Francisco y su recorrido por el campo minado de Tierra Santa

viernes, 30 de mayo de 2014
JERUSALÉN (apro).- Días antes de que el Papa aterrizara en Tierra Santa, el patriarca latino de Jerusalén Fouad Twal advertía a un grupo de periodistas: “Francisco no viene para resolver el conflicto israelo-palestino, pero está claro que su visita tiene una dimensión política y él tiene la virtud de saber usar las palabras correctas con la gente correcta”. Y no se equivocó. Los tres días de peregrinación del Papa en Tierra Santa fueron un complicado recorrido por un campo minado, pero Jorge Bergoglio supo navegar en aguas revueltas gracias a un acertado cóctel de diplomacia, espontaneidad, audacia, sensibilidad y firmeza. De su viaje quedarán sin duda para la historia dos imágenes inéditas: su parada inesperada frente al muro construido por Israel que separa Cisjordania de Jerusalén y su abrazo con un rabino y un dirigente musulmán, al pie del muro de las Lamentaciones. “Sinceramente, pensábamos que en el mejor de los casos, su vehículo sólo se detendría junto al muro para contemplarlo”, explica a Apro, Xavier Abu Eid, portavoz de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y testigo privilegiado de la escena. “Pero de repente vi que el automóvil paraba y el Papa comenzaba a salir. Le tendí la mano y le ayudé a bajar y le dije, en español: ‘Su Santidad, éste es el muro que separa la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén de la iglesia de la Natividad de Belén, el muro que dificulta la vida de muchas familias cristianas’. Y él me sonrió y me dijo: ‘Sé perfectamente lo que está pasando aquí’. Y caminó hacia el muro, apoyó la cabeza contra la pared y rezó en silencio unos minutos”, explica, aún emocionado al recordar el momento. “Bienvenido Papa, necesitamos a alguien con el que hablar de justicia. Belén parece el ghetto de Varsovia. Palestina libre”, rezaban los grafitis escritos en la pared donde Jorge Mario Bergoglio oró. En pocas horas, la imagen había dado la vuelta al mundo y provocaba reacciones encontradas en Israel, adonde el Papa llegaría pocas horas después. “Los israelíes llevamos a nuestros huéspedes al museo del Holocausto para recordar lo que los judíos sufrieron hace medio siglo a más de mil kilómetros de aquí. O ante la tumba de Theodor Herzl (fundador del sionismo moderno), muerto en Austria en 1904, pero los palestinos llevan a sus visitantes a un muro de treinta pies de alto, prueba del sufrimiento infringido por Israel aquí y ahora”, apuntaba Matthew Kalman, columnista del diario israelí Haaretz. Para Lior Haiat, uno de los portavoces del ministerio de Relaciones Exteriores, los palestinos “usaron” al Papa para sus propios intereses y esta parada frente al muro, fuera del programa oficial, tuvo un claro fin propagandístico. “Hay una sensación de que los palestinos ganaron en esta visita del Papa. Pero ellos más bien lo utilizaron. Según supimos de fuentes de la delegación de Vaticano, el Papa rezó para que las razones, es decir los actos terroristas, que nos han llevado a vivir esta separación terminen y no por la mera desaparición de esta barrera”, explica a Apro. Pero la realidad es que el Papa no ha explicado por qué se detuvo en este punto de su recorrido y cuál fue su oración ante esta impresionante pared de hormigón. El día después, ya en Jerusalén, Francisco recibió de la mano del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, la invitación de visitar el monumento que recuerda a las víctimas de los atentados antiisraelíes. “El Papa aceptó rápidamente. Fue algo simbólico porque este memorial que recuerda a las víctimas del terrorismo tiene forma de pared y podríamos decir que es la otra cara del mismo muro: Sin la amenaza del terrorismo no habríamos necesitado construir esta barrera de seguridad en Cisjordania”, agrega Haiat. Ajeno a cualquier polémica, Francisco siguió adelante con su viaje. Observándolo, daba la impresión de que no quería dejar que nada