Vatileaks II: el juicio final

sábado, 9 de julio de 2016
VATICANO (proceso.com.mx). — Lo primero que hizo cuando el jueves en la mañana entró en la pequeña sala del tribunal situado en las inmediaciones de la plaza Santa Marta, en el interior del Vaticano, fue buscar con la vista a todos los presentes. Después, tras charlar brevemente con otro sacerdote español, Lucio Vallejo Balda (Villamediana de Iregua, 1961), el cura de provincia acusado de traidor por haber substraído y entregado noticias confidenciales y comprometedoras del Vaticano, sacó un legajo con decenas de estampas del difunto Juan Pablo II. Y, acto seguido, las entregó al pequeño grupo de periodistas que habían venido a observar el juicio en el que se lo procesaba como la gran gula profunda del caso conocido como Vatileaks II —tras el de 2012, que había llevado al arresto del entonces mayordomo Paolo Gabriele. “¿Tú, quién eres? Me gusta controlarlo todo”, dijo Vallejo Balda, riéndose. “Ustedes también queréis saberlo todo, pero confusión habrá siempre…”, continuó el antaño número dos de la Secretaría de Economía del Vaticano, esforzándose por aparentar una calma imposible. Siguió la entrada del resto de los acusados, los periodistas italianos Emiliano Fittipaldi y Gianluigi Nuzzi, inculpados por haber revelado en sus libros los documentos confidenciales, y de la laica italo-marroquí Francesca Immacolata Chaouqui, la sexy experta en relaciones públicas y otra gran acusada. Nicola Maio, el antiguo ayudante del sacerdote y también implicado, muy sobrio en su aspecto y visiblemente preocupado por la circunstancia, ya se encontraba en la sala. “Yo no he hecho nada, él era mi superior…”, susurró Maio, en una indirecta, aunque clara referencia a su condición de funcionario de segundo nivel. Casi nueve meses después del inicio del juicio por la divulgación de las informaciones que revelaron la guerra intestina contra las reformas del papa Francisco y los múltiples casos de malversación de fondos y el despilfarro en el diminuto Estado, había llegado el día del veredicto final. “¿Qué pienso? Qué sea lo que Dios quiera…”, afirmó Vallejo Balda. Luego, continuó sonriendo y bromeando. “Yo estoy cansada”, subrayó entonces Chaouqui, caminando cabizbaja y colocándose en el banquillo de los imputados en el extremo opuesto al del cura español. A las once y cuarenta, cuando la sesión se abrió, en la sala reinaba un ambiente irreal, no tenso. Tras las presentaciones de rito, el presidente del tribunal, Giuseppe Dalla Torre, le preguntó a cada uno de los acusados si querían hacer una última declaración. La respuesta, casi unánime, fue no. Los mismos que en los últimos meses, en el intento de exculparse, se habían acusado mutuamente —con excepción de Nuzzi y Fittipaldi, quienes desde el principio sellaron de facto una alianza, denunciando un atentado a la libertad de prensa—, parecían ahora aceptar que el final de la historia ya no dependía de ellos. Sólo Chaouqui no derrochó la última oportunidad de hablar y por ello, fue invitada a sentarse en una silla de madera, delante del púlpito donde se encontraban los jueces, además de Dalla Torre, los letrados con nombres pomposos, Piero Antonio Bonnet y Paolo Papanti Pelletier. “Quisiera empezar diciendo que quiero pedir disculpas. Soy orgullosa, a veces rabiosa, incapaz de callar. Son algunos de mis vicios; tengo un carácter que me ha llevado a cometer muchos errores”, inició diciendo Francesca Immacolata, al argüir que ella no había ni amenazado al sacerdote, ni entregado información a los periodistas. “Cualquier castigo no podrá ser más grande del que ya he tenido: el destrozo de mi persona, como ser humano y profesional. Las mentiras que dijo (Vallejo) Balda casi acabaron con mi familia…”, continuó, entre lágrimas y sollozos, refiriéndose a la supuesta noche de sexo transcurrida con el cura, relatada por el sacerdote y desmentida por ella reiteradas veces. “Todavía poseo documentos, podría salir de aquí y entregárselos a los periodistas, pero nunca lo haré”, remató, mientras Vallejo Balda asistía en silencio, manteniendo su cuerpo rígido, casi inmóvil. Para contrarrestar tanto lamento, después de quince minutos de monólogo, Dalla Torre optó por el pragmatismo. Interrumpió a la mujer, la interpeló sobre lo que deseaba declarar y lo dictó lentamente a un secretario que lo escribió, después de repetirlo otra vez, en un ordenador portátil. Luego, informó de que la sesión estaba cerrada y que, a partir de ese momento, cuando faltaban cinco minutos para el mediodía, se abría la discusión para la sentencia, la cual sería a puerta cerrada entre los jueces vaticanos, a lo que todos salieron de la sala. Cuatro horas después, bajo un sol atronador, los acusados volvieron a hacer su ingreso en el palacete del tribunal de la Ciudad del Vaticano. Los jueces, no obstante, aún no estaban listos y los gendarmes vaticanos, que en el mismo edificio tienen su cuartel general, avisaron que había que esperar. “Lo cierto es que podrían salir de ahí a la medianoche; es así cuando se retiran para deliberar, no sé sabe cuándo acaban”, comentó entonces un empleado vaticano, que apareció en medio de tanto gentío desconcertado. Ahora algo más tenso, Vallejo Balda —el único del grupo encarcelado en el Vaticano