Réquiem para un Ángel

viernes, 24 de julio de 2009
Alfauara
Después de La Emperatriz de Lavapiés, con la cual fue finalista en el Premio Internacional de Novela Alfaguara 1997, homenaje a la ciudad de Madrid donde vivió cuatro años, el narrador natural que es Jorge F Hernández (DF-1962) nos debía otra sobre la capital mexicana
Ya está aquí, también en Alfaguara, con sus 377 páginas, y se llama Réquiem para un Ángel
Para recibir al lector y presentarle a este justiciero Juan Derecho televisivo del Chucho Salinas de los sesentas, a este Miguelito de la cinta de Alfredo Gurrola (con guión de otro Jorge, Patiño) Llámenme Mike que ha de salvar a la cultura occidental en una actuación memorable de Alejandro Parodi, a este Súper Barrio justiciero de Marco Rascón, escriben los editores en la contraportada:
"Esta es una historia de amor Del amor, puro, absoluto y sin esperanza que empuja a Ángel Andrade a salir de su casa para siempre, resuelto a ser el Auténtico Salvador de la Ciudad, el Àngel Exterminador de Todas las Impurezas, y enfrentar una catástrofe total que amontona incansablemente ruina sobre ruina De cualquier modo, sabe que alguien dene escuchar los gritos del crimen cotidiano y menguar el clamor de los tambores de la desesperación y del desahucio, así que permanece atento, a la espera de que alguien precise de su ayuda, y él sólo bata sus alas invisibles y vuele en picada"
Como el Gran Cocodrilo en "Declaración de odio", Hernández se debate entre el amor y el desprecio por una ciudad que ya es imposible de aprehender porque se ha vuelto muchas, según acaba de declarar a la prensa, y escoge a su vez para presentar a su personaje dos epígrafes
Uno de Walter Benjamin tomado de Tesis de filosofía de la historia:
"Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas Y éste deberá ser el aspecto el ángel de la historia Ha vuelto el rostro hacia el pasado Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándose a sus pies Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas Este huracán le empuja inconteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso"
Y otro de Carlos Fuentes extraído de La región más transparente:
"Dueños de la noche, porque en ella soñamos; dueños de la vida, porque sabemos que no hay sino un largo fracaso que se cumple en prepararla y gastarla para el fin; corazón de corolas, te abriste: sólo tú no necesitas hablar: todo menos la voz nos habla No tienes memoria, porque todo vive al mismo tiempo, tus partos son tan largos como el Sol, tan breves como los gajos de un reloj frutal: has aprendido a nacer a diario, para darte cuenta de tu muerte nocturna: ¿cómo entenderías una cosa sin la otra? ¿cómo entenderías a un héroe vivo?"
Y otros dos más que lo serían si no es porque están al final, fuera del libro, como epílogo: uno, "Caminárbol", del propio AA sacado de Cuaderno olvidado en un taxi (2006), y el siguiente un poema de José Emilio Pacheco, seguro homenaje al creador de Batallas en el desierto
Vale la pena desplegar el precapítulo inicial de este relato y saborear su prosa deslumbrante:
"Alguien despliega miles de brillantes sobre un manto de terciopelo negro, millones de cristales luminosos sobre un fondo oscuro, miles de millones de luces que alfombran la mirada de un anónimo pasajero de avión que despierta de un sueño trasatlántico al volver a la Ciudad de México
Alguien custodia las almas de más de treinta y cinco mil niños que duermen en las calles de interminables alcantarillas Alguien mira fijamente sus ojos hambrientos y su piel de mugre Alguien persigue sus recorridos sobre la desesperación de las aceras
Alguien lleva la cuenta de los treinta y cinco mil microbuses que son la forma más oprobiosa del transporte urbano, colesterol automotriz que inunda la mar vehicular de la ciudad inabarcable
Alguien recorre todos los kilómetros subterráneos sobre una serpiente anaranjada que surca las capas del subsuelo pretérito y repta por debajo de los edificios con osteoporosis de concreto
Alguien vive la ciudad como si no fuera la misma, como si el mundo se redujera a un paseo por seis calles a la redonda Alguien vive feliz el paso consuetudinario del tiempo que no cambia Alguien compra leche fresca en medio de un embotellamiento de tránsito
Alguien vive como si estuviera en el extranjero, se hablara en inglés y se cobrara en dólares Alguien siempre contempla la ciudad desde sus alturas
Alguien escucha los gritos del crimen cotidiano, el latido multitudinario de la impotencia, los tambores inalcanzables de la desesperación y el desahucio Cada angustia, cada gemido, una confirmación del aislamiento; cada tristeza, un acorde más del ruido que todos oyen, pero que nadie escucha
Alguien recuerda las calzadas con camellones y las calles con palmeras que enmarcaban la estatura homologada de los edificios Alguien se acuerda de los nombres de las estatuas que se volvieron anónimas
Alguien no se sabe engañado por las multiplicación de las mentiras, el imperio de la amnesia y la institucionalización de la imbecilidad Alguien cree que los arrepentidos realmente corrigen sus rumbos, que los advenedizos realmente cumplen sus utopías y que la mayoría entiende que no entiende nada
Alguien procura declarar su identidad en medio de tanto anonimato Alguien cumple en silencio con el transcurso de una vida y su empeño se graba en el olvido Alguien se mira en el espejo al clarear la noche y cierra sus ojos al alba, con la conciencia convencida de que por un solo día, que es como decir para siempre, consta que ha sido Alguien"


 

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