Libia: tras la derrota del Estado Islámico, el regreso del caos

viernes, 16 de septiembre de 2016
CIUDAD DE MEXICO (apro).- El Estado Islámico (EI) está a punto de ser expulsado de Sirte, ciudad ubicada a la mitad de la línea costera de Libia. El jueves 15 –después de varios días de batalla—apenas controlaba un barrio de la ciudad. Pero la expulsión del EI no garantiza la paz. Por el contrario: las perspectivas más realistas apuntan a la dolorosa prolongación del conflicto. La razón: la lucha contra el Estado Islámico se había convertido en un motivo de unión de las diversas fuerzas libias. Al ya no existir éste –o al quedar seriamente disminuido— todo apunta al regreso de las luchas intestinas. Lo mismo pasó hace cinco años, en 2011, cuando el dictador Muamar Gadafi se refugió en Sirte, su lugar natal y último bastión, después de ser expulsado de la capital nacional, Trípoli. El 15 de septiembre de ese año, las milicias revolucionarias de la ciudad occidental de Misrata hicieron su primera entrada en la ciudad y, el 23, fuerzas rebeldes del oriente cerraron la pinza. El 20 de octubre concluyeron la toma de la urbe y lograron matar a Gadafi en su intento de huida. Ahora, el enemigo común es otro: la rama libia de la organización Estado Islámico (llamada Daesh, por su acrónimo en árabe, y encabezada por Abu Bakr al Baghdadi, el autoproclamado “califa” que domina parte de Siria e Irak), que logró apoderarse de varias partes del territorio libio antes de que derrotarlo se convirtiera en prioridad para todas las otras fuerzas involucradas, nacionales y extranjeras. A fines de abril, las milicias de Misrata iniciaron la ofensiva contra la base principal de los yijadistas, Sirte. De nuevo, se esperaba que llegaran tropas desde las provincias orientales, en competencia con las de Misrata por atribuirse la medalla de derrotar a Daesh, pero no aparecieron. De cualquier forma, los misratíes contaron con apoyo logístico y de inteligencia de potencias occidentales y, desde el 1 de agosto, con el decisivo respaldo de aviones estadunidenses que, hasta el domingo 11 de septiembre, habían salido en 140 misiones de ataque. El jueves 15 sólo un barrio seguía en posesión del enemigo. Supuestamente, el EI sería el mayor obstáculo para poner orden en Libia, dejar atrás cinco años y medio de batallas y empezar a reconstruir la economía. La eliminación de los yijadistas no podría ser total, pues los comandantes de Daesh previeron la derrota y ordenaron la salida de un número indeterminado de combatientes para reorganizarlos en remotas zonas del desierto. Pero su fuerza debería disminuir considerablemente, así como su capacidad de atraer reclutas locales y extranjeros. Lo más importante: la milicia llamada Guardia de las Instalaciones Petroleras, que controlaba los cuatro principales puertos de embarque de petróleo, había alcanzado un acuerdo con el gobierno por lo que un plan para revivir la exportación, que cayó desde el millón y medio de barriles diarios en 2010, y 900 mil todavía en 2014, a apenas 200 mil en la actualidad, podría ser llevado a cabo con éxito. Las fuerzas orientales, las mismas que nunca llegaron a combatir en Sirte, echaron a perder el proyecto y retornaron a Libia a su dura realidad: sigue estando crónicamente dividida entre facciones beligerantes que persiguen objetivos propios, no los nacionales. El general Khalifa Haftar ordenó que, el mismo domingo 11 y el lunes 12, sus tropas le arrebataran los puertos de Ras Lanuf, Es Sider, Brega y Zueitinia a esa Guardia “aliada” del gobierno, que prefirió retirarse sin luchar. Este acto alteró el equilibrio de poderes en beneficio del alto militar, a quien se acusa de querer convertirse en un nuevo Gadafi. El fin de la guerra no parece más cercano que en septiembre de 2011. Todos contra Daesh En un país que de otra forma sólo produciría yeso y dátiles, los hidrocarburos son la clave de la supervivencia nacional, con 97% de las exportaciones. Es riqueza