Kiev: La lucha por la supervivencia

viernes, 30 de mayo de 2014
KIEV (apro).- El hotel Pazazh, en Kiev, tiene seis habitaciones que se alquilan a los turistas. Hasta hace poco muchos eran rusos, pero hoy estos ya no vienen y la clientela es mayoritariamente occidental. “La vida continúa”, dice Anastasiya, la casera que regenta el lugar, mostrando un especial tesón para aparentar calma. Pocos minutos después, la televisión da paso al informativo. Primero viene el bloque de noticias dedicadas a las elecciones presidenciales de mañana. Luego el que da el parte bélico del este del país. “Ya no duermo. No sé qué pasará. ¿Y si hay guerra?, ¿qué haré?”, dice Anastasiya. Raptada su revolución, un país lucha ahora por su supervivencia, en el aprendizaje forzado, en carne propia, que hay que acostumbrarse a una normalidad anormal. A una revolución que se transformó en guerra. La revuelta de Maidán –iniciada en la noche del 29 de noviembre y que culminó con la destitución en febrero del presidente Víktor Yanukóvich–, nació como una versión actual del mayo francés de 1968. Sin embargo, las ideas de renovación y el cambio de sistema que planteaban los manifestantes de la plaza de la Independencia de Kiev no se han concretado por el ambiguo papel de Occidente, la agresiva respuesta de Rusia y, sobre todo, por el regreso a la escena política del país de los señores de Ucrania, los oligarcas. Un camaleón [gallery type="rectangular" ids="373138"] Uno de ellos, el magnate Petro Poroshenko, un camaleón de la política ucraniana —que fue incluso ministro de Yanukóvich—, es el nuevo presidente de Ucrania tras las elecciones del pasado domingo. Conocido como el rey del chocolate por ser un magnate del sector de la confitería, es también propietario de una cadena de televisión. Cuenta con el apoyo del exboxeador Vitaly Klitschko, quien ahora se convirtió en alcalde de Kiev y uno de los líderes opositores a Yanukóvich durante la revuelta de Maidán, y luego despechado por la protesta. La otra candidata relevante, Yulia Timoshenko, era una controvertida empresaria del gas, primera ministra en dos ocasiones, acusada en el pasado de delitos de corrupción y cuya presencia ha sido omnipresente en la escena política local del país. Cabe sólo decir que el actual primer ministro interino de Ucrania, Arseni Yatseniuk, es uno de sus pupilos. La realidad es que, como reconoce Volodimir Viatrovich, joven historiador y activista desde el principio de la revuelta en Kiev, “Maidán ha fracasado a la hora de presentar a un candidato común que pudiese representar a las peticiones de la protesta”. Algo que se debió a que “el proceso de cambio ha sido frenado primero por la anexión de Crimea a Rusia y luego por la revuelta en el este” y a qué ”no fue votado por un nuevo Parlamento”, añade Viatrovich. “Así es, siempre están los mismos”, coincide Oleg, un campesino de Odesa, que descarga su rabia pasando horas acampado en la plaza de la Independencia. Pero la comunidad más afectada por la revuelta de Maidán fue la población ruso parlante del sur y el este de Ucrania. Allí el resultado de las manifestaciones fue el despertar —alimentado también por la propaganda rusa— de viejas disputas vinculadas a la identidad de los ucranianos, pueblo que se unió como Estado tras la primera guerra mundial, con la caída de los imperios austrohúngaro y ruso, que hasta entonces controlaban respectivamente el oeste y este de Ucrania. Sinónimo de guerra [gallery type="rectangular" ids="372873,373206"] Slaviansk y Kramatorsk son hoy sinónimos de guerra. En sus territorios viven pueblos atrincherados, hostiles a Kiev y a los “desalmados” gobiernos occidentales, que se protegen del enemigo con sacos de arena y armas del arsenal exsoviético y otras de más reciente fabricación. En estas zonas, los rebeldes no permitieron que llevara a cabo la votación electoral, algo que impidió el voto a casi la totalidad de los 5 millones de electores que viven en la zona. De hecho, ningún