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La ininterrumpida guerra de Estados Unidos en Medio Oriente

"Irán se mantiene como uno de los objetivos más atacables de parte de Estados Unidos, que acepta cualquier acción en su contra, como sucede con los constantes bombardeos de Israel sobre lo que define como objetivos militares en Siria."
domingo, 27 de diciembre de 2020

“Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure”, escribió Albert Camus en su libro La peste, con impacto en esta época que nos ha tocado vivir. Allí se libra una guerra contra la epidemia que arrasa con todo sin que pueda pararse. Eso me hace pensar en que debido al pensamiento y a las prácticas imperialistas, lo que Estados Unidos concibe como enemigos es todo lo diferente, lo que le permite intervenir siempre en cualquier parte del mundo sin que nadie le llame a cuentas.

El origen de ese modo de actuar es remoto y se acentuó desde el comienzo del siglo XX. Es verdad que Estados Unidos definió los dos triunfos de los aliados en las guerras mundiales imponiéndose como el abanderado del mundo libre, aunque esa imagen fue quedando atrás a medida que sus intervenciones dejaron huellas de intolerancia, oprobio y sangre debido a la conveniente protección de sus propios intereses, lo cual se expresó en la miseria en que quedaban los lugares por donde pasaba. Pueden citarse muchos nombres de las naciones acosadas por sus intervenciones.

De un largo tiempo para acá ha mantenido sus baterías enfocadas hacia el Medio Oriente, debido a los enormes recursos energéticos que esa zona alberga, aunque recurra constantemente a la justificación de la defensa de la democracia y más recientemente de los derechos humanos. Y justo ahora, después de la elección presidencial de noviembre de 2020, se puede ver que aun en Estados Unidos el sistema democrático que tanto presume tiene fallas.

Por una u otra razón su intromisión en la zona ha sido constante, provocando reacciones por su forma de actuar calculadamente según sus intereses. El terrorismo le permitió la injerencia mayor, mantenida desde 2003 cuando encabezó una coalición con Inglaterra, Australia y Polonia, más otros países, que se involucraron en la ocupación de Irak, desatando una guerra sin cuartel.

Como se sabe, alegó ir contra las armas de destrucción masiva que, como se demostró por los mismos estadunidenses, nunca existieron. El discurso había sido alentado por el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, pero resulta que fue perpetrado no por los iraquíes sino por árabes sauditas, a quienes las alianzas estratégicas con su país pusieron a salvo.

La guerra en Irak tuvo una gran cauda de muertes y la expulsión de millones de sus ciudadanos, que debieron abandonar sus hogares o incluso refugiarse en otros países cercanos, como Siria, y entre ellos 1 millón de cristianos abandonaron aquel país. Y en el mismo 2003 Estados Unidos condenó a Siria por ser un país que daba albergue a los terroristas, sin más demostración de George W. Bush que su discurso, agregándola a Corea del Norte, a Irak e Irán en lo que había denominado Eje del Mal. Sumó luego a Libia y a Cuba, pero no paró allí, porque luego incluyó a Bielorrusia, Zimbabue y Myanmar.

En Siria se habían refugiado ya más de 3 millones de iraquíes, con el costo que significó para la economía de un país de apenas 15 millones de habitantes y para la sociedad. Pero además, con la caída de Sadam Husein, el régimen sirio encabezado por Bashar al-Asad perdió el suministro de petróleo preferencial.

La economía de Siria se hundió porque Estados Unidos estableció fuertes sanciones para los países y empresas que hicieran cualquier tipo de transacción con ese país, medida que usa con bastante éxito como lo ha demostrado en otras naciones, incluida Cuba.

Si las medidas de Estados Unidos no fueron la única causa del conflicto bélico en Siria, sí contribuyeron a la construcción del escenario donde tuvo lugar una de las más sangrientas y cruentas guerras conocidas en lo que va del siglo. Pero contrariamente a lo que predica, auspició también el fortalecimiento de agrupaciones terroristas y la aparición del Estado Islámico, la más terrible por sus drásticas acciones.

Tampoco es ajeno a la polarización religiosa que en el campo musulmán se profundizó, quedando dos polos claramente marcados entre los sunitas y los chiitas, confrontados como no lo habían estado en la historia reciente.

Estados Unidos mantiene su influencia en la zona y no hay acuerdo posible sin que forme parte como el árbitro sesgado que es. Así pergeñó un plan de paz para acabar con la eterna disputa entre Israel y Palestina; sin embargo fracasó, porque sencillamente no incluyó a los palestinos en el supuesto proyecto.

Luego apareció en los acuerdos para el tratado que busca delimitar las fronteras marítimas en el Mediterráneo asiático entre Líbano e Israel, donde se entiende la presencia de un representante de la ONU, pero ¿a cuenta de qué interviene también un enviado de Estados Unidos?