suficiente para sus 6 millones de habitantes: Gadafi comprendió que él y los suyos podían saquearla hasta hartarse y que todavía quedaba para repartir. Además de sostenerse sobre una represión especialmente brutal, con torturas, asesinatos y grandes matanzas utilizados como recurso cotidiano, aseguró la estabilidad de su régimen entregándole a cada libio el equivalente a 250 dólares mensuales, sólo a cambio de sumisión. En las largas luchas para crear una administración que reemplace a la del tirano asesinado, se han proclamado gobiernos paralelos que aseguran que su propia rama de la Corporación Nacional del Petróleo (CNP, el organismo público responsable de las exportaciones) es la legítima. En los hechos, la viabilidad de cada una de las CNP rivales depende de dos factores: ser capaz de colocar sus productos en los mercados internacionales, de manera legal o ilegal, y sobre todo tener control de los puertos de embarque, que son más importantes incluso que los pozos petroleros, pues si no consigue subir el combustible a los barcos, quien domina los puntos de extracción no es dueño más que de chapopote. A la victoria revolucionaria y la muerte de Gadafi no siguió la consolidación del Consejo Nacional de Transición, el órgano que dirigió la ofensiva rebelde y en el que estaban representadas las principales fuerzas. Decenas de tribus armadas y milicias de diverso signo ideológico rehusaron integrarse al Ejército nacional en formación, mantuvieron las armas y el control de los territorios conquistados, y se enfrentaron en numerosas batallas. Las cosas no mejoraron con las elecciones de agosto de 2012 y la instalación de un Congreso General Nacional (CGN), con mayoría islamista. En nuevos comicios en junio de 2014 ganaron las fuerzas laicas y liberales, pero con un abstencionismo de 85%. El CGN se rehusó a reconocer los resultados, decretó la extensión de su propio mandato y se atrincheró en su sede en Trípoli. Los nuevos diputados, por su cuenta, formaron una Cámara de Representantes que estuvo en riesgo de ser capturada por sus enemigos y debió marcharse a Tobruk, una ciudad en el extremo oriental, en la frontera con Egipto, donde nombró a un primer ministro y su gabinete. A primera vista, estos dos gobierno paralelos, el del CGN y el de Tobruk, reproducían la más añeja división de Libia, este-oeste: la de las provincias rivales de Tripolitania, en el occidente, sede de la capital, y de Cirenaica, en el oriente, donde se encuentra el primer centro de mando de la revolución de 2011, Bengasi. Las cosas eran bastante más complejas, sin embargo: en el este, el gobierno de Tobruk no tenía más control que sobre esa ciudad y algunas pequeñas poblaciones, mientras que Bengasi y otras urbes estaban dominadas por milicias islamistas independientes. En el oeste, el CGN tenía graves dificultas para gobernar Trípoli, y en los alrededores combatía con las duras milicias de Misrata y con las de Zintan. En las montañas y en las inmensidades del desierto, por otra parte, tribus de tuaregs y de bereberes, clanes árabes, pandillas gadafistas, la organización Al Qaeda en el Magreb Islámico y otros grupos islamistas se repartían el territorio, en constantes luchas. Era un caos en el que Estado Islámico halló los espacios para introducirse y ganar territorio, hasta proclamar en octubre de 2014, en Derna, ciudad de Cirenaica, y luego en Sirte, en el centro del país, la creación de dos “provincias” libias del “califato” de Abu Bakr al Baghdadi. Avanzaron rápidamente hacia los oasis del sur y a finales de 2015 llegaron a 70 kilómetros del de Waddan, el último depósito de armas químicas que dejó Gadafi: el programa de la ONU para destruir esos arsenales había dejado allí 500 toneladas de productos letales. La rama libia de Daesh es la más exitosa de las que actúan fuera de Irak y Siria. La solidez aparente de su control territorial se convirtió en un imán para reclutar a miles de libios y atraer a centenares de