Colombia: El riesgo de una paz incompleta

miércoles, 2 de marzo de 2016
El gobierno de Colombia y las FARC firmarán la paz tras 51 años de guerra. Pero este logro histórico no atajará la violencia si el grupo insurrecto Ejército de Liberación Nacional se mantiene en pie de lucha. La cuestión no es sencilla: los rebeldes afirman que dejaron de recibir invitaciones a negociar, mientras que las autoridades achacan el cese del diálogo exploratorio a divisiones internas en el grupo insurrecto. Urge reavivar los contactos, porque se calcula que miles de combatientes de las FARC, inconformes con el desarme, pueden pasarse a las filas del ELN. BOGOTÁ.- Mientras los delegados del gobierno colombiano y de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ultiman negociaciones en La Habana para suscribir un acuerdo final de paz, en Colombia no sólo sigue viva la guerra interna, sino que las acciones bélicas se han incrementado el último mes. De hecho, febrero es el mes más cruento del conflicto desde julio pasado: se multiplicaron los ataques insurgentes a puestos militares y de la policía, los secuestros, las voladuras de torres de energía eléctrica y oleoductos y las quemas de autobuses en las carreteras. Sin embargo, este recrudecimiento de la violencia no es atribuible a las FARC, que mantienen un cese unilateral del fuego desde hace siete meses, sino a la otra guerrilla de Colombia: el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Y es que, aunque el ELN sostiene desde hace dos años diálogos exploratorios con el gobierno con miras a formalizar un proceso de paz, las diferencias que aún existen entre las partes llevaron al grupo rebelde a optar por una estrategia de demostración de fuerza en el terreno militar para posicionarse mejor –según su lógica– en una eventual negociación política. “Este tipo de demostraciones de capacidad de fuego han precedido en Colombia la instalación de una mesa de negociaciones de paz. El ELN quiere llegar a un proceso de paz con algún tipo de visibilización y piensa –desde mi punto de vista, erróneamente, porque no la necesita– que así lo va a lograr”, dice a Proceso el profesor Carlos Medina Gallego, de la Universidad Nacional. El doctor en historia y autor de varios libros sobre el ELN, sostiene que a pesar del recrudecimiento de los ataques insurrectos –que han sido repudiados por todas las fuerzas políticas del país– el gobierno debe mantener los diálogos exploratorios y avanzar hacia un proceso de paz. “Si el ELN no llega a una mesa pública de negociaciones con el gobierno, Colombia va a permanecer en guerra aunque se logre un acuerdo de paz con las FARC”, sub­raya el investigador del conflicto armado interno. En Colombia es habitual que sectores políticos y el gobierno consideren al ELN el “hermano menor” de las FARC, pero la realidad es que esa organización tiene su propia historia y nunca ha estado bajo el alero de ningún grupo insurgente. Nació en 1965, sólo un año después que las FARC, con un ideario y estrategia inspirados en la Revolución Cubana y en las teorías político-militares de Ernesto Che Guevara. Sus fundadores, a diferencia de los de las FARC, que tienen un origen campesino, fueron jóvenes citadinos formados en Cuba –como los hermanos Fabio y Manuel Vásquez Castaño– y líderes estudiantiles de la época. Hoy, su principal instancia de mando, el Comando Central (Coce), está integrada por comandantes con educación universitaria y cuadros surgidos en las áreas rurales. Uno de estos últimos es Nicolás Rodríguez Bautista, Gabino, el jefe máximo de la organización. Capacidad de perturbación En comparación con las FARC, que según estimaciones del gobierno colombiano tienen unos 6 mil 500 hombres en armas y 80 frentes, el ELN es una guerrilla con menos poder, con mil 500 combatientes, seis frentes y una veintena de compañías móviles. Su presencia se concentra en los departamentos nororientales de Norte de Santander y Arauca, en la frontera con Venezuela, pero también tiene actividad militar en Santander, Bolívar, Antioquia, Cesar, Casanare, Boyacá, Chocó, Risaralda, Cauca y Nariño. Es decir, está en un tercio de los departamentos del país. Y sus redes urbanas de apoyo cuentan con unos mil 500 milicianos –la mitad de los que tienen las FARC–, que han demostrado capacidad de movilización y perturbación. El pasado 2 de julio, por ejemplo, la ciudad de Bogotá fue estremecida por dos atentados explosivos simultáneos que hirieron a 10 personas y destruyeron dos sucursales de la compañía financiera