le distrajera del firme propósito de su peregrinación, sustentada en tres pilares: la unión de los cristianos, el impulso de la paz en la región y el mensaje de aliento a los católicos de Tierra Santa. “Los gestos del Papa no son contra nadie. Él está simplemente del lado de los que sufren”, explicó Federico Lombardi, portavoz del Papa, a un grupo de periodistas en Jerusalén. La única respuesta de Francisco a las especulaciones surgidas por estas imágenes y a las críticas cruzadas entre israelíes y palestinos fue sin duda su abrazo al pie del muro de las Lamentaciones con el rabino Avraham Skorka, y con el dirigente musulmán, Omar Abboud, ambos argentinos y amigos personales de Jorge Mario Bergloglio. La fotografía de los tres al pie de uno de los lugares santos de Jerusalén fue la segunda imagen inédita y cargada de esperanza que dejó esta peregrinación de Francisco. “Con este gesto quiso darnos una representación clara del diálogo interreligioso que quiere fomentar. El Papa nos está diciendo: éstos son mis amigos y con ellos he trabajado mucho. Nuestro problema en esta región del mundo es que tenemos una imagen enturbiada por el estatus quo del conflicto. Ni siquiera somos capaces ya de imaginarnos cómo sería el otro si en lugar de enemigo fuera compañero”, explica el padre David Neuhaus, vicario para los católicos de lengua hebraica en el Patriarcado de Jerusalén. Además del diálogo interreligioso, desde que anunció su viaje a Tierra Santa, Francisco insistió en que el gran objetivo de la visita era dar un impulso a la unión de los cristianos. El afectuoso abrazo con el patriarca de Constantinopla, Bartolomé, jefe de la iglesia cristiana ortodoxa, en el Santo Sepulcro de Jerusalén, se inscribe dentro del ambicioso sueño del Papa de que la Iglesia sea una. “No podemos negar que existen serias diferencias entre nosotros (…) pero las divergencias no deben paralizarnos. Así como fue removida la piedra de este sepulcro, todos nuestros obstáculos podrán desaparecer también”, dijo Francisco ante la tumba de Jesucristo. Simbólicamente, el encuentro con Bartolomé se produjo exactamente 50 años después y en el mismo lugar en que se fundieron en un abrazo el Papa Pablo VI y el patriarca de la época, Atenágoras. Para el padre franciscano Artemio Vítores, responsable de peregrinaciones en la Custodia de Tierra Santa, Francisco logró transmitir un sincero mensaje de “hermandad” y “amistad” hacia la iglesia cristiana ortodoxa. “No fue casualidad que llamara ‘santidad’ a Bartolomé. El apelativo sólo se usa para los Papas y, con este gesto, él lo puso a su nivel”, explica. El segundo gran objetivo de la peregrinación de Francisco fue enviar mensajes claros a favor del diálogo y la paz en Oriente Medio. Varias frases resonaron con especial fuerza en este viaje: “Construir la paz es difícil pero vivir sin ella es un tormento”. “Aprendamos a comprender el dolor del otro. Que nadie instrumentalice el nombre de Dios para la violencia”. “Rechacemos firmemente todo lo que se opone al logro de una respetuosa convivencia entre judíos, cristianos y musulmanes”. “Que Jerusalén sea en verdad la ciudad de la Paz”. Las palabras “Shalom” (paz, en hebreo) o “Salam” (paz, en árabe) cerraron siempre sus discursos en Tierra Santa. Y el primer fruto concreto de su viaje será una oración en el Vaticano, entre Francisco, el presidente palestino, Mahmud Abbas, e israelí, Shimon Peres, que tendrá lugar en las próximas semanas. Será un gesto de conciliación y no una reunión para reanudar las conversaciones de paz, actualmente congeladas, advirtió el Papa en su avión de vuelta de Tel Aviv a Roma. “No es una mediación (…) Nos reuniremos a rezar y luego cada uno regresará a su casa (…)  Pero se necesita coraje para hacer esto y yo rezo mucho para que estos dos líderes tengan el valor necesario de avanzar hacia la paz”, aseguró Francisco. Por otra parte, el Papa dedicó buena parte de su viaje a escuchar las dificultades de los cristianos de Tierra Santa, que representan solamente entre un 2 y 3% de la población. “Lo vi emocionarse cuando le conté que nuestro pueblo fue demolido por el ejército israelí justamente el día de Navidad de 1951”, explica Shadia Sbait, natural de Iqrit, un pueblo cristiano del norte de Israel. Ella y su esposo participaron en el almuerzo privado que el Papa mantuvo con varias familias cristianas en Belén. “Él casi no habló y apenas comió. Se limitó a escuchar  y a hacernos preguntas sobre nuestra situación. Me sorprendió mucho su actitud cercana y su deseo sincero de conocer nuestras vidas”, agrega Elias Abu Mohor, palestino cuya plantación de olivos situada en el valle de Cremisán, a escasos 10 km de Jerusalén, se vio partida en dos por el muro de separación que Israel construye en Cisjordania. Pero el acercamiento del Papa a los sufrientes de Tierra Santa no se limitó a los cristianos. A Francisco se le vio conmovido frente a los niños palestinos, muchos de ellos musulmanes, que lo recibieron en un campo de refugiados cercano a Belén, donde viven 13 mil personas en medio de graves condiciones de pobreza. En el museo del Holocausto de Jerusalén, el gesto de Francisco era de gravedad y absoluto respeto al besar las manos de seis supervivientes de los campos de exterminio nazi.  “Nunca más, Dios mío, nunca más”, exclamó, compungido. Inmersos en un conflicto sin atisbos de solución, es innegable que israelíes y palestinos quisieron aprovechar la visita del Papa para enviarle mensajes, hacer denuncias y atraer su complicidad hacia sus problemas diarios. “Nosotros estamos en las llagas de Cristo”, rezaba una gran pancarta en la plaza de la Natividad de Belén. Frente al altar en el que el Papa celebró la misa, varios fotomontajes gigantes mezclaban hábilmente obras de grandes pintores religiosos del siglo XVII con fotos actuales de los territorios palestinos que representaban el éxodo, la violencia y la falta de libertad. Era imposible cerrar los ojos. “Cuando mi hijo tenía 10 años su mejor amiga en la escuela era una niña etíope. Un día no llegó a clase. Había muerto en un autobús que voló por los aires tras el ataque de un terrorista suicida”, contó por su parte Netanyahu al Papa. En Israel, la visita de Francisco estuvo presidida por una organización impecable, pero la seguridad excesiva hizo que se perdiera ese calor humano del que tanto disfruta el Papa. Las calles de una parte de Jerusalén se vaciaron de fieles y turistas y cuando Francisco llegó a la Iglesia del Santo Sepulcro, las únicas personas que tenía frente a sí eran religiosos, periodistas y autoridades. Un día después, cuando el Papa rezó frente al muro de las Lamentaciones, sólo se escuchaba a su alrededor el ruido del helicóptero de vigilancia de la policía. Finalmente, la única ovación que recibió Francisco en Jerusalén fue la de los religiosos con los que se reunió en la iglesia de Getsemaní.  Tal vez ansioso de ese contacto humano, el Papa se saltó de nuevo la agenda programada y almorzó en un convento franciscano de la ciudad vieja en compañía de 100 religiosos. “Comió como un fraile más espaguetis, carne y helado”, explica el padre Artemio Vítores. Al final de la intensa visita de tres días, jordanos, palestinos e israelíes se mostraron satisfechos. “No queda ningún mal sabor de boca. Al contrario, creo que las relaciones Vaticano e Israel avanzan favorablemente y por el buen camino”, insiste Lior Haiat. El Vaticano e Israel mantienen plenas relaciones diplomáticas desde 1993. Desde 2012, cuando la ONU lo reconoció como Estado observador, la Santa Sede considera también a Palestina un Estado. “Felicidad es poco para describir lo que todos los palestinos sentimos ante un Papa que se mostró totalmente sensible a la situación nuestra. Con su visita al muro, con sus palabras referentes a la paz, Francisco nos ha mostrado la actitud del Vaticano, que es respetar y entender que la paz es también fruto de la justicia”, opina Xavier Abu Eid.

Comentarios