miembro del comité electoral para las presidenciales ucranianas se presentó en la decena de condados del este que como Slaviansk y Kramatorsk están bajo control prorruso. El gobierno de Yatseniuk renunció días antes a que las elecciones se celebraran en esta zona del país, donde las comisiones electorales estaban bajo el control de los separatistas prorrusos. Y los pocos colegios que abrieron en las provincias de Donetsk y Lugansk estaban vacíos. Había miedo a ir a votar. “No he votado, nadie en mi familia lo ha hecho”, explicaba Yulia S., habitante proucraniana de Donetsk. “No puedo dejar de pensar que, hace dos semanas (cuando Donetsk y Lugansk celebraron su referendo de secesión), había colas en los colegios electorales”, añadió. “¿Elecciones, para qué? Nosotros somos ciudadanos de la República de Donetsk, no de Ucrania”, explicaba, por otra parte, el miliciano Denis en un checkpoint prorruso. Allí, en medio de barricadas de neumáticos y sacos de arena, donde comparten sitio estatuillas de Lenin, imágenes de la Virgen María y banderas de la Rusia zarista. “No somos comunistas, pero sí abrazamos elementos del socialismo. Estamos en contra del nazismo y del Fondo Monetario Internacional (FMI”, explicaba a este medio uno de los cabecillas insurgentes, Miroslav Rudenko. Pero también hay muchas diferencias entre la retórica —quizá genuina, quizá no— de personajes como Rudenko, antaño un profesor universitario, o Igor Strelkov, el presunto jefe del nuevo ejército rebelde –que Ucrania dice que es un exagente del servicio de inteligencia militar ruso—, y los peones de la lucha. Entre los cuales además de milicianos de aspecto profesional, abundan jóvenes, poco más que adolescentes, mineros y obreros venidos a menos e incluso veteranos del ejército soviético. “Yo ni hice el servicio militar, aprendí a disparar en los campos”, explicaba uno. Allí, donde en los campos, se libran batallas cotidianas con las tropas ucranianas y se muere en nombre de un desconocido ideario. Y se muere mucho. Esta semana, el Ejército de Ucrania y la Guardia Nacional intensificaron su operación militar en el este del país, lanzando una amplia ofensiva —por primera vez, usando aviones— en varios puntos de la provincia de Donetsk y dejando un reguero de muertos. Cien, o quizá doscientos, según diferentes fuentes. Y todo esto sin lograr avances de relevancia, para retomar el control de la región, o llegar a un acuerdo de paz. Las calles semivacías del centro de Donetsk, una ciudad de aspecto neoclásico y moderno —destruida durante la segunda guerra mundial y luego reconstruida— y en la que viven un millón de personas, reflejaban esta semana la sensación de miedo que produce el hecho de no saber lo que va a suceder. Una de las razones que azuzan el creciente temor entre la población civil es el rumor de que hay combatientes chechenos en la zona, algo que sostienen medios proucranianos, pero negó el presidente checheno, Ramzán Kadýrov. En este agitado contexto, Lukyachenko, alcalde de Donetsk, instó a los vecinos a limitar sus desplazamientos en los próximos días y a quedarse en sus casas. “Mantengan vigilados a los niños y no salgan de sus casas a no ser que sea una emergencia”, advirtió el político, al tiempo que muchas empresas locales avisaron a sus trabajadores que toda actividad laboral había sido suspendida hasta el próximo lunes. Donetsk, capital de la homónima provincia, se convirtió así en una ciudad fantasmal. Alguien gana, alguien pierde  [gallery type="rectangular" ids="373164,373205,373140,373162"] Como si no fuera suficiente, al escenario bélico se sumó además el plante de un protagonista inesperado: los trabajadores de algunas minas en la provincia de Donetsk. Estos anunciaron que no irán a trabajar hasta el fin de la ofensiva militar ucraniana. “Las plantillas de las minas Skóchinski, Abakumov, Cheliúskintsy y Trudovski no trabajan hoy (por ayer). La gente protesta y exige el cese de las acciones militares”, anunció a la agencia