Hiroshima y Nagasaki: Oé y "el derecho a hablar de los muertos"

viernes, 31 de julio de 2015
MÉXICO, D.F. (apro).- El escritor japonés Kenzaburo Oé recibió el Nobel de Literatura un año antes del 50 aniversario del ataque con bombas nucleares a Hiroshima y Nagasaki, hecho que influyó de manera profunda su pensamiento como narrador. "Creo que fue en Hiroshima donde tuve mi primera visión concreta de la autenticidad humana”, escribe Oe --quien residió en México en 1976-- en su famoso libro Cuadernos de Hiroshima (1965). "Hiroshima es mi lima más dura y esencial", agrega, y aunque ya había escrito novelas que hacen referencia a la Segunda Guerra Mundial, como La presa (1957) y Arrancad las semillas, fusilad a los niños (1958), su principal referente es, hasta hoy, la experiencia de quienes sufrieron el ataque de la bomba atómica. Desde 1963 Oé viajaba durante los veranos a la ciudad para entrevistar los sobrevivientes (llamados hibakusha en japonés). Estos viajes fueron relatados en ensayos publicados en la revista Sekai (Mundo). Sus experiencias dieron cuerpo después al libro Cuadernos de Hiroshima, que contiene anécdotas, recuerdos, entrevistas y poemas. "Uno de los propósitos de estos cuadernos es mostrar cómo vive y piensa la gente de Hiroshima", dice Oé en el prefacio a la edición italiana del libro. Cuando visitó Hiroshima por primera vez, el entonces joven periodista tenía un amigo que se suicidó en París, víctima de un ataque de histeria por pánico a las bombas. El hijo de Oé, Hikari, cuya enfermedad ocupa la mayor parte de su obra, languidecía en una incubadora. Estos viajes a Hiroshima, confiesa el escritor, transformaron su vida. Desde entonces no ha dejado de ocuparse de los problemas de los hibakusha --a menudo discriminados en Japón ya que no se conocían los efectos que podía tener el contacto con ellos-- ni de apoyar a los movimientos a favor de la abolición de las armas nucleares. Cuarenta años después, Oé conserva esta postura. En 2011, ante el accidente nuclear de Fukushima provocado por el terremoto y tsunami del 11 de marzo, protestó por el uso de la energía nuclear. En este 2015 se ha opuesto también a los cambios en las leyes japonesas promovidos por el primer ministro Shinzo Abe, los cuales permitirían a las Fuerzas de Autodefensa de Japón salir en operaciones militares conjuntas con Estados Unidos. El pasado 4 de mayo estuvo en un mitin ante 30 mil personas en el que dijo: “Será la última vez para un hombre viejo como yo en la que hable frente a tanta gente, pero tengo la determinación de continuar trabajando para defender la Constitución”. Hace diez años, en la antesala del 60 aniversario del bombardeo, el escritor fundó la Asociación Artículo 9 para defender el artículo donde se consagra el pacifismo como la base del Japón de la posguerra. En un perfil que le hizo el diario británico The Guardian en ese entonces, aparece la anécdota de que Oé todavía seguía yendo a Hiroshima para hablar del tema del pacifismo y los efectos de la bomba nuclear. A Le Monde dijo en 2011, poco tiempo después de la tragedia de Fukushima: “Hiroshima debe estar grabado en nuestras memorias: es una catástrofe más dramática que los fenómenos naturales, porque fue hecha por el ser humano”. Y sentenció: “Repetirla, mostrando la misma falta de respeto por la vida humana en las estaciones de poder nuclear, es la peor traición a la memoria de las víctimas de Hiroshima”. Cuando le fue otorgado el Nobel, la Academia Sueca anunció que el japonés creaba “un mundo imaginario donde vida y mito se condensan para formar una desconcertante pintura de los predicamentos humanos de hoy ". Un nuevo humanismo Desde Cuadernos de Hiroshima Kenzaburo Oé se centró en una tesis que repite a lo largo del libro: Hiroshima y Nagasaki son ciudades conocidas en todo el mundo por el poder de la bomba atómica, pero no por el sufrimiento que causaron a sus víctimas. En su libro se encuentra la experiencia de mujeres