La milicia ya sufría una "crisis existencial"

viernes, 24 de febrero de 2017
A principios de 1958, el mayor José María Ríos de Hoyos, profesor de la Escuela Superior de Guerra, escribió una inaudita crítica al Ejército mexicano, inmerso en una corrupción descarada en los ascensos del escalafón militar y con una nómina gerontológica que se amparaba, decía, “bajo el paraguas de la Revolución”. Para el autor de ese demoledor ensayo, publicado en la revista Siempre!, el Ejército vivía una “crisis existencial”. El reportero Juan Veledíaz recupera este pasaje en el capítulo VI de su libro Jinetes de Tlatelolco. Marcelino García Barragán y otros retratos del Ejército mexicano, recién publicado por Ediciones Proceso y que aquí se adelanta. El volumen será presentado el sábado 25 en la 38 Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- José Pagés Llergo estaba sentado frente a su escritorio con unos papeles en la mano cuando un hombre vestido con uniforme de oficial del Ejército entró a su oficina. Vio que traía un folder bajo el brazo, le señaló un asiento y preguntó: –¿De qué se trata? El hombre le entregó la carpeta mientras se sentaba. El legendario periodista tabasqueño –conocido desde entonces como El Jefe Pagés– lo miró extrañado. No pensó que quien momentos antes se había anunciado fuera un militar. –Aquí traigo estos artículos, quiero que me haga el favor de leerlos. Si le son de interés, puede publicarlos. El folder contenía un análisis crítico del último discurso de Adolfo Ruiz Cortines sobre el Ejército, leído semanas atrás en la conmemoración del Día del Soldado. –Creo que el presidente no está bien informado –comentó el visitante. José María Ríos de Hoyos llegó esa mañana a las oficinas de la revista Siempre! con una “bomba” redactada en 20 cuartillas. Un par de fotos publicadas semanas después en esas páginas lo mostraban sentado con el quepí en las manos. Lucía sereno, cabello negro corto, quebrado, y bigote bien recortado. Iba ataviado con su uniforme de gala, impecable en el planchado, del que resaltaban sus insignias. En la bocamanga las marruecas de oficial de Estado Mayor, y en las hombreras la estrella solitaria de mayor de infantería. El escrito que llevaba era resultado de charlas, discusiones y análisis sobre la situación que se vivía en las Fuerzas Armadas del país con sus colegas en la ESG (Escuela Superior de Guerra), donde se desempeñaba como profesor de sociología y estrategia militar. Una mirada interna sobre el tiempo y circunstancia que le había tocado vivir, preocupaciones de un joven oficial que inició su carrera castrense con el general Manuel Ávila Camacho de presidente, en la época de los caciques de la Revolución, y que tres lustros después veía que nada cambiaba ni se actualizaba. –Cómo no. Déjemelo –recuerda que le dijo Pagés–. Venga en tres días. Ríos de Hoyos salió de las oficinas de la revista que dirigía el hombre que se volvió célebre en la prensa mexicana por haber sido uno de los pocos reporteros que viajó a Europa antes de la Segunda Guerra Mundial para entrevistar a Hitler, Mussolini y al Papa Pío XII. Días después Pagés le llamó y le dijo que el texto le parecía “sumamente interesante”. Jamás pensó que algo como lo que ahí se decía ocurriera al interior del Ejército. –Vamos a publicarlo, nada más que está muy largo. Quiero que me lo haga en tres partes, ¿puede hacerlo? Ríos de Hoyos se fue. Días después regresó. El viejo director revisó el manuscrito y aceptó. –Muy bien. Se publica, asintió El Jefe Pagés. Ríos de Hoyos recordaba que desde ese momento lo invadió una angustia que le sabía a presagio. Pensaba que si no publicaban su artículo se moriría. A su alrededor todo se ralentizó de tal manera que los días le parecían eternos. “Si Pagés no lo publica para mí hubiera sido la muerte. Me hubieran agarrado en frío, porque la publicación fue mi defensa. Si se supiera que se queda todo en silencio, me agarraban al descubierto y entonces…” La ansiedad lo movía. Comenzó a visitar las oficinas de la revista cada tercer día. La tercera ocasión Pagés se molestó y le dijo: –Le dije que lo voy a publicar, ¿no? Y ya no dio más explicaciones. • • • “Pagés tardó dos semanas, pero cumplió su palabra”, decía el general de división retirado José María Ríos de Hoyos años después, sentado a la mesa de un café una tarde de otoño en el centro de Monterrey. La primera de tres partes se publicó a finales de abril de 1958. Traía aviso en portada y fue desplegado en cuatro páginas. El título decía: Grandezas y miserias del Ejército mexicano. La verdadera situación de nuestras Fuerzas Armadas puestas al desnudo. Una foto de unos soldados durante una práctica a campo abierto preparando un artefacto de artillería abría el texto del lado izquierdo. A la derecha una imagen del