Las claves del "no" en Colombia

miércoles, 12 de octubre de 2016
El discurso del miedo del expresidente Álvaro Uribe en la campaña por el “No”, la baja participación electoral en algunas regiones, la impopularidad de las FARC y del presidente Juan Manuel Santos y el conservadurismo de amplios sectores de la sociedad, son algunos factores que explican lo que desde fuera de Colombia se observa como insólito: que la mayoría de los ciudadanos de este país votaran a favor de continuar una guerra que dura medio siglo y que ha dejado 220 mil muertos y más de 6 millones de desplazados. BOGOTÁ (Proceso).- Una de las colombianas con más trabajo y tareas políticas en estos días es la canciller María Ángela Holguín. Además de ser parte del equipo de negociadores del gobierno con las FARC y de conducir la política exterior de Colombia, el presidente Juan Manuel Santos le encomendó el lunes 3 establecer un diálogo político con los dirigentes de la campaña por el “No” a los acuerdos de paz con esa guerrilla; es decir, con los ganadores del plebiscito del 2 octubre en el que, se suponía, los colombianos iban a refrendar el acuerdo firmado apenas seis días antes en Cartagena por Santos y el comandante en jefe de las FARC, Timoleón Jiménez, Timochenko. Todas las encuestas indicaban que el “Sí” se impondría con una clara ventaja y casi ningún colombiano –ni siquiera el expresidente Álvaro Uribe, líder de la campaña por el “No”– pensaba que el rechazo al pacto para poner fin a una guerra de medio siglo podía triunfar en las urnas. Y triunfó. Con un estrechísimo margen –de menos de medio punto porcentual y por apenas 53 mil 894 votos–, pero lo hizo. Ese sorpresivo resultado dejó a Colombia en la peor crisis política de las dos últimas décadas y sin posibilidad de implementar un acuerdo de paz que tomó tres años y nueve meses negociar y que estipulaba, entre otros puntos, que las FARC dejarían las armas y se transformarían en un partido político legal. La canciller Holguín ya no recuerda cuántas llamadas ha recibido de sus colegas latinoamericanos y de otras regiones del mundo para preguntarle qué pasó en el plebiscito y por qué los colombianos votaron –según lo entiende el mundo– a favor de continuar la guerra. “La comunidad internacional está bastante aterrada –dijo Holguín el martes 4 en una rueda de prensa–. La verdad, reconozco que todas las llamadas que he tenido son de decepción, y de que no entienden cómo un país tome la opción de no hacer la paz.” Ella tampoco lo entiende bien. Como parte del equipo negociador de los acuerdos de paz jugó un papel decisivo para sacar adelante el acuerdo de justicia con las FARC, precisamente el que más objetan el expresidente Uribe y sus seguidores con el argumento de que garantiza la impunidad de los jefes de esa guerrilla. Mentiras a medias Ese argumento caló hondo en enormes segmentos de un país que tiene en la retina episodios como la matanza de Bojayá, en la que murieron 117 civiles en 2002, o el atentado explosivo en el club El Nogal en Bogotá, que dejó 36 muertos en 2003, o los miles de secuestros que se atribuyen a esa guerrilla. El gobierno colombiano buscó, sin éxito, que los jefes de las FARC responsables de crímenes de guerra y de lesa humanidad pagaran con privación de libertad esos delitos. Los jefes guerrilleros decían que nadie se desmoviliza para ir a la cárcel. La fórmula a la que finalmente se llegó estipula que los autores de ese tipo de crímenes no gozarán de amnistías y, si confiesan sus delitos ante la justicia, podrán ser sancionados con penas alternativas de entre cinco y ocho años de restricción de movilidad y trabajo en beneficio de comunidades afectadas por la guerra. Aunque la Corte Penal Internacional (CPI) avaló este modelo de justicia, a condición de que las sanciones previstas se hagan “efectivas”, Uribe y su partido, el Centro Democrático, armaron su campaña contra los acuerdos de paz con base en una mentira: que “quedan en la impunidad todos los delitos de lesa humanidad” cometidos por las FARC. A esa mentira le agregaron propaganda contra el hecho de que los jefes de esa guerrilla puedan postularse en el futuro al Congreso, cuando precisamente se trata de que abandonen la guerra para participar en política. Otras falsedades proclamadas en la campaña por el “No” a los acuerdos era que estaba en riesgo la propiedad privada y que el acuerdo era un pacto entre Santos y el jefe de las FARC, Timoleón Jiménez, para implantar el “castrochavismo” en Colombia. El gerente de la campaña por el “No” del Centro Democrático, Juan Carlos Vélez, aceptó en una entrevista con el diario