Ejército egipcio: un Estado dentro del Estado

viernes, 4 de mayo de 2018
EL CAIRO (apro).- Pasados unos minutos de las 9:00 de la mañana, con el sol empezando a abrasar las castigadas fachadas del barrio de clases populares de Sayeda Zeinab, en El Cairo, una pareja mayor se detiene a observar los precios que marcan los carteles de un camión convertido en tienda ambulante, a la espera de que una mujer acabe de colocar la comida en su carrito. De color azul desgastado, el vehículo reza, con grandes letras en ambos costados: “Tienda de carne y productos de las fuerzas armadas”, recordando a cualquiera que acuda a comprar que quien regentea el puesto de bajos precios no es otro que el ejército nacional. Lejos de tratarse de un episodio aislado o de una medida desesperada del gobierno para hacer frente a una situación de emergencia, la comida subvencionada es sólo una muestra insignificante de hasta qué nivel de penetración tienen las Fuerzas Armadas egipcias en la vida cotidiana de los ciudadanos del país. Unas actividades que, por muy alejadas que estén de las funciones que se esperan de un ejército, responden a una estrategia muy clara. “A menudo, cuando se distribuye comida gratuita o subvencionada no se hace en nombre del Estado [sino que] se hace en nombre del ejército o de la policía. Es una institución la que te está dando algo, no el país [y por lo tanto] no es un servicio a los ciudadanos”, señala a Apro Timothy Kaldas, investigador en el Instituto Tahrir para la Política de Oriente Medio (TIMEP). “Es una manera muy simple de ganar popularidad”, sigue, “y se realiza para atraer lealtad y apoyo”. Imperio económico En un momento en el que la mayoría de los egipcios está atravesando con muchas dificultades una situación económica en estado crítico, este tipo de actividades realizadas por el ejército refuerzan su posición y su imagen entre amplios sectores sociales. Y es que las drásticas medidas liberalizadoras adoptadas por El Cairo tras firmar un acuerdo de 12 mil millones de dólares con el Fondo Monetario Internacional (FMI) en 2016 están causando grandes estragos entre unas clases bajas y medias cada vez más desprotegidas. Paralelamente, no obstante, las Fuerzas Armadas no sólo no han visto peligrar su estatus económico, sino que han podido reforzar su prevalencia desde la Revolución de 2011 gracias al trato que recibieron durante el período en el que los Hermanos Musulmanes ostentaron el poder (2012-2013) y, sobre todo, desde que el exjefe del ejército y actual presidente, Abdel Fatah Al Sisi, derrocara a los islamistas y asumiera el mando del país. “Desde julio de 2013 la tasa de participación militar en la economía ha vuelto a aumentar dramáticamente”, explica a este medio Robert Springborg, experto en el ejército egipcio del King’s College de Londres. Y aunque la falta total de transparencia que envuelve los intereses del ejército imposibilita conocer la envergadura exacta de su control real sobre la economía, estimaciones dispares la sitúan entre un modesto 5% y un exorbitante 40%. En este sentido, su presencia abarca un amplio abanico de sectores e incluye desde la producción y la distribución de bienes básicos como comida y productos farmacéuticos hasta el sector energético, pasando por la construcción, las grandes infraestructuras, el transporte marítimo, la industria petroquímica o los proyectos medioambientales. Un auténtico imperio que es posible gracias a sus claras ventajas respecto al sector privado. “El ejército no paga impuestos, no tiene que contratar una mano de obra que le es prácticamente gratuita y tienen relaciones preferenciales de contratación con el Estado”, detalla Springborg, y añade: “Es básicamente imposible competir con el ejército. Uno hace negocios con los militares, no compite contra ellos”. Lejos de tratarse de un método para que las Fuerzas Armadas asuman los costes derivados de ser, con una fuerza de unos 440 mil efectivos, el décimo mayor ejército del mundo, su participación en la economía busca solo el beneficio propio. Así, se estima que los 1.3 mil millones de dólares que Egipto recibe anualmente de Estados Unidos en concepto de ayuda militar ya permiten cubrir hasta un 80% de sus gastos en adquisición de armas. Por si ello fuera poco, el ejército, que posee todas las tierras públicas del país, aún cuenta con su nada despreciable porción de los presupuestos del Estado. Se calcula que entre los años 2013/2014 y 2015/2016, a pesar de los enormes problemas económicos que sufría el Egipto postrevolucionario, la partida de Defensa habría incrementado más de un 20% hasta superar los 5 mil millones de dólares. Asimismo, tras el acuerdo entre El Cairo y el FMI, el aumento tampoco se detuvo, y entre 2016 y 2017 se situó sobre el 9%. Todo ello posibilita que el ejército haya acumulado con el paso de los años inmensas reservas de dinero que la investigadora del Instituto Alemán para Asuntos Internacionales y de Seguridad Jessica Noll cifra, por lo bajo, en decenas de miles de millones. Unos números estratosféricos que las filas castrenses se aseguran al copar también aquellos puestos de decisión política