¿La hora del Kurdistán?

viernes, 4 de julio de 2014
MÉXICO, D.F. (apro).- El 1 de julio el presidente del Kurdistán iraquí, Masud Barzani, anunció a través de la BBC que en unos meses celebrará un referéndum sobre la total independencia de esta región que ya actualmente detenta un alto grado de autonomía respecto del gobierno central de Bagdad. “De ahora en adelante no vamos a ocultar que ése es nuestro objetivo”, advirtió. Para Barzani, Irak ya está dividido y no tiene por qué arrastrar en su vorágine al pueblo kurdo. “Durante los últimos diez años hemos hecho todo lo posible para construir una nueva democracia en Irak, pero no lo hemos conseguido”, declaró una semana antes a la cadena CNN. “Ha llegado el momento de que el pueblo del Kurdistán decida su propio futuro y es lo que vamos a reclamar”. El anuncio se veía venir desde que el 10 de junio pasado las tropas federales iraquíes huyeron en desbandada de la norteña ciudad de Mosul, ante el incontenible avance de los yihadistas del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), y su lugar lo cubrieron las milicias a las órdenes del Gobierno Regional del Kurdistán (GRK). Conocidos como los peshmergas –en su lengua, “los que han pactado con la muerte”–, los milicianos kurdos sin embargo no se conformaron con proteger su capital, Erbil, sino que tomaron la estratégica ciudad de Kirkuk y avanzaron sobre localidades de las provincias de Diyala, Nínive y Saladino. “Ahora toda la tierra kurda está bajo nuestro control”, dijo el comandante Barderhan Hayimusa al diario español El País y, por si había duda, agregó que “éste es el primer paso para nuestra independencia”. A fines de mes, durante la visita del ministro británico de Asuntos Exteriores, William Hague, el presidente Barzani sugirió que no devolvería los territorios conquistados. “El Kurdistán ha aguantado más de diez años sin aplicar el artículo 140 de la Constitución iraquí, a la espera de resolver el diferendo de las zonas disputadas con el gobierno central, pero todo ha sido en vano” dijo y consideró que después de la entrada de los peshmerga “ya no es necesario hablar más del asunto”. El eje de esta disputa ha sido la rica zona petrolera de Kirkuk, con una población mixta de kurdos, árabes sunitas y turcomanos, a la que la Constitución posterior a la caída de Sadam Hussein le dio un estatuto especial, que debía “normalizarse” mediante el regreso al sur de los árabes llevados ahí por el depuesto dictador, el retorno de los kurdos expulsados, un censo y un referéndum, previsto para 2007, sobre la opción de que dicha provincia se uniera a la región autónoma del Kurdistán. Nada de ello ha ocurrió. País petrolero por excelencia (95% de su presupuesto proviene de la exportación de crudo), Irak apenas comparte el 17% de sus ingresos con el gobierno autónomo kurdo, a pesar de que, exceptuando la zona en torno del sureño puerto de Basora, los mayores yacimientos se encuentran en el norte y, concretamente, alrededor de Kirkuk, motivo por el cual la ciudad siempre ha buscado ser controlada por los sucesivos gobiernos de Bagdad. En un abierto desafío al actual ejecutivo de Nuri al Maliki, desde 2007 el GRK firmó contratos con petroleras extranjeras para realizar prospecciones en su territorio y, desde diciembre pasado, puso en servicio el oleoducto que lo conecta con el puerto turco de Ceyhan. En represalia, Bagdad dejó de pagar su parte del presupuesto a Erbil, que entonces decidió exportar directamente el petróleo con ayuda de Turquía. Aunque por lo menos dos buques-tanque con unos 2 millones de barriles de crudo ya han zarpado de Ceyhan, no se tiene conocimiento de que alguien haya adquirido su carga. Irak, que amenazó con acciones legales a quienquiera que compre petróleo kurdo sin su autorización, denunció a Turquía ante la Cámara Internacional de Comercio en París. Varios gobiernos europeos