La Pasión de los palestinos cristianos

miércoles, 23 de marzo de 2016
El mayor deseo de la pequeña comunidad cristiana palestina es celebrar la Pascua en Jerusalén. La distancia física con la ciudad santa es mínima pero las restricciones israelíes la convierten en un abismo infranqueable. Este año miles de cristianos de Cisjordania, Gaza y Jerusalén-Este no podrán de nuevo acudir a la iglesia del Santo Sepulcro durante la Semana Santa. Las autoridades religiosas denuncian unas políticas israelíes destinadas a reservar Jerusalén únicamente al culto judío. JERUSALÉN (Proceso).- Una multitud ondeando palmas se concentra en torno al monasterio franciscano de Betfagé, al pie del monte de los Olivos. Es domingo de Ramos y miles de cristianos se disponen a vivir la Semana Santa siguiendo los pasos de Jesucristo en Jerusalén. El punto de partida de la procesión es este santuario situado en la parte Este o palestina de la ciudad, donde se recuerda el momento en que Jesús montó sobre un asno y se dirigió, rodeado de una multitud exultante, hacia Jerusalén. Desde la puerta del monasterio la vista es impresionante y reveladora: varios pueblos palestinos con su perfil recortado por el minarete de sus mezquitas, colonias israelíes compuestas por decenas de casas idénticas y perfectamente alineadas que brotan en las cimas y laderas de las montañas y entre ellos, el muro de separación construido por Israel desde hace más de 10 años: una pared de hormigón blanca que serpentea por Cisjordania y ha dejado fuera de las fronteras de Jerusalén a miles de palestinos. Pero en este domingo de Ramos, la mayoría de los fieles, venidos de los cinco continentes, viven la fiesta ajenos al conflicto y la política. “Bendito el que viene en nombre del Señor”, entonan, en varias lenguas, mientras decenas de filipinos encabezan, cantando y bailando animadamente, la procesión que arranca a primera hora de la tarde hacia la Ciudad Vieja de Jerusalén. Para las autoridades religiosas y los cristianos de Jerusalén presentes es imposible cerrar los ojos y olvidar a quienes no han podido llegar al monte de los Olivos. Muchos lamentan también, con tono nostálgico y desolado, la transformación que ha sufrido la celebración de Pascua en Jerusalén en las últimas décadas debido a la ocupación israelí de la parte oriental de la ciudad, en 1967, y a la virulencia del conflicto israelo-palestino, que multiplica las restricciones para los cristianos, lleva al exilio a buena parte de los fieles y ahuyenta a los peregrinos extranjeros. “La tradición cristiana es celebrar esta fiesta en familia, pero sólo una parte de los palestinos cristianos puede venir a Jerusalén a participar en la Semana Santa”, explica el padre Jamal Khader, palestino y miembro del Patriarcado Latino (obispado) de Jerusalén. Los cristianos son minoría en Israel y Palestina y sólo representan entre un 1 y un 2% de la población, es decir unas 200.000 personas. Los palestinos de Cisjordania y Gaza, independientemente de su religión, necesitan un permiso israelí para venir a Jerusalén. En fechas como Pascua y Navidad, las iglesias solicitan estas autorizaciones para la comunidad, pero los procesos son lentos, complicados y a menudo estériles. “Israel concede los permisos tarde para impedir que las personas se organicen para viajar, a veces da permisos a personas fallecidas o solamente a una parte de la familia excluyendo al padre, por ejemplo, lo cual impide el desplazamiento del grupo entero. E incluso con las autorizaciones necesarias, muchos palestinos se ven después bloqueados en los retenes militares y tampoco pueden llegar”, lamenta Yusef Daher, secretario del centro inter eclesiástico de Jerusalén. El resultado de esta carrera de obstáculos es que los diez kilómetros que separan Belén de Jerusalén o los 80 kilómetros entre la franja de Gaza y la iglesia del Santo Sepulcro son distancias infranqueables para muchos palestinos. “Mientras que cristianos australianos o brasileños, que viven a miles de kilómetros, pueden venir sin problema a Jerusalén y celebrar la Pascua”, apunta amargamente el padre Jamal Khader. “Es muy triste porque nosotros, los cristianos de Tierra Santa somos las piedras vivas. No queremos que los peregrinos vengan y vean nuestras iglesias vacías pero la realidad es que están vacías de palestinos, porque vivimos bajo ocupación. Una ocupación limita nuestros movimientos y nuestra libertad de culto”, agrega. Peregrinos ajenos al conflicto La procesión de Ramos avanza lentamente hacia las puertas de Jerusalén, enmarcada por decenas de soldados y policías israelíes pese a que el acto religioso es por excelencia pacífico. En el cortejo ondean banderas de Polonia, Colombia, Estados Unidos o Senegal y se reza y se canta en múltiples lenguas. “No sé si hay cristianos palestinos que no pueden venir. Para mí es una gracia estar aquí hoy y confío en que Jesucristo brinde consuelo y esperanza a todos los cristianos de esta tierra”, admite lacónicamente Rodrigo, seminarista brasileño. “Es una experiencia inolvidable caminar hoy por los lugares por los que caminó Jesucristo. Celebrar la Pascua aquí nos conmueve. ¿El conflicto? No nos ha afectado pero se siente. Hay tensión en las calles, sobre todo en la Ciudad Vieja”, opina Carlos Taja, turista estadounidense. Fuentes oficiales israelíes aseguran que han concedido unos 10.000 permisos a palestinos cristianos en las Pascuas de los últimos años, pero las autoridades religiosas de Jerusalén estiman que no superan los 5.000. Se calcula que en Cisjordania viven más de 50.000 cristianos a los que se suman unos 1.500 en la franja de Gaza. En Jerusalén el número de fieles ha disminuido mucho en los últimos años y no supera los 10.000 fieles. Gran parte de la comunidad se ha exiliado debido al interminable conflicto y al sentimiento de sentirse invisibles entre dos mayorías, judía y musulmana. Lina Raheb pertenece al grupo de los afortunados. Ha venido con su familia desde Jericó, a una treintena de kilómetros de Jerusalén. “Tenemos una autorización de 45 días y estamos felices”, celebra Hacía casi 10 años que Yusef Dahlal no había puesto un pie en Jerusalén. Profesor de Educación Física en Belén, este palestino cristiano tiene un perfil que Israel normalmente rechaza a la hora de valorar la concesión de un permiso. Pero esta vez logró salir de Belén, atravesar el muro de separación y llegar hasta el monte de los Olivos de Jerusalén. “Soy hombre, tengo 30 años, no estoy casado. Si no fuera cristiano y si los franciscanos no hubieran intercedido por mí, no habría podido salir. Mis amigos musulmanes no obtienen permisos”, explica. Elías (pide que su nombre verdadero no salga en la prensa) ha tenido menos suerte y no obtuvo el permiso israelí para salir de Ramallah, en Cisjordania. Su voz denota el hartazgo y la impaciencia ante una situación que no cambia. “He perdido la cuenta de los permisos que he pedido a Israel. Cada vez que solicito uno me siento humillado y cuando me lo deniegan, doblemente humillado. Sólo pido ir a Jerusalén en Pascua. Soy una persona normal, no he cometido ningún crimen y únicamente quiero moverme dentro de mi patria, Palestina”, explica. Este comerciante deja entrever que ha decidido aventurarse a entrar en Israel sin permiso, como hacen decenas de palestinos utilizando medios diversos: desde intentar pasar desapercibidos en un vehículo hasta saltar el muro de separación. Desde Gaza, George Anton no oculta su alegría en una conversación telefónica. Este profesor católico, su esposa y sus tres hijas irán a Jerusalén dentro de algunos días. En total, 850 cristianos de la franja, del total de 1.500, han obtenido la autorización de Israel para salir a celebrar la Pascua fuera de Gaza. Es la primera vez desde hace prácticamente una década que hombres menores de 40 años, como Georges Anton, logran un permiso de Israel. La franja de Gaza está sometida a un severo bloqueo por parte de Israel que la aísla del mundo. Sus casi dos millones de habitantes necesitan autorización israelí para salir y los permisos llegan a cuentagotas. La otra ‘puerta’ de la franja, en la frontera con Egipto, está normalmente cerrada desde la llegada al poder de Abdelfatah Al-Sisi en 2014. “Creo que Israel está empezando a entender que asfixiarnos como lo hace sólo es contraproducente. Ojalá para los musulmanes de Gaza también comiencen a cambiar las cosas”, suspira Anton. ¿Hacia una Jerusalén judía? Xavier Abu Eid, uno de los portavoces de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y también cristiano, no puede evitar indignarse al hablar de las cifras de los permisos concedidos por Israel para Semana Santa. Para él, los números son engañosos y eclipsan el verdadero drama de los palestinos. “El tema no es cuántos permisos da Israel. Ni siquiera las astucias que usan para concederlos tarde o a una parte de la familia. El verdadero problema es el hecho de tener que pedir permiso para movernos dentro de Palestina, de nuestra tierra”, afirma. “Por una cuestión de dignidad, hay palestinos que ya han decidido no solicitarlos más. Prefieren renunciar a venir a Jerusalén antes que pasar hacinados como animales por retenes israelíes como del de Belén”, agrega. Las aspiraciones palestinas son la creación de un Estado que agrupe Gaza, Cisjordania y tenga Jerusalén-Este como capital. Detrás de las restricciones de acceso a Jerusalén para cristianos y musulmanes, los responsables palestinos ven la intención de Israel de ejercer una soberanía absoluta sobre la ciudad. “Israel quiere un Estado judío y una capital judía, que sería Jerusalén. Y sus políticas tienen este fin: desean la ciudad para ellos. Por eso ni musulmanes ni cristianos tienen libertad para venir a la ciudad ni para moverse dentro de ella”, denuncia Yusef Daher. “Jerusalén es una ciudad universal y aplicar todas estas restricciones es por tanto atentar contra la propia identidad de la ciudad. No se puede restringir esta ciudad a un solo culto”, corrobora el padre Jamal Khader. Actualmente los palestinos de Jerusalén, cristianos y musulmanes, son considerados residentes en la ciudad y no ciudadanos con derechos plenos. Pagan impuestos como los demás pero no tienen las mismas prerrogativas que los judíos: desde disponer de un servicio de limpieza de las calles o una señal de internet en condiciones en el Este de Jerusalén, hasta acceder sin problemas a un seguro de desempleo. Desde hace varios años, los palestinos cristianos de Jerusalén piden también ante la justicia israelí un acceso libre a los lugares santos, ya que decenas de fieles son bloqueados durante la Semana Santa ante las puertas de la ciudad y no pueden participar en las ceremonias en la Iglesia del Santo Sepulcro. “Israel argumenta razones de seguridad pero en el fondo todos sabemos que no es ése el motivo. Da tristeza ver la plaza de la iglesia del Santo Sepulcro vacía aunque en los últimos años hemos registrado algún progreso”, reconoce Taher. Los responsables palestinos lamentan también que no haya ninguna reacción de la comunidad internacional para impedir estos ataques contra la libertad de culto y para denunciar la distorsión del carácter demográfico, religioso y cultural de Jerusalén. “¿Cuántas restricciones por razones de seguridad impone Israel a los judíos de todo el mundo que vienen a Jerusalén a rezar ante el muro de las Lamentaciones en fiestas como la Pesaj (la Pascua judía) o Yom Kippur? Ninguna”, recalca Abu Eid. Calles vacías y violentas Cerca de la Puerta Nueva, en el barrio cristiano de la Ciudad Vieja, la conversación con tres ancianos palestinos cristianos lleva a recordar las Pascuas de hace décadas. “Los palestinos de Gaza venían sin problema, los egipcios llegaban en tren, los libaneses y sirios, en autobús. Estas calles eran una fiesta”, rememora Zacarias Babun. En este momento, no solo los cristianos de Oriente Medio han dejado de venir a Tierra Santa, sino los peregrinos de otras regiones y continentes debido al recrudecimiento de la violencia que padece Jerusalén desde octubre y que ha dejado más de 200 muertos, la mayoría de ellos palestinos. “Es triste como cristianos y duro desde el punto de vista económico. Cuando la Ciudad Vieja rebosa de peregrinos quiere decir que las cosas no van tan mal pero desde hace semanas está vacía. Mire la plaza”, dice el padre Jamal Khader señalando el exterior del Santo Sepulcro, donde no hay ni un solo grupo de peregrinos a pocos días de Semana Santa. La procesión de Ramos está a punto de entrar en la Ciudad Vieja y varias decenas de banderas palestinas aparecen en el cortejo, que se transforma casi en un acto de reivindicación y patriotismo. Inés, una palestina cristiana de Jerusalén, no oculta su emoción. “No son lágrimas de alegría, son de tristeza porque no tenemos gran cosa que celebrar. A veces, ni la fe reconforta porque ser palestino hoy significa atravesar tantas dificultades... Los cristianos de Jerusalén vivimos bajo un acoso permanente y mucha gente termina yéndose. Quedarse en Jerusalén es un acto de amor por la ciudad, un acto de resistencia”, afirma.

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