El serpenteante camino de la mota

domingo, 27 de noviembre de 2016
La mariguana lleva 500 años enervando al país: no sólo ha alterado a los usuarios, sino ante todo a la economía, la política, las conciencias biempensantes y las autoridades obtusas. En su libro República pacheca, de Ediciones Proceso, el periodista Enrique Feliciano presenta una lúcida y desenfadada “biografía” de la yerba, y abona al debate que hoy recorre el mundo: ¿insistir en el afán prohibicionista o darle una nueva oportunidad a la legalización? Aquí se reproduce un fragmento de la obra, que ya se encuentra en circulación. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La mariguana está en las calles con su descaro e insolencia de mujer fatal. Circula a cielo abierto ahí donde desfila el espectáculo de la vida las 24 horas del día y donde los melodramas reales suelen terminar sin aplausos… No es necesario ya esperar el cobijo de la noche (como registra la memoria oral de décadas pasadas) para internarse con paso de ratero por las callejuelas sin chaquira, canutillo y lentejuelas con el objetivo de conseguir un guatito estrictamente personal. La yerba ha salido de los callejones de mala muerte de Garibaldi, La Merced, Tepito, La Candelaria de los Patos y Santa Julia, donde pululó durante muchos años, luego de que Venustiano Carranza firmara la Carta Magna de 1917, declarándola non grata. Y peor, ¡non sancta! Pero ha resurgido con la misma frescura e indiferencia con la que llegó al continente Americano el 12 de octubre del ya lejano 1492, a lomos de las carabelas que capitaneaba el navegante genovés Cristóbal Colón: La Niña, La Pinta y La Santa María. Entonces la yerba venía procesada en cuerdas, velas y lonas que usaban las embarcaciones, y en textiles elaborados con cáñamo –que así se le conoce también–, con los que se confeccionaban las prendas de los conquistadores. Ahora se le encuentra por todos los recovecos de la economía informal, mostrando su exuberancia y esparciendo su aroma de dama del mal. Rola entre la gente bonita que adorna las páginas de sociales y entre quienes enfrentan las tormentas de la vida apenas con el salario mínimo, en el entendimiento de que las ilustrísimas autoridades ni la ven ni la huelen, siempre que medie “una corta feria”. Mientras tanto, el humo pesado de la yerba invade el horizonte mexicano, para incitar al pecado y cantar La balada de la loca alegría, como decía el poeta Porfirio Barba Jacob. Pero esta vez, como suele ocurrir en los periodos prohibicionistas, se ha anexado un hatajo de malhechores de la política, autoridades corruptas y policías mercenarios que se han llenado los bolsillos de dinero sucio. Reprimir la mariguana ha generado un caldito de cultivo idóneo que deja en segundo término las miles de muertes, desapariciones forzadas, levantones, descabezados y descuartizados y, por supuesto, protege la corrupción, la impunidad, la injusticia y el daño social. La historia de la mota es larga; se extiende por los laberintos de, al menos, unos ocho siglos, desde su descubrimiento en Asia. En México tiene casi 500 años, durante los que ha servido para el desarrollo económico, para aliviar enfermedades, como opción recreativa y, también, para amasar grandes fortunas clandestinas al amparo de su prohibición y satanización. En 2015 llegó a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que autorizó su consumo con fines recreativos a cuatro personas que se ampararon en contra de la interdicción estipulada en la Ley General de Salud. Y se abrió el debate: los conservadores elevaron sus plegarias al cielo, y los usuarios de la yerba se multiplicaron, ahora afuera del clóset. El camino para su legalización aún es largo, pero vale la pena recordar el empedrado trecho que ya se ha transitado. [caption id="attachment_443943" align="aligncenter" width="702"]Semillas de mariguana germinan en botellas durante la protesta afuera del Senado. Foto: Octavio Gómez Semillas de mariguana germinan en botellas durante la protesta afuera del Senado. Foto: Octavio Gómez[/caption] Hernán Cortés ordena traer las semillas La historia ya se conoce: el conquistador Hernán Cortés entró a la gran Tenochtitlán una fría mañana de noviembre de 1519; venía al frente de 400 españoles, 15 caballos, siete cañones y más de mil indígenas tlaxcaltecas. También traía varias enfermedades que tardaban en sanar más de 15 días, o que de plano nunca sanaban: viruela, sarampión, sífilis, blenorragia… Su deseo ardoroso de conseguir poder y riquezas floreció al percatarse de las maravillas de Tenochtitlán, y deprisa desencadenó sus instintos más viles en contra del señorío de Moctezuma: asesinó, violó, robó y acabó poniéndole la bota en la cara a los aztecas. Y todo cambió. El Imperio Azteca aún estaba desangrándose cuando llegaron las órdenes religiosas con sus rollos de “no matarás, no robarás, no fornicarás, no codiciarás los bienes ajenos”, y, por supuesto, para iniciar la evangelización y la consecuente recolección de diezmos. Asentados ya los conquistadores, en 1530, Pedro Cuadrado de Alcalá del Río trajo las primeras semillas (cocos) de cáñamo a suelo patrio, por encomienda de Hernán Cortés, quien recomendó la siembra y cultivo de dicha planta de la familia Cannabaceae, como ilustra el historiador Silvio Arturo Zavala en su libro El servicio personal de los indios de la Nueva España. Semejante idea fue secundada por el obispo Juan de Zumárraga, enviado a la Nueva España para meter en cintura a las distintas órdenes religiosas y coordinar la evangelización de los nativos, de quienes dijo: “A los indios, para vivir bien, les ha faltado principalmente, antes de la llegada de los españoles, lana fina, cáñamo, lino, plantas y cuatropeas (bestias de cuatro patas)”. A la llegada del religioso, la Nueva España aún olía a pólvora, a podredumbre, a bajos instintos. Se percibía el sometimiento de los nativos por todas partes, y ahí estaba el franciscano celoso de su deber pastoral, para poner el pecho por los aborígenes, “para defenderlos, escucharlos y ayudarlos”. Fue él quien estuvo detrás de la fantástica historia de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac. El mito ya se conoce: una mañana de diciembre de 1531, se presentó Juan Diego (a la postre santo…), un humilde indígena originario de Cuautitlán, ante fray Juan de Zumárraga, a quien le reseñó su encuentro divino. El honrado pero pobre artesano de petates se encontró al pie del cerro con la visión fantástica y fue portador del mensaje que envió la “niña Guadalupe” al fraile: quería un templo en ese lugar, para “oír allí sus lamentos (de los indios) y remediar todas sus miserias, penas y dolores”, explicó Juan Dieguito. Al margen de que esa leyenda fuese desautorizada por fray Francisco Bustamante en su sermón del 8 de septiembre de 1556,7cabe mencionar los resultados de un estudio a la imagen guadalupana ordenado por Guillermo Schulenburg, abad de la Basílica de 1963 a 1996. La tarea se la encomendó a José Sol Rosales, experto en conservación y restauración de obras de arte, quien concluyó que no se trataba de una imagen divina, como lo pregonaba la Iglesia: “La imagen fue pintada por manos humanas, sobre un lienzo tejido con cáñamo (la yerba que nos ocupa) y lino”. Así las cosas. Coincidentemente, por aquel entonces, 1532, en la Nueva España empezó la cosecha del cáñamo. Los primeros sembradíos florecieron en la hacienda de descanso de los franciscanos, en Chalco (hoy Estado de México), bajo la supervisión de Sebastián Ramírez de Fuenleal, gobernador previrreinal del Nuevo Mundo, quien también veía la posibilidad de detonar la economía local con los derivados de la yerba. [caption id="attachment_443948" align="aligncenter" width="702"]Jóvenes piden la legalización de la mariguana en el Senado. Foto: Octavio Gómez Jóvenes piden la legalización de la mariguana en el Senado. Foto: Octavio Gómez[/caption] Los primeros pachecos mexicanos Así ocurrió hasta 1550, año en que el virrey Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, conde de Santiago, conminó a Pedro Cuadrado de Alcalá a limitar el cultivo y la producción de la yerba, “porque los indígenas habían comenzado a utilizar las plantas para algo más que (fabricar) la cuerda”. Este dato resulta revelador, pues devela que los primeros pachecos mexicanos surgieron hace, al menos, 466 años. Existe la presunción, claro, de que pudo ser varios años antes cuando descubrieron que fumando los cogollitos de la yerba alcanzaban un estado similar a la embriaguez, que les ayudaba a sobrellevar sus pesares. Dos siglos después, en 1722, se registra por vez primera el uso médico del cáñamo, en Florilegio medicinal de todas las enfermedades, del jesuita Juan de Esteyneffer, quien señala que el cáñamo se usaba en horchata mezclada con las semillas para curar la gonorrea y, cuando las simientes eran masticadas, disminuían la leche materna. José Antonio Félix de Alzate, en sus Memorias y ensayos, señaló en 1772 que “la semilla de cáñamo tiene muchos usos en la medicina: es emulsiva y, hervida en leche, es útil para curar la tos y la tiricia”. El autor señala que otros autores la recomiendan para las quemaduras, el zumbido de los oídos e incluso para combatir la lascivia. [caption id="attachment_439419" align="aligncenter" width="702"]Diferentes pipas para fumar mariguana. Foto: Miguel Dimayuga Diferentes pipas para fumar mariguana. Foto: Miguel Dimayuga[/caption] Yerba para remedio casero La Conquista se consolidó durante los siguientes años y, en 1776, el rey Carlos III ordenó la producción de cáñamo con el fin de manufacturar velas y sogas para la Armada española. Con tal propósito envió a la Nueva España a 13 labriegos gallegos, con la encomienda de que enseñaran a los indígenas a cultivar la cannabis. El real mandato recibido el 10 de octubre de 1777 enfatizaba el interés de fomentar las siembras por todo el territorio. Así que una de las primeras órdenes que giró el virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa, en 1778, fue enviar a los agricultores gallegos a la hacienda de San José de Chalco, como comenta Ramón María Serrera Contreras en su libro Cultivo y manufactura de lino y cáñamo en la Nueva España, 1777-1800. Aquellas soleadas tierras habían demostrado ya tener las condiciones idóneas para el cultivo. Sin embargo, las cosechas resultaban flacas, pues se encontraron con que una parte de las semillas traídas desde España habían resultado vanas. Sólo se pudo disponer de unas cuatro fanegas (2 mil 572 hectáreas) de cáñamo y 36 de linaza (23 mil 148 hectáreas). La segunda cosecha también resultó escasa, como ilustra en una investigación Ramón María Serrera Contreras, catedrático de la Universidad de Sevilla. Ahí puntualiza que sólo se levantaron siete arrobas de fibra de cáñamo (unos 80 kilogramos) luego de varios meses de exhaustiva labranza. La recolección raquítica de la hacienda, cuyo administrador era Diego Rodríguez Vallejo, se debía también a “las continuas pendencias” entre la cuadrilla de gallegos venidos del Viejo Mundo y la insubordinación frente a su capataz. “Momentos hubo –dice el investigador– en que tuvieron que paralizar las faenas agrícolas y las consecuencias fueron nefastas al levantar las cosechas”. La organización laboral mejoró a partir del 12 de octubre de 1780, cuando el virrey Martín de Mayorga ordenó distribuir a los gallegos fanfarrones en distintas haciendas, y para enero de 1781 ya estaban en San José de Chalco, San Francisco de Borja, San José de Oculmán y Santa Catarina. Aun así, los resultados no fueron los esperados. Los gallegos seguían con sus mañas y, lejos de ayudar, entorpecían la labranza. Ante la necesidad de incrementar la producción, el virrey Bucareli ordenó buscar semilla en la Nueva España, y así fue como Juan Francisco del Valle, alcalde de Atlixco (hoy Puebla), le informó que un tal Juan Joseph Hernández había sembrado en sus parcelas, donde el cáñamo crecía frondoso y abundante. Luego se enteró que Juan Joseph había fallecido, pero quedaban por ahí algunas matas que conservaban los indios de los pueblos cercanos, quienes las sembraban en los solarcitos de sus casas y a las orillas de los arroyos, con el argumento de que les servían de remedio. Los nativos conocían ya las propiedades medicinales de la planta y la habían adaptado a su vida cotidiana. Consecuentemente se habían extendido los usos rituales. Así, en un edicto de 1796, se prohibieron las prácticas idolátricas en las que se empleaban los llamados pipilzinizintli. Si bien no se menciona como “cáñamo” en ese edicto, Juan Antonio Alzate, científico de la época, demostró que las semillas conocidas por los indígenas como pipilzinizintli incluían cannabis. El sabio se opuso a la medida prohibicionista, con el argumento de que su consumo era ya parte del folclor del Nuevo Mundo desde mediados del siglo XVI. Con todo, las cosechas no lograban incrementarse. Por tal razón, en 1796 y por orden del virrey Miguel de la Grúa Talamanca, marqués de Branciforte, Mariano de Zúñiga y Ontiveros, fiscal de la Real Audiencia, mandó imprimir y publicar un folleto instructivo para sembrar, cultivar y aprovechar debidamente el cáñamo y el lino. Al frente del empeño pusieron a Mariano Colosia, quien enfrentó inconvenientes y oposiciones, pero los cultivos aumentaron. Él dedicó mucho tiempo a instruir a los indígenas, entre los que incluyó a mujeres, y al cabo de un año y medio la mano de obra mexicana dio buenos resultados. Ante el virrey, los conquistadores se manifestaron particularmente complacidos por el trabajo femenino. Para reforzar la enseñanza, poco tiempo después llegó a México, también, la publicación El arte de cultivar el cáñamo, lino y algodón, de sus preparaciones hasta hilarlo. Escrito conforme a los adelantos del día y según la práctica de los más célebres cultivadores. La edición fue realizada en Madrid, en la imprenta de Manuel Romeral. [caption id="attachment_443949" align="aligncenter" width="702"]Jóvenes piden la legalización de la mariguana en el Senado. Foto: Octavio Gómez Jóvenes piden la legalización de la mariguana en el Senado. Foto: Octavio Gómez[/caption] Los plantíos en la Independencia Una década después, México estaba como agua para chocolate. Se sentían en el ambiente los aires libertarios, y en 1810 se dio el Grito de Dolores, con el cura Miguel Hidalgo y Costilla al frente, quien con un estandarte de la Virgen de Guadalupe llamó a los campesinos a morir por esa angelical imagen, en pos de la Independencia. Durante la gesta en la que se puso fin al dominio español en el territorio de la Nueva España se echó mano del cáñamo con propósitos medicinales, más que para la fabricación de productos o con intenciones recreativas. Ya en 1855 y con México independiente (caótico, pero muy católico), el gobernador de Colima, Francisco Ponce de León, tomó la iniciativa de prohibir el cultivo del cáñamo, que en su tierra crecía muy frondoso. Sin embargo, el dictador Antonio López de Santa Anna impidió, poco antes de exiliarse, que esa medida se instaurara a escala nacional, comenta el doctor Ricardo Pérez Montfort en México intoxicado 1870-1920. ¿La razón? El dictador xalapeño, quien entregó más de la mitad del territorio mexicano a Estados Unidos a cambio de unos pocos millones de dólares, poseía grandes plantíos de esta yerba, aunque no la usaba para fumar sino como materia prima para elaborar telas, cuerdas, papel y otros productos.

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