Papa Francisco

En medio de una pandemia, Francisco viaja a un Irak sin paz

Ni el ataque sufrido el miércoles pasado en una base militar al oeste de Irak ha hecho que el Papa Francisco, de 84 años, aceptara la sugerencia, hecha en los últimos días por numerosos expertos en salud, de que aplace su viaje a otro momento. “Irak no puede esperar”, ha sido su respuesta.
jueves, 4 de marzo de 2021

ROMA (apro).- Francisco se dispone a realizar uno de los viajes más difíciles de su pontificado. Un país en el que la violencia no se detiene desde la invasión de Estados Unidos en 2003, una pandemia mundial que ha puesto en mayores dificultades una población ya agotada, y un alto riesgo de atentados: eso es lo que le espera al Papa en Irak. Jorge Mario Bergoglio llega este viernes a la capital de Bagdad, la primera etapa, y regresará el lunes a Roma. Tan solo el miércoles una base militar internacional situada en el oeste del país sufrió un nuevo lanzamiento de cohetes.

Pero ni esto ha supuesto que el Papa, de 84 años, aceptara la sugerencia, hecha en los últimos días por numerosos expertos en salud, de que aplace su viaje a otro momento. “Irak no puede esperar”, ha sido su respuesta.

“Desde hace tiempo deseo encontrar a este pueblo que ha sufrido tanto y a esta Iglesia mártir”, ha continuado el mandatario católico al hablar sobre su traslado a este país que alberga una de las comunidades cristianas más antiguas (siglo V), pero también más amenazadas y perseguidas desde la invasión estadunidense y posteriormente en el trienio 2014-2017, cuando el Estado islámico (EI) ocupó sus tierras.

El desplazamiento masivo de poblaciones y la fuga de miles de personas de las históricas minorías que han habitado Irak se reflejan en la trágica estadística del país. 

La catedral de Mosul

Los cristianos que, antes de la Segunda Guerra del Golfo, eran alrededor de un millón y medio (el 6% de la población), ahora son entre los 300 mil y 400 mil, un resultado de la violencia de las últimas dos décadas. Entre 2003 y 2015, por ejemplo, se llegaron a contar más de mil 200 personas de esta religión asesinadas, entre ellos numerosos sacerdotes, así como unas 60 iglesias dañadas o destruidas.

Tanto así que uno de estos templos, la catedral de Mosul, ahora en ruinas tras que EI la convirtiese en un campo de entrenamiento en 2014, será una de las etapas del viaje de Francisco, en un traslado en el que, además de esta ciudad y de Bagdad, el Papa también tiene previsto pisar Najab, Erbil, Qaraqosh y Erbil, el capital del Kurdistán iraquí.

En estas ciudades, Francisco se desplazará en avión, helicóptero y coche blindado, regresando cada noche a la capital, unas medidas que no son habituales para él —que en la mayoría de sus expediciones internacionales suele moverse en camionetas abiertas, durante sus actos públicos—, pero que llegan tras los atentados suicidas de enero y febrero en Bagdad y en el norte de Irak, donde el EI se resiste a claudicar.

Objetivos geoestratégicos

El Papa confía así de ampliar el alcance del cristianismo en un momento en el que el Gobierno actual ha enviado señales de apertura, algo que apunta a que Francisco enviará mensajes para relajar la relación de las comunidades cristianas con los dos grupos musulmanes dominantes (y a menudo rivales) de Irak: los chiís, apoyados por Irán y que actualmente gobiernan en el país, y los sunís, que en el pasado han sido relacionado con el EI. 

Así y todo, el preámbulo, al menos en el papel, no es de los peores, desde la perspectiva vaticana.

De hecho, desde que asumió en mayo de 2020, el nuevo primer ministro iraquí, Mustafa al Kadhimi, ha manifestado en reiteradas ocasiones querer frenar el éxodo de los cristianos y querer involucrarlos en la reconstrucción del país. Unas declaraciones de intentos que también han incluido gestos. 

En junio del año pasado, por ejemplo, al Kadhimi —experiodista y exjefe de los servicios secretos del país— nombró a la católica caldea Evan Faeq Yakoub Jabro, ministra iraquí de Inmigración y Refugiados, y en diciembre pasado, el Parlamento accedió a incluir la Navidad en el calendario de fiestas nacionales reconocidas.

Otra señal del mismo tono provino del clérigo chií Mogtada al-Sadr, quien en enero se encontró con el cardenal Louis Raphaël Sako y anunció que apoyará la creación de un comité para verificar las denuncias de propietarios cristianos que dicen haber sufrido expropiaciones masivas de bienes en las últimas décadas. Algo que además ocurre después de que otro católico, monseñor Najib Mikhael Moussa, lograra en 2020 el premio Sakharov de la Unión Europea por haber salvado unos 800 manuscritos datados a partir del XIII siglo.

De hecho, el viaje será una oportunidad para Francisco para reunirse con algunos de los líderes religiosos locales con mucha influencia. Es el caso de su encuentro el sábado en Najaf con el gran ayatolá Ali Al Sistani, líder de los chiitas de Irak y cuya decisión en 2014 de pronunciarse contra el EI fue considerada una de las claves para que esta organización fundamentalista empezara a perder influencia y se desmoronara.

Será la primera vez que ambos se verán y ocurrirá después de que en 2020 Francisco firmó un histórico documento conjunto con las comunidades sunís en el que católicos y musulmanes se dieron religiones de paz y condenaron los actos violentos. Un documento que los chiís y al-Sistani, no quisieron apoyar.

Otro acto en esta dirección será también el gran encuentro interreligioso en la llanura de Ur, cerca de Nassyria y patria de Abraham, personaje reconocido por cristianos, musulmanes y judíos. Allí se reunirán representantes de cristianos, musulmanes, yazidíes y sabeos, estos últimos también duramente perseguido por el EI en los que algunos consideran un verdadero genocidio.

Por el contrario, no habrá casi actos multitudinarios, salvo una gran misa en Erbil, donde se prevé que participen unos 10 mil asistentes (en un sitio que tiene capacidad para 30 mil), todos con mascarillas y asiento asignado, para limitar contagios y el riesgo de posibles atentados. Además de ello, el gobierno iraquí también ha impuesto hasta lunes un confinamiento a la población, una medida que sugiere que se quiere extremar precauciones ante el viaje papal. 

No es, sin embargo, el primer viaje del Papa a un país que sufre un conflicto. En 2015, Francisco inauguró el Jubileo en Banqui, la capital de la República Centroafricana, en aquel momento envuelta en una guerra civil. Y su viaje entonces supuso una tregua por el tiempo que duró su visita, tras lo cual los combates se reanudaron.

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