El adiós, un desaire

sábado, 6 de agosto de 2011
Pese a que se anunció con mucho estruendo y anticipación, el homenaje al cardenal Juan Sandoval Íñiguez resultó una pifia. Y  aunque los organizadores –el gobernador Emilio González Márquez y sus colaboradores– colocaron 4 mil sillas en la Plaza de la Liberación para que los feligreses pudieran ver al prelado, no se juntaron ni 300 personas; además, hubo un desaire por parte de los exgobernadores panistas y los alcaldes metropolitanos, con excepción del priista Antonio Mateos.     El del viernes 29 de julio fue un evento desangelado. A la invitación hecha por el gobernador Emilio González Márquez para despedir al cardenal Juan Sandoval Íñiguez asistieron a lo sumo 300 personas, pese a que los organizadores colocaron 4 mil sillas en la Plaza de la Liberación para recibirlos. Nunca llegó el nuncio apostólico Chris-tophe Pierre; tampoco los exgobernadores panistas ni Celso Rodríguez, presidente del Poder Judicial; ni los alcaldes de Guadalajara, Aristóteles Sandoval, y de Tlaquepaque, Miguel Castro Reynoso, ambos del PRI. Por eso llamó la atención la presencia del presidente municipal de Tonalá, el priista Antonio Mateos Nuño. En la plaza, donde se inició el agasajo al cardenal, la asistencia fue escasa. Y aun cuando en el Teatro Degollado religiosos y religiosas, así como la aristocracia tapatía y la clase política panista sí atendieron al llamado, el recinto no se abarrotó. Y de los que ahí estuvieron, pocos fueron los que acudieron al besamanos. Eran las 18:50 horas. “Es que acaba de llover, pero ahorita llegan los demás invitados”, voceaban los empleados del gobierno estatal para justificar la falta de asistencia. Su actividad contrastaba con las críticas de los feligreses congregados en las inmediaciones. Una adolescente se quejó incluso de los antojitos que repartían los organizadores: “Los tacos están igual de fríos que el homenaje”, dijo, al tiempo que masticaba una tortilla embarrada de frijoles. Los detractores apenas llegaban a 40. Eran los mismos de siempre, los que acuden a todas las marchas. Aun así no se contuvieron. En las cartulinas que exhibían mientras desfilaban frente al teatro se leían consignas como: “Si Juárez viviera, que chinga les pusiera”, “Emilio y cardenal, directo a la penal”. Estaban molestos también por el dispendio que, según informó la prensa al día siguiente, fue de 400 mil pesos; todo a cuenta del erario. Ante el temor de que los revoltosos irrumpieran en el “magno evento”, los convocantes adelantaron las actividades dos horas. Los policías estatales resguardaban celosamente los ingresos para evitar cualquier contingencia; aun así los quejosos lograron tensar el ambiente. Y cuando apareció en la plaza una Mercedes Benz Sprinter y comenzaron a descender señores encorbatados, mujeres con peinados de salón y sacerdotes de traje oscuro y camisa de alzacuello, los manifestantes corrieron tras de ellos, lo que los obligó acelerar el paso para huir del vulgo y penetrar al recinto. El ambiente ríspido no anuló la pasarela de los panistas y la clase política en general. Por ahí desfilaron los secretarios de Salud, Alfonso Petersen; de Promoción Económica, Alonso Ulloa; de Cultura, Alejandro Cravioto; del Trabajo, Ernesto Espinoza Guarro; el coordinador de Concertación Social, Leonardo García Camarena, así como los diputados panistas locales José Antonio de la Torre y Abraham González Uyeda. En el evento estuvieron también el obispo de Aguascalientes, José María de la Torre Martín, el vocero de la Arquidiócesis tapatía, Antonio Gutiérrez Montaño, y el obispo auxiliar de Guadalajara, José Francisco González. Postulados conservadores   Pasadas las 19:00 horas, los reporteros se arremolinaron frente al palco principal. Era la señal de que el homenajeado había llegado. Todos