claves que les permiten mantener la hegemonía. “Es evidente que quienes ostentan puestos clave [dentro de la administración] son personas conectadas al ejército que atienden a sus intereses, y el ejército se asegura de que este tipo de personas ocupen estos puestos clave”, considera Springborg. “El ejército es el actor dominante no solo de la economía, sino también de la política económica”. Instituciones políticas Durante los primeros años de Al Sisi como presidente, el Parlamento de Egipto ha pasado a contar con el mayor número de su historia reciente de miembros electos provenientes de las fuerzas de seguridad, solo un 30% de sus gobernadores vienen de carreras civiles y el país sigue sin disponer de Consejos Locales, lo que cimienta su fuerte centralización. A pesar de que el ejército deba competir con otros sectores del régimen en todas estas instituciones y otras agencias públicas de peso, pocos dudan de su posición central. “En la rama ejecutiva del gobierno egipcio, el ejército desempeña un papel integral”, apunta Amr Kotb, investigador en el TIMEP, “[y] las agencias ejecutivas donde el ejército está más presente son aquellas que podrían amenazar sus intereses y podrían exigirle cuentas si funcionasen correctamente”, detalla, en referencia a entidades como la Organización General de Administración o la Agencia de Auditoría y Contabilidad. “Es cierto que por lo general los militares compiten con poderes como la inteligencia y la presidencia, pero hay tres elementos que complementan la influencia militar”, puntualiza Kotb, y detalla: “Primero, el ejército tiene su propio brazo de inteligencia; segundo, la inteligencia militar se ha reforzado bajo Al Sisi, [y] tercero, Al Sisi no ha establecido lealtades fuera de las fuerzas armadas, así que las acciones de su presidencia son hasta cierto punto una manifestación por defecto de los intereses militares”. Esta distinguida presencia del ejército en las instituciones públicas no sólo le permite dar cobertura a sus intereses, sino que a la vez le permite jugar sus cartas entre bastidores. Por ejemplo, el artículo 203 de la Constitución egipcia estipula que el Consejo de Defensa Nacional es el órgano competente para discutir el presupuesto de las Fuerzas Armadas. Este Consejo, no obstante, cuenta tan solo con la participación de tres representantes cuya autoridad emana del Parlamento, una institución que no tiene voto respecto a esta partida. Uno de estos tres representantes, Kamal Amer, es el presidente del Comité de Defensa y Seguridad Nacional y es general mayor del ejército, lo que reduce las figuras civiles a tan solo dos: el presidente del Comité de Presupuesto y Planificación, Hassan Eissa, y el presidente del Parlamento, Ali Abdel Aal. Sin embargo, ambos obtuvieron representación a través de las listas de la coalición electoral ‘Por el Amor de Egipto’, férrea partidaria de Al Sisi (exjefe del ejército), y fueron apuntalados a sus respectivos cargos gracias a la coalición parlamentaria ‘Apoyo a Egipto’, que según el medio local Mada Masr fue orquestada por la Agencia General de Inteligencia. De esta manera, las dos únicas figuras civiles representadas en el Consejo distan de garantizar la función de control y equilibrio. Apoyo social El rol de dominio que juegan las Fuerzas Armadas en Egipto es inseparable del enorme respaldo de que gozan las filas castrenses entre amplios sectores de la sociedad egipcia. En 2011, año en el que estalló la Primavera Árabe, el 88% de la población veía al ejército como una buena influencia según un estudio de Pew Research. Tres años más tarde, el porcentaje se encogió hasta el 56%, resintiéndose de la factura que los tres años al mando del país y el derrocamiento de Morsi en 2013 les habían pasado. Sin embargo, la aprobación de las Fuerzas Armadas seguía superando con creces la de otros grupos opositores como los Hermanos Musulmanes. El origen de este apoyo es objeto de debate y recuerda al dilema del huevo y la gallina. Para Mirette Mabrouk, investigadora en el Centro Rafik Hariri para Oriente Medio, la centralidad del ejército responde a su amplia aceptación social: “Constantemente se subestima la importancia del ejército para la mayoría de los egipcios. El ejército tiene una enorme relación con el pueblo. [Por ejemplo] los medios de comunicación apoyan [al ejército] y eso se debe a que representan a sus audiencias, que lo apoyan. Para muchos egipcios, el ejército se interpone entre ellos y Dios sabe qué”, considera. Para Kotb, en cambio, la ecuación es un tanto más compleja: “En un régimen autoritario el apoyo puede fabricarse en dos frentes. El primero es el control de la información consumida por el público, [que] garantiza que los medios apoyen y aboguen por un régimen cada vez más dominado por los intereses de las fuerzas armadas. El segundo es monopolizar los recursos que necesita el público. En resumen, la ciudadanía egipcia depende cada vez más de los militares para una amplia gama de bienes y servicios, un factor que, cuando se combina con historias cargadas de propaganda y gloria nacionalista, ayudan a protegerlo de la crítica pública”.

Comentarios