Porvenir, propiedad de Luis Carlos Sarmiento Angulo, el hombre más rico de Colombia. El gobierno atribuyó los atentados a la red urbana del ELN. Y en el marco de la conmemoración del 50 aniversario de la muerte del cura guerrillero Camilo Torres, que se cumplió el pasado 15 de febrero, el ELN decretó un “paro armado” de 72 horas que paralizó el transporte carretero en cuatro departamentos del país. Además, tres policías murieron en diferentes ataques de ese grupo y varios miles de personas se quedaron sin luz por la voladura de dos torres de energía eléctrica en el norteño departamento del Cesar. Como parte de su accionar habitual, el ELN perpetró este año atentados explosivos contra oleoductos, lo que causa daños millonarios a la estatal Ecopetrol y entorpece las exportaciones de crudo y el suministro de ese hidrocarburo a la industria. La guerrilla en la que Camilo Torres militó cuatro meses y en cuyas filas murió en un combate el 15 de febrero de 1966 también está involucrada en el secuestro de ejecutivos de firmas petroleras, empresarios, funcionarios públicos, policías y militares. Ahora mismo, desde el 2 de este mes, mantiene retenido al cabo segundo del Ejército Jair de Jesús Billar Ortiz, y desde septiembre pasado, al consejero de la gobernación de Norte de Santander, Ramón Cabrales, por quien ha pedido un millonario rescate. El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, ha condicionado el inicio de una eventual negociación de paz con el ELN a la liberación de esos dos secuestrados. El director del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac), Jorge Restrepo, señala que el ELN es una guerrilla que ha estado “en expansión en los últimos años, en particular desde que se iniciaron las negociaciones con las FARC (en noviembre de 2012), y que ha buscado ejercer más violencia y lucrarse de esa violencia en términos económicos y políticos”. Asevera que ha ocupado espacios que dejaron las FARC en los departamentos de Arauca, Cauca, Nariño y Chocó, y ha recibido “a parte de los hombres” de esa agrupación. De acuerdo con Restrepo, “el posconflicto con las FARC no va a comenzar cuando se firme la paz, sino que ya comenzó hace rato y el ELN ha aprovechado esa transición para expandir sus estructuras guerrilleras”. Según el director del Cerac, instancia que publica un informe mensual sobre la evolución de la guerra interna, “el conflicto con las FARC se detuvo por completo” desde que esta guerrilla decretó un cese unilateral del fuego en julio pasado. El gobierno respondió el gesto con la suspensión de los bombardeos a los campamentos de esa insurgencia. Y Colombia ha vivido el periodo de menor intensidad bélica en 51 años. Pero el ELN, en contraparte, ha incrementado sus acciones militares a tal punto que sectores políticos exigen al gobierno de Santos suspender todo diálogo con ese grupo armado. Restrepo indica que muchos expertos en seguridad esperaban que, al firmarse la paz, entre una quinta parte y un tercio de guerrilleros de las FARC inconformes con la negociación serían asimilados por bandas del crimen organizado. “Pero nos estamos dando cuenta de que lo que puede complicar más la situación de violencia en el posconflicto es precisamente el ELN”, explica el doctor en Economía por la Universidad de Londres. Asegura que esa guerrilla no sólo comete secuestros extorsivos y controla la minería ilegal en varias regiones. También, abunda, participa en el narcotráfico, en especial en la nororiental zona del Catatumbo, donde “se ha quedado con gran parte de la estructura” de Víctor Ramón Navarro Serrano, Megateo, un capo de la cocaína que se ostentaba como guerrillero y que fue ejecutado por la policía en octubre pasado. “Pablito”, la línea dura Carlos Velandia, un excomandante del ELN que se desmovilizó en 2003 tras pagar nueve años de prisión por su accionar en esa guerrilla, dice que sus antiguos compañeros de armas seguramente tomarán en cuenta que, en una eventual desmovilización de las FARC, las fuerzas militares colombianas orientarán toda su lucha contra ellos y serán un adversario más poderoso. Pero acorde con Velandia, más allá de las consideraciones militares, el ELN es una organización que tiene dirigentes con mucha formación política que deben estar contemplando muy en serio dar el paso hacia la paz. El excomandante rebelde considera que hay dos factores que han obstaculizado instalar una mesa de negociaciones entre el gobierno de Santos y la organización insurgente: las diferentes posturas que existen en su interior y la