autor sentado en las oficinas de la revista. En un párrafo se leía que era una disertación sobre la ética, la guerra y la identidad del Ejército mexicano. En octubre de 2003, el general Ríos de Hoyos recordaba con ironía que la publicación de los artículos le valió ser conocido como el “precursor del periodismo militar subversivo”. Y todo porque se atrevió a hacer públicas las interrogantes que muchos oficiales tenían por esas fechas. ¿Estaba el Ejército en condiciones de defender al país contra cualquier agresor externo? Se entendía por “cualquier agresor” a cualquier ejército moderno. ¿Cuál era la capacidad combativa de las Fuerzas Armadas en ese momento? ¿Existía una doctrina de guerra en el Ejército? ¿En qué consistía? Desarrollar una respuesta compleja para cuestiones básicas, en los tiempos en que los acontecimientos en el mapa internacional iban a mayor velocidad. Su escrito partía de la realidad que había una diferencia abismal del Ejército comparado con el de países desarrollados. En 1958 las Fuerzas Armadas mexicanas habían sido consideradas en el lugar 16 de capacidad combativa en el mundo. “Lo que fuera, pero no veíamos al agresor por ningún lado. Podía ser Estados Unidos en caso de que alguna acción del gobierno mexicano fuera dirigida de tal manera que lo afectara. Pero en todo lo que era conflicto de México con Estados Unidos se hablaba, y se llegaba a algún arreglo con más o menos ventaja para los estadunidenses, y más o menos cosas aceptables para México, pero siempre ellos llevándose la mayor parte”. Experiencias como esas habían ocurrido con temas sobre la frontera y la economía, explicaba. Ríos de Hoyos iniciaba su texto con una crítica a la corrupción descarada que imperaba en los ascensos del escalafón militar. La existencia de una gran cantidad de oficiales de alto rango, cientos de generales de edad avanzada que permanecían en servicio activo. La nómina gerontológica bajo el paraguas de la “Revolución” era uno de los rostros que retrataba a la milicia mexicana de entonces. Había tantos generales en el Ejército que tocaba de a pelotón por general, decía. Eran demasiados generales para tan poco Ejército. Tiempo después, tras el triunfo de la Revolución cubana, Raúl Castro diría que en el Ejército mexicano para llegar a general bastaba con no morirse. No se trataba de cuestionar los méritos de todos los viejos soldados de la Revolución. Pero era necesario aceptar también que tan pronto el movimiento armado se consumó, muchos militares que participaron empezaron a desvirtuar “estos grandes méritos realizando dentro y fuera del Ejército actos que van en contra de toda ética”. El mal ejemplo que imperaba se reflejaba en la falta de cariño de la población y el temor que se le tenía a la milicia. Cualquier oficial se enteraba del enriquecimiento indebido de muchos viejos soldados, era habitual el mal uso de ciertas partidas del presupuesto para gastos de operación. El agio inmoderado basado en préstamos con exorbitantes intereses, limitaba a los oficiales jóvenes que la sufrían junto al resto de la tropa. Había un compromiso histórico que los viejos revolucionarios pasaban por alto, el legado profesional que dejarían a las nuevas generaciones de militares. “Dicha herencia tendrá influencia directa en el futuro próximo de las Fuerzas Armadas y en consecuencia en el futuro del país, futuro que se integrará por la acción de esas dos nuevas generaciones”, escribió Ríos de Hoyos. El Ejército tenía una “crisis existencial”. Decía que la labor de la milicia sólo podía ser clara y evidente cuando va a la guerra. “Cuando combate, cuando el soldado puede oponer su pecho a las balas. Y como esto no sucede, hoy por hoy nuestro caso resulta que en verdad las clases humildes temen al militar en vez de quererlo, o por lo menos le tienen profundo recelo; las clases acomodadas con ínfulas de nobleza le dispensan un marcado desdén; y la gran masa de la clase media lo ve con indiferencia, con una cruel indiferencia que raya en el desdén, y como consecuencia de esto el militar mexicano se siente lastimado, fuera de lugar, insatisfecho de su condición de soldado sin base para hacer acto de fe profesional, sin estímulo, completamente desorientado”. Una crisis como la que vivía era algo que solía ocurrir durante un periodo de transición. Cuando la milicia había sido en primer momento instrumento de opresión, y después se transformó o fue sustituido por “un Ejército del pueblo, por el pueblo mismo” que se armó en defensa de sus intereses. “Y en ese periodo de transición en que sociedad y Estado se acomodan y estructuran definitivamente, sucede que el Ejército no obstante ser nuevo y estar acorde con esa nueva estructura, tan pronto como cesa de estar en guerra se convierte en una especie de gendarmería. Se