Colombia

De Calamisco a Los Meleguindo, los apodos del narco colombiano

El psiquiatra y profesor de la Universidad del Rosario, Rodrigo Córdoba, dice que los apodos, en general, están presentes en la historia del ser humano desde la infancia, pero en el mundo del hampa cobran un sentido más potente.
domingo, 3 de enero de 2021

BOGOTÁ (proceso.com.mx).- El narcotraficante colombiano Edwar Alonso Suárez tiene serios problemas de dicción al hablar y escribir. Más cuando se trata de palabras ajenas al idioma español. Esa característica fue la que lo llevó a tener uno de los apodos más extraños del hampa nacional: Calamisco.

La historia de su sobrenombre se remonta a 2006, cuando el grupo narco-paramilitar al que pertenecía, denominado ERPAC (Ejército Revolucionario Popular Antisubversivo de Colombia), adquirió un cargamento de un centenar de fusiles AK-47 procedente de Bulgaria.

Un agente de inteligencia de la Policía Nacional de Colombia relató a Proceso que Suárez fue designado por el jefe del ERPAC, Pedro Oliverio Guerrero, alias Cuchillo, para recibir las armas en un sector del río Manacacias, al oriente del territorio colombiano, y esconderlas en una finca del sector.

Al contactar con los hombres que transportaban los fusiles en dos lanchas, uno de ellos le dijo a Suárez Rodríguez: 

“Aquí están los Kaláshnikov (como se conoce a los AK-47 porque así se apellida su inventor, el ingeniero militar ruso Mijaíl Kaláshnikov)”.

--¿Los qué? --preguntó él.

--Los Kaláshnikov que encargó Cuchillo --insistió el hombre responsable de entregar las armas.

Al día siguiente, Suárez Rodríguez se presentó ante Cuchillo y le dijo:

--Jefe, ya recibí los calamiscos y están guardados.

--¿Los qué? –preguntó Cuchillo.

--Los calamiscos –insistió Suárez Rodríguez.

Según el agente de inteligencia consultado, Cuchillo soltó una carcajada y, desde ese día, Edwar Alonso Suárez Rodríguez, quien era la mano derecha del jefe del ERPAC, comenzó a ser conocido en el mundo del hampa como Calamisco.

En diciembre de 2010, Cuchillo –apodado así porque desde los 12 años cargaba un puñal—murió ahogado en un río mientras huía de un operativo policiaco para capturarlo, y Calamisco se separó del ERPAC para fundar el Bloque Meta, un grupo dedicado al narcotráfico en los Llanos Orientales de Colombia.

En enero de 2013 la policía lo capturó en una finca de esa zona y en octubre de ese año fue sentenciado a 11 años y 10 meses de prisión por concierto para delinquir en la modalidad de narcotráfico y porte y tráfico de armas de fuego, entre ellas los fusiles Kaláshnikov a los que siempre se refirió como los calamiscos.

Por sus alias los conoceréis

El psiquiatra y profesor de la Universidad del Rosario, Rodrigo Córdoba, dice que los apodos, en general, están presentes en la historia del ser humano desde la infancia, pero en el mundo del hampa cobran un sentido más potente porque están orientados a generar un “fenómeno de identificación y asociación”.

Los alias de los bandidos, señala el especialista en comportamiento humano, buscan reflejar poder (El Padrino), alguna característica personal (El Amigazo), capacidad para cometer actos atroces (Mochacabezas) y hasta la condición lumpen de muchos delincuentes (La Rata). 

“En el mundo criminal también se usan los alias para tipificar su naturaleza física, su jerarquía en un grupo criminal o simplemente como una manera coloquial de abreviar la forma de referirse a alguien en un ámbito donde todos se cuidan de usar su nombre verdadero”, señala.

Muchos de los apodos de los narcotraficantes colombianos tienen que ver, en efecto, con su jerarquía en el mundo delictivo.

El desaparecido jefe del Cártel de Medellín, Pablo Escobar, era conocido como El Patrón como una señal de respeto y sumisión por parte de los sicarios a su mando y como una muestra de su poder en la Colombia de los 80 y principios de los 90, cuando le declaró la guerra al Estado.

De acuerdo con Córdoba, un alias como El Patrón genera un fenómeno de asociación con alguien muy poderoso, con alguien que manda y con el que es mejor no meterse.

También hay apodos de jefes colombianos del narcotráfico que parecen orientados a producir admiración.

Ese es el caso de quien fuera el jefe del Cártel de Cali en los 80 y 90, Gilberto Rodríguez Orejuela, conocido como El Ajedrecista por sus habilidades como estratega. Su hermano, Miguel Rodríguez Orejuela, segundo al mando de la organización, era llamado por sus secuaces El Señor. 

Ambos fueron extraditados a Estados Unidos a mediados de la década pasada y cumplen condenas de 30 años en prisiones de ese país.   

