Joseph Conrad y su traductor Pitol

lunes, 11 de abril de 2011 · 01:00
  Una de las grandes novelas del siglo XX es El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, que esta semana será puesta en librerías por la Universidad Veracruzana y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Tal coedición reproduce la versión de Sergio Pitol que en 2008 esa casa de estudios publicó en su Colección Sergio Pitol Traductor, concluida en Xalapa, Veracruz, en  julio de 1996. De la introducción hecha por él mismo se escogió el siguiente fragmento.   Llegar a Conrad marca uno de los momentos decisivos que puede conocer el lector cultivado. Volver a él es, ciertamente, una experiencia de mayor resonancia. Significa poner los pies, una vez más, sobre una infirme tierra de portentos, perderse en las infinitas capas de significación que esas páginas proponen, postrarse ante un lenguaje construido por una retórica soberbia, agitada, cuando al autor le parece conveniente, por ráfagas de ironía corrosiva. Sobre todo, es encontrarse de nuevo ante los Grandes Temas, esos que uno encontró en la tragedia griega, en Dante, en algunos dramaturgos isabelinos, o en Milton. La diferencia estriba en que la obra de Conrad se nos presenta como monumental, conclusiva y totalizadora, y el lector llegará jadeante hasta las últimas líneas de cada una de sus novelas para descubrir que aquello que parecía ser un sólido mausoleo es más bien un tejido que puede hacerse y deshacerse, que su carácter es conjetural, que nada ha sido conclusivo, que la historia que acaba de leer puede ser descifrada de muy diferentes maneras, todas ellas, eso sí, desoladoras. (…) Este aristócrata polaco (nacido con el nombre de Józef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski), nacionalizado inglés, aventurero en su juventud, marino mercante gran parte de su vida, ganado a la literatura en la madurez de su vida, no hace ninguna concesión a todo aquello que no haya asimilado como concepto propio, ni establece compromisos de sumisión con la sociedad. Le horrorizaba la social-democracia, ya en boga entre la juventud de su época, por considerar el concepto de fraternidad peligrosamente demagógico, en tanto que debilitaba el sentimiento nacional, y sostenía que la madurez de una sociedad, su aseo moral, la eliminación del elemento criminal en su conformación, sólo podría ser obra del individuo. Por remota que le pareciera su realización, creía en la nación como un conjunto de personas y no de masas. (…) Una novela de Conrad es, en su parte más visible, una historia de acción, colmada de aventuras, situada en escenarios exóticos, y, a veces, realmente salvajes. Lo normal en ese tipo de novelas es contar una historia de manera directa, con una cronología sin fracturas, y hacerla fluir capítulo tras capítulo hasta llegar al desenlace. Para Conrad eso habría sido una crasa vulgaridad. Él podía iniciar el relato a la mitad de una historia o aun comenzar a contarlo poco antes del clímax final, donde le diera la gana, y hacer que el relato se moviera en un complicadísimo zigzag temporal, logrando fijar el interés del lector precisamente en ese sinuoso laberinto, en el lento reptar de la trama por las fisuras de un orden cronológico fracturado. Las continuas digresiones, ésas que permiten a los personajes reflexionar sobre moral u otros temas anexos, en vez de entorpecer al ritmo dramático del relato, lo enriquecen prodigiosamente y cargan a la novela de un vigoroso poder de sugestión. En eso consiste el arte narrativo de Joseph Conrad. Para que ese tortuoso y obsesivo hilo narrativo alcance su plenitud, Conrad inventa a Marlow, su álter ego, a quien le confía la narración de la historia. Marlow, como su creador, es un capitán de navío, un caballero, un hombre independiente en cuanto a ideas, con una curiosidad humana naturalmente reñido con toda forma de moral cerrada. Todas esas cualidades lo convierten en un perfecto refractor de la realidad, para beneficio de Joseph Conrad y de sus lectores. Marlow es un testigo que nos refiere las circunstancias reales de un acontecimiento; es el hombre que realmente estuvo allí; sí, allí donde la acción tuvo lugar. Marlow apareció por primera vez en Juventud, una de las primeras novelas cortas de Conrad, y luego lo encontramos en Lord Jim, en Azar y El corazón de las tinieblas. En esta última, supera la calidad de un mero testigo, para convertirse en el actor real de la historia, en un protagonista activo y determinante en la estructura y trama de la novela. Uno de los temas fundamentales de Conrad es la pugna surgida entre la vida verdadera y los simulacros de vida. En El corazón de las tinieblas esa contradicción es titánica y extraordinariamente sombría, ya que la encarnan dos adversarios de estatura desigual. Por una parte el hombre, o, mejor dicho, la frágil consistencia moral del hombre, y, por la otra, la todopoderosa, la invulnerable, la majestuosa Naturaleza: el mundo primigenio, lo aún no domado, lo amorfo, lo profundamente bárbaro y oscuro con todas sus tentaciones y acechanzas. El ensayista colombiano Ernesto Volkening, en un ensayo magistral sobre este libro, titulado “Evocación de una sombra”, señala: “Como toda genuina obra de arte, esta novela, una de las contadas trascendentales del siglo, y, quizá, la más estupenda contribución a la Historia secreta del alma occidental en su fase crepuscular, conserva intacto un núcleo de misterio inaccesible a la sonda analítica”. Kurtz, el misterioso protagonista de esta novela, una sombra persistente desde el inicio, llena el libro con su nombre y su leyenda y en una breve parte, casi al final, con su presencia y su muerte. Su figura parece fragmentada y los