rusa RIA-Nóvosti, uno de los participantes en la huelga. En cambio, desde la otra orilla del Atlántico, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, expresó el “apoyo total de Washington al nuevo presidente ucraniano, Poroshenko, en su labor de unificar y mover el país hacia adelante”. Estados Unidos “continuará asistiendo a Ucrania”, añadió el presidente Obama, según una nota emitida por la Casa Blanca, en la que no había mención alguna a la guerra en el este ucraniano. Por el contrario, desde Moscú, el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, reiteró que una escalada militar ucraniana sería “un error colosal”. La incertidumbre por el conflicto bélico marcan así a Ucrania, el país que, además, está en respiración asistida del Fondo Monetario Internacional (FMI), que le ha concedido un préstamo de 17 mil millones de dólares (poco menos de 12 mil 500 millones de euros) a cambio de medidas de austeridad. Encapsulado en su hábito negro y vistosos atavíos dorados, el pope Dmitry reparte bendiciones desde la catedral ortodoxa de Pokrovsky, en los suburbios de Donetsk, epicentro de la revuelta prorrusa del este ucraniano. Cuando ya ha pasado más de una hora, al anciano sacerdote todavía le faltan varios santiamenes y una cola de babuskas (abuelas) en espera. “¿Qué tenemos que hacer con lo que está pasando?”, le preguntan. “Es una agresión”, responde críptico. En medio de la disputa con Rusia, a los eclesiásticos debe parecerles un milagro lo que ha surgido del conflicto en Ucrania. El porcentaje de ucranianos que se declaran creyentes ha pasado del 67% del 2013 al 76%. “La razón es que en los tiempos difíciles la gente se acerca más a Dios y las iglesias son las instituciones más respetadas en Ucrania”, argumenta Andriy Bychenko, director del Centro de Sociología del Instituto Razumkov de Kiev. El padre Dmitry y su colega Roman, que regentan este templo de ortodoxos fieles al Patriarcado de Moscú, parecen tener conciencia de ello. Explican que los feligreses cada vez vienen más y les piden consejos. Lo hacen incluso los nuevos amos de Donetsk, los rebeldes prorrusos que, desde hace más de un mes, dictan la ley y el orden por estos pagos. No es la primera vez que la religión experimenta una primavera en Ucrania. A pesar del ateísmo soviético —Stalin derribó cientos de iglesias en la URSS–, el cristianismo en Ucrania se remonta a la conversión del príncipe Vladímir de Kiev en el año 988 y nunca ha dejado de influir en la sociedad. De ahí que los cristianos sean hoy la comunidad religiosa más grande– 97%, según estimaciones—, en su mayoría pertenecientes a la Iglesia ortodoxa. La novedad es que ahora, primero a causa de la anexión rusa de Crimea y ahora por la crisis en el este, las viejas rivalidades han vuelto a florecer, enfrentando a las más grandes ramas de la Iglesia ortodoxa presentes en el país. Por un lado, la Iglesia Ortodoxa Ucraniana, creada en 1990, que tiene presencia en el este rusoparlante y que obedece al patriarca Cirilo de Moscú. Por el otro, el patriarcado de Kiev, creado en 1992 y liderado por el primado Filaret, fiel a Kiev. “¿Cómo dialogar cuando hay tropas y tanques rusos? Ese diálogo es solo beneficioso para el agresor. Nosotros rechazamos ese diálogo”, llegó a decir Filaret el pasado 14 de mayo. ”Filaret no representa a nadie”, afirma el padre Dmitry. Y, a pesar de todo y todos, hay quien afirma estar haciendo su agosto en Ucrania. “Lo cierto es que ahora se pueden hacer negocios que antes no hacíamos”, susurra un empresario lituano-canadiense, uno de los tantos que se ven últimamente por el centro de Kiev. Allí donde, en los bares de Khreschatyk, los jóvenes se aturden bebiendo cerveza. Mientras, en las tiendas de campaña de Maidán se acoge a refugiados. Y donde, a pesar de que de vez en cuando se oyen petardos, nadie se inmuta. Ahora, hombres y mujeres vestidos de verano, esquivan los restos de lo que Maidán fue.

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