se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir cuando apareció Sandoval Íñiguez, quien los saludó con un movimiento de mano. Impecable su traje negro y su camisa con alzacuello. Al lado del jerarca religioso se encontraba el secretario general de Gobierno, Fernando Guzmán Pérez Peláez. Instantes después entró el gobernador Emilio González Márquez y se sentó a la izquierda del purpurado. Compartió el palco con el presidente de Coparmex Jalisco, Óscar Benavides, y con el coordinador del Consejo de Cámaras Industriales de Jalisco, Manuel Herrera Vega. A las 19:15 el teatro se oscureció. Las luces sólo enfocaban a los integrantes de la Orquesta Filarmónica de Jalisco y a su director, el estadunidense Leslie B. Dunner, quien comenzó con la obertura de Las bodas de Fígaro, de Mozart; luego el quinto movimiento de la Sexta sinfonía de Beethoven; el intermezzo sinfónico de Cavalleria rusticana, escrita por Pietro Mascagni, el Danzón número 2, de Arturo Márquez, y La boda de Luis Alonso, original de Gerónimo Giménez. El recital fue de sólo 35 minutos, pero logró el aplauso unánime. El cardenal subió al escenario acompañado por González Márquez, Guzmán Pérez Peláez y el diputado zapopano José Antonio de la Torre. El maestro de ceremonias fue Carlos Brambila, quien anunció la proyección de un video sobre la “fructífera trayectoria” de “su eminencia”, el cardenal Sandoval Íñiguez. Luego vino el discurso del anfitrión: “En nuestra patria hemos desechado nuestra oportunidad de crecer en un régimen de libertades de culto y de conciencia, dado en un laicismo excluyente en forma de intolerancia. La laicidad no debe ser el vacío de las identidades religiosas”, dijo González Márquez. Los asistentes le aplaudieron. Y él siguió: “En una sociedad plural no hay que tener miedo a las iglesias y a las religiones; éstas deben presentar públicamente su propuesta, porque, como dijo Benedicto XVI, es inconcebible que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos, la fe, para ser ciudadanos activos”. Incluso equiparó a Sandoval Íñiguez con jaliscienses como fray Antonio Alcalde, el obispo Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo y el cardenal José Garibi Rivera; González Márquez también señaló que su fidelidad a su vocación y su trabajo por los más pobres quedará "grabado" en la historia de Jalisco. “Las raíces cristianas forjaron la identidad jalisciense”, insistió el orador. Al término de su alocución, González Márquez entregó a Sandoval Íñiguez un pergamino enmarcado en vidrio con el escudo del gobierno de Jalisco. Todos los asistentes se pusieron de pie. En su turno Sandoval leyó unas líneas: “Me educaron en que nada debemos pedir, pero tampoco nada rehusar y por eso acepto el reconocimiento; lo acepto porque se me entrega con espontaneidad, nobleza y honestidad y el pueblo me lo da, por eso lo agradezco. Pero no tengo méritos suficientes para recibirlo, la que tiene méritos para recibirlo es la Iglesia de Guadalajara, a la que indignamente represento”. Y reflexionó: “¿Sería Guadalajara la misma sin su catedral? ¿Sin tantos hombres creyentes, sacerdotes y laicos y laicas, religiosos y religiosas, que dieron impulso a la cultura y a las obras de caridad, cuyo legado son el Hospicio Cabañas, el Hospital Civil y la Universidad de Guadalajara? Obras de grandes pastores que todavía subsisten”. De nuevo los aplausos; todos de pie. Luego, los abrazos de Sandoval a sus anfitriones: el gobernador y su secretario general de Gobierno, quien hacía esfuerzos por sonreír. Y concluyó el homenaje. La fría respuesta hizo que los organizadores suspendieran el recorrido final del purpurado por la plaza. Al final, el gobernador y su comitiva, acompañados por Sandoval Íñiguez, se fueron al Instituto Cultural Cabañas a una cena para 500 personas.

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