jóvenes encerradas en sus casas por tener el rostro desfigurado, algunas otras que morían al dar a luz; un hombre que perdió el juicio cuando su nieto murió por la radiación y con el que platicaba continuamente. También reflexiona sobre la historia de un joven que logró salir de terapia, conseguir un trabajo, comprometerse, pero después murió y su prometida lo alcanzó mediante el suicidio, y la petición de una madre que ansía ver el cuerpo de su hijo deforme muerto al nacer para ganar “coraje”: "Una expresión valerosa de humanismo, más allá de ese humanismo popular; un nuevo humanismo que nace del sufrimiento de Hiroshima", opina el escritor sobre estas historias. Y pregunta: "¿Cómo podemos comprender la vergüenza que sienten las víctimas de la bomba atómica ante sus experiencias, sin avergonzarnos también de nosotros mismos?". Cuando fue publicado el libro, la sociedad japonesa hablaba todavía poco de los problemas de las víctimas de los ataques. Tras la explosión, hubo diez años de silencio y nueve después de intensa discusión pública. A quienes sobrevivieron el ataque, el escritor les llama "moralistas”, en el sentido que se le daba antes a la palabra en japonés: "Comentarista de la vida humana". "Cada uno de ellos tiene unas dotes únicas para observar y expresar lo que significa y representa el ser humano", asevera Oé. El escritor relata que durante la Primera Conferencia Mundial Contra las Armas Atómicas y de Hidrógeno (1955), los hibakusha se dieron cuenta de que no sufrían individualmente. Esa fue la primera vez que sobrevivientes de Hiroshima tuvieron la posibilidad de conocerse. Después nació el Movimiento por la paz en Japón, aunque también habla del desencanto que causó en las víctimas las posteriores conferencias divididas políticamente. "Transcurrido un año, me daba cuenta de que no encontraba vivo ni siquiera a uno de los que había entrevistado el año anterior", escribe el Nobel sobre su segunda visita al Hospital de la Bomba Atómica. En agosto de 1964, en su segundo viaje, 47 pacientes del hospital habían fallecido. El libro de Oé habla extensamente de la experiencia de los médicos que vivieron en Hiroshima en ese entonces, y que posteriormente fundaron el Hospital. Había 298 médicos en la ciudad cuando fue arrojada la bomba, de acuerdo con el Historial de Atención Médica de la Bomba Atómica de Hiroshima. 60 murieron en la explosión. Enfermeras, dentistas, psiquiatras que no podían salir de la ciudad por ley, hicieron frente a la radiación con algunos instrumentos quirúrgicos, inyecciones de alcanfor y vitaminas. Sobrevivientes y sus hijos aún padecen los efectos de la bomba, a pesar de que en 1945 el equipo médico de ocupación estadunidense anunció que todas las personas que podrían morir como consecuencia de la exposición a la radiación ya habían muerto, y auguró que no surgirán más casos de efectos fisiológicos atribuibles a la radiación residual. Veinte años después, destaca el Nobel, a partir del trabajo de los médicos japoneses, se desarrollaría la tecnología para atender a personas expuestas a la radiación y los efectos de la leucemia. Señala que en ese entonces la atención médica se mantuvo gracias a las organizaciones locales de la ciudad y de la región; por ejemplo, el Hospital de la Bomba Atómica fue construido con recaudación obtenida por la lotería postal de año nuevo. Es de la mano de los médicos que Oé obtenía las historias y las entrevistas para su libro. También en su libro el escritor habla de las personas que pudieron vivir una vida normal, de la creación de la Asociación de Víctimas de la Bomba Atómica, de la gente que "no se suicida a pesar de todo" y que ha adquirido "una nueva forma de pensar que ha surgido a raíz de su trágica experiencia". “El monstruo más terrible” El libro del Nobel de Literatura hace diversas reflexiones sobre la explosión de la bomba atómica. Y le pone epítetos: "El monstruo más terrible del siglo XX", "la experiencia vital