Alianzas impensables contra el yihadismo extremo

viernes, 5 de septiembre de 2014
MÉXICO, D.F. (apro).- A casi tres meses de que los combatientes del autodenominado Estado Islámico (EI) iniciaran su incontenible avance sobre el norte iraquí y proclamaran un “califato” en las zonas que ocupan en Siria e Irak, y luego de atroces matanzas de civiles, ejecuciones sumarias de soldados enemigos y decapitaciones de periodistas estadunidenses –todas difundidas por Internet– las potencias occidentales decidieron que tenían que hacer algo contra esta expresión extrema del yihadismo sunita. Así, el secretario de Estado estadunidense, John Kerry, llamó a “formar una coalición de naciones lo más amplia posible –encabezada por Estados Unidos– para dar una respuesta unitaria a los terroristas del EI”; y en la reunión de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) celebrada el 4 y 5 de este mes en Gales, su secretario general, Anders Fogh Rasmussen, consideró que “la comunidad internacional tiene la obligación de parar el avance del EI” con todos los medios que estén a su alcance. Apenas unos días antes, intentando autoexculparse, el rey de Arabia Saudita, Abdalá bin Abdelaziz, advirtió a sus aliados occidentales que si no actuaban rápidamente, “los combatientes del EI alcanzarán Europa en un mes y América en el siguiente”. Como documentadamente se sabe (Proceso 1965), la Casa de Saud ha estado detrás del yihadismo sunita desde la formación de Al Qaeda hasta la multiplicidad de grupos que hoy combaten en el Medio Oriente y el Norte de África, muchos de los cuales se le han ido de las manos y aun revertido en su contra. Tal es el caso del EI, ya que además de alertar a sus socios el monarca saudí desplazó a 30 mil soldados a la frontera con Irak, para impedir el avance de los combatientes en la Península Arábiga; y aparte ordenó a los ulemas de las mezquitas del país que prediquen contra el yihadismo extremo del EI y descalifiquen la legitimidad del califato proclamado por éste, una maniobra que, por lo demás, desafía el liderazgo de la casa de los Saúd sobre el mundo árabe-sunita. Pero ninguno de estos actores, en buena parte corresponsables de la escalada de violencia sectaria que hoy se vive, quiere comprometerse a actuar sobre el terreno. Nada ha resultado como se esperaba desde las invasiones de Afganistán e Irak y los posteriores movimientos de la llamada “primavera árabe”, que si bien derrocaron a dictadores y sátrapas dejaron un vacío de poder y abrieron espacio a los grupos islamistas militantes que hoy se disputan el poder desde Yemen y Pakistán, hasta Libia y Somalia, con epicentro en Irak y Siria. Estados Unidos, que apenas hace tres años terminó de sacar todas sus tropas de Irak, no quiere volver a desplegar sus hombres en ese país y se ha limitado a dar armas, entrenamiento y, en las últimas semanas, bombardear con aviones no tripulados a las fuerzas del EI que avanzan sobre el norte iraquí. En este contexto, no se ve qué coalición multinacional sin despliegue militar pueda encabezar Washington. En cuanto a Siria, a principios de esta semana Barack Obama confesó que “todavía no tenemos una estrategia”. El presidente estadunidense ha rehuido involucrarse militarmente en la guerra civil del país levantino, donde los rebeldes moderados han ido perdiendo gradualmente terreno frente a los extremistas islámicos. Y atacar a estos últimos beneficiaría al régimen de Bashar el Assad, al que la Casa Blanca quiere fuera del poder. Un dilema difícil, sin duda, aunque Obama dijo que “no hay por qué elegir entre Assad y el EI”. La apuesta estadunidense es reforzar con armas y entrenamiento a los rebeldes moderados en Siria y a las milicias kurdas y el ejército regular en Irak, para que éstos libren las batallas en tierra, mientras se despliega una campaña de aislamiento político y económico contra Damasco y se fomenta un gobierno de unidad nacional en Bagdad, con la esperanza de que la inclusión de los sunitas en el ejecutivo federal desactive las simpatías de algunos sectores de la población iraquí hacia el EI. Hasta ahora, nada de esto ha funcionado. Los europeos, más cercanos geográficamente, muchos de cuyos ciudadanos de ascendencia musulmana se han ido a combatir en Siria y que temen regresen a librar la yihad en Europa, tienen todavía más apremio por frenar el avance del EI. Pero tampoco quieren entrar en combate, por lo que han optado por reforzar la seguridad de sus fronteras y enviar ayuda militar y humanitaria a los defensores sobre el terreno, concretamente algunos grupos moderados en Siria y los peshmergas kurdos en Irak. En cuanto a Arabia Saudita y sus correligionarios del Consejo de Cooperación del Golfo (Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán y Qatar), lo que hacen es reforzar sus fronteras, desarrollar tareas de inteligencia en beneficio de sus propios intereses y los de sus socios occidentales, y dejar que otros se deshagan de los elementos más extremos, sin entrar en colisión con las mayorías suníes no militantes ni beneficiar a sus enemigos confesionales históricos: los chiitas. En los hechos, estos últimos son los que se han llevado la peor parte ante el avance del yihadismo sunita, que los considera “apóstatas ni siquiera dignos de la conversión”; pero también son los únicos que podrían frenar a la larga el avance del EI, porque cuentan con ejércitos regulares y milicias organizadas para hacerles frente. El riesgo, por supuesto, es