La República que lo que hizo el partido uribista fue tergiversar los mensajes y exacerbar “la indignación (porque) estábamos buscando que la gente saliera a votar berraca (enojada)”. Y si alguien en este país puede infundir “berraquera” o encono contra las FARC es Uribe, cuyo padre, Alberto, fue asesinado por esa organización armada en 1983. Para el expresidente y senador, esa guerrilla es un grupo “terrorista”, el “mayor cártel de la cocaína del mundo” y el responsable único de todas las atrocidades de una guerra que ha dejado 220 mil muertos y más de 6 millones de desplazados, equivalente a 12% de la población del país. Uribe siempre omite mencionar a los otros protagonistas del conflicto armado que cometieron crímenes atroces. Entre ellos, a los militares, que, sólo por mencionar un ejemplo, ejecutaron al menos a 3 mil civiles durante el gobierno de Uribe (2002-2008) para presentarlos como bajas guerrilleras; y a los paramilitares, que son responsables de mil 166 masacres de civiles y 8 mil 903 asesinatos selectivos y con quienes el expresidente hizo un polémico acuerdo de paz la década pasada. En el diagnóstico de Uribe, quien tiene varios procesos judiciales abiertos por presuntos vínculos con paramilitares, las FARC, el grupo terrorista Al Qaeda y los cárteles mexicanos de la droga son lo mismo. “México no le aceptaría impunidad ni elegibilidad (política) a los cárteles de la droga. ¿Por qué Colombia le tiene que dar impunidad y elegibilidad a la FARC (sic), los mayores responsables del cartel de cocaína más grande del mundo que provee a México?”, dijo el exmandatario durante la campaña por el “No”. Propaganda negra Aquí en Colombia ocurre con Uribe lo que pasa en Estados Unidos con el candidato presidencial republicano Donald Trump. A los dos, la mayoría de los medios de comunicación les dan gran despliegue de manera acrítica, descontextualizada e irreflexiva. “Los medios electrónicos buscan sensacionalismo y dramatismo para ganar rating, y le dieron un gran espacio a Uribe y su propaganda negra. Eso hizo mucho daño a los acuerdos de paz”, dice a Proceso el director del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional, Fabio López de la Roche. Afirma que, además, la televisora RCN, propiedad del Grupo Ardila Lülle, hizo “abierta propaganda contra los acuerdos, sin ningún equilibrio informativo y sin hacer distingo entre la información y el proselitismo político”. De acuerdo con el académico, el expresidente Uribe no es el único autor de la derrota del “Sí” a los acuerdos de paz en el plebiscito, “pero sí es el que aglutinó, con su discurso del miedo y polarizante, a todos los colombianos que por ideología, desinformación o genuino rechazo a las FARC o al gobierno votaron por el ‘No’”. En esa campaña, agrega, “el factor comunicaciones fue decisivo, y Uribe lo explotó muy hábilmente, mientras que la comunicación de las FARC y del gobierno fue fatal”. Esto sucedió, explica, porque la guerrilla fue renuente durante los casi cuatro años de negociaciones a tener gestos de reconciliación con el país, y porque se tardó en pedir perdón por los crímenes atroces que cometió en el marco del conflicto armado. Lo hizo en los días previos al plebiscito. Y el gobierno, dice, nunca logró conectar los acuerdos de paz con la gente ni supo explicar sus beneficios, lo que al final se tradujo “en una confusión que aprovecharon el uribismo y sus aliados”, como el ultraconservador exprocurador Alejandro Ordóñez y el expresidente Andrés Pastrana. Ideología de género No es que los 6.4 millones de votos que recibió el “No” a los acuerdos de paz, que representan 50.21% de los sufragios del plebiscito, sean uribistas. Ahí está una parte del país irritada con las FARC por los abusos que cometieron en la guerra. Según la encuesta Gallup, 85% de los colombianos tiene una opinión desfavorable de esa guerrilla, que nació en 1964 con un ideario agrario y revolucionario y que desde los años ochenta financió la guerra con recursos de la hoja de coca. Santos, por su parte, quien se ha jugado todos sus activos políticos en el proceso de paz con las FARC, es un presidente que tiene apenas 29% de aceptación. Hay muchos gremios en pie de guerra contra el presidente. Desde los campesinos que acusan al gobierno de incumplirles los acuerdos que pusieron fin a un paro agrario hace tres años, hasta los camioneros en busca de subsidios y los taxistas que se sienten avasallados por Uber. “La baja popularidad de los dos autores de los acuerdos incidió en el resultado. Mucha gente votó contra ellos, no contra los acuerdos”, dice el profesor de la