desaconsejaron a sus empresas adquirirlo y Estados Unidos dijo abiertamente que no apoyaba las exportaciones “sin aprobación del gobierno federal iraquí”. Esta situación podría empero cambiar muy pronto si continúa el avance yihadista y cae el gobierno de Maliki. Y la clave de esta ecuación podría estar precisamente en manos de los kurdos. Aunque mayoritariamente sunitas, los kurdos iraquíes no simpatizan con los radicales del EIIL, pero sí están en contacto con otros actores de la insurrección antigubernamental como los líderes tribales y los comandantes de los Consejos Militares de los Revolucionarios Iraquíes (CMRI), que incluyen a muchos exoficiales experimentados del ejército de Sadam Hussein. Ambos han grantizado que no traspasarán las fronteras autónomas kurdas. Y en enero pasado, cuando los rebeldes sunitas se apoderaron de Faluya, al oeste de Bagdad, y al Maliki pidió al GRK que enviara a sus peshmergas para ayudar a expulsarlos, éste se negó. Erbil, al contrario, dejó ver que favorecería el establecimiento de una región sunita autónoma, similar a la del Kurdistán. Escenario que se ve cada vez más cercano. De hecho, una reunión convocada por la Unión Europea en Diyarbakir, Turquía, llegó a la conclusión de que no sólo los kurdos iraquíes, sino las milicias kurdas sirias del Partido de Unión Democrática (PUD), que combaten al régimen de Bashar el Asad, y el Partido de los Trabajadores Kurdos (PTK) de Turquía, que se replegó a las montañas del norte iraquí, podrían jugar un papel determinante para frenar el avance yihadista desde Siria hacia Irak. Con una historia documentada de 2 mil años y un territorio ancestral de fronteras imprecisas que se extiende por unos 200 mil kilómetros cuadrados alrededor de los escarpados Montes Zagros, los alrededor de 30 millones de integrantes del pueblo kurdo constituyen hoy el mayor grupo nacional que carece de una patria propia. Estuvo a punto de obtenerla con el Tratado de Sevres, al desintegrarse el Imperio Otomano al término de la Primera Guerra Mundial, pero los intereses de las potencias vencedoras y los países emergentes terminaron por dividir su quehacer nómada dentro de diversas fronteras. Actualmente se distribuyen fundamentalmente en cuatro Estados: Irán, Irak, Siria y Turquía. Pero también hay importantes núcleos en Rusia, Georgia, Armenia, Azerbaiyán y Líbano, y una numerosa diáspora en Europa Occidental y Estados Unidos. Étnicamente no son ni turcos ni árabes ni persas, ni hablan ninguna de estas lenguas, sino varios dialectos con un tronco común que les permite entenderse. Su religión mayoritaria es el Islam sunita, pero también hay grupos judíos y cristianos. Algunos siguen siendo nómadas y, excluyendo a los que han emigrado a las ciudades, la mayoría se asienta en pequeñas aldeas agrícolas. Casi todos han sufrido pobreza, persecución y marginación. Aparte de sus cabellos rubios y sus ojos claros, en una zona en la que no abundan, algo empero llamó la atención de los expedicionarios de todas las épocas que se toparon con ellos: su fiereza para defender a su gente, su territorio y su cultura. Y no hay duda de que lo siguen haciendo. En Turquía –donde se asienta la mitad de la población kurda total– desde hace 30 años se libra una feroz lucha armada que ha cobrado más de 40 mil muertos y unos 3 millones de desplazados. Vistos como una amenaza al secularismo y nacionalismo turcos, desde el nacimiento de este país los kurdos fueron hostigados. Sin embargo su persecución se recrudeció después del golpe militar de 1980. Desde que volvió la democracia y Turquía aspira a ingresar a la Unión Europea, la represión se ha matizado, pero no desaparecido, como lo muestran el encarcelamiento del líder Abdulah Öcalan y otros militantes del PTK, al que el gobierno califica de “terrorista”. Pese a ello, a partir de 2012 Ankara inició acercamientos para un acuerdo de paz