El impensable abrazo entre Ingrid y Clara

miércoles, 18 de mayo de 2016
La guerra las rompió. Ingrid Betancourt y Clara Rojas eran “casi hermanas”, pero fueron secuestradas por las FARC; eso las derruyó y trocó su amistad en rencor. Pero a unas semanas de que el gobierno y la guerrilla firmen la paz, la excandidata presidencial y su exasesora coincidieron en un foro y volvieron a abrazarse. Ese acercamiento se ha transformado en un símbolo de lo que puede lograr Colombia, y ha traído a primer plano las heridas que permanecerán abiertas después de que el conflicto armado llegue a su fin. BOGOTÁ (Proceso).- Una de las muchas cosas que perdieron Ingrid Betancourt y Clara Rojas durante los más de cinco años que permanecieron cautivas en manos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) fue su amistad. Cuando esa guerrilla las secuestró, el 2 de febrero de 2002, tenían una estrecha relación personal que soportaba los rigores de sus actividades políticas. Ingrid era candidata presidencial del Partido Verde Oxígeno y Clara era su jefa de campaña, su asistente de mayor confianza y su confidente. Eran, según coinciden ambas, “como hermanas”. Pero durante su cautiverio en las selvas del sur del país no sólo se distanciaron, sino que entre ellas afloraron resentimientos, reproches y una rabia profunda. Las dos supieron siempre que esa fractura fue propiciada por las condiciones extremas de su vida como rehenes y por los desajustes emocionales que les produjo la repentina pérdida de la libertad y el acecho cotidiano de la muerte. Las dos creen que lo que aflora de un ser humano en ese entorno de aislamiento y desazón es lo que verdaderamente es esa persona. O, cuando menos, parte importante de lo que es. Por ello, cuando recobraron la libertad, su ruptura se profundizó en medio del debate público de sus desavenencias y de la inquina que alentaron otros rehenes que convivieron con ellas en la selva y las propias FARC. Este grupo insurgente no sólo negó su condición de secuestradas, al llamarlas “prisioneras de guerra”, sino que incluso llegó a afirmar que el distanciamiento entre ellas durante el cautiverio se debió a que sostenían una relación sentimental que se quebró porque Ingrid no resistió que Clara se hubiera embarazado de un guerrillero. “Ingrid no entendía que ella se hubiera enamorado del papá del niño”, escribió en septiembre de 2014 la “guerrillera Diana” en una página web de las FARC. Entre suspicacias de terceros e intercambios de obuses entre ellas mismas a través de libros de su autoría en los que se acusaron de deslealtad, indolencia frente a la adversidad de la otra y hasta mezquindad, la relación de las otrora mejores amigas parecía irremediablemente destrozada. Pero Colombia es un país que ha comenzado a recorrer el camino de la reconciliación. El gobierno y las FARC están a semanas de firmar un acuerdo final de paz, tras tres años y medio de negociaciones, y era difícil que dos mujeres como Ingrid Betancourt y Clara Rojas –que son víctimas tan visibles del conflicto armado interno– quedaran al margen de los llamados al perdón que hacen los partidarios del proceso de paz. Fue el senador Mauricio Lizcano –cuyo padre, Óscar Tulio Lizcano, también estuvo secuestrado por las FARC– quien gestionó el reencuentro de Ingrid y Clara. La excandidata presidencial del desaparecido Partido Verde Oxígeno, quien reside en Oxford, Inglaterra, donde cursa un doctorado en teología, tenía seis años sin visitar Colombia. Lizcano cuenta que le llamó por teléfono para preguntarle si estaría dispuesta a participar en un foro donde Clara Rojas estaría como invitada. “Me dijo que sí, sin ningún problema, sin prevención, y de ahí todo fue fluyendo muy bien. También hablé con Clara, le dije que Ingrid estaría invitada y que el tema del evento era la reconciliación”, indica el senador del gobernante Partido de la U. Más que realismo mágico El pasado jueves 5, la noticia en Colombia fue precisamente la reconciliación entre Clara Rojas e Ingrid Betancourt. Las imágenes del abrazo entre las dos abrieron los noticiarios de televisión, y fueron portada en los portales informativos y en los periódicos del día siguiente. “Es una imagen emblemática para el país, porque ellas encarnan una doble reconciliación: la paz entre ellas y el perdón que dan las víctimas de las FARC a esa guerrilla”, asegura Lizcano. El abrazo para los medios se produjo en el foro “La reconciliación, más que realismo mágico”, que organizó la Fundación Buen Gobierno del presidente colombiano Juan Manuel Santos y que dirige su hijo mayor, Martín. Allí estuvieron varios exsecuestrados de las FARC, como los políticos Sigifredo López, Óscar Tulio Lizcano y Alan Jara, el exgeneral de la policía Luis Mendieta y familiares de rehenes que murieron en cautiverio. Ingrid, quien fue la oradora principal del foro, dijo que se