Se entendería su presencia si fuese solamente por su capacidad de arbitraje, pero no lo puede ser cuando, se sabe, siempre juega con los dados cargados. Y es que lo que se juega allí son los hidrocarburos en el mar profundo; y por coincidencia, las empresas estadunidenses están entre las que cuentan con la tecnología para extraerlo.

Pero contradictoriamente presionan para que Líbano –que, como se sabe se encuentra en una situación muy difícil social y económicamente, sobre todo después de las explosiones del 4 de agosto en Beirut, que ahondaron la crisis– rehaga su política interna.

Sus últimos gobiernos han debido incluir a Hezbolá, esa organización que surgió como una milicia y ahora tiene aspiraciones políticas, y cada vez su peso es mayor según los votantes que lo apoyan. Pero he aquí que Estados Unidos se niega a otorgar cualquier ayuda que permita al país superar los problemas mientras el Partido de Dios forme parte del gobierno. Pero no solamente eso, también impide que Líbano reciba apoyo de otros países, amenazados con sanciones si lo hacen.

La misma disposición es para Siria, aunque allí la condición es drástica, porque se relaciona con el régimen de Al-Asad, y mientras éste permanezca en el poder, Estados Unidos aplicará sus sanciones a cualquier país que establezca vínculos económicos con aquél.

La postura del gobierno de Estados Unidos podría considerar la opinión de los sirios, porque aunque Al-Asad tiene una muy amplia oposición, el hecho de que pese a todo se mantenga en el poder puede suponer que cuenta también con apoyos internos. Aunque es cierto que ha sido apoyado por Rusia, cuya acción no ha distinguido claramente entre partidarios y opositores, bombardeando posiciones donde, independientemente de posiciones políticas, es el pueblo el más lastimado.

La reconstrucción es, no obstante, una tarea inaplazable si se piensa en los millones de sirios que la guerra desplazó en el mismo país, y los que se encuentran refugiados en campos en Líbano, Jordania y Turquía, principalmente.

Muchos quieren regresar, pero independientemente de su deseo, los países que los acogieron buscan que vuelvan para resolver los problemas que su presencia les ha causado. Pero lo importante es la ayuda muy limitada con la que cuentan mientras Estados Unidos continúe amenazando a quienes los apoyen; incluso las grandes instituciones, como el FMI, están impedidas para apoyar la reconstrucción.

En el trasfondo está la polarización, como se manifiesta en la pugna entre Irán, la república islámica del chiismo, y Arabia Saudita, que encabeza la fuerza mayoritaria de sunismo.

Irán se mantiene como uno de los objetivos más atacables de parte de Estados Unidos, que acepta cualquier acción en su contra, como sucede con los constantes bombardeos de Israel sobre lo que define como objetivos militares en Siria.

Como sea, ese es uno de los pretextos por los cuales Israel ha bombardeado en centenares de ocasiones territorio sirio en los últimos 10 años, envalentonado cada vez más, como ocurrió apenas hace unos días por la presencia de Mike Pompeo, el secretario de Estado de Estados Unidos y uno de quienes afirman que debe ejercerse más presión sobre el régimen iraní.

Él estaba allí cuando una incursión aérea de Israel causó la muerte de 10 miembros del ejército sirio y tres de las brigadas iraníes; pero poco importa, porque los muertos no parecen tener en esas tierras el mismo peso que en otros lugares. Pompeo resultó ser, el pasado 19 de noviembre, el funcionario de más alto rango del gobierno estadunidense que ha visitado oficialmente los asentamientos, terrenos ocupados por los israelíes en Cisjordania, que la ONU ha desautorizado.

“No permitiremos que Irán se afiance en Siria”, expresó el portavoz de las fuerzas armadas israelíes. Y es que ante la llegada de Joe Biden a la Presidencia de Estados Unidos, puede suceder que Israel no mantenga el mismo trato que le brindó el presidente Donald Trump al gobierno de Benjamin Netanyahu. Porque, como es de suponer, el nuevo mandatario probablemente reanude las políticas del último gobierno demócrata y vuelva al acuerdo nuclear con Irán suscrito por el presidente Barack Obama en 2015 y retirado por Trump tres años después.

El presidente saliente se resiste y no falta quien suponga que el asesinato de Mohsen Fakhrizadeh, el científico considerado artífice del programa nuclear iraní, el 22 de noviembre pasado, fuera realizado por el gobierno israelí con el acuerdo de Estados Unidos.

Ese argumento pareciera reforzarse con la nota en The New York Times que en días pasados afirmó que Trump había pensado lanzar un ataque contra las instalaciones atómicas iraníes, esas que se han prestado a tantas conjeturas y que, aún sin cabal evaluación, podrían desencadenar una guerra: la herencia maldita que puede dejar Trump a Biden para, en el extremo, repetir algo semejante a la intervención de Estados Unidos en Irak.

Este texto forma parte del número 2303 de la edición impresa de Proceso, publicado el 20 de diciembre de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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