prioridad que han dado los negociadores oficiales a los diálogos con las FARC. En diciembre pasado, el comandante en jefe del ELN, Gabino, asentó en una entrevista con el diario vasco Gara que “la agenda de negociación” con el gobierno ya estaba acordada y que a comienzos de 2016 se anunciaría el inicio de diálogos de paz entre las partes. Pero en enero no ocurrió nada y a finales del mes el jefe de negociadores del gobierno, Humberto de la Calle, hizo un llamado público al ELN para que se decida a emprender un proceso de paz. La guerrilla de Gabino respondió en un comunicado que desde noviembre estaba esperando ser convocada por el gobierno al último ciclo de diálogos exploratorios para definir los detalles del lanzamiento de negociaciones formales, y que ese llamado no se había producido. Fuentes del gobierno colombiano informan que los acercamientos con el ELN están detenidos porque el grupo insurgente está entrampado en una “división interna” y en un debate sobre el país que debería ser sede de un eventual proceso de paz. Las fuentes consultadas detallan que el comandante del ELN Gustavo Aníbal Giraldo Pablito, quien forma parte del Coce desde enero de 2015, es renuente a una negociación que signifique entregar las armas. Y su voz tiene mucho peso en la organización, porque controla más de la mitad de la estructura militar y 60% de los recursos financieros, en especial por las “vacunas” que cobra a las empresas petroleras que operan en la zona del Frente de Guerra Oriental (FGO), que está bajo su mando. Pablito es la línea dura del ELN frente a los diálogos de paz. Piensa que ese grupo está llamado a ser “la reserva activa” de la insurgencia en Colombia. Es decir, un reducto guerrillero. El ala moderada del Coce ha optado por privilegiar la unidad y conciliar la postura del poderoso comandante del FGO con un probable diálogo de paz. El ELN, a fin de cuentas, tiene una estructura más horizontal y deliberativa que las FARC. En esta última guerrilla las decisiones las toma, en primera instancia, el Secretariado, pero si no existe consenso la última palabra la tiene Timochenko, el comandante en jefe. El otro factor que según funcionarios de la oficina de paz del gobierno ha impedido al ELN decidirse por la paz es Venezuela, país donde –de acuerdo con las mismas fuentes– radican la mayor parte del tiempo los principales comandantes de esa organización rebelde. El gobierno colombiano es renuente a que Venezuela sea la sede de un proceso de paz con la guerrilla de Gabino, por la inestabilidad política y económica que registra ese país, y ha insistido que la mejor opción es Ecuador. Pero los comandantes del ELN sienten una deuda de gratitud con el gobierno del presidente venezolano Nicolás Maduro y querrían que éste jugara un papel relevante como anfitrión de los diálogos. Otra opción que se ha manejado, según las fuentes consultadas, es que Ecuador sea la sede principal y Venezuela y Cuba sean sedes alternas. Procesos cruzados Para Medina Gallego, en cualquier escenario es muy poco probable que una negociación de paz con el ELN se anuncie antes de la firma de un acuerdo final con las FARC. “Los procesos están un poco cruzados en materia de tiempo y el gobierno y las FARC van a avanzar en su propio proceso sin esperar al ELN. Pero indiscutiblemente hay una necesidad de que el ELN llegue a una mesa de negociaciones porque la paz tiene que ser con todas las insurgencias o no es una paz completa”, considera. El autor de ELN: una historia contada a dos voces y Violencia y lucha armada: el caso del ELN considera que no toda la responsabilidad de la dilación en un proceso de paz ha sido de la guerrilla de Gabino. “El gobierno ha privilegiado la negociación con las FARC y no ha acabado de entender que el ELN es una organización diferente, más deliberante en su interior, y debe desarrollar una estrategia de debate que tome en cuenta esas particularidades”, señala. Para el senador del izquierdista Polo Democrático Alternativo, Iván Cepeda, es necesario que el ELN “inicie, cuanto antes, una mesa de paz con el gobierno porque no podemos tirar por la borda lo que ya se ha construido”. Cepeda, copresidente de la Comisión de Paz del Senado, afirma que nunca en la historia se había logrado pactar una agenda de negociaciones con ese grupo armado y, hoy que existe, “sería inadmisible un escenario en el que lleguemos a una paz con las FARC y con el ELN no”. Si eso ocurre, “la paz sería frágil y puede fracasar”.

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