considera “una sobreviviente del proceso de deshumanización del cual hemos sido, en mayor o menor medida, todos y cada uno de nosotros, víctimas en Colombia”. Recordó los muchos nombres que le dieron los guerrilleros durante sus seis años, cuatro meses y 10 días de secuestro: “la cucha” por vieja, “la garza” por flaca, “la perra” por mujer y “la carga” por secuestrada. “Internarse en la selva –señaló– fue entrar a un mundo donde la barbarie era la norma, un espacio desconocido y agresivo, infestado de bichos zumbadores agarrándose de la carne como vampiros; bichos antediluvianos, como la anaconda de nueve metros que los guardias decapitaron de un machetazo limpio frente a mí cuando salía de lavarme de un caño y que sigue persiguiéndome en mis pesadillas hasta hoy”. Pero sostuvo que esas experiencias no se comparan con la violencia física y moral a la que fueron sometidos los secuestrados “para domesticarnos”. Mencionó las deplorables condiciones de reclusión, el aislamiento como método de castigo, la negación de medicamentos a los enfermos y “el fomento de peleas entre rehenes”. En la primera fila del auditorio, Clara escuchó con atención cada palabra de su antigua amiga. “En esos momentos –dice Clara a Proceso– pensaba en las terribles experiencias que vivimos juntas y el tono del discurso me pareció muy adecuado, al igual que su contenido. Habló de la memoria histórica, de que reconciliación no es olvido, y de la deshumanización del conflicto. Nosotros fuimos víctimas de esa deshumanización, pero decidimos perdonar y perdonarnos.” Cuando Ingrid terminó de hablar, Clara la abrazó y le pidió una copia del discurso, el cual leyó en forma muy pausada durante el fin de semana. “Le encontré mucho sentido”, asevera. Vidas paralelas Para Rojas, el encuentro con Ingrid marcó “el cierre de un capítulo de mi vida y eso me hace sentir más tranquila”. Cuenta que el verdadero cara a cara con la excandidata presidencial se produjo la noche del miércoles 4, horas antes del foro y del abrazo en público, cuando ambas sostuvieron una reunión privada durante la cual hablaron de sus mamás y de sus hijos. Ambas son mujeres solteras a las que les ha costado un enorme trabajo construir nuevas relaciones de pareja. Clara tiene un hijo de 12 años, Emmanuel, que tuvo durante su cautiverio en la selva producto de su relación con un guerrillero que nunca ha vuelto a ver y que quizá ya haya muerto. Ingrid tiene dos hijos con su primer marido, el diplomático francés Fabrice Delloye. Melanie, la mayor, tiene 31 años, y pronto será madre. Lorenzo, el menor, tiene 28 años y hace tres meses fue padre del primer nieto de la célebre exrehén de las FARC. “Ingrid me preguntó por Emmanuel, me dijo que si traía una foto de él, pero yo no cargo fotos, y yo le pregunté por sus hijos y su mamá (Yolanda Pulecio)”, señala Clara. De acuerdo con Rojas, hace un par de años Ingrid le escribió un correo electrónico para proponerle que estuvieran en contacto por esa vía, “pero en realidad nunca lo hicimos”. Y el año pasado, Clara hizo un viaje a París relacionado con sus actividades como representante (diputada nacional) y le escribió a Ingrid –quien tiene las nacionalidades colombiana y francesa– para proponerle “tomarse un café y conversar”. Pero ese encuentro no fue posible porque, si bien Ingrid pasa largas temporadas en París, donde viven sus hijos, en ese momento se encontraba en Inglaterra, donde reside la mayor parte del tiempo. Ella espera titularse al año entrante como doctora en teología en la Universidad de Oxford con la tesis La libertad, entre la razón y la fe. Dice que Ingrid le comentó que se había sentido bien recibida en Colombia, un país con el que la excandidata presidencial ha tenido una relación difícil. Ingrid no había regresado a Colombia desde 2010, cuando presentó una demanda de unos 8.5 millones de dólares contra el Estado colombiano por su secuestro. Esa reclamación generó el repudio de amplios sectores en el país, que consideraron desleal que la excandidata presidencial haya demandado a un Estado que, antes de su secuestro, le advirtió que no había condiciones de seguridad para que viajara a San Vicente del Caguán, en cuyas inmediaciones la plagiaron las FARC, y que después la liberó mediante un impecable operativo militar. Ingrid y Clara fueron secuestradas el 23 de febrero de 2002, días después de que el gobierno del entonces presidente Andrés Pastrana y las FARC rompieran un accidentado proceso de paz que se desarrollaba en San Vicente del Caguán. Clara fue liberada por las FARC el 10 de enero de 2008, gracias a la intervención del presidente venezolano de la época, Hugo Chávez, quien pidió a las FARC dejarla en libertad para que pudiera reencontrarse con su hijo Emmanuel, quien le había sido arrebatado por la guerrilla pocos meses después del parto. El 2 de julio de ese mismo año, Ingrid