Universidad Nacional de Colombia y doctor en ciencias políticas de la Universidad Complutense de Madrid, David Roll Vélez. El académico considera que un gran porcentaje de votantes asumió el plebiscito como una elección entre Santos y Uribe, y que por esto éste último acabo por imponerse. El expresidente tiene una popularidad de 51%, porcentaje casi idéntico al que obtuvo el “No”. Un hecho político que también jugó en contra del gobierno fue el movimiento de padres de familia que surgió en agosto cuando la ministra de Educación, Gina Parody, intentó promover en las escuelas públicas normativas para garantizar la tolerancia a las diferentes identidades sexuales. Como Parody es gay, sus detractores –los padres de familia conservadores, las iglesias evangélicas y la jerarquía católica– la acusaron de promover el homosexualismo y la “ideología de género” en las escuelas, y el uribismo aprovechó para abanderar esos reclamos, lo que le dio una valiosa clientela política a la causa del ‘No’. En un país donde cerca de 15% de la población pertenece a denominaciones evangélicas, y donde millones de fieles se sienten identificados con valores católicos tradicionales, la movilización conservadora contra Parody resultó letal para los acuerdos de paz. Tanto, que la ministra renunció al cargo dos días después del plebiscito, mientras el presidente Santos sostenía una reunión con pastores evangélicos que llamaron a votar por el “No”. Y el mismo Uribe, desde la noche del triunfo del “No”, incorporó una nueva reivindicación en su discurso: el “respeto a los valores de la familia”. La trampa de las encuestas David Roll Vélez estaba en Londres en junio pasado cuando los ingleses, en forma sorpresiva, votaron “No” en un referendo a su permanencia en la Unión Europea. Y cuatro días antes del plebiscito para refrendar los acuerdos de paz con las FARC advirtió en un artículo que estaba observando en Colombia situaciones que le recordaban al Brexit británico. Una de ellas era el exceso de confianza de los promotores del “Sí”. Como las encuestas daban una ventaja de entre 14 y 34 puntos a la refrendación de los acuerdos, “los del ‘Sí’ subestimaron a la oposición, se confiaron y eso les acabó jugando en contra”, dice el académico de la Universidad Nacional. “En Colombia, igual que en el Reino Unido, estaban sobrados los del ‘Sí’ y no hicieron una buena campaña. Pero aquí las encuestas fallaron porque a la gente le daba pena reconocer en público que iba a votar por el ‘No’. Era un voto vergonzante y políticamente incorrecto”, asegura. Además, algunos líderes de la coalición de Santos, como el derechista vicepresidente Germán Vargas Lleras, que ha objetado partes de los acuerdos de paz, apoyó el “Sí” pero no hizo demasiado para que esa opción triunfara en las urnas. La apatía de Vargas Lleras en las campañas del plebiscito fue un aporte inesperado para los adversarios de los acuerdos de paz porque los cinco departamentos (estados) de la costa caribe que domina su partido, Cambio Radical, pudieron haber inclinado la balanza a favor del “Sí”. La abstención en esos departamentos en el plebiscito del 2 de octubre fue de 75%, 12 puntos más alta que en los comicios presidenciales de 2014. Si la participación se hubiera mantenido igual que en la pasada elección, de esa región hubieran salido 418 mil votos más por el “Sí”, casi ocho veces de los que necesitaba esa opción para ganar. La baja participación de votantes en la costa caribe también estuvo influida por las lluvias torrenciales e inundaciones que provocó ese domingo el huracán Matthew en esa región, que era la más entusiasta partidaria del “Sí”. Y es que el factor regional también influyó en el resultado. Solo Antioquia, el departamento del expresidente Uribe y su bastión político, aportó 16.5% de los votos del “No”. En ese departamento, el rechazo a los acuerdos se impuso con 24 puntos de ventaja sobre el “Sí”. En cambio, en poblaciones directamente afectadas por el conflicto armado, como Bojayá, donde hace 14 años ocurrió la matanza de civiles más cruenta de las FARC, el “Sí” tuvo un abrumador 95.78% de los votos. La canciller María Ángela Holguín reconoció el martes 4 que el gobierno nunca pensó que los acuerdos de paz iban a ser rechazados en el plebiscito. “Pensamos que Colombia era un país que quería vivir en paz –dijo–, que quería pasar la página, que quería volverse un país normal, pero también esto es un tema de lo que sienten los colombianos contra las FARC, lo que sienten de odios, de rencores, de venganzas que no hemos logrado superar.”

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