combatientes extranjeros; su expansión pronto fue percibida como una amenaza mayor para las demás facciones en conflicto, y destruirla pronto fue una prioridad compartida. Sin paz a la vista Después de meses de negociaciones, la ONU logró que el CGN y la Cámara de Tobruk firmaran un pacto el 17 de diciembre de 2015 para formar un “gobierno de Acuerdo Nacional” que tardó meses antes de asentarse en Trípoli, el 30 de marzo pasado. Para darles lugar a las principales facciones, se nombró un Consejo Presidencial encabezado por un presidente, Fayez al Sharraj, pero difícil de manejar porque las decisiones deben ser tomadas también por tres vicepresidentes y otros seis miembros. En el CGN algunos quisieron presentar resistencia pero finalmente se impuso su disolución. Aunque en Tobruk no dejaban claro si acatarían el pacto o no, la amenaza del EI continuó dando motivos para la colaboración. Pero no muy activa: los grupos armados siguieron preocupados sobre todo por controlar su propio terreno, y al llamado a combatir a Daesh que hizo el nuevo gobierno en abril sólo respondieron de inmediato las milicias de Misrata. En el Oriente, el general Haftar, en su posición de jefe del autodenominado Ejército Nacional Libio, leal a la Cámara de Representantes de Tobruk, aseguró que sí ayudaría, pero no dijo cuándo. En mayo pasado yijadistas de EI mataron a dos soldados en un retén militar, a apenas un kilómetro del oasis de Waddan y sus armas químicas. Sólo entonces se reactivó el esfuerzo internacional para sacarlas de ahí y eliminarlas, hasta que el jueves 8 un barco danés de transporte, protegido por un buque de la armada de su país y uno de la británica, llegó con el último cargamento a Alemania, para concluir el trabajo. En agosto, cuando la fuerza de Daesh menguaba y se empezaba a dar por hecho que sería derrotado en Sirte, la Cámara de Tobruk desconoció al gobierno de Trípoli. Mientras las milicias misratíes peleaban en los últimos barrios, ya en septiembre, las tropas del general Haftar aprovechaban para apoderarse de los puertos petroleros, sin encontrar resistencia. El Estado Islámico se había convertido, paradójicamente, en un vínculo de unión, y ésta desaparecía con él. En sus palabras, Haftar actúa en nombre del gobierno que llama legítimo, el de la Cámara de Representantes. Muchos temen, no obstante, que sólo es leal a sí mismo y que su objetivo es convertirse en el nuevo hombre fuerte de Libia, siguiendo los pasos de Gadafi, de quien fue compañero cuando dieron el golpe de Estado que los llevó al poder, en 1969, y después enemigo, al fallar en su intento de arrebatárselo a fines de los ochenta. Hoy también parece lejos de lograrlo: ahora, como a lo largo de estos cinco años, las facciones en Libia han demostrado su capacidad para evitar ser vencidas y para impedir que el país y su industria petrolera puedan funcionar, pero no para apoderarse del uno o de la otra. Al gobierno de Trípoli le será muy difícil imponer su autoridad sobre las milicias “leales”, especialmente la de Misrata ahora que se vuelve a bañar de heroísmo, y además deberá combatir al caos de grupos guerrilleros tribales del desierto. Pero cuenta con el respaldo de la ONU y de las potencias occidentales. Haftar, por su lado, tiene el apoyo político y militar de Egipto y Arabia Saudita, cuyas fuerzas aéreas han realizado bombardeos contra sus enemigos. Igualmente cuenta con el control de los citados cuatro puertos petroleros que le permitirá incrementar sustancialmente sus ingresos. Pero sus fuerzas no han demostrado tener la capacidad, por ejemplo, para derrotar a las milicias islamistas que actúan en Bengasi y otras partes del Oriente, y menos de enfrentar con éxito a los misratíes. La amenaza, además, no desaparece. Entre las dunas más lejanas, fuera del alcance de las fuerzas de tierra, se reagrupan los restos de Estado Islámico: el califato no renunciará a sus provincias libias.

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