Epitafio para un agnóstico*

martes, 29 de noviembre de 2016
BUENOS AIRES (Proceso).- “Aquí yace un hombre que vivió las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña”, dice el imaginario epitafio trazado por el sacerdote dominico brasileño Frei Betto cuando piensa en la tumba de Fidel Castro. Y, según la Biblia, los bienaventurados son, entre otros, “los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”; los “de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”; los “pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”; los “que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”; los que por causa de Dios sean vituperados o perseguidos y digan toda clase de mal en su contra, mintiendo. “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”, dijo Jesús en su Sermón de la Montaña. Autor del libro Fidel y la Religión, Betto es quizás uno de los hombres que más indagaron en la “religiosidad” de Castro. Cree que Fidel es en realidad un hombre “agnóstico” que “siempre mantuvo buenas relaciones” con el Vaticano a pesar de sus desencuentros con la Iglesia. “Fidel nunca me dijo si creía o no en Dios. Me dijo: ‘Infelizmente los jesuitas (de quienes fue alumno durante varios años) no me inculcaron una verdadera fe cristiana’. Lo juzgo agnóstico. Sin embargo, respetó profundamente la fe religiosa de las personas y siempre mantuvo buenas relaciones con el Vaticano, como describo en la entrevista que él me concedió en Fidel y la religión”, dice Betto en respuesta a preguntas enviadas por Proceso a través de correo electrónico. Betto recuerda nítidamente cómo fue el primer encuentro que mantuvo con Castro: “Fue en Managua, en la noche del primer aniversario de la revolución sandinista, el 19 de julio de 1980. Lula (Luis Inacio da Silva, por entonces líder sindical y posteriormente presidente de Brasil) y yo fuimos invitados a la casa de Sergio Ramírez, vicepresidente del gobierno sandinista, donde Fidel vino a conversar con nosotros, desde las dos de la madrugada hasta las seis de la mañana. Hablamos de Brasil y, en mi caso, de las relaciones entre la Iglesia y el Estado”, señala. –¿En qué cambió ese Fidel del primer encuentro con el Fidel de los últimos años? –El Fidel del primer encuentro todavía tenía en la cabeza ciertas categorías marxistas arcaicas. Cuando le pregunté a él por qué el Partido Comunista cubano (PCC) era confesional y no laico, como deben ser los partidos políticos, él se llevó un susto. “¿Cómo confesional?”. Le respondí: “sí, tan confesional como el Partido Demócrata Cristiano. Pues la confesionalidad no reside apenas en afirmar la existencia de Dios. También en su negación. Y el Partido Comunista profesa oficialmente el ateísmo”. “Poco después el estatuto del PCC fue cambiado y el partido se volvió laico. Lo mismo ocurrió con el Estado cubano, de cuya Constitución fue eliminado el carácter ateo.” Betto ha sido un ferviente defensor de la revolución cubana y de Fidel Castro. Nació en 1944 en Belo Horizonte, estado de Minas Gerais, uno de los más ricos de Brasil. A los 20 años de edad se topó con la cruda realidad de los regímenes dictatoriales de la época: fue detenido y pasó 15 días en prisión sometido a torturas. A esa edad ingresó a la orden de los dominicos. Entre 1969 y 1973 volvió a ser encarcelado. Su compromiso con las fuerzas revolucionarias era evidente: colaboró con la guerrilla Acción Libertadora Nacional (ALN), dirigida por Carlos Marighella. En esos años, junto con un grupo de sacerdotes dominicos, integró un grupo de apoyo a los perseguidos políticos de la dictadura brasileña (1984-1985). Si bien asegura que jamás participó en una acción violenta, admite que dio cobertura a quienes se alzaron en armas contra el régimen militar. Betto trabajó luego durante cinco años en una favela de la ciudad brasileña de Vitoria y en 1979 se trasladó a Sao Paulo. En la década de los años ochenta asesoró a países del bloque socialista sobre las relaciones Iglesia-Estado. Visitó entonces Cuba, Nicaragua, China, la Unión Soviética, Polonia, Checoslovaquia. Además, estudió periodismo, teología, filosofía y antropología. En 1985 publicó Fidel y la religión, una extensa entrevista con Castro en La Habana que impulsó el acercamiento entre un sector de la Iglesia católica con el gobierno cubano. Después del triunfo de Lula en las elecciones presidenciales de 2002, Betto asumió el cargo de coordinador del Programa Hambre Cero, pero renunció a finales de 2004 “por falta de vocación” y “por la necesidad de recuperar” su “libertad intelectual”. Su militancia lo convirtió en un hombre político que brindó respaldo a la revolución cubana. Desde esa perspectiva reconoce que Castro tuvo muchísimos más aciertos que errores durante su gobierno, aunque se anima a mencionar las fallas que, a su juicio, ha tenido el régimen socialista. Uno de los mayores logros de Fidel –afirma– “fue asegurar a la población cubana los tres derechos fundamentales, en este orden: alimentación, salud y educación. Nadie nace en Cuba condenado a una muerte precoz como todavía sucede en Brasil. Cuba tiene muchos problemas, es un país pobre, y el bloqueo de Estados Unidos dificulta mucho las cosas. Pero no hay miseria, familias y niños en las calles, analfabetos y gente sin asistencia médica por no tener dinero”. Otro logro: la total independencia frente al imperio de los Estados Unidos. Afirma: “Nadie respeta más los derechos humanos en América Latina que Cuba. Allí todos tienen los derechos fundamentales de vivienda, trabajo, alimentación, salud, educación, etcétera. Es bueno no confundir derechos humanos con derechos burgueses, de una clase dominante”. –¿Y cuáles fueron los mayores defectos de Fidel y su gobierno? –Verse obligado a apoyarse en la Unión Soviética y no admitir el pluripartidismo en Cuba. Creo que la revolución está suficientemente consolidada como para temer una apertura política mayor. “Y si Cuba no posee una apertura política mayor es debido a la presión constante de Estados Unidos, sobre todo del bloqueo y de los atentados terroristas practicados en su contra”, enfatiza. –Si Fidel hubiera nacido en un país con mayor peso económico o geopolítico, como Brasil, ¿qué cosas podría haber realizado que no pudo cumplir en Cuba? –Creo que Cuba tendría menos dependencia de materias primas del exterior. En ese sentido, Brasil es un país privilegiado. Betto prefiere las respuestas cortas y en portugués, aunque habla y escribe muy bien en español. Cuando se le pregunta cómo cree que será recordado Fidel, responde con una frase: “como un hombre que luchó por la felicidad de su pueblo y osó enfrentar a la mayor potencia imperialista de la historia de la humanidad”. –¿La historia lo absolverá? –Ya lo absolvió –contesta–. Fidel, como el Che, está en el inconsciente colectivo. En cualquier punto del planeta en que se pronuncie su nombre habrá reacciones, favorables o no. –Usted que lo conoció durante muchos años, ¿de qué cosa cree que se arrepentía o que hubiera hecho diferente de haber podido volver atrás? –Sólo él podría responder esa pregunta. –¿Y qué cosa le gustaría preguntarle y nunca se animó? –Sobre sus entendimientos con los rusos a lo largo de la Guerra Fría. –Imaginemos que el gobierno cubano le encargara escribir el epitafio de Fidel, ¿qué escribiría? Para responder la última pregunta, Betto no se aparta del libreto y contesta: “Aquí yace un hombre que vivió las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña”. *Texto publicado en la edición especial número 20 de Proceso (abril de 2007).