que ello pueda desembocar en un enfrentamiento mucho más amplio entre chiitas y sunitas, pero por lo pronto ha generado alianzas coyunturales impensables. Dentro de Irak, por ejemplo, una amalgama de milicias chiitas que en su momento combatió bajo las órdenes del clérigo Muqtada al Sadr como el Ejército del Mahdi a las tropas de ocupación estadunidenses, ahora reabutizada como Brigadas de Paz recibe avituallamiento y entrenamiento de Washington. Por su parte la máxima autoridad chiita del país, el gran ayatola Alí Al Sistani, llamó a todos los ciudadanos aptos para tomar las armas a sumarse al ejército regular iraquí, también respaldado por Estados Unidos. La suma de estas fuerzas ya empezó a dar algunos frutos con la liberación de varios sitios estratégicos y poblaciones multiétnicas alrededor del Kurdistán iraquí, donde la decidida resistencia inicial de los peshmergas empezaba a ceder ante los inclementes embates del EI, dejando en claro que los kurdos, por sí solos, no podrían detener indefinidamente la maquinaria militar de esta guerrilla extrema. Del otro lado de la frontera observa atento el gobierno de Irán, que para nadie es un secreto apoyó desde un principio la resistencia chiita contra la invasión estadunidense y la insurgencia sunita. Una vez instaurado sin embargo el gobierno del chiita Nuri Al Maliki, tanto Teherán como Washington se convirtieron en aliados de éste, aunque entre ambos no haya relaciones diplomáticas y continúe el diferendo por la cuestión nuclear. Ahora, con el avance del EI y la caída de Maliki, el nuevo presidente iraní, Hasán Rohani, advirtió que si los islamistas suníes tomaban Kerbala y Nayaf, las dos ciudades sagradas del chiismo en Irak, eso marcaría una “línea roja” para Irán que intervendría en territorio iraquí “sin restricciones”. De hecho, según The Wall Street Journal, Teherán ya ha enviado dos batallones de la Guardia Revolucionaria a Irak, donde los yihadistas suníes han destruido antiguos templos y mezquitas de confesiones diferentes a la suya. Más pragmático y moderado que su antecesor Ahmadineyad, Rohani también ha dicho que contempla la posibilidad de cooperar con Estados Unidos para luchar contra las milicias del EI en Irak. Y, sorpresa, el secretario de Estado Kerry, dijo que no descarataba “ninguna cooperación que fuera constructiva”. Incluso adelantó que las pláticas sobre ésta podrían darse al margen de las negociaciones nucleares que se llevan a cabo en Viena, aunque algunas fuentes señalan que Teherán habría condicionado su ayuda a que se levanten las sanciones sobre su programa atómico. Esta posible cooperación, aun si no se levantan las sanciones, ya debe estar causando escozor en Arabia Saudita y las otras petromonarquías del Golfo, que nunca vieron con buenos ojos el programa nuclear de su vecino y contendiente Irán, ante quien no quieren perder su supremacía regional ni el trato preferente que les dan los occidentales.  Más inquieto aún debe estar el gobierno de Israel, que ha apostado a la destrucción total del programa atómico de Teherán, arguyendo que busca desarrollar una bomba para aniquilarlo. Mayor complejidad hay en el escenario sirio, donde todos tienen las manos metidas pero nadie quiere dar la cara. A estas alturas del conflicto, con alrededor de 190 mil muertos y 2 millones de desplazados, la única fuerza militar cohesionada que subsiste es el ejército regular del régimen de Damasco y las milicias del movimiento chiita libanés Hezbolá, que acudieron en su ayuda. Pero Assad ha sido presentado por Occidente como un represor ilegítimo y Hezbolá está catalogado como un grupo terrorista. ¿Con quién cooperar? Según el presidente del Council on Foreign Relations, Richard Haas, “el gobierno de Assad tal vez sea terrible, pero es un mal menor comparado con el EI”. Washington quizás debería entonces flexibilizar su posición frente a Damasco, pero ello sería darle “aire político” al régimen, relegar a la intrascendencia a la oposición moderada y reconocer como fuerza beligerante a Hezbolá que, por lo demás, también es el único capaz de detener el yihadismo en el vecino Líbano. Implícitos estarían el beneplácito de Irán, que siempre ha apoyado a Damasco y financiado a este movimiento, y el disgusto de Israel, que sostiene con ambos un largo efrentamiento. Según el general Martin Dempsey, el militar de más alto rango en Estados Unidos, los yihadistas “sólo pueden ser derrotados si también se les persigue en Siria y no sólo en Irak”. Sabedor de ello, el gobierno de Assad se dijo dispuesto a sumarse a una eventual fuerza internacional contra el yihadismo, aunque advirtió que consideraría una agresión cualquier bombardeo que se llevara a cabo en su territorio sin su permiso; es decir,  que sólo es cuestión de solicitarlo. Por supuesto, el fenómeno del yihadismo es mucho más amplio y recorre el amplio arco del Islam que se extiende desde el Atlántico en el norte de África hasta el Pacífico en el sur de Filipinas. Pero lo que está actualmente en juego en la región del Medio Oriente puede determinar su desarrollo y persistencia en los decenios por venir. En todo caso, como escribió Miguel Ángel Bastenier en una columna en el diario El País, sería un espectáculo geopolítico mayúsculo “contemplar un día cómo Teherán, Damasco y Washington se coordinan para acabar con el extremismo suní”, generando escalofríos en sus aliados del Golfo y horror en Israel.

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