Una historia mágica y religiosa

lunes, 27 de diciembre de 2010

La novela El hablador de Mario Vargas Llosa, galardonada con el Premio Nobel de Literatura, no ha sido atendida con el cuidado dado a otros de sus libros como La ciudad y los perros, La casa verde, La fiesta del Chivo o El paraíso en la otra esquina.

Sin embargo, es una narración importante por su peculiar estilo y porque continúa una tenue tendencia de los escritores latinoamericanos de tratar el mundo indígena, como lo hicieron Alejo Carpentier en Los pasos perdidos, Miguel Ángel Asturias en Hombres de maíz, José Maria Arguedas en Los ríos profundos o el mexicano Ramón Rubín en El callado dolor de los tzotziles.

En El hablador (Ed. Alfaguara. Col. Biblioteca Mario Vargas Llosa. México, 2009. 272 pp.), el escritor peruano-hispano trata sobre ese personaje importante que relata cuentos en la tribu machinguenga. La historia es contada de manera intercalada por dos narradores, el propio autor y un “hablador”. El primero inicia la narración a partir de una fotografía que ve en una exposición sobre esos nativos en Florencia. El retrato lo lleva a recordar a su viejo amigo Saúl, los años de juventud, las luchas políticas dadas, el abandono del marxismo, la simpatía por los indígenas, hasta su visita a los machinguengas en el amazonas peruano como conductor de una serie televisiva.

A su vez, el “hablador” cuenta los mitos, costumbres, creencias, sucesos de los machinguengas, así como incorpora elementos de la civilización en sus relatos, para enriquecer las vivencias presentes de la etnia.

En esta novela Vargas Llosa destaca el papel del que “dice”. En otras culturas y tiempos ha sido el juglar, el trovador, el coplero… El cometido que tiene el hablador es el de transmitir, oralmente, las costumbres, tradiciones e historias de la comunidad, así como los incidentes que los afectaban. De igual forma dotar a los hombres de una sensibilidad particular para enfrentar los duros avatares de la existencia, como la muerte, la pérdida, el desencanto, la enfermedad, o los de la naturaleza: las inundaciones, el frío, la sequía. Además busca provocar la risa y el regocijo como elementos esenciales para el buen vivir, la solidaridad y la creación de otros mundos. La manera en que lo realiza es con la creación de historias fantásticas y embrolladas. En la actualidad esa función la efectúa el poeta.

No obstante, la relevancia de El hablador radica en la manera en cómo Vargas Llosa cuenta los mitos machinguengas, que le permite recuperar la visión indígena. Para ello utiliza un lenguaje poético que da a las palabras múltiples significados. Igualmente recurre a alegorías en donde los sucesos adquieren varias facetas y no sigue un orden lógico causal, sino un libre fluir de hechos y sentimientos expresados por el “hablador”. El resultado es una narración fantástica y alucinante que es además el producto de años de investigación y de las experiencias del autor con esa tribu, que le ha permitido “inventar… una forma literaria que verosímilmente sugiriese la manera de contar de un hombre primitivo de mentalidad mágico-religiosa”.

 

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