Líbano, una basura explosiva

viernes, 4 de septiembre de 2015
MÉXICO, D.F. (apro).- Desde la última semana de agosto los libaneses se han lanzado multitudinariamente a protestar por las miles de toneladas de basura que invaden sus calles, despidiendo un olor fétido y amenazando con una crisis sanitaria. El problema estalló en pleno calor del verano, cuando el principal vertedero del país simplemente se colapsó, sin que las autoridades hubieran previsto alternativa alguna. Las manifestaciones han sido de las más nutridas y violentas de los últimos lustros, y se han caracterizado por no presentar ninguna consigna o bandera partidaria o sectaria. Al amparo de la insignia nacional, los organizadores convocaron a la ciudadanía con el lema #Apestan; jugando con las emanaciones de los detritus y la corrupción endémica que ha caracterizado a los sucesivos gobiernos libaneses. “¡Revolución! ¡Queremos que el régimen se vaya!”, gritaban muchos de los marchistas, al tiempo que se desataba una batalla campal con la policía, que dejó un centenar de heridos entre ambos bandos. Finalmente, los organizadores plantearon un ultimátum: la dimisión del ministro de Medio Ambiente, Mohammed Machnouk; una solución duradera y viable para los residuos; una investigación sobre la represión a las protestas; y una explicación de lo que se hizo con el superávit del último presupuesto. A medidados de la semana, Machnouk se encontraba sitiado en sus oficinas, mientras el ministro de Agricultura, Akram Chehabby, se aprestaba a presentar un estudio para solucionar de fondo la ya conocida como “crisis de la basura”. En las calles continuaban los desechos y los enfrentamientos. En cualquier otro país del mundo, este episodio sería considerado como un conflicto civil con amplia participación ciudadana. Sin embargo, en Líbano podría constituir la chispa que incendie el ya de por sí explosivo panorama nacional, que combina la fragilidad institucional con un crucigrama sectario no resuelto; el desbordante flujo de refugiados que huyen de la vecina Siria, y la incursión cada vez más activa y beligerante de islamistas radicales. Para empezar, desde hace 15 meses en Beirut sólo rige un gobierno provisional. Desde que dimitió el anterior presidente, Michel Suleiman, los partidos no han podido ponerse de acuerdo sobre quién deberá sucederlo, lo que a su vez impide que se celebren elecciones legislativas, ya que es el ejecutivo el que tiene la facultad para convocarlas. En un país donde cohabitan 18 confesiones diferentes y que se desangró durante 15 años en una cruenta guerra civil (1975-1990), los pactos nacionales que emanaron de ésta para impedir que una fracción pudiera ejercer supremacía sobre otra determinaron que el presidente debe ser cristiano maronita, el primer ministro musulmán sunita y el portavoz del parlamento musulmán chiita. Este reparto se basa en un censo de 1932, que ya poco tiene que ver con las cifras poblacionales actuales. Pero por si esta obsolescencia y las pugnas internas no fueran suficientes, las alianzas partidarias con los gobiernos de Damasco, Riad o Teherán han enfrentado de nuevo a chiitas y sunitas, y obligado a cristianos, drusos y otras denominaciones a tomar partido, creándose así un clima de renovada tensión. De hecho, hoy por hoy, la pugna entre Irán y Arabia Saudita por el control regional y, en concreto, la guerra en la vecina Siria, son las que marcan no sólo la agenda política, sino también la económica y de seguridad del llamado “país de los cedros”. Con apenas 10 mil 452 kilómetros cuadrados y 4.2 millones de habitantes, Líbano ha acogido en los cuatro años desde que estalló el conflicto a 1.16 millones de fugitivos sirios, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Es decir que en ese lapso el país incrementó en un 25% el número de sus habitantes, y eso, según las cifras oficiales, porque no todos los que llegan califican como refugiados ni tampoco todos quieren registrarase como tales. Organizaciones humanitarias que laboran en el terreno calculan que tranquilamente puede haber entre medio y un millón de refugiados más en las sombras, que sobreviven de la mendicidad, el trabajo informal y el mercado negro. Y a esta precariedad se debe agregar que, desde hace un año, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU anunció una reducción de 50 % en la ayuda general destinada a los refugiados sirios. En un esfuerzo por frenar la presión demográfica y laboral, en enero de 2015 el gobierno de Beirut estableció por primera vez la obligatoridad de un visado para que los sirios ingresen al país (Líbano era antes parte de Siria) y emitió una lista de 70 profesiones que sólo podrán ejercer los libaneses. El resultado fue que de la noche a la mañana miles de familias sirias se vieron divididas a lo largo de la frontera, y las actividades y los cruces clandestinos se multiplicaron. Incapaces de competir con los bajísimos sueldos que cobran los refugiados sirios en el mercado informal, y con recursos cada vez más escasos a los que acceder en un país en crisis, que además debe desembolsar unos 6 mil 300 millones de euros, según el Banco Mundial, para atender a sus forzados huéspedes, los trabajadores libaneses menos favorecidos manifiestan un creciente encono hacia estos “intrusos”, que no pocas veces ha derivado ya en ataques físicos. En general, los libaneses acusan además a los desplazados sirios de colapsar la infraestructura del país. Los cortes de electricidad, que ya había antes, se llegan a extender ahora hasta por nueve horas; el agua puede faltar por días; el transporte público es insuficiente; las escuelas no