y, desde su reducto en las montañas iraquíes de Kandil, en marzo de 2013, la guerrilla declaró un cese del fuego unilateral. Hace un mes, sin embargo, enfrentamientos entre militares turcos y manifestantes kurdos volvieron a tensar las relaciones entre ambos bandos. En el noreste y algunas ciudades de Siria viven 2 millones de kurdos, que constituyen la minoría étnica más importante del país. Perseguidos y marginados permanentemente por la dinastía alauita de los Asad, unos 300 mil de ellos ni siquiera cuentan con la ciudadanía siria, por no haber podido probar su procedencia familiar, lo que les impide el acceso a cualquier tipo de servicio público. De hecho, no existen o figuran como “extranjeros”. En un intento por evitar que se sumaran a la insurrección en su contra, en 2011 el régimen de Damasco les ofreció reabrir el proceso de ciudadanización. Aunque al principio se implicaron poco, a mediados de 2012 su perspectiva cambió cuando el Consejo Nacional Sirio nombró como su nuevo presidente al kurdo Abdulbaset Sieda. Luego, el Ejército Sirio Libre (ESL) les hizo un llamado para que se sumaran a sus filas. Hoy, los kurdos de Siria no sólo combaten a las tropas de Asad sino también a los radicales del EIIL y el Frente al Nusra. En Irán, donde se asientan 8 millones de kurdos que apenas conforman un 10% de la población de ese país, su situación es particularmente marginal. Árabes sunitas, frente a una mayoría persa chiita, sus condiciones además se deterioraron después de la revolución islámica de 1979. Amnistía Internacional ha denunciado violaciones a los derechos humanos de sus clérigos y líderes, y prácticas discriminatorias en el acceso a los empleos y servicios públicos. Durante el gobierno de Mahmoud Ahmadineyad, los partidos políticos kurdos sufrieron además la dura represión aplicada a todos los movimientos opositores y los defensores de los derechos humanos. Con la llegada de Hasan Rohani la persecución se ha suavizado, pero socialmente continúa la marginación. Cabe decir que en Irán opera el Partido por una Vida Libre en el Kurdistán, fundado en 2004, que junto con el PTK turco es el único otro grupo armado kurdo que permanece activo. En el propio Irak, donde hoy unos 4 millones de kurdos gozan de considerable autonomía, su historia ha sufrido altibajos. Con el gobierno socialista del Partido Baas obtuvieron numerosos derechos y el régimen de Hussein los mantuvo así, hasta que en 1980 estalló la guerra con Irán. Entonces, su colaboracionismo y la agitación kurda en la zona fronteriza fueron brutalmente aplastados con gases venenosos y neutrotóxicos, que arrasaron aldeas enteras como la de Jalabya. Otro capítulo trágico se escribió al terminar la primera Guerra del Golfo cuando, tras replegar a los iraquíes de Kuwait, los estadunidenses instigaron a los kurdos a sublevarse y derrocar a Hussein. Bagdad renovó sus bombardeos contra las aldeas del norte y más de un millón de kurdos huyeron hacia Turquía e Irán a través de las montañas, donde miles murieron de hambre y frío durante el invierno. Hoy, ni Estados Unidos ni sus aliados occidentales quieren todavía oir hablar de una división territorial de Irak. A eso fueron a Erbil y Bagdad el ministro británico Hague y, luego, su colega estadunidense, John Kerry. Lo que promovieron fue un gobierno de “unidad nacional” entre chiitas, sunitas y kurdos, mismo que ya fracasó, cuando la semana pasada los parlamentarios de estos dos últimos grupos abandonaron el Congreso por la imposibilidad de llegar a acuerdos. El líder kurdo Barzani se los dijo muy claro: “Nos enfrentamos a una nueva realidad y a un nuevo Irak”. Hasta ahora, las minorías kurdas de todos los países se habían limitado a exigir más autonomía, pero una eventual independencia del Kurdistan iraquí podría agitar las fronteras de toda la región.

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