Las "Obras Completas" de Larra

lunes, 4 de enero de 2010

MADRID.- La literatura española del siglo XVIII y buena parte de los autores de la primera mitad del XIX han caído en un “sonoro olvido”. ¿Quién recuerda hoy aquellos sentidos endecasílabos con que se abría la Elegía a las musas de Moratín?

 

Esta corona, adorno de mi frente,

esta sonante lira, y flautas de oro,

y máscaras alegres que algún día

me disteis, sacras musas, de mis manos

trémulas recibid, y el canto acabe,

que fuera osado intento repetirle.

 

Pues si esto pasa con Moratín, excusado queda decir lo que ocurre con el resto.

Mariano José de Larra es un caso excepcional y contradictorio: modernísimo en la mejor parte de su obra, y extrañamente viejo en la otra. Su poesía es prácticamente de circunstancias, dieciochesca y deficiente. En cambio sus artículos son de una actualidad asombrosa, de una frescura literaria y, paradójicamente, de una madurez poco habitual. No hay que olvidar que, con diecinueve años apenas, se escribía casi él solito un periódico.

Así las cosas, se acercaba el bicentenario del nacimiento de Larra y seguíamos sin tener unas obras de Larra. La última edición de sus obras completas hacía muchos años que había desaparecido de las librerías y era prácticamente inencontrable, salvo en algunas de viejo. La de Carlos Seco, meritoria en su momento, necesitaba una revisión en cuanto a depuración textual e inclusión de textos menos accesibles o que habían aparecido con posterioridad.

La edición de toda su obra nos permitiría ofrecer una dimensión mucho más global y profunda de Larra. Por ejemplo, la de un intelectual que, en 1836, en medio de una crítica teatral de circunstancias, desliza esta aguda visión del futuro de la civilización occidental:

“La Europa representante y defensora de esa civilización vieja está destinada a perecer con ella y a ceder la primacía en un plazo acaso no muy remoto a un mundo nuevo, sacado de las aguas por una mano atrevida hace tres siglos.”

Por supuesto, había que hacerlo sin mitificaciones ni autocomplacencias inútiles. Pensé que un buen autor para esta edición sería Joan Estruch, con el que ya había trabajado en la edición de las Obras completas de Bécquer, y que es capaz de mirar la literatura y sus autores con el suficiente distanciamiento para no caer en ditirambos gratuitos. Especialista en el siglo XIX, su trabajo en esta edición consistiría sobre todo en poner al día el estado de la cuestión de la obra de Larra.

La organización de la edición ha sido estructurada pensando sobre todo en el lector (al margen de la rentabilidad editorial). El primer volumen recoge todos los artículos, agrupados por orden cronológico, lo que da al lector una perspectiva de la actividad social e intelectual de Larra in fieri. Es de observar que en 1835 Larra publicó en libro una muy buena selección de sus artículos. En bastantes de los escritos bajo el reinado de Fernando VII realizó importantes cambios y supresiones, significativos desde el punto de vista político. Aquí se ha respetado el texto fijado por Larra, pero se han añadido entre corchetes las supresiones, señalando en nota la posible causa de la censura. Este volumen es a todas luces un regalo para el lector.

El segundo recoge el resto de la obra de Larra: la novela, la poesía, el teatro original, el traducido y/o adaptado, proyectos inacabados como el Tratado de sinónimos de la lengua castellana, así como la correspondencia y otros documentos conservados. Es un volumen muy interesante desde el punto de vista literario, para ver en ocasiones –por contraste– la genialidad del primero, y también la tarea, pane lucrando, de un hombre que vivía exclusivamente de la pluma.

Decíamos que Larra era genialmente moderno. En estos momentos en que la política está oscurecida por casos de corrupción, cohecho y venalidad, bueno será recordar un artículo de Larra que parece haber sido escrito ayer mismo. Con finísima ironía, diríase que está vaticinando exactamente lo mismo que ocurriría 170 años después. No me resisto, pues, a transcribir unas líneas del artículo titulado Carta de Andrés Niporesas al Bachiller:

“Otras ventajillas de los empleos se pudieran citar; hay unos, por ejemplo, en que se manejan intereses y hay sobrantes… Da cada uno cuentas, o no las da, o las da a su modo. No que a mí esto me parezca mal; no, señor. A quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga. Algunos te dicen a eso que no tiene gracia que a cada mano por donde pasen aquellos ríos se le pegue siempre algo. A eso pregunto yo si es posible que llegue el caso de que no se le pegue nunca nada a nadie. Ello es que hay cosas de suyo pegajosas, y si te arrimas mucho a un pellejo de miel, por fuerza te has de untar, sin que esto sea en ninguna manera culpa tuya, sino de la miel, que de suyo unta.

“Otros empleíllos hay, como el que tenía un amigo de mi padre: contaba este tal veinte mil reales de sueldo, y cuarenta mil más que calculaba él de manos puercas, pero también recaía en un señor excelente que lo sabía emplear. El año que menos, podía decir por Navidades que había venido a dar, al cabo de los doce meses, sobre unos quinientos reales en varias partidas de a medio duro y tal, a doncellas desacomodadas y otras pobres gentes por ese estilo; porque, eso sí, era muy caritativo, y daba limosnas… ¡Uy! De esta manera, ¿qué importa que haya algo de manos puercas? Se da a Dios lo que se quita a los hombres, si es que es quitar aprovecharse de aquellos gajecillos inocentes que se vienen ellos solos rodados. Si saliera uno a saltearlo a un camino a los pasajeros, vaya; pero cuando se trata de cogerlo en la misma oficina, con toda la comodidad del mundo y sin el menor percance… Supongo, verbigracia, que tienes un negociado, y que del negociado sale un negocio; que sirves a un amigo por el gusto de servirle no más; esto me parece muy puesto en razón; cualquiera haría otro tanto. Este amigo, que debe su fortuna a un triste informe tuyo, es muy regular, si es agradecido, que te deslice en la mano la finecilla de unas oncejas… No, sino ándate en escrúpulos, y no las tomes; otro las tomará y, lo peor de todo, se picará el amigo, y con razón. Luego, si él es el dueño de su dinero, ¿por qué ha de mirar nadie con malos ojos que se lo dé a quien le viniere a las mientes, o lo tire por la ventana? Sobre que el agradecimiento es una gran virtud, y que es una grandísima grosería desairar a un hombre de bien que… Vamos… bueno estaría el mundo si desapareciesen de él las virtudes, si no hubiera empleados serviciales ni corazones agradecidos.”

Sólo por esto merecería tener una cátedra permanente en El Parnaso.  l

 

* Editor español. Director de la Editorial Cátedra que acaba de publicar en su Biblioteca Avrea los dos volúmenes de las Obras Completas de Mariano José de Larra. Edición, introducción y notas de Joan Estruch Tobella. Madrid, 2009.

 

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