Los guiños de Corea del Norte

viernes, 6 de noviembre de 2015
MÉXICO, DF (apro).- La retórica oficial, inflamada de patriotismo y beligerancia, no ha menguado. Al contrario, por momentos parece incendiarse. Tampoco han cesado las demostraciones de fuerza hacia el interior y exterior, rubricando que hay un solo partido y un solo líder. Y sin embargo hay señales de que algo se mueve en Corea del Norte, aunque todavía no se sabe cuánto y hacia dónde. Hace un mes, Proceso (No. 2030) dio cuenta de la inédita presentación en Pyongyang de un grupo de rock esloveno, patrocinado por el gobierno de Noruega, en el marco de las celebraciones por el septuagésimo aniversario de la liberación norcoreana de la ocupación de Japón. Y aunque el concierto no estuvo abierto a todo el público, por primera vez resonaron en el Ponghwa Arts Theatre los acordes electrónicos de la denostada música occidental. Menos vanguardistas, también hay coqueteos internos. Están por ejemplo los grupos de pop Moranbong y Chongbong, integrados sólo por mujeres y cuyas canciones llenas de fervor patriótico combinan acordes de instrumentos clásicos y eléctricos. Y aunque uniformadas, como si de una banda militar se tratara, las chicas se presentan perfectamente maquilladas y con sugerentes minifaldas. El diario oficial Rodong Sinmun informó que el “querido líder” Kim Jong-un se presentó a sendos conciertos, con otra novedad: no asistió solo, sino acompañado de su joven y bella esposa, Ri Sol-ju, también muy modernamente ataviada. El dirigente, de 32 años y educado en Suiza, rompió así con la regla de su padre Kim Jong-il y su abuelo Kim Il-sung de no mostrar a sus mujeres en público. Otra señal fue la autorización al cineasta español Alvaro Longoria para que filmara en suelo norcoreano The Propaganda Game, un documental que muestra a Corea del Norte como “escenario de una feroz batalla propagandística interna y externa”. Lo opuesto de La Entrevista, una burda parodia estadunidense sobre el asesinato ficticio del joven “tirano”, y que desembocó en un choque entre Washington y Pyongyang, por un supuesto ataque cibernético de los norcoranos contra la productora Sony Pictures. Longoria no anduvo solo ni pudo hablar con ciudadanos comunes. Filmó lo que el régimen quiso: edificios y espacios públicos. Pero llama la atención una “vivienda del montón”, donde para mostrar “bienestar” hay objetos de consumo occidentales como jabones Dove, juguetes Disney y una computadora HP. También un refrigerador, “aunque nunca lo vimos por dentro”. Otras secuencias muestran una vitrina de Coca-Cola, chicos jugando con patinetas y hasta una misa dominical, algo impensable en el ateo país comunista. El trabajo se complementó con entrevistas a especialistas, periodistas, académicos, representantes de Naciones Unidas y organismos de derechos humanos y, también, desertores. Opuesto a la “simplificación informativa”, el cineasta asegura que trató de mostrar todos los puntos de vista y no sólo uno, “y que el espectador saque sus conclusiones”. Este afán por mostrar signos de apertura y de mejoría en los niveles de vida de la población a través de prácticas y productos occidentales, también fue observado por decenas de periodistas de diversas partes del mundo que fueron invitados a los fastos del setenta aniversario. Unos dan cuenta de la apertura de la primera pizzería en Pyongyang, donde se pueden consumir cervezas importadas y Coca-Cola, aunque por los precios la mayoría de los comensales son extranjeros. Pero la élite de la capital también suele reunirse en otros restaurantes modernos y las cafeterías se han puesto de moda. El resto de la población se congrega en las múltiples “terracitas” que han surgido en los barrios, por cuyas calles empero a los turistas no se les permite pasear. Para el entretenimiento, los capitalinos pueden asistir a conciertos, a cinco salas de cine –una en 3-D– o a un parque temático folclórico. También realizar un crucero por el río Taedong, participar en un centro ecuestre o visitar el nuevo acuario de Rugna, donde sus diez delfines consumen 100 kilos diarios de pescado y reciben, a través de una tubería de 70 kilómetros, agua salada desde el puerto de Nampo. La