y 14 rehenes más fueron rescatados por el Ejército colombiano sin disparar un solo tiro. Fue una operación de aparente engaño a las FARC, en la que agentes infiltrados hicieron creer a los custodios –aunque hay versiones que indican que medió un soborno– que los secuestrados serían trasladados a otro campamento en un helicóptero de la Cruz Roja. La aeronave los recogió en un paraje selvático, pero en realidad era un helicóptero militar pintado de blanco, con el símbolo de la organización humanitaria y con personal del ejército a bordo. Las críticas contra Ingrid por demandar al Estado fueron tan generalizadas que la exsecuestrada decidió retirar el reclamo de indemnización, regresar a Francia –a donde se fue a vivir tras su rescate– y dejar de visitar su país. La paradoja Clara señala que, más que revisar el pasado, lo que hizo con Ingrid cuando se encontraron la noche del miércoles 4 fue hablar del presente y el futuro. “El pasado quedó atrás. No sirve revivirlo”, señala. Eso no quiere decir que Clara no se arrepienta de haber acompañado a Ingrid, el 23 de febrero de 2002, en ese viaje a San Vicente del Caguán que culminó con su secuestro cuando se toparon con un retén de las FARC en el trayecto por tierra. “Fue absurdo que yo la acompañara, porque si le hubiera dicho ‘no voy y no voy’, Ingrid no hubiera viajado sola y otra hubiera sido la historia. Yo me dejé provocar, porque ella me decía que no quería ir porque era una gallina, porque me daba miedo. Eso me dio coraje, quise pasar de valiente y por eso decidí acompañarla. Pero fue una locura”, recapitula. Los choques entre las dos comenzaron meses después de su secuestro, cuando ambas intentaron escapar de sus captores y acabaron perdidas y molestas una con la otra por la frustrada fuga. Sus condiciones de reclusión empeoraron a tal punto que las FARC las mantenían encadenadas del cuello. Luego vino la muerte del padre de Ingrid, el político Gabriel Betancourt Mejía, que la sumió en un estado de depresión, que comenzó a resquebrajar la imagen de mujer indomable que Clara tenía de ella. De acuerdo con Rojas, es “entendible que hubiera suspicacias” sobre el romance que mantenían ellas dos “porque nos tocaba dormir juntas”. Pero dice que se la pasaban peleando y duraban días sin hablarse. Llegó un momento en que el optimismo de Clara chocó con la tristeza profunda que invadía a Ingrid. Los guerrilleros decidieron separarlas y, cuando las volvieron a juntar, lo hicieron en un espacio de reclusión en el que había otros rehenes, como el político Luis Heladio Pérez y los asesores militares estadunidenses Thomas Howes, Keith Stansell y Marc Gonsalves. En su libro No hay silencio que no termine, publicado en 2010, Ingrid Betancourt afirmó que Clara Rojas planeó su embarazo en cautiverio y que incluso reivindicó ante el comandante de las FARC, Joaquín Gómez, “sus derechos como mujer”. Según Ingrid, ella intentó disuadir a su compañera de secuestro de embarazarse haciéndole ver “lo que sería la vida de un bebé recién nacido en condiciones de precariedad tan grandes, y sin saber si las FARC accederían a liberar al niño”. Clara negó las afirmaciones de Ingrid y aseguró que ella se encargó de que el resto de rehenes le hicieran “la vida imposible” cuando trascendió que estaba embarazada de un guerrillero. Incluso, la acusó de ser muy poco solidaria con ella cuando esperaba a su bebé, y dijo que tanto su examiga como Luis Heladio Pérez, quienes supuestamente tuvieron un romance en la selva, fueron “muy indiferentes” con su embarazo y al final optó por “dejar que vivieran su vida”. De esos temas no hablaron durante su reencuentro. “Nos centramos en el presente y en el futuro”, insiste. No deja de ser paradójico que hoy Ingrid Betancourt esté dedicada a estudiar teología mientras Clara Rojas sea una activa congresista del cogobernante Partido Liberal, cuya voz es muy escuchada cuando habla de las víctimas del conflicto armado interno. Pareciera que los papeles se invirtieron. Cuando ellas fueron secuestradas, Ingrid era una carismática candidata presidencial que había cobrado notoriedad por su actuación como una senadora implacable con los funcionarios corruptos. Clara, por el contrario, era una tímida abogada que había ingresado a la política de la mano de Ingrid y cuya única aspiración era servir lo mejor posible a la descollante carrera de su amiga. De alguna manera, la ruptura entre las dos fue un acto de sublevación de Clara, quien en la selva optó por recuperar su individualidad, mientras Ingrid siguió un camino hacia el misticismo que hasta el día de hoy la tiene buscando respuestas en la teología. Ingrid regresó el viernes 5 a Inglaterra, pero antes de dejar Colombia dijo que no descarta volver a la política. Quizá en ese espacio, ella y Clara se vuelvan a encontrar.

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