más inhumana del siglo XX", "experiencia sin precedentes", "la herida más profunda de la humanidad". "Desde el momento en que explotó la bomba atómica, ésta se convirtió en el símbolo de toda la maldad humana; representaba a un tiempo un demonio salvaje y una nueva especie de peste moderna", juzga. Oé habla también del “paraguas nuclear” de Estados Unidos, la presencia militar norteamericana que todavía existe hoy en la isla Okinawa (27 mil soldados), y contra la cual se generan desde 2010 masivas protestas en la ciudad de Henoko. "El más terrorífico monstruo que acecha desde la oscuridad de Hiroshima es, precisamente, la posibilidad de que el ser humano no lo siga siendo por más tiempo", escribió en su libro ante la proliferación de armas atómicas de China y la URSS. Cuadernos de Hiroshima no es la única obra literaria sobre la bomba atómica. De hecho, existe todo un género en Japón llamado “Genbaku bungaku”, censurado entre 1945 y 1950, y realizado muchas veces por personas que vivieron la catástrofe. Las obras más representativas son Natsu no Hana, Flores de verano, (1947) del poeta Tamiki Hara, quien se suicidó en 1951; Shikabane no machi, La ciudad de los cadáveres, (1948), del poeta Y?ko ?ta; Genbaku shishu, Poemas de la Bomba Atómica, (1951), del poeta Sankichi Tôge, quien murió después de una hemorragia pulmonar en 1953, y la novela Kuroi ame, Lluvia negra (1964) de Masuji Ibuse. También aparecieron después diversos poemas y antologías de sobrevivientes como Antología de tanka de Hiroshima, que contenía 6 mil 500 poemas. Sin embargo, muchas personas decidieron no hablar sobre lo que les ocurrió. El doctor Yoshitaka Matsusaka, hijo de un sobreviviente, mandó una desencantada carta a Kenzaburo Oé a propósito de un ensayo del escritor acerca del derecho al silencio: "Detesto a quienes no comprenden nuestro deseo de silencio. Nosotros no podemos conmemorar el 6 de agosto. Lo único que podemos hacer es pasarlo en silencio junto a nuestros muertos", escribió Matsusaka. En otra carta, este mismo médico –que Oé cita en su libro aunque originalmente fue publicada en la revista Haguruma (Engranaje)--, lanza una pregunta: "¿No hay ningún relato que hable de una familia que, después de enfrentarse a la bomba atómica y a una tragedia temporal, haya sido capaz de vivir como cualquier ser humano?". En aquel entonces, todo lo relacionado con la bomba (víctimas, tipos de cáncer, enfermedades) quedaba asentado en los archivos de la Comisión de Víctimas de la Bomba Atómica, creado por mandato del presidente estadunidense Harry Truman en 1948. El Nobel cuenta una anécdota sobre un periodista de Estados Unidos que se disgustó porque un joven japonés, nacido el día en que fue arrojada la bomba, portó la llama olímpica de octubre de 1964. Su argumento: “Recordaba a Estados Unidos la bomba”. “Sólo las víctimas --escribió Oé-- tienen ese derecho a guardar silencio. Y a olvidar, si es posible. Sin embargo, suelen elegir hablar, estudiar y dejar constancia con toda su energía". En 1965 se organizaban datos sobre los efectos que tuvo la bomba en quienes fallecieron. Surgía un Grupo de Investigación de los Problemas de la Paz. En un programa de televisión que hizo Oé, cuando se publicó su libro, el periodista Toshihiro Kanai dijo: “La realidad del sufrimiento ocurrido en Hiroshima tenía que darse a conocer como se hizo con el Holocausto”. Y habló del “derecho a hablar de los muertos”. El libro de Oé termina refiriéndose a otro libro titulado Historias de Hiroshima, que recopiló los relatos de 164 personas y prohibido por las fuerzas de ocupación estadunidenses. Después de citar algunos de ellos, Oé concluye que los sobrevivientes (243 mil 692 personas en el 2008, de acuerdo con el gobierno nipón), son “los japoneses más auténticos de la posguerra”. Y concluye: "Ser sus compañeros es la única forma que tenemos de seguir siendo verdaderos seres humanos".

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