moda está cambiando. Los colores vivos, los brillos y las imitaciones de piel se multiplican en los accesorios y el vestuario de las chicas, muchas de las cuales lucen minifaldas. Y por supuesto la mayoría de los jóvenes vive pegada a un teléfono celular. Orascom –una joint venture de la estatal Koryolink y la compañía egipcia Telecom Holdings– reporta poco más de 2.5 millones de suscriptores. Más limitado es el acceso a internet, ya que para la red global los extranjeros tienen que pagar un alto costo y los norcoreanos sólo pueden conectarse a una red interna, diseñada y controlada por el gobierno. Avenidas y carreteras antes desiertas muestran ahora un tráfico inusual. Además de vehículos chinos, los notas periodísticas mencionan marcas como Hyundai, Volkswagen, Mercedes o BMW. Y también hay taxis, a 1.8 euros el banderazo, que los locales sólo usan en casos de extrema urgencia. Lo más novedoso: en las horas pico ya hay embotellamientos. La capital ha vivido un auge de la construcción. El año pasado se inauguró el barrio de rascacielos Changjon, con 18 bloques de vivienda; y para el aniversario de la liberación se terminó un gigantesco complejo habitacional con vista al río, exclusivo para académicos y científicos. Pero el mayor escaparate es el recién inaugurado aeropuerto de Sunan, donde según la enviada de El País, Macarena Vidal Liy, “hay una cafetería rebosante de productos occidentales, una tienda libre de impuestos donde ajuarearse a la última moda o comprar –a precio de oro– acceso a internet o tarjetas SIM”. Eso sí, cuando ha aterrizado el último avión y sus pasajeros han completado los trámites de ingreso, las luces de la terminal empiezan a apagarse. Lo que más impresiona de noche en Corea del Norte es la oscuridad, dice el corresponsal de la BBC de Londres, Steve Evans. Exceptuando los monumentos a los tres miembros de la dinastía Kim y a las gestas del Partido de los Trabajadores, apenas algunas luces parpadean en las calles y en los bloques de departamentos de la capital. Y en las zonas rurales la electricidad es casi nula. Desde el espacio, el país se ve como una gran masa negra con un pequeño punto luminoso. Sin embargo, algunos empiezan a ingeniárselas para obtener energía mediante pequeños paneles solares. Y la gente también ha encontrado la forma de cultivar sus propios alimentos y comerciar con ellos. La porosa frontera con China en el norte igualmente ha propiciado el cruce y comercio de productos, algunos de los cuales llegan hasta la capital. Si bien estas pequeñas actividades económicas privadas han proliferado desde que a fines de 2011 Kim Jong-un sucedió a su padre, no son del todo nuevas. La directora del Instituto Internacional de Estudios Coreanos de la Universidad de Lancashire y autora de North Korea markets and military rule ubica el punto de inflexión en la hambruna de los noventa que causó la muerte de cientos de miles de pesonas y dejó al país al borde del colapso. “La adopción del mercado surgió a nivel individual y popular como mecanismo frente a la hambruna y terminó con el sistema de Kim Il Sung que a través del Estado pagaba un salario y alimentaba a la población. Hoy, el conjunto de la sociedad, incluyendo a miembros del partido o del aparato de seguridad, dependen en el día a día del mercado”, explicó la experta a BBC Mundo. El resultado de estos cambios derivados de la necesidad, llevó a un sistema dual en el que el Estado sigue manejando los sectores estratégicos de la economía (minería, electricidad, armamento, etc.), mientras que el mercado actúa en una zona tolerada para los productos de consumo básico. Aun así, Bradly Babson, profesor de la Universidad John Hopkins y miembro del Comité Nacional sobre Corea del Norte de Estados Unidos, calcula que el sector privado representa ya un 30% de la actividad económica. Ante la falta de datos oficiales, el Banco de Corea del Sur –avalado por la ONU– ha situado en 2014 el crecimiento del Producto Interno Bruto norcoreano en 1% (el PIB per cápita es de mil 800 dólares anuales), subrayando que el sector primario del país sufre una desaceleración, mientras que los servicios y la construcción muestran un incremento. Estos datos no