De activista anticorrupción a gobernante de Nueva Delhi

viernes, 3 de enero de 2014
NUEVA DELHI (apro).- Como cada día el “líder anticorrupción” Arvind Kejriwal subió al Metro el pasado sábado 28 de diciembre y se dirigió a la explanada Ramlila, lugar habitual de protestas y mítines. El propósito de este diminuto hombre de aspecto de oficinista no era, como en otras ocasiones, agitar a las masas contra el corrupto sistema indio, sino jurar, ante 100 mil personas que entonaban canciones patrióticas, en el cargo de primer ministro de Nueva Delhi. Al frente del Partido Aam Admi (AAP, Partido del Hombre Común), este exfuncionario de Hacienda gobierna la ciudad más importante de la India con 17 millones de habitantes. Kejriwal ha logrado la improbable hazaña de convertir un movimiento de protesta en un partido político y alcanzar el poder. Su objetivo es cambiar a través de la política lo que no logró en las calles. “Si alguien les reclama un soborno, páguenlo y llamen a un teléfono que activaremos en dos días. Capturaremos al culpable”, dijo el exactivista vestido con un jersey azul y camisa a cuadros en la toma de posesión. Repetía así el mensaje anticorrupción que lo ha encumbrado en el poder. El escenario era el mismo donde Kejriwal lanzó junto al gandhiano Anna Hazare un movimiento de protesta en 2011, que se comparó con el 15M español y Occupy Wall Street de Estados Unidos. Los partidos políticos tradicionales le espetaron durante las protestas que el poder se cambia en el Parlamento y no en la calle. El poder le acusó de antidemócrata. Kejriwal fundó entonces el AAP y un año más tarde los partidos históricos y el poder tradicional lo observan desde la oposición. Kejriwal no ha ahorrado gestos simbólicos contra el elitismo de la clase política india. La familia del nuevo mandatario asistió al evento y se situó entre el público en lugar de sentarse en la cómoda zona reservada a las autoridades. Días antes rechazó la protección policial, las luces rojas de alerta en su vehículo y la vivienda oficial que el gobierno concede en función de su cargo. Vivirá en un apartamento. Un ejemplo que seguirán sus ministros. Y actúa con rapidez. Tres días después de jurar en el cargo cumplió dos de sus promesas: el suministro gratis de casi 700 litros de agua por hogar y la rebaja a la mitad el precio de la electricidad. Ha pedido una auditoría a las compañías de generación y distribución de electricidad para estudiar sus prácticas y sus altos precios. “¿Quién es Arvind Kejriwal?” El espectacular debut del AAP fue un “milagro” inesperado. La misma mañana de las elecciones municipales de Nueva Delhi, realizadas a principios de diciembre pasado, Sheila Dikshit, la todopoderosa primera ministra de Delhi desde 1998 con el respaldo del Partido del Congreso, despreció a su rival. “¿Quién es Arvind Kejriwal?, preguntó desdeñosa ante las cámaras de televisión. Cuatro días más tarde el veredicto era claro. Kejriwal venció a Dikshit en su propio distrito por una diferencia de más de 25 mil votos de 70 mil posibles. Dikshit se hundió y con ella la formación de la familia Nehru Gandhi. La formación chovinista hinduista Bharatiya Janata Party (BJP) ganó 32 escaños, el AAP logró 28 y el Partido del Congreso obtuvo ocho, tras 15 años gobernando la capital. El BJP rechazó gobernar en minoría y el AAP lo hará con apoyo externo del Congreso y un partido independiente. El político de 45 años había reiterado que no se aliaría con los otros partidos, a los que acusa de corrupción. Pero tras las elecciones celebró un improvisado referéndum en Delhi en el que participaron 700 mil personas a través de correos, mensajes de texto y llamadas. Un 74% de ellas estuvo a favor de que formase gobierno con la ayuda del derrotado Partido del Congreso, que gobierna el país. Para unos ha roto su promesa al aliarse con el Congreso. Para otros el referéndum es un gesto de su política cercana al pueblo. Aunque el Partido del Congreso apoya al AAP en el Parlamento de Delhi, ni Dikshit ni ningún miembro de su formación acudieron a la toma de posesión. Ese mismo día se cumplía el 137 aniversario de esta formación que ha gobernado a la India la mayor parte de su historia independiente y quizás decidieron no celebrarlo con el hombre que les ha infringido una de sus mayores derrotas electorales. El aparente rencor de Dikshit quizás se deba a que Kejriwal decidió presentarse en su propia circunscripción y la ha derrotado. Muchos pensaron que era el suicidio político del activista. Pero movimientos audaces como este y una campaña estilo “comando” obraron el milagro. Sin un gran presupuesto ni una maquinaria de partido como la de sus rivales, Kejriwal optó por métodos poco convencionales. Se inspiró en el sistema del presidente estadunidense Barack Obama para recaudar fondos por Internet y analizó cómo los participantes en las protestas árabes se comunicaban a través de Twitter y Facebook. Sin capacidad para pagar grandes carteles publicitarios en los que propagar su mensaje, se alió con los conductores de rickshaws (triciclos motorizados que son utilizados como taxis) para que pegaran en éstos sus carteles. Colocó anuncios humanos en lugares estratégicos de la capital. Un pequeño ejército de 120 mil voluntarios visitó casa tras casa para discutir los