fragmentos casi nunca concuerdan entre sí. Sabemos de él que es uno de los avanzados del progreso, que se ha instalado en una estación de recolección de marfil en el corazón del África. Un joven brillante, un periodista a quien se le asigna en Bélgica, su país de origen, un futuro extraordinario. Se le concibe como un joven ardientemente idealista que llevará la civilización, la prosperidad, el progreso a los pliegues más recónditos del continente aún no conocido por entero. Un cruzado de la causa más noble, un fiero caudillo de la filantropía, y, a la vez, el director de la estación comercial que ha producido los mejores resultados de su trabajo. Marlow, el narrador de la historia, el testigo de su final, ha sido contratado como capitán de un vapor que debe recorrer las distintas estaciones comerciales a lo largo del río Congo. Sus primeras impresiones al acercarse al continente componen una fábula farsa, sórdida y macabra sobre la acción imperialista en África. Es un alegato escueto e implacable sobre la hipocresía de las potencias. La leyenda del progreso que civilizaría a los salvajes le parece a Marlow la mentira de las mentiras. Y para este capitán de navío, como por otra parte para Conrad, la mentira es el equivalente a una mancha ignominiosa que revela que alguien con quien uno tropieza no es de verdad un caballero. “Ustedes saben que odio —exclama Marlow con énfasis—, que detesto, que me resulta intolerable la mentira, no porque sea más recto que los demás, sino porque sencillamente la mentira me espanta. Hay un tinte de muerte, un sabor de mortalidad en ella que es exactamente lo que más odio y detesto en el mundo, lo que quiero olvidar. Me hace sentir desgraciado y enfermo, como la mordedura de algo corrupto. Es una cuestión de temperamento, me imagino”. La primera misión encomendada a Marlow es buscar a Kurtz, sobre cuya salud corren alarmantes rumores, y, en caso de ser necesario, transportarlo a la costa. El viaje hasta la estación interior tarda varios meses. A la llegada del vapor, Kurtz es casi un cadáver. La novela, ya se ha dicho, está permeada de principio a fin por el fantasma de Kurtz. Algunos lo admiran, otros lo aborrecen. Lo admiran o aborrecen por razones diversas y hasta contradictorias. Hacer coherentes esos informes fragmentarios y contradictorios resulta una labor imposible; lo es también para Marlow, para Conrad y, desde luego para nosotros, sus trémulos lectores. Nunca logramos saber exactamente quién es Kurtz, ni detalladamente lo que ha ocurrido con él durante los años que ha estado sumergido en el tétrico corazón de la selva. Marlow describe con horror el efecto que le produce contemplar a través de su catalejo, a medida que el vapor se acerca a la estación, la casa de Kurtz rodeada de estacas con remates decorados con cabezas humanas en distintos estados de descomposición. Algo de lo demás, pero solamente algo, se va sabiendo atropelladamente a partir de ese momento. Por ejemplo, que en la región es respetado como un rey, adorado como un dios, que ha participado en ritos indecibles, en orgías descomunales presididas por el sexo y la sangre. Ha vivido una experiencia inimaginable para un europeo. Los comerciantes que van en el vapor lo reciben con odio y desprecio, por considerar que ha ido demasiado lejos, que sus métodos han arruinado la región a él encomendada para la recolección del marfil. Ha acostumbrado mal a los nativos, nadie podrá por largo tiempo reemplazarlo. Marlow es el único en solidarizarse con el despojo humano en que el personaje se ha convertido, más que nada por desprecio hacia aquellos rapaces hombres huecos, aquella pandilla de depredadores que envidiaban la fortuna amasada por Kurtz, pero que nunca hubieran podido vivir las aventuras de un espíritu atormentado, que jamás conocerían el horror, la embriaguez, la comunión con las fuerzas primarias que él había conocido, paladeado y sufrido. “En realidad yo había optado por la selva, no por el señor Kurtz”, explica Marlow a sus oyentes. Desde un punto de vista histórico-sociológico, la novela de Conrad es un alegato demoledor sobre la acción del colonialismo europeo en el continente africano; desde el punto de vista de Jung y sus discípulos, Kurtz encarna el papel de un ángel rebelde, a cuya fascinación, como la del Satán de Milton, es difícil resistirse. La historia toda es un viaje nocturno al subconsciente, un contacto con las energías criminales del ser humano que la civilización ha logrado reprimir. De la experiencia de Marlow se puede tener algún atisbo sobre el individuo que, desprendido de toda seguridad conocida, decide integrarse a un mundo germinal, arcaico, y vivir intensas pruebas iniciáticas. Algo que puede vislumbrarse, aunque la Oscuridad, parece pensar Marlow, nunca revele las fuentes últimas de ese misterio. A momentos parecería que se trata de un substrato remoto del inconsciente colectivo que de pronto se reactivara: un reencuentro con un mundo conocido alguna vez e irremisiblemente perdido: el de los primeros días de la creación. Quien escucha el llamado imponente de la selva será inevitablemente destruido; enloquecerá o morirá de mala manera. La Oscuridad se vengará de cualquier transgresión que alguien cometa en sus dominios. En fin, El corazón de las tinieblas es un relato poseído por un misterio inagotable. Cada generación y cada escuela de pensamiento tratarán de revelarlo. Gracias a los poderes literarios y metaliterarios de Conrad, podemos estar seguros de que este libro mantendrá para siempre un núcleo inextricable sabiamente defindido.   (*) Este texto se publica en la edición 1797 de la revista Proceso, ya en circulación.  

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