritu es de entrega antes que de exhibición. Juan Irigoitia se ocupa ahora del sonido. Está de bermudas, camiseta, zapatillas. De ojos azules y barba a lo Che Guevara, el muchacho irradia firmeza y sensibilidad. Fibroso como un deportista de elite, nada costaría confundirlo con algún actor de cine. Sus padres fueron militantes del peronismo revolucionario en los setenta. Aquella “Juventud maravillosa” –como la definiera el propio Perón– intentó guiar a este enorme movimiento social hacia una “Patria socialista”. Irigoitia, al igual que sus tres hermanos, se formó en la política desde que tiene memoria. “A mí me parece que como generación, de 20, 25 años, hay un gran miedo al conflicto. Hoy el discurso pareciera que tiene que ser generar consenso. Y generar tolerancia”, analiza. “Y quizá ese consenso hasta uno ni siquiera lo tiene con uno mismo. ¿Por qué ese miedo al conflicto?”, pregunta. “Yo pienso que si hay otro es porque somos diferentes en algo. Y eso va a generar tensiones. No en el sentido peyorativo. Yo creo que el conflicto, la tensión, la contradicción, son el gran elemento generador de lo nuevo”, dice. “Entonces me parece que como militantes hay que volver a poner el conflicto en el centro de la escena. Y no significa el conflicto agarrar de nuevo los fierros (las armas)… No, no: vos pensás esto, yo pienso esto, pongámoslo en tensión. Y ver cómo generamos nuevos conflictos, nuevas preguntas.” Escuelas sublevadas Para Paula Demarchi el debate político es cosa de todos los días. La joven de 17 años preside el centro de estudiantes del Colegio Nacional Roca en Buenos Aires. Pertenece a una agrupación que tiene presencia en muchas escuelas del país y que depende del Partido Obrero, de orientación trotskista. El progresismo de los Kirchner le resulta tibio, insuficiente. Lo ve como un aliado del PRO, el partido conservador liberal que gobierna en la capital argentina. Paula Demarchi lleva unas zapatillas de básquetbol verdes, jeans, una camiseta gris sin mangas, pulseras de color en ambas muñecas. Compacta, de cabello castaño recogido atrás con una gomita, la joven encabezó en septiembre de 2013 las protestas estudiantiles en contra de los nuevos programas de estudio que propone el gobierno de la ciudad a cargo de Mauricio Macri. Las multitudinarias marchas incluyeron la toma de 13 colegios de secundaria de la capital argentina. Demarchi cree que la falta de inversión educativa apunta simplemente a traspasar alumnos de la educación pública a la privada y bajar así el gasto del Estado en la materia. “Estuvo lloviendo en estos días y ayer en mi aula había goteras”, resume. Demarchi disfruta la pausa del mediodía junto a seis o siete de sus compañeros en la puerta de la escuela. Allí hay tres baldosas negras, de unos 60 x 30 centímetros, ornamentadas en los bordes con pedazos de cerámica multicolores. En letra blanca figuran 19 nombres. Junto a cada uno hay una fecha comprendida entre los años 1976 y 1979. “Fue una grata idea de algunos profesores, que se pusieron de acuerdo para hacer las baldosas recordando los nombres de los chicos desaparecidos durante la dictadura que cursaron en este colegio”, explica. “Y yo creo, personalmente, que la mejor manera de homenajear a esos compañeros, además de las baldosas, que es algo simbólico y representativo, es seguir su lucha”, sostiene. “Todavía tenemos pendientes muchísimas cosas por las cuales los compañeros peleaban. Por ejemplo el boleto educativo. Hoy el boleto educativo no existe. Encima nos aplican tarifazos”, dice, aludiendo al aumento del 40% que sufrió el precio del viaje en metro en noviembre de 2013. Demarchi lee en voz alta la lista de los alumnos desaparecidos durante la dictadura. Jóvenes idealistas, como ella misma, para quienes la democracia no se restringe a votar a los representantes cada cuatro años. La joven sufragó por primera vez en las elecciones legislativas de octubre pasado. Los adolescentes a partir de los 16 años disponen de ese derecho desde 2013. La dirigente estudiantil es hija única. Vive con su madre y el marido de su madre. Un muchacho le hace ahora señas de que allí la espera hasta que termine la entrevista. Demarchi no suele ir a bailar los fines de semana. Prefiere visitar a su padre, o hacer cursos de formación en su partido. Le gustaría dedicarse a la política. Desde allí quiere hacer su aporte hacia un cambio radical. “Yo, la verdad, sueño con que se termine la opresión del hombre por el hombre”, explica. “Eso es lo primero, como algo muy sencillo, que termina de encerrar cada cuestión por la cual yo milito”, dice. “Yo no puedo mirar para otro lado mientras están esclavizando a un obrero 40 horas al día. Voy a hacer algo y tengo la necesidad de luchar por eso”, sostiene.

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