alcanzan; los servicios médicos están saturados… y, desde luego, cada día hay más basura. Pero más allá de toda esta presión cotidiana, los refugiados sirios también trajeron consigo sus filias y sus fobias, lo que complicó la ya difícil convivencia sectaria del país. Y la participación de Hezbolá en la guerra de Siria, del lado del presidente Bashar el Assad, abrió la puerta a la violencia. Tan sólo en los primeros meses de 2014, en las zonas de control de esta milicia chiita libanesa en Beirut y el valle de Bekaa, se produjeron ocho atentados suicidas con media centena de muertos, entre ellos varios soldados del ejército libanés. Y en la norteña ciudad de Trípoli murieron 30 personas en enfrentamientos entre partidarios y detractores del régimen de Damasco. Pero la verdadera extensión de la guerra en Siria se dio en agosto de 2014, cuando durante cuatro días se enfrentaron soldados del ejército libanés y yihadistas suníes del Frente al Nusra y el Estado Islámico (EI) en la localidad libanesa de Ersal (a 12 kilómetros de la frontera siria). El saldo fue de 55 civiles y 14 militares muertos, 200 heridos entre unos y otros, más 35 uniformados que fueron capturados. Fuentes castrenses dijeron que pretendían intercambiarlos por presos islamistas que se encuentran en cárceles libanesas. Días antes, el líder del Estado Islámico, Abubakr al Bagdadi, había llamado a través de un video en Internet a “atacar al ejército libanés y a Hezbolá, y liberar a nuestros hermanos presos”. Ante la negativa del gobierno libanés a entablar negociaciones, el EI decapitó a dos soldados y Al Nusra ejecutó a un tercero. Otros dos murieron en un atentado con explosivos en un traslado. Hasta donde se sabe, el resto continúa retenido. A diferencia de otras partes de Siria, en la zona de Calamún, limítrofe con Líbano, Al Nusra y el EI han operado juntos, y lo mismo hicieron en su ofensiva sobre Ersal, un reducto sunita en el valle del Bekaa controlado por el chiita Hezbolá. Sus habitantes no han disimulado su apoyo a los yihadistas sirios, facilitándoles una zona de repliegue para aprovisionarse de munciones y alimentos, y poner a salvo a sus familias. También han recibido a miles de refugiados. Aunque políticos y religiosos libaneses sostienen firmemente que los yihadistas no tienen una estructura organizada dentro de su territorio, y que los apoyos que reciben son a título personal, la corresponsal de ‘El País’ en Líbano, Natalia Sancha, observa que la proliferación de banderas negras del EI no sólo en Ersal, sino en Sidón y Trípoli, los otros dos bastiones más conservadores del sunismo libanés, “apuntan a lo contrario”. La periodista española refiere que los radicales sunitas han sido “muy hábiles” para aprovechar los enfrentamientos sectarios locales a la hora de recabar apoyos. Entre ellos se encuentran los refugiados palestinos que durante decenios han sido relegados por los gobiernos de Beirut a una ciudadanía de segunda, negándoles el acceso a trabajos bien remunerados y a la seguridad social. También están los salafistas, que fueron ejecutados por centenares en los años ochenta por las tropas libanesas. Se sabe que muchos de ellos ya están combatiendo en Siria y otros hacen de cuña en el territorio libanés. Ante lo innegable, otras minorías también tomaron partido. Milicias cristianas patrullan junto con combatientes de Hezbolá las carreteras del Bekaa, y el Partido Social Nacionalista Sirio y el Movimiento Patriótico Libre del general Michel Aoun, ambos cristianos, le manifestaron abiertamente su apoyo a la organización chiita. Los drusos barajaron también la creación de una defensa civil armada, para sumarse a este bloque. En medio de los combates en Ersal el año pasado, Teherán, que desde siempre ha financiado a Hezbolá y ahora a través de éste apoya al régimen de Damasco, anunció que entregaría al ejécito regular libanés equipo militar para enfrentar la avanzada yihadista. El anuncio llamó la atención, porque previamente habían anunciado lo mismo Washington y Riad. La preocupación es que las dos potencias enfrentadas por la hegemonía regional puedan desatar una pugna dentro del aparato oficial castrense. En todo caso, las fuerzas armadas libanesas pasaron de la defensiva a la ofensiva. Primero lograron que los yihadistas se replegaran totalmente de Ersal y luego, a finales de octubre, hicieron lo propio en Trípoli, donde detuvieron a 162 personas. En los siguientes meses los militares realizaron redadas por todo el país, buscando armas, líderes de milicias locales, redes islamistas y refugiados sirios sospechosos. En diciembre, el diario ‘As Safir’ informó que se había detenido en territorio libanés a una esposa y un hijo de Al Bagdadi, ambos con pasaportes falsos. A lo largo de este año, las tropas regulares se han coordinado de facto con milicias y paramilitares laicos, cristianos y chiitas para frenar el avance yihadista. Falta sin embargo la bendición política para un frente común, que el gobierno interino no ha querido dar, temeroso de contrariar a sus aliados estadunidenses y europeos –y a su vecino Israel– que consideran al brazo armado de Hezbolá como una organización terrorista. Según se informó, los líderes de los partidos tenían previsto reunirse la próxima semana para tratar de llegar a un acuerdo, elegir un presidente y romper la parálisis política. Será difícil, porque las posiciones en lugar de acercarse se han alejado. Pero hay demasiados problemas acuciantes y deberían unirse bajo una sola bandera, como sus ciudadanos, y no sólo para enfrentar la “crisis de la basura”.

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