Juicio a Dilma y un radical giro a la derecha

lunes, 16 de mayo de 2016
Dilma Rousseff está temporalmente fuera del Ejecutivo brasileño. El Parlamento, dominado por la oposición, logró su cometido: someterla a juicio político. Y el relevo de la mandataria, Michel Temer, es un personaje rodeado de asesores acusados de corrupción y quien ya envió su primer mensaje, nada grato para los millones de ciudadanos que le dieron su voto a la defenestrada política: habrá privatizaciones y reducciones del gasto público, recortes, reformas, adelgazamiento de la estructura pública. Es la nueva cara de Brasil… y la ultraderecha está de plácemes. BRASILIA (Proceso).- Brasil acaba de poner fin a dos décadas de transiciones políticas mandatadas por las urnas, sin sobresaltos. La caída, temporal, de Dilma Rousseff y de su Partido de los Trabajadores (PT) del poder por decisión parlamentaria supone un brusco giro conservador. El presidente en ejercicio, Michel Temer, “número dos” de Rousseff desde el primer día de mandato de la presidenta, en 2011, deberá ahora legitimar su liderazgo por la vía de la eficiencia económica, si quiere mantenerse en el poder hasta los comicios de 2018. Pocas veces ha sido tan palpable un cambio de régimen como el que se vivió en el Palacio de Planalto –sede de la Presidencia– el jueves 12, día que quedará marcado en la historia de Brasil. Por la mañana, bajo un sol radiante, Rousseff dio un discurso de salida que sonó a fin de ciclo, pese a los llamados de la mandataria suspendida a “luchar hasta el final”. Sus ayudantes, ministros y legisladores de la base del PT se mostraban cabizbajos; incluso hubo quien lloró. “Puedo haber cometido errores, pero no cometí crímenes”, dijo Rousseff, arropada por la plana mayor de su partido, poco después de recibir la notificación de que 55 de los 81 senadores habían votado horas antes en la Cámara Alta a favor de iniciar el “impeachment” y que, por lo tanto, ella quedaba apartada del poder 180 días. Junto a la presidenta había hombres y mujeres, blancos y negros. De todas las edades. “Estoy siendo juzgada injustamente por haber hecho lo que la ley me autorizaba a hacer”, dijo, en referencia al uso de créditos de entidades públicas para encuadrar las cuentas públicas de 2014 y 2015 (ese es el argumento jurídico del juicio político). “Ya sufrí el dolor invisible de la tortura y ahora sufro una vez más el dolor igualmente innombrable de la injusticia. Lo que más duele en este momento es la injusticia”, aseveró, al recordar su pasado como activista torturada durante la dictadura militar. Prometió de nuevo que luchará pacíficamente: “Jamás desistiré”, aseveró, antes de salir a pie de Planalto y darse quizá el último baño de multitud ante cientos de personas –sobre todo mujeres– reunidas en las afueras del edificio. En los pasillos del futurista palacio presidencial, dominado por el PT los últimos 13 años, se acometía un desembarque en toda regla: los funcionarios e incluso los exministros se tomaban fotos con el celular, vaciaban salas y destruían documentos. Algunos miraban con melancolía las últimas escenas del que podría ser el fin de una era de izquierda para la mayor economía de América Latina. Luiz Inacio Lula da Silva, mentor de Rousseff, se mantuvo en un calculado segundo plano. Ni siquiera habló públicamente en un día tan señalado como era el de la caída del partido que él llevó a lo más alto del poder. Un gesto que quizá señale que, ante la voluntad de disputar la elección de 2018, Lula tomará distancia ahora de una presidenta que abandona el poder en mínimos históricos de popularidad que rozan 10%. El relevo Seis horas después, la misma sala en la cual Rousseff había entonado su despedida estaba completamente llena. Tan repleta de diputados, senadores, gobernadores y políticos conservadores desplazados para dar la bienvenida a Michel Temer, que la prensa tuvo que ser acomodada en un área anexa y seguir la alocución por una pantalla de televisión. La diversidad de la era Rousseff dejó paso a un gabinete compuesto exclusivamente por 23 hombres. Todos blancos. Ahí arrancaron las primeras críticas al Ejecutivo interino: la influyente periodista Miriam Leitao evocó un “retroceso de décadas si esa regla se mantiene”. “Después de los gobiernos del PT, en los que hubo más diversidad de mujeres, negros, el diseño hasta ahora es de un gobierno Temer sin diversidad. Si eso se confirma ya entra con cara de pasado”, escribió Leitao en su blog del diario Globo, cuyo grupo editorial es extremadamente crítico con los gobiernos de Lula y Rousseff. Su gobierno, lleno de ministros elegidos para que las reformas de Temer reciban el respaldo de un Parlamento atomizado, tendrá el desafío de tratar de ganarse la confianza por sus acciones, pues no tuvo el respaldo de las urnas. Temer usó el término “democracia de la eficiencia” en su primera alocución y evocó la “moral pública”, aunque tres de sus ministros están bajo sospecha por su eventual implicación en el caso de corrupción de Petrobras. Aunque el presidente no está acusado, varios empresarios y senadores interrogados por la policía en la Operación Lava Jato señalan que se benefició de la trama vinculada con la estatal petrolera. “Es urgente hacer un gobierno de salvación nacional”, dijo el nuevo mandatario. “Queremos incentivar la asociación público-privada para generar empleo. El Estado no puede hacer todo, depende del sector productivo”, explicó, en alusión a las privatizaciones y reducciones del gasto público que acometerá el nuevo ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, un banquero de 70 años con fama de implacable en lo que se refiere a las cuentas públicas. Un día después, el viernes 13, Meirelles –uno de los hombres más poderosos del nuevo gobierno– preparó a los brasileños para lo que viene: recortes, reformas, adelgazamiento de la estructura pública. Trató de entonar un discurso que no asustara a los movimientos sociales, invocando la necesidad de mantener los programas sociales que han sacado a millones de personas de la pobreza, como el Bolsa Familia, una pensión alimenticia que reciben 46 millones de brasileños. “La sociedad brasileña está madura para medidas de ajuste”, aseveró en referencia a que las reformas del nuevo Ejecutivo podrían causar rechazo en la población y, eventualmente, protestas sociales, en un país caracterizado por históricas luchas laborales y donde las huelgas logran paralizar fábricas enteras durante semanas. Este exbanquero, con experiencia en Estados Unidos, rechazó decir cuánto tiempo necesitará el país para salir de la crisis económica, pero apuntó a cambios profundos en el corazón del sistema: las pensiones y los derechos laborales. Incluso dejó la puerta abierta a que se produzcan manifestaciones en las calles. “Estamos preparados para tomar medidas, las necesarias, las que hagan falta, y decir la verdad a la población. En relación con las protestas… forman parte de la democracia. Puede ocurrir. Evidentemente que tiene que prevalecer el interés de la sociedad. No se puede agradar a todos”, aseveró Meirelles, quien este lunes 16 presentará a su equipo de colaboradores y al presidente del Banco Central. Los últimos indicadores de la economía brasileña reflejan un claro empeoramiento de la contracción económica y, sin duda, servirán de telón de fondo para justificar los planes del gobierno de Temer. El desempleo está al alza y afecta a 11 millones de brasileños; la inflación supera el 6% y hay contracción en prácticamente la totalidad de los sectores económicos, a excepción de las exportaciones. Datos provisionales publicados por el Banco Central este viernes 13 señalan que el PIB cayó 1.44% en el primer trimestre de 2016. El año pasado se contrajo 3.8%, durante la peor crisis del gigante sudamericano en décadas. En el exterior, la caída de Rousseff fue comentada con cautela por Estados Unidos, la Unión Europea o incluso Argentina. Los gobiernos de izquierda de Venezuela, Bolivia y Cuba rechazaron de plano el “golpe”, anticipando el giro radical que puede dar la diplomacia brasileña, tras más de una década anclada al “eje bolivariano”. El nombramiento de José Serra –del liberal Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), la gran formación de oposición– como canciller augura un acercamiento con Occidente. Serra, muy crítico hacia la Venezuela de Nicolás Maduro y la Bolivia de Evo Morales, con toda probabilidad llevará la política exterior y comercial de Brasil a una órbita en la que el Mercosur tenga menos peso. Una oportunidad para México, que negocia desde hace meses la ampliación de un acuerdo comercial y de servicios con Brasil.

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