siente avergonzado de sí mismo y no sabe lo que hace ni lo que es; ese cuerpo busca por todas partes su alma y no la encuentra”. La segunda parte apareció el 7 de mayo de 1958, a doble plana se leía Polvos de aquellos lodos. El Ejército mexicano, grandeza y miseria. Desde entonces ya se decía que las labores de policía desvirtuaban la labor del Ejército, lo volvían depredador de su propio país, resultado de la ignorancia absoluta que profesaban los líderes políticos sobre la función que las Fuerzas Armadas deberían desempeñar. Planteaba que al asumir el papel como defensor de la tranquilidad pública, el Ejército cumplía un nivel aun mayor del que por obligación le correspondía. “De hecho desempeña funciones de policía (en contravención del artículo 129 de la Constitución federal) en numerosos poblados en que habiendo pequeñas partidas militares no existe en cambio la policía común, o ésta es incapaz de hacerse respetar, viéndose obligado el comandante de la partida a intervenir en numerosos casos que son competencia de aquélla. Y además, el Ejército cubre funciones que le corresponden a la Guardia Nacional, la cual debe existir por mandato constitucional, pero que nunca ha sido creada por razones fáciles de explicar y que el pueblo desconoce por completo. De manera que el Ejército desempeña funciones que si bien son meritorias y necesarias para la tranquilidad pública, también desvirtúan su verdadera función y son causa fundamental de su deficiente preparación como Ejército regular y permanente…”. • • • La publicación de los artículos se convirtió en una bomba expansiva al interior de la milicia. Días después, todos los profesores de la ESG y los alumnos lo habían leído. En los pasillos y en las aulas era el único tema de conversación. El mayor Ríos de Hoyos junto a sus alumnos de tres grupos a los que daba clase lo analizaban y discutían. “Hubo los dos casos, a favor y en contra –recordaba Ríos de Hoyos–. Unos oficiales se acercaban y me preguntaban qué seguía. Estaban conmigo, querían saber qué había que hacer. Me apoyaban, dándome a entender que la determinación que tomara ellos iban a defenderla y probablemente estarían conmigo. Fuera lo que fuera. Pero yo no tenía intenciones de hacer un levantamiento, una rebeldía mucho menos. Yo únicamente di a conocer una situación que contrastaba con lo dicho en los discursos oficiales; en los años cuarenta y cincuenta se hablaba todavía de la Revolución como si hubiera sido el año anterior, en todo metían el término ‘revolución’: la Revolución mexicana… y la Revolución mexicana esto y la Revolución mexicana lo otro. Como si el motor principal de todo lo que pasaba en México fuera la Revolución mexicana. Mi artículo fue una voz contra la retórica oficial”. Una ocasión, al salir de las instalaciones de la ESG, Ríos de Hoyos notó que unos hombres de traje y corbata comenzaron a seguirlo. Supo que eran agentes de la DFS. “Casi me crearon el complejo de persecución, porque hubo un día en que los veía como sombras. Llegaba a una esquina, por eso no tenía ya vehículo disponible. Cuando iba a tomar un camión o el tranvía, me agarraba del poste porque tenía miedo de que alguien llegara y me diera un empujón delante del camión”, recordaba. Por aquellos días comenzó la campaña presidencial de Adolfo López Mateos, secretario del Trabajo con Ruiz Cortines. Transcurría un cambio en la estructura social con el crecimiento de la clase media, mientras la integración del México marginado y subdesarrollado se imponía como reclamo. Las protestas del magisterio y de trabajadores ferrocarrileros habían sacado al Ejército a las calles. Eran los últimos años de la década de los cincuenta, la del inicio de la Guerra Fría, el enfrentamiento militar, político, ideológico y cultural entre Estados Unidos y el bloque comunista encabezado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). La geopolítica, el ambiente de crispación a nivel mundial, tocaba al país muy cerca con la situación en Cuba. Eran algunos de los tópicos que por esos días Ríos de Hoyos discutía con sus colegas de la ESG, como el teniente coronel Marco Antonio Guerrero Mendoza, profesor de tácticas de artillería, quien se había especializado en Francia en “carros de combate”, y tiempo después sería agregado militar en Alemania y subsecretario de la Defensa. También participaba Jesús Castañeda Gutiérrez, que impartía clase de Estado Mayor, y quien años más tarde sería el jefe del EMP de Luis Echeverría. “Comentábamos la política, sobre la doctrina de guerra del Ejército, que debería de ser la guerra de guerrillas porque su capacidad combativa no era para enfrentar a los ejércitos más actuales de otros países, sobre todo a nuestro vecino Estados Unidos. En caso de un conflicto, pues con qué enfrentamos a Estados Unidos. