Del abrazo a la ruptura

lunes, 6 de febrero de 2012
En la frontera entre Chile y Argentina, la empresa canadiense Barrick Gold se dispone a explotar Pascua Lama, la mina a cielo abierto de oro más grande de Sudamérica. Detrás de este proyecto –que destruirá los recursos naturales de una de las principales fuentes de agua dulce del mundo– existe un entramado de hechos y personajes tan disímbolos como truculentos: el traficante de armas Adnan Khashoggi, el expresidente estadunidense George H. W. Bush, el exrepresor argentino Rubén Osvaldo Bufano, el escándalo Irán-Contras, las masacres en Tanzania… El escritor y periodista Miguel Bonasso, expresidente de la Comisión de Recursos Naturales de la Cámara de Diputados de Argentina, desenreda la madeja de intereses que convergen en la “fiebre por el oro” de la Cordillera de los Andes en el libro El mal, el modelo K y la Barrick Gold, que comenzará a circular en México próximamente bajo el sello de Planeta. Con autorización de la editorial y del autor, Proceso reproduce algunos fragmentos relativos a la relación de Bonasso con la “pareja presidencial” argentina: Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Miguel Núñez, el jefe de prensa de la diputada santacruceña Cristina Fernández, me anunció en el teléfono: “La doctora te quiere conocer”. El primer almuerzo de una larga serie ocurrió en un bodegón de la calle Rodríguez Peña, entre Santa Fe y Chacras, que ya no existe. La diputada superproducida, “más pintada que una puerta”, como ella misma decía, me resultó simpática y muy inteligente, aunque culturalmente me costaba embonar su look (doy fe de que ya exhibía el Rólex de oro) con el recuerdo de los jeans y mezclillas que portaban desafiantes las compañeras de los setenta. Muy cordial, dentro de su estilo algo tieso y escolástico, me contó que su hijo mayor, Máximo, era un fan de El presidente que no fue y la había obligado casi a sumergirse en la dramática historia del doctor Cámpora, cosa que acababa de hacer –dijo– “con entusiasmo”. A renglón seguido añadió que Recuerdo de la muerte los había conmovido profundamente: a ella y a su esposo, el gobernador de la remota Santa Cruz, Néstor Kirchner. Ambos, me dijo, habían militado en la JUP (Juventud Universitaria Peronista) de La Plata y seguro tendríamos algún amigo en común (…) Algunas semanas después, acompañado por un par de fieles, apareció el gobernador por el boliche. Me gustó su estilo despatarrado y jovial. No tardé en entender que en ese binomio inseparable, ella era la expresión intelectual y parlamentaria, en tanto el Flaco era el político práctico, el seductor, el tipo que utilizaba hasta el estrabismo para cooptar (“yo tengo cara de pelotudo y la uso, pero no soy pelotudo”), la máscara imprescindible para vender heladeras en el Polo. Pronto los almuerzos se convirtieron en cenas de a cuatro, cuando se sumó Ana de Skalon, mi mujer, que falleció en 2006. Nosotros dos, que veníamos de un prolongado destierro y desde los setenta no pertenecíamos a ningún partido, lo que más anhelábamos en materia política era que se acabara de una buena vez la era menemista. Había un hartazgo, un empacho de tanta farándula, de tanta corrupción, de tanto cinismo. Los Kirchner, en cambio, coincidían en muchas cosas con nuestro planteo, pero dentro de ciertos límites. Eran críticos con Menem, pero tenían muy buenas relaciones con Duhalde. Cristina había sido marginada dentro del bloque justicialista, pero no había saltado la valla partidaria. Néstor era un gobernador que se animaba a discutir con el presidente en Olivos, pero había estado de acuerdo con la Convertibilidad y, peor aún, con la privatización de YPF. En el fondo yo deseaba que la Argentina volviera a tener un gran movimiento laborista, como el que había engendrado Perón, y pensaba que la CTA podía llegar a ser un equivalente del PT brasileño. La espina dorsal de un frente político y social. Los Kirchner aparecían entonces como posibles aliados en esa hipótesis de trabajo, que incluía al peronismo pero pretendía trascenderlo de manera dialéctica. Nos unía una amistad personal que se cimentaba en la política pero distábamos mucho de coincidir en una estructura orgánica y eso quedó absolutamente demostrado cuando se formó el Grupo Calafate que yo no integré (…) Encuentros Sin vincularnos orgánicamente, compartimos algunos posicionamientos históricos de la pareja, como la enérgica defensa de los Hielos Continentales y su oposición a esa Poligonal, acordada entre Bush, Menem y Frei, para cederle a Chile más de mil kilómetros cuadrados de territorio nacional. En Caleta Olivia, el gobernador de Santa Cruz erigió un cartel sobre la ruta que desafiaba directamente al presidente Menem y su pueblo natal en La Rioja: “Los hielos continentales son tan argentinos como Anillaco”. Pero donde coincidimos de manera más estrecha fue en el apoyo continuo y directo a Eduardo Freiler y Federico Delgado, los dos fiscales que investigaron a fondo el escándalo de las coimas (sobornos) pagadas en el Senado para aprobar la Ley de Flexibilización Laboral. La bisagra que produciría la renuncia del vicepresidente Chacho Álvarez y un fenómeno colectivo mucho más importante: el descrédito total de la clase política que cristalizaría en grito de guerra el 20 de diciembre de 2001: “Que se vayan todos” (…) Mucho antes, el 11 de mayo de 2000, cuando aún faltaban tres meses para que estallara el escándalo, Cristina denunció la compra de leyes en una sesión de la Cámara de Diputados (…). Cuando el gobierno del radical Fernando de la Rúa comenzó a perseguir a los fiscales, los apoyamos decididamente. Cristina, como vicepresidente primera de la “Comisión Investigadora sobre hechos ilícitos vinculados con el lavado de dinero”, que presidía la diputada Elisa Garrió, hizo que el tema de las coimas senatoriales se colocara bajo el escrutinio de la comisión. Lilita y ella, por cierto, ya no se llevaban bien. Solíamos cenar los cuatro en un restaurante minimalista y posmoderno, el Teatriz de la calle Riobamba al 1200, que a Cristina –furiosa con sus dietas vegetales– le encantaba. Generalmente los cuatro (…) Ana y yo habíamos vivido las históricas jornadas del 19 al 20 de diciembre en la calle, entre gases y escopetazos de la Federal. En la madrugada habíamos visto a un hombre desangrarse al pie de las escalinatas del Congreso, nos habían disparado, y llegábamos al Teatriz con el veneno lacrimógeno en los pulmones y una gran exaltación, por haber contribuido a sacar de la (Casa) Rosada al responsable directo de 34 asesinatos. En nuestro candor, explicable en gente que estuvo tantos años fuera de la Argentina, buscábamos regenerar los sentimientos básicos de la militancia que alguna vez tuvimos, confundiendo las asambleas vecinales y su epifanía coral de Parque Chacabuco con las jornadas de la Comuna, con aquella Barcelona que durante seis meses y sólo seis meses fue libertaria y cantó “a las barricadas”. Cristina nos miraba seria, alzando la vista desde sus penitenciarias lechugas; Néstor se sonreía canchero, silabeaba con su clásico seseo interdental, convirtiendo la boca en pico confidencial: “Yo te voy a contar a vos lo que realmente pasó, qué hubo detrás de todo esto”. Y una tarde, en su oficina de la Casa de Santa Cruz, me contó su versión del 20 de diciembre: el complot de Eduardo Duhalde y Carlos Ruckauf para voltear a esa copia suburbana de Luis XVI que era De la Rúa. Fue una de las fuentes principales de mi libro El palacio y la calle. Su error, que luego corregiría con algunas medidas acertadas de gobierno, fue pensar que todo había sido una conspiración y nada más. El mío, darle un peso determinante a la pueblada. Ellos, que habían vivido el estallido allá lejos, en Santa Cruz y dentro de lo que acertadamente Marx definió como la superestructura, tenían cierto grado de razón en vacunarnos contra un entusiasmo precipitado, en advertirnos sobre la índole conservadora y mezquina de gran parte de la clase media argentina que había guardado absoluto silencio frente a 30 mil desaparecidos, tenía razón en augurar que “piquetes y cacerolas, la lucha es una sola” se acabaría en cuanto cada uno regresara a su clase o a su definitivo desclase, pero escucharon, decantaron y supieron utilizar algunos argumentos razonables que esgrimimos en medio de nuestro discurso apasionado. “Relación orgánica” Una noche intuí que mi amigo, el de apellido raro, que sólo conocían los escasos ciudadanos santacruceños, podía convertirse en presidente de la República. Con Ana conversamos sobre esa posibilidad durante muchas noches, después de acompañarlos a su departamento, en la loma de Uruguay y Juncal. Ella coincidía conmigo: no eran nuestro “fin de la historia”, no eran ese PT que Víctor De Gennaro no se decidía a construir, pero Néstor podía ser un Fernando Henrique Cardoso, el puente, la transición, hacia una renovación social y política del país derruido por el neoliberalismo. En 2002, la relación personal se convirtió en relación orgánica, el desconocido se lanzó a la carrera por la Presidencia y nos invitó a integrar un comando de campaña muy reducido, que conducía la propia Cristina e integraban Miguel Talento, Elvio Vitali, Enrique Pepe Albistur y, ya en posición muy destacada, Alberto Fernández. Nos reuníamos precisamente en el estudio de Alberto, ubicado en la bajada de Callao hacia Libertador, y a mí me inquietaba la foto colgada a espaldas del anfitrión, donde se lo veía, muy sonriente, con Domingo Cavallo, el autor intelectual de la hecatombe argentina. Esta pertenencia nuestra al entourage del candidato duró poco. El primer gran sapo a tragar fue la alianza con Duhalde tejida astutamente por Alberto. Recuerdo la discusión en otro restaurante posmoderno de la calle Juncal, cuando Cristina explotó: –Néstor, no te podés aliar con él, es un mafioso. Kirchner, inclinando el pico y alzando la mano alargada, reconoció: –No llego, Cristina, si no me alío con él no llego. Y era rigurosamente cierto: el senador Duhalde, devenido presidente provisional por el incendio de 2001, que él mismo había alimentado con nafta de aviación, no podía presentarse porque estaba manchando con la sangre de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, dos jóvenes militantes asesinados por la Policía Bonaerense, esa que el gobernador había condecorado como “la mejor del mundo”. Antes que Néstor había dos candidatos en espera: el piloto Carlos Lole Reutemann, que ocupaba la pole position con un 35% en las encuestas y, en el pelotón, con un mediocre 6% (y sin posibilidades de mayor crecimiento) el cordobés Juan Manuel de la Sota. Cuando el senador Eduardo Menem, hermano y operador del expresidente, visitó al Lole, le mostró algo tan “oscuro” que lo sacó de pista. Entonces Alberto Fernández marchó a Olivos y pactó el apoyo del Cabezón (Eduardo Duhalde) a Kirchner, que en ese momento tenía apenas el 2%. En febrero de 2003, me enteré en Miramar, donde pasaba unas cortas vacaciones, que Kirchner le había ofrecido a Daniel Scioli la candidatura a vicepresidente y ya me pareció una grosería que no tenía por qué aguantar. Tuvimos una larga y áspera discusión en la Casa de Santa Cruz: Néstor, Cristina y yo. Les dije que el motonauta sería una bellísima persona, pero era un arquetipo del menemismo y yo no estaba dispuesto a sacrificar mi único patrimonio que es la credibilidad. Cristina primero intentó defenderlo, recordando el papel que Scioli había jugado junto a ella en la Comisión de Lavado, luego me miró con fastidio y supe que nunca me perdonaría esa insolencia. Néstor ensayó una sonrisa melancólica y me aclaró por si no me había enterado: –¿Sabés qué pasa?: Soy peronista. Luego, antes de abandonar su propio despacho, antes de cerrar la puerta y el encuentro, me soltó un curioso reproche: –Cuando ustedes, que eran nuestros jefes, nos daban una orden, la cumplíamos sin chistar… Estaba equivocado. Yo no había sido su jefe en aquellos años. Tampoco me contaba entre “los jefes”. Para el enemigo podía parecer un general; para la Conducción Nacional de Montoneros era apenas el equivalente de un sargento mayor. Esta primera ruptura pasó inadvertida en la superficie, pero tuvo importantes implicaciones en los años que vendrían (…) “De alcahuetes y ladrones” Cuando se enfrentó con Menem, que le ganó en la primera vuelta, no tuve dudas: escribí una nota en Página/12, titulada El mal mayor, donde instaba a los ciudadanos a no equivocarse. Sabía que un nuevo triunfo del riojano sería una tragedia. Cuando el socio menor de Bush huyó de la segunda vuelta, me gustó la contundencia de Néstor para descalificarlo. El 25 de mayo, estuvimos con Ana en todas las ceremonias de la asunción. Me rencontraba con el Salón Blanco de la Rosada después de 30 años de obligada y voluntaria ausencia. Los años de la persecución, la clandestinidad y el exilio. Los años de Raúl Alfonsín, en los que no pude retornar con mi familia porque había una causa en mi contra heredada de la dictadura; los años de Carlos Menem, al que siempre fustigué con dureza. (…) En las semanas y meses que siguieron me entusiasmaron los gestos contra la impunidad del estado terrorista de ese presidente que, en una cierta medida, habíamos ayudado a llegar. Me emocionaron la bajada de los retratos en el Colegio Militar, el acto de la ESMA, la convocatoria al pueblo para que apoyara su imprescindible reforma de la Corte Suprema. También la manera en que Kirchner devolvía respeto a la figura presidencial, anegada en el inodoro de la historia junto con el helicóptero que transportó a Fernando de la Rúa. Pero, a despecho de lo que muchos creían, distaba mucho de estar en el círculo áulico del poder. Ni siquiera en sus alrededores. Es más, a Néstor no le hizo mucha gracia mi candidatura a diputado nacional. “Te van a masacrar”, me aconsejó paternal. Y hasta se permitió un chiste que de algún modo reflejaba sus sentimientos más profundos: “Pibe, si querés una foto conmigo tenés que ponerte. Una foto conmigo cuesta un toco de guita (dinero)”. Luego, cuando saqué 160 mil votos, me llamó para felicitarme. Cristina, en cambio, porque conocía muy bien la experiencia de Ana en el Chanel Four de Londres, y también por una cuestión de género, la hizo designar directora informativa de Canal 7. Para restarle poder, Alberto Fernández y Albistur nombraron un director con las mismas atribuciones, pero malas prácticas y peores intenciones: Leonardo Bechini. La ética de una y otro eran inversamente proporcionales a los vehículos que usaban: Ana, un Gol modelo 1989, que parecía de la Segunda Guerra Mundial; Bechini, una Cherokee cuatro por cuatro, de 70 mil dólares. Kirchner, salomónico puso por encima de los directores a un hombre de su confianza, Ricardo Palacio, un inútil que no tardó en ser cooptado por Bechini, que se lo llevaba de parranda. Para mi mujer, que estaba gravemente enferma de cáncer, esa designación en el canal oficial fue un verdadero calvario. Los del Sindicato Argentino de Televisión (SAT) y otros personajes igualmente siniestros de algunos medios, le hicieron la vida imposible. A causa de esa guerra secreta de los inmorales de siempre contra una idealista que pretendía recrear la televisión pública de Gran Bretaña en estas tierras, tuve la primera discusión fuerte con Néstor Kirchner. En su propio despacho y ante el pánico de su secretario general, Óscar Parrilli, a quien llamábamos el sargento Parrilli. Le reproché duramente a Néstor que no defendiera la tarea en favor de la televisión pública que estaba realizando Ana, que ni siquiera entendiera lo que debía ser una televisión pública. En aquella época había una alianza inextricable con Clarín y mis intentos por reformar la Ley de Radiodifusión de la dictadura chocaban con la indiferencia glacial del gobierno y se morían en el Senado. Me permití decirle que el mayor peligro del poder consiste en rodearse “de alcahuetes y ladrones”. Se puso rojo de furia. En el fondo yo hablaba todavía de cuestiones menores, como la corrupción imperante en Canal 7. Ignoraba lo que ahora conozco a fondo: el salto cualitativo en el saqueo, de la privatización del patrimonio estatal a la apropiación y destrucción de los recursos esenciales para la vida. “¿Qué preferís?” –Ni en pedo te van a dar la Comisión de Relaciones Exteriores –me dijo Néstor Kirchner en el lobby del Hotel Hilton, antes de partir con toda la delegación argentina a la cena que ofrecía el presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías. El rumor había circulado en medios periodísticos y alguien me lo había comentado antes de subir al Tango 01 y sentarme junto a la secretaria general de las azafatas, la diputada Alicia Castro, que en aquel momento era una antikirchnerista furiosa. A los dos nos chicaneaba el Chino Carlos Sannini, secretario Legal y Técnico de la Presidencia: –¿Cuándo van a dejar de ser chavistas para hacerse kirchneristas? La mejor fuente de la Argentina acababa de confirmarme lo que ya sabía: jamás me otorgarían una representación política en un área tan sensible como las relaciones exteriores. Me condenaba un dato letal: mi amistad con el comandante Fidel Castro, que Néstor Kirchner me echó en cara en más de una ocasión, cuando Cuba sólo parecía interesarle para que la médica Hilda Molina pudiera visitar a su familia en la Argentina. En aquella época, el canciller Rafael Bielsa había intoxicado al presidente con un dato falso: que Chávez financiaba a piqueteros contrarios a Kirchner. Un justificativo para organizar un almuerzo de trabajo en la embajada argentina con los principales dirigentes opositores a Chávez. Recuerdo muy bien la encerrona en la residencia que, desde hace años, ocupa la embajadora Alicia Castro. En ese momento el dueño de cada interino era el embajador Eduardo Sadous, uno de esos diplomáticos de carrera que son genéticamente derechistas. Sadous, siguiendo órdenes de Bielsa y Kirchner, había organizado un encuentro tan cariñoso con la Contra que hasta su esposa preparó las empanadas. Alicia Castro y yo fuimos obligados a concurrir, porque de allí salíamos todos en el Tango a la Argentina. No ocultamos nuestro fastidio al encontrarnos por sorpresa con ese presente griego y cuando los dirigentes antichavistas mintieron afirmando que la policía había asesinado el día anterior a dos manifestantes, no vacilamos en contradecirlos: las víctimas pertenecían al gobierno. Allí, por primera vez, mi amigo el presidente pasó a ser “el presidente” a secas, al dispensarme el tono agrio con el que solía dirigirse a los subordinados: –Pará, pará—me ordenó para darle la palabra a uno de los Contras. Bielsa se relamía de gusto (…) Unos días más tarde, me dijo uno de mis colaboradores. –Te llama el presidente. En aquella época me llamaba casi a diario y muchas veces para comentarme sus conquistas en materia de derechos humanos. Tardé algunos años en darme cuenta por qué lo hacía. –¿Qué preferís, ser vicepresidente de Exteriores o presidente de la Comisión de Recursos Naturales? –Presidente de Recursos Naturales –contesté sin vacilar (…) Yo no era un ambientalista, pero intuía lo que ahora me consta: la lucha auténtica por los recursos naturales y la preservación del ambiente es la versión actual de la vieja lucha contra el imperialismo, la vieja lucha de los trabajadores por una sociedad sin explotadores y explotados. Más intensa aún que la lucha librada por nuestros abuelos, porque ahora se trata de la supervivencia de la raza humana. Lo que no sabía entonces era que la defensa del ambiente me llevaría a una situación impensable y no deseada: el enfrentamiento con el matrimonio Kirchner.

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