sólo se reflejan en las obras de relumbrón que el gobierno de Kim III ha querido mostrar al mundo, sino también en el surgimiento de una incipiente clase media, integrada en su mayoría por los leales al régimen y que se concentra en Pyongyang. Tal crecimiento dispar ha provocado una creciente desigualdad entre la capital y las zonas rurales, donde sobreviven 18 millones de norcoreanos en condiciones precarias. De acuerdo con la ONU, 70% de la población no tiene garantizada la seguridad alimentaria y 28% de los niños menores de cinco años sigue padeciendo desnutrición. Y según la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés) la fuerte sequía ocurrida este año, que haría descender hasta en un 14% la cosecha de granos, podría agravar todavía más esta situación. Si bien algunos analistas ven en estas tímidas actividades de mercado norcoreanas una posible apertura hacia el capitalismo, al estilo de China o Vietnam, ésta está todavía muy lejana. Malcolm Warner, investigador de la Universidad de Cambridge, explica que a pesar de que Corea del Norte “ha empezado a aprender de sus ‘hermanos socialistas’, abriendo parques industriales y pequeñas zonas económicas especiales, el conjunto de sus iniciativas no ha sido muy exitoso”. Ello se debe a la falta de inversión extranjera, de tecnología y de capacitación de la planta laboral, pero también al persistente recelo hacia cualquier presencia foránea. “Las reformas de Kim Jong-un no pueden funcionar en un país donde un viaje de negocios requiere de semanas para obtener una visa y el ascenso de los trabajadores no está determinado por su capacidad, sino por su lealtad política”, dijo al periódico El Mundo el profesor Andrei Lavrov, autor de varios libros sobre Corea del Norte. Ante estas dificultades, el régimen norcoreano se ha lanzado a la caza de divisas extranjeras. A ello obedece no sólo al escaparate del 70 aniversario, sino que ahora el Ministerio de Turismo promueve viajes a pistas de hielo al aire libre, estaciones de esquí, playas para surfear o canchas de golf, todos en paquete, con alojamiento y guías incluidos, pagados en divisas y en efectivo. Pyongyang también ha empezado a abrir algunas embajadas en Occidente, para allegarse socios. Aunque las visitas se han incrementado –muchas por morbo más que por interés real– los grandes hoteles de estilo soviético permanecen mayoritariamente vacíos y las inversiones foráneas siguen siendo escasas. Así, han surgido prácticas negativas. El 29 de octubre la ONU dio a conocer que al menos 50 mil norcoreanos han sido enviados fuera del país para realizar “trabajos forzados” a cambio de divisas para Pyongyang. La mayor parte está en China y Rusia, pero se les puede encontrar en todo el macizo continental euroasiático, y se calcula que aportan a la economía norcoreana unos mil 200 millones de dólares anuales. Además del tránsito irregular de productos y personas –la mayoría de las deserciones ocurre ahí– la porosidad de la frontera china ha propiciado un tráfico ilegal: el de las metanfetaminas. La BBC calcula que un 40% de la población fronteriza es adicta o consume cristal, y el resto de la producción casera –hasta 2005 era estatal– sale hacia China y de ahí a Corea del Sur o Japón, donde se multiplican las ganancias. Para complicar más el panorama económico norcoreano, el 1 de noviembre, haciendo a un lado sus diferencias políticas, China, Corea del Sur y Japón firmaron un Tratado de Libre Comercio. Beijing, el único aliado de Pyongyang, hace rato ha mostrado su disgusto por las bravatas nucleares de su vecino y así quedó plasmado en el comunicado conjunto: “Nos oponemos a cualquier acción que pueda causar tensión en la penísula coreana o violar las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU”. Los tres firmantes, partícipes de las negociaciones a seis bandas –ellos más Corea del Norte, Estados Unidos y Rusia– para desnuclearizar a la península, interrumpidas en 2009, desean que los norcoreanos vuelva a la mesa. China dice que tienen intenciones de hacerlo, aunque los recientes movimientos atómicos y el incediario discurso de Kim Jong-un afirmen lo contrario.

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