desde el 1 del noviembre anterior— se encontraba nuevamente sentado en el banquillo y, al ver a los periodistas entrar en la sala y acercarse a él, tendió prontamente el brazo, apoyándose sobre la baja barandilla de madera que lo separaba de la parte posterior de la habitación, en señal de que aceptaba un intercambio de conversación. “Parece estar tranquilo. ¿Qué hará después de esto? ¿Regresará a España? ¿Apelará? ¿Exactamente, qué relación hay entre usted y el Opus Dei?”, se le preguntó. “¿Acaso esta es una entrevista? Hablemos de otras cosas. No quisiera que haya un Vatileaks III. ¿De dónde son ustedes?”, volvió a decir, a lo que siguió una efímera charla sobre las bondades de su tierra de origen, en un tono socarrón y salpicado por ironías sobre sus días de prisión en el Vaticano. “Ahora conozco mucho mejor los jardines vaticanos, ¡he descubierto que hay 150 fuentes! Y no saben cuántos mosquitos”, dijo, afanándose nuevamente por mostrar que, a pesar de todo, su vida había transcurrido también de manera fútil, como si él estuviera encarnando el personaje de un guión ya escrito. Esto, más aún después de su interrogatorio del 14 de marzo, cuando había admitido que sí, le había entregado al periodista Nuzzi, a través de WhatsApp, cinco páginas con 87 claves de acceso a correos electrónicos y documentos encriptados de la comisión creada para investigar sobre los abusos financieros del Vaticano y nombrada en 2013 —la llamada COSEA, disuelta un año más tarde— por el mismo Francisco. Una comisión de la que él y Chaouqui, con otros seis miembros, habían formado parte, teniendo acceso a los documentos que luego habían sido entregados a Nuzzi y Fittipaldi. Por largo rato, nadie interrumpió al sacerdote. Los últimos días habían sido particularmente intensos. El martes 5 de julio, en una de las últimas audiencias del proceso, la abogada de Vallejo Balda, Emanuela Bellardini, había incluso leído en público un mensaje telefónico que ostentaba un lenguaje poco habitual para los sagrados palacios vaticanos. “Escúchame bien, gusano. No valías y no vales nada. (…) Gusano. Mierda de puto, yo te ‘ensucio’ ante la prensa. Mierdas como tú no se merecen nada”, rezaba el texto, enviado por la Chaouqui al sacerdote. Bellardini había pretendido demostrar así que su cliente había sido presionado para traicionar la confianza del Papa, una tesis que rechazó en su totalidad la defensora de Chaouqui, Laura Sgro. Chaouqui, considerada una especie de Mata Hari, y Vallejo Balda, un prelado de 54 años cercano al Opus Dei y quizá desviado por el afán de poder o por los encantos mundanos de Roma, se gastaban así sus últimos envenenados cartuchos antes del veredicto final. “La sesión está abierta”, rezó de repente Dalla Torre, el presidente del tribunal, cuando las agujas del reloj marcaban las cinco y diecinueve minutos. Y, en un santiamén, leyó el veredicto. Se había sentenciado que los periodistas quedaban libres de cargos, ante el razonamiento legal del juez de que el tribunal no tenía jurisdicción para juzgarlos. En cambio, Maio resultaba absuelto por no haber sido probada su complicidad, mientras que Vallejo Balda recibía una condena a 18 meses de cárcel y Chaouqui, de 10 meses, pero suspendida por cinco años. Condenas relativamente leves, teniendo en cuenta que se enfrentaban a posibles penas de hasta ocho años. Quedaba anulada, en todo caso, la petición del fiscal acusador de considerarlos culpables del delito “una asociación criminal”, que suponía un castigo más elevado. Fue en ese momento que Vallejo Balda se fundió en un abrazo con su abogada y espetó: “¿Ahora, me invitan a cenar?”. A escasos kilómetros de allí, los vaticanistas que seguían el juicio, desde la sala de prensa del Vaticano, tecleaban con frenesí. La mayoría de ellos, sin embargo, poco convencidos de que aquello era el epílogo de los escándalos vaticanos. “El hecho gravísimo es que Francisco ha resultado ser un jefe de Estado vulnerable, que no se puede fiar ni de sus colaboradores más estrechos”, comentó el experto en temas de religión y escritor Marco Politi. “Ni al presidente estadounidense Barak Obama, que fue salpicado por el caso de Edward Snowden [el antiguo empleado de la CIA que reveló documentos de la Agencia Nacional de Seguridad], le ha pasado algo similar, pues Snowden no era un empleado de la Casa Blanca mientras que Vallejo Balda es un empleado del Vaticano”, puntualizó Politi. En efecto, el camino de Francisco parece aún todo cuesta arriba. Más aún teniendo en cuenta que lo que todavía le espera no son reformas sencillas. Sigue pendiente la gran (y muy temida) reforma de la curia romana y de la maquinaria administrativa del Vaticano, que tantos dolores de cabeza ha dado en el pasado. Están los anunciados cambios para los organismos que se ocupan de difundir las noticias del Papa y de la Santa Sede, entre ellos el diario y la emisora radiofónica de la Santa Sede, que a menudo están en números rojos. Y también están por finalizar las reformas relativas a las estructuras económicas del Vaticano, en momentos en los que ha surgido un inédito conflicto de competencias entre la Secretaría de Estado y la nueva Secretaría para la Economía, nombrada en febrero de 2014.

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