La guerra de los niños

viernes, 22 de abril de 2016
Adolescentes palestinos que intentan apuñalar a soldados, jóvenes desangrados por las balas en el centro de Jerusalén, niñas que sueñan con ser mártires y un número récord de menores de edad en cárceles israelíes. Azuzados por la falta de perspectivas y el sentimiento de tener poco que perder, jóvenes palestinos cometen o intentan cometer ataques contra israelíes que se saldan a menudo con su propia muerte o su ingreso en prisión. Es un rostro inédito y preocupante de este conflicto de décadas. JERUSALÉN (Proceso).- La calle de tierra está inundada de carteles con la fotografía de Hadil Awad, algunos ya desgarrados y descoloridos por la lluvia y el viento. La adolescente de 14 años convertida en shahid (mártir) aparece con el cabello cubierto con un velo negro y una sonrisa infantil. Es duro mirarla y recordar la violencia de su muerte. Es sólo una niña. Siguiendo las imágenes, se llega fácilmente hasta la puerta de la casa familiar en la ciudad palestina de Qalandia, cerca de Ramallah y a escasos metros del asfixiante muro de hormigón que Israel ha construido en los últimos 12 años en torno a Cisjordania. Es un humilde edificio de tres pisos, con puertas y ventanas desvencijadas, convertido en una especie de altar en recuerdo de Hadil y su hermano Mahmud, fallecido en 2013 tras recibir un disparo en la cabeza durante enfrentamientos con el ejército israelí. La tristeza que invadía a la familia tras su muerte se instaló definitivamente entre las cuatro paredes de la casa tras el deceso de Hadil, el 23 de noviembre de 2015. La adolescente fue acribillada y murió en el acto después de haber intentado atacar a varias personas con unas tijeras y haber herido levemente a una en la calle Jaffa, en pleno corazón de Jerusalén. Hadil iba acompañada de su prima, Noura, de 16 años, que resultó herida y está presa en una cárcel del norte de Israel. “Se levantó temprano como cada mañana, comió sus cereales, me pidió 100 shekels (unos 25 dólares) porque quería comprarse un gorro. Y se fue a la escuela, con su uniforme. La mataron con el uniforme de la escuela. ¿Se da cuenta?”, piensa en voz alta su madre, Maliha Awad. “Yo fui a Ramallah a hacer unas compras y mi cuñada me llamó y me dijo: ‘Vuelve porque las chicas no han ido a la escuela y parece que ha habido dos jóvenes que han cometido un ataque en la calle Jaffa’. No podía creer que fueran ellas, no lo podía creer. Cuando vi el video del ataque en la televisión reconocí a mi hija por los zapatos. Perdí la cabeza”, solloza. Desde hace tres meses esta mujer de 56 años, viuda y madre de otros siete hijos, repasa la fatídica jornada. Intenta encontrar una señal que dé algún sentido a lo ocurrido, una razón que justifique por qué su hija fue a Jerusalén e intentó perpetrar un ataque contra israelíes. Las imágenes grabadas por la cámara de seguridad de la calle muestran claramente a las dos jóvenes blandiendo unas tijeras en dirección de varios peatones aunque sus gestos muestren más miedo que aplomo. Tras herir levemente a un hombre, un civil les apunta con un arma pero no se atreve a disparar. Las dos adolescentes están ya en el suelo y desarmadas cuando un policía llega y dispara varias veces contra Hadil a escasa distancia y posteriormente contra su prima Noura. “No lo planeó, estoy segura. Era una excelente estudiante y soñaba con ser doctora para saber qué le pasó a su hermano Mahmud y cómo esa bala lo mató. Lo echaba mucho de menos. Me gustaría poder hablar con Hadil y preguntarle por qué. ¿Cómo pude no adivinar nada y dejarla salir de casa?”, se pregunta su madre, secándose las lágrimas con el extremo del velo mientras un profundo silencio se apodera del salón familiar. Hadil murió en el sitio del ataque. Su cadáver fue retenido por las autoridades israelíes 27 días, un castigo añadido para esta familia musulmana en una sociedad donde se enseña a enterrar a los muertos horas después del deceso. El hospital de Ramallah que examinó el cuerpo antes de darle sepultura contó al menos nueve balas. Tras prestar declaración, el policía que vació su cargador contra las chicas fue eximido de cualquier responsabilidad. “Dios lo castigará. Pido a Alá que le corte las manos y le quite la vista por lo que hizo”, susurra la madre, sentada en la cama de su hija, en una habitación pintada de rosa y adornada con muñecos de peluche. Hadil Awad no es un caso aislado. La lista de palestinos que han perpetrado o intentado perpetrar ataques en las últimas semanas habla por sí sola: según el Shin Bet, los servicios de seguridad interior israelíes, 37% de los atacantes tenía entre 16 y 20 años y 10% era menor de 16. Es un fenómeno nuevo, que no se había visto durante la primera o la segunda intifadas, cuando los agresores, muchos de ellos kamikazes, eran mayores de edad y actuaban generalmente en nombre de un movimiento armado. La tentación del martirio “Desde el fin de la segunda intifada, hace 10 años, los jóvenes palestinos sienten que no ha pasado nada y no hay avances hacia la creación de un Estado. Al contrario, su calidad de vida va mermando y se ven cada día más acorralados. La desesperación, la falta de perspectivas, las dificultades económicas de la familia y la escasa libertad, sumadas a la decepción que sienten hacia los propios dirigentes palestinos, impulsa a estos jóvenes a actuar así”, explica Rania Aljawi, responsable en Palestina de los programas de desarrollo infantil y de protección del niño en la organización Save the Children. Además, la “avalancha de información” gracias a las redes sociales –donde se comparten videos de ataques, enfrentamientos entre soldados y jóvenes, detenciones o situaciones tensas en los retenes– estaría creando un efecto de envalentonamiento colectivo y un deseo de convertirse en héroes. “Pongámonos en la piel de un estudiante palestino que para ir a la universidad tiene que atravesar todos los días un retén militar donde se le husmea hasta la comida que lleva. Estos chicos son interrogados, ven cómo sus mayores son arrestados y viven en muchos casos separados de una parte de la familia. Si son de Jerusalén tienen un documento temporal que los califica de residentes, pero no son ciudadanos plenos. Si tienen un pasaporte, es en muchos casos jordano. Esa falta de identidad es también humillante para ellos y los fragiliza”, agrega Aljawi. Además, en la sociedad palestina el martirio da un “cierto estatus” y estos jóvenes quieren sentir que juegan un papel importante y se están “sacrificando” por su país, estiman los expertos. “Creo que son actos más emocionales que políticos. Ellos saben que van a morir, lo hacen como un acto suicida, pero buscan ese reconocimiento del martirio. No se dan cuenta de que su muerte es algo definitivo, que no verán si su familia los quiere más o está orgullosa de ellos, si habrá miles de personas en su funeral o si su foto estará en las plazas de las ciudades palestinas”, estima Graciela Carmon, psiquiatra israelí perteneciente a Médicos por los Derechos Humanos. Uso excesivo de la fuerza Para Husam Zomlot, asesor del presidente palestino Mahmud Abbas, las imágenes de la muerte de Hadil Awad en pleno centro de Jerusalén muestran “la ejecución de una niña que tenía unas tijeras en la mano y que podría haber sido neutralizada sin problema por las fuerzas de seguridad israelíes”. En total, 208 palestinos han muerto violentamente desde finales de septiembre; de ellos, 78% tenía menos de 25 años, según cifras oficiales palestinas. Dos tercios de ellos eran agresores o presuntos agresores, apuntan datos israelíes. Además, estos ataques, la mayoría perpetrados con arma blanca, han segado también la vida a una treintena de israelíes. Los videos extraídos de cámaras de seguridad o los relatos de testigos describen la implacable violencia con que los israelíes, civiles y fuerzas del orden, reaccionan o abortan estas agresiones. La Unión Europea, la ONU y Estados Unidos han dado un toque de atención a Israel y han pedido contención en el uso de la fuerza. El gobierno de Suecia fue aún más lejos y pidió que se investigaran las presuntas “ejecuciones extrajudiciales” que estaría cometiendo Israel. El pasado 17 de febrero, el jefe del Estado mayor israelí, el general Gadi Eisenkot, sorprendió con unas declaraciones en las que criticaba el excesivo uso de la fuerza por parte de las fuerzas de seguridad israelíes contra jóvenes palestinos. “Cuando una chica de 13 años amenaza con unas tijeras o un cuchillo y hay una distancia entre ella y los soldados, no quiero ver a un soldado abriendo fuego y vaciando su cargador contra ella, incluso si la muchacha ha cometido un acto grave”, dijo el general en unas declaraciones que parecieran inspiradas por el caso de Hadil Awad. La ola de violencia que se registra desde octubre no sólo ha aumentado el número de niños muertos y heridos, sino que ha disparado también el de menores palestinos encarcelados. En este momento y según la organización de defensa de presos palestinos Addameer, hay unos 600 menores de edad palestinos en penales israelíes. Algunos han sido detenidos por cometer o intentar cometer ataques, otros muchos por enfrentarse a los militares con piedras o neumáticos en llamas. Casos como el de Dima al Wawi, palestina de 12 años de un pueblo del sur de Cisjordania, que fue condenada a cuatro meses de cárcel por intento de homicidio tras haber sido detenida a las puertas de una colonia israelí escondiendo un cuchillo entre la ropa y diciendo que quería “matar judíos”, impresionan especialmente a la opinión pública. La familia de la niña ha declarado a la prensa palestina que la versión israelí es falsa y que la pequeña ha sido maltratada durante su detención, fue interrogada sola, sin abogados ni allegados presentes, y ha firmado una declaración en hebreo que no entendía. “Israel es plenamente consciente del impacto que un arresto puede causar en niños de 14 años o menores. Saben que esta experiencia los perseguirá el resto de sus vidas. Las condiciones de detención de estos menores son muy preocupantes: pasan hambre, frío, no hablan hebreo y no entienden qué pasa a su alrededor durante los interrogatorios. Aspectos básicos de una detención que deben aplicarse según la ley internacional no son respetados por Israel y los niños sufren muchísimo”, explica Sahar Francis, abogada y directora de Addameer. Algunos menores pasan días en prisión; otros, interminables meses. El sistema legal es complejo: los menores arrestados en Cisjordania comparecen ante tribunales militares israelíes y menores de 14 años pueden ser encarcelados hasta seis meses. En Israel no pueden ser encarcelados menores de 14 años, pero el Parlamento debate un proyecto de ley que prevé que los niños palestinos pueden ser enviados a prisión desde los 12 años por delitos llamados ideológicos, como tirar piedras. “Hace mucho frío, no tienen comida, no tienen mantas ni colchones para dormir. Ha perdido mucho peso, tiene el rostro muy amarillo y vi que en el cuello tiene marcas como si alguien lo hubiera intentado estrangular. Pude verlo 30 minutos y pasé 25 llorando”, explica Khaoula, madre del joven palestino Abdul Nasser Odeh, de 14 años, preso desde septiembre en una cárcel del norte de Israel, sin cargos oficiales hasta el momento, después de que soldados israelíes encontraron en un jardín situado frente a la casa una bolsa con material que podría ser usado para fabricar explosivos. “Temo que esté marcado para siempre, que no pueda volver a ser un niño normal”, vaticina su madre.

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