Apodos tan resonantes como los de Escobar y los hermanos Rodríguez Orejuela no abundan, sin embargo, en los ámbitos más bajos de la delincuencia organizada colombiana.

Y es que gran parte de los delincuentes están excluidos de la sociedad y se asumen como parias, lo que los lleva a tener –como consecuencia de su historia personal-- apodos que denotan su origen humilde.

Camilo Torres Martínez, alias Fritanga, llegó a ser uno de los capos principales de “Los Urabeños”, la más poderosa banda criminal de Colombia, y acumuló una gran fortuna que le permitía financiar varias excentricidades después de vivir una niñez muy modesta.

Su apodo surgió porque su mamá tenía una fonda en la norteña ciudad de Valledupar en la que vendía comida frita, como chorizos, morcilla, empanadas, papas criollas, chicharrón y yuca. Camilo le ayudaba a cocinar y atender a los clientes, y sus conocidos le comenzaron a decir Fritanga.

El narcotraficante fue capturado en julio de 2012 en la Isla Múcura, cercana a la caribeña Cartagena, cuando celebraba su boda con la modelo Diana Lucía Salazar, en una fiesta programada para una semana con cotizados artistas de reguetón y música vallenata.

En ese convite para 200 invitados, que fue interrumpido al sexto día por la policía colombiana, se gastó alrededor de un millón de dólares, según los investigadores que le seguían la pista.

Fritanga fue extraditado a Estados Unidos, donde cumplió una sentencia de seis años, y en 2019 regresó a Colombia para cumplir una condena de 16 años por delitos relacionados con el tráfico de cocaína a México, Panamá y Alemania.

Otro narcotraficante colombiano que acumuló gran poder y una enorme fortuna y que es más conocido por su apodo que por su nombre es Juan Carlos Ramírez Abadía, Chupeta, quien debe su alias a su gusto por las paletas de dulce, que en Colombia son conocidas como chupetas.

En 2018 declaró en el juicio que se le siguió en una corte de Nueva York al capo mexicano Joaquín El Chapo Guzmán, su exsocio, a cambio de lo cual espera recibir una rebaja de la sentencia a 55 años de prisión que cumple en una cárcel de Estados Unidos.

Chupeta, cuyo rostro acusa los efectos nocivos de varias cirugías estéticas que se hizo para burlar a las autoridades, fue aliado en el Cártel del Norte del Valle de Wilber Alirio Varela, alias Jabón, cuyo apodo obedecía –fue asesinado en 2008 en Venezuela-- a que en Colombia existía un jabón marca “Varela”.

El Cártel del Norte del Valle, que sucedió al de Cali y se convirtió en los 90 y en la primera década de este siglo en el principal abastecedor de cocaína de los cárteles mexicanos, llegó a tener varios capos de enorme peso en el mundo criminal, como Luis Hernando Gómez Bustamante, alias Rasguño.

Ese apodo se originó cuando una bala le rozó el rostro durante un atentando, y él se tocó el rosto y exclamó: “es sólo un rasguño”.

Un investigador de la policía, consultado por este semanario, asegura que el capo, quien cumple una condena en Estados Unidos, solía marcar con un rasguño en el rostro a enemigos que mandaba a matar.

El comisario de la policía Alberto Cantillo dice que un alias es muy revelador para un investigador criminal, pues dice mucho sobre la personalidad de los delincuentes.

“Un alias es parte fundamental en la técnica de perfilación criminológica”, señala.

Identidad mafiosa

El doctor en filosofía del derecho Oscar Mejía dice que en los ámbitos delictivos todos tienen un alias porque “el nombre no es nada; el nombre se los pusieron para nacer, para bautizarlos, pero lo que los caracteriza, lo que cuenta su historia, es precisamente el alias”.

Con un apodo, señala el coordinador académico en la Universidad Nacional de Colombia, “estos individuos abstractos, anónimos y marginales se convierten en alguien en las sociedades modernas, y eso es un intento de rescate de identidad”.

Mejía, autor de varios estudios sobre cultura mafiosa, afirma que el asesinado narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha es un buen ejemplo de esa necesidad de afirmación que tienen los delincuentes que se forman en contextos de vulnerabilidad social.

Rodríguez Gacha, uno de los jefes del Cártel de Medellín hasta su muerte en un operativo policiaco, en 1989, era conocido como El Mexicano por su veneración por la música ranchera, el mariachi, el tequila y las películas de Jorge Negrete y Pedro Infante.

De las estructuras paramilitares creadas por El Mexicano se derivaron verdaderos ejércitos que al inicio de este siglo asumieron el control del negocio de la coca en Colombia al tiempo que combatían, junto con los organismos de seguridad del Estado, a las guerrillas de las FARC y el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

En la generación de narco-paramilitares surgida en ese proceso abundan los alias de animales.

Es el caso de Wilson Salazar Carrascal, El Loro, cuya nariz prominente y picuda le valió el apodo; Marco Tulio Pérez, El Oso, llamado así por su corpulencia y sus brazos velludos, y Jorge Iván Laverde Zapata, a quien le decían El Iguano por su supuesto parecido a esa variedad de reptil.

Los apodos tenebrosos también son comunes entre los narcotraficantes colombianos.

Dos casos son el del antiguo capo del Cártel de Cali, Henry Loaiza, El Alacrán, quien decía ser como ese invertebrado porque picaba de muerte al que lo tocara, y el ya desaparecido Marco Tulio Moya, quien era conocido como Baygón porque, al igual que el insecticida de esa marca, fumigaba (en este caso a balazos) a quien se le pusiera enfrente.

Los Meleguindo

Un oficial de inteligencia en retiro de la Policía Nacional de Colombia que investigó durante dos décadas a los grupos criminales de la noroccidental Medellín contó a Proceso la breve historia de lo que él considera el alias más insólito que escuchó durante su larga carrera policial: Los Meleguindo.

El exoficial, quien pidió la reserva de su nombre, recuerda que escuchó por primera vez ese sobrenombre a finales de 80, cuando formaba parte de un grupo especial que trataba de desmantelar la estructura de microtráfico de drogas que florecía en Medellín al amparo de Pablo Escobar.

“En esa investigación surgió la referencia de una familia de cuatro hermanos que traficaban cocaína –dice la fuente--. La traían desde Caquetá (un departamento al sur del país donde se produce esa droga) y en Medellín la vendían al menudeo y lograban enviar algunos cuantos kilos a Estados Unidos”.

Era, señala, un negocio criminal de mediana escala, con el que los hermanos Aníbal, Víctor, Orlando y Rodrigo Gildardo pudieron adquirir varios inmuebles, automóviles lujosos, fincas y hasta negocios fachada en los que blanqueaban el dinero obtenido del tráfico de drogas.

Los cuatro hermanos eran conocidos en su barrio, el Buenos Aires, como Los Meleguindo, y cada uno de ellos tenía ese alias. Sus amigos y sus compinches del bajo mundo los llamaban por su nombre y por su apodo: Aníbal Meleguindo, Víctor Meleguindo, Orlando Meleguindo y Rodrigo Meleguindo. 

No eran narcotraficantes de primer nivel, no existían muchas pruebas en su contra y la policía tenía otras prioridades.

“Por eso no se les abrió un proceso judicial –explica el exoficial de inteligencia consultado--, porque se decidió esperar a ver si nos conducían a peces más gordos. Pero lo que más me intrigaba de ellos no era su actividad criminal, sino su alias. Yo nunca había escuchado que a alguien le llamaran Meleguindo”.

El policía indagó con sus fuentes de dónde venía ese apodo y nadie sabía cuál era su origen, lo cual sólo logró incrementar su curiosidad.

Alguien le comentó que cerca de Medellín había un caserío rural conocido como Meleguindo, pero ninguno de los hermanos ni sus padres o abuelos tenían ninguna relación con ese lugar.

A principios de los 90, cuando ya se había olvidado del tema, el entonces oficial de inteligencia se enteró en forma circunstancial que Aníbal Meleguindo, el mayor de los hermanos, había sido asesinado por sicarios en un barrio de Medellín en lo que parecía ser “un ajuste de cuentas de la mafia”.

Pocos días después, en un hecho similar, fue asesinado Víctor Meleguindo.

Orlando y Rodrigo Meleguindo optaron por huir de la ciudad y el policía decidió averiguar sobre el caso, a pesar de que no estaba adscrito al mismo.

Una de sus fuentes le dijo que quien había mandado a asesinar a Los Meleguindo era un comerciante a quien los hermanos habían robado dos camiones de carga para transportar cocaína desde Caquetá. Pero de ahí no pasó.

Años después, mientras interrogaba a un traficante de drogas del barrio Buenos Aires, le preguntó si conocía a los hermanos Meleguindos y el delincuente asintió.

“Son del barrio, ahí todos nos conocemos”, aseguró. 

“¿Y de dónde viene ese apodo?”, preguntó el policía.

El traficante de drogas le contó que ese apodo surgió porque Aníbal, el mayor de los hermanos, acostumbraba a “colarse” a los autobuses urbanos de transporte público por la puerta trasera, y lo hacía con el vehículo en marcha, corriendo y al grito de “yo me le guindo, yo me guindo”.

Guindarse, en Medellín y en el sureste de México significa colgarse de algo. Es este caso, de un autobús.

Hasta donde se sabe, Los Meleguindos que quedaron vivos se retiraron de los negocios ilícitos, pero ese apodo les quedó como marca.

Incluso lo heredaron a sus hijos, según cuenta el policía que nunca esclareció el asesinato de Aníbal y Víctor Meleguindo, pero sí descubrió por qué les quedó, para siempre, ese alias.

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