problemas de la gente común. Kejriwal también hizo lo que ningún político se había atrevido a hacer. Lanzó ataques contra el “establishment” político y económico del país. Señaló por sus oscuros negocios a Robert Vadra, yerno de Sonia Gandhi, la presidenta del Partido del Congreso y la persona más poderosa de la India; cargó contra DLF, la mayor compañía de construcción india, y contra el mayor conglomerado empresarial del país, Reliance Industries. El hartazgo Pero la clave de su éxito reside sobre todo en su campaña contra la corrupción. El símbolo de su partido es una escoba con la que limpia la corrupción que empaña el sistema político y burocrático indio. Una sucesión de grandes escándalos económicos ha creado un malestar sin precedentes entre la población en los últimos años. En 2010 se descubrió la concesión de licencias de telefonía móvil de forma fraudulenta por parte del Ministerio de Comunicaciones, que le costó al Estado 30 mil millones de euros. Dos años más tarde una auditoría pública reveló que empresas privadas obtuvieron 150 mil millones de euros de forma ilícita a través de explotaciones de yacimientos de carbón concedidas sin subasta. Son dos casos de una larga lista. Pero en el país asiático la corrupción no sólo se da en las altas esferas. Lo empaña todo: para obtener un pasaporte es necesario pagar un soborno, al igual que para un certificado de nacimiento o defunción, conseguir plaza en un colegio público, que atienda un médico de un hospital del gobierno, el pago de la pensión... Y sobre ese cansancio público contra la corrupción, Kejriwal ha cimentado su carrera de activista y político. El activista nació en 1968 en el pueblo de Siwani, en el estado de Haryana, a unos 200 kilómetros de Nueva Delhi, en el seno de una familia culta de clase media cuyo único medio de transporte era un ciclomotor. En 1989 se graduó en ingeniería eléctrica en uno de los prestigiosos Institutos de Tecnología de la India. Se unió a la multinacional india Tata y tres años después aprobó los exámenes de oposición para ser funcionario de Hacienda. Pero la función pública no era lo que él esperaba. Las oficinas públicas no estaban al servicio del ciudadano. Cansado de las prácticas corruptas de su oficina fundó en secreto durante el año 2000 la ONG Parivartan (Cambio) para ayudar a los ciudadanos a conseguir que les abonasen la pensión sin tener que pagar sobornos. Pidió permisos para ausentarse temporalmente de su trabajo para dedicarse a la actividad social durante cuatro años. Pero llegó el momento en que tuvo decidir entre la seguridad de ser funcionario público o la incertidumbre del activismo. Abandonó su plaza como funcionario y, junto con otros “cruzados”, se embarcó en una campaña para pedir la creación de una ley de transparencia. En 2002, ante la presión social, el gobierno aprobó una ley de información para los ciudadanos. Su activismo social fue galardonado en 2006 con el premio Ramon Magsaysay, considerado el Nobel asiático, por “su activismo en el movimiento por la ley de la información y por empoderar a los ciudadanos más pobres de Delhi para luchar contra la corrupción”. El siguiente objetivo de Kejriwal, casado y con dos hijas, fue la lucha por la creación de una agencia estatal independiente que investigase casos de corrupción y con poder para investigar incluso al primer ministro. La lucha por esta legislación llamada Lokpal se remonta a 1968. Para su nueva campaña, Kejriwal se unió a Anna Hazare, un líder asceta de aspecto y métodos gandhianos de 76 años del este del país. “Te convertiré en el nuevo Gandhi de la India”, dijo Kejriwal a Hazare. En 2011 lanzaron su campaña en Nueva Delhi. Hazare, con sus huelgas de hambre y gestos gandhianos, era el rostro del movimiento. Pero el cerebro organizador era Kejriwal. A pesar de convocar a miles de personas y colocar al gobierno contra las cuerdas, el movimiento fracasó. Hazare no sería el nuevo Gandhi. Frustrado, Kejriwal fundó el AAP. Hazare rechazó unirse a él y hoy sus relaciones son tensas. Tras el triunfo electoral en Nueva Delhi, el AAP mira ya a las elecciones generales de primavera de 2014. El partido de Kejriwal está abriendo oficinas en diferentes estados del país. Cada día suma nuevos seguidores y aliados. Adarsh Shastri, nieto del exprimer ministro Lal Bahadur Shastri, ha dimitido de su cargo de jefe de ventas en India del gigante tecnológico Apple para unirse al nuevo partido. V. Balakrishna, conocido directivo de la prestigiosa empresa de servicios informáticos india Infosys, se ha unido también. El AAP planeaba competir por 100 de los 545 escaños del Parlamento nacional. Ahora estudia luchar por 300. Es difícil que en unos comicios generales el AAP obtenga grandes resultados, ya que no es muy conocido fuera de Delhi y su electorado hasta ahora ha sido urbano. Pero con un Partido del Congreso muy desgastado tras 10 años en el poder nacional y los recelos autoritarios que despierta el candidato del BJP, Narendra Modi, podría restar muchos votos a los partidos tradicionales. Kejriwal ha logrado convertir un movimiento social en un partido político y lograr el poder en la capital india. Ahora se enfrenta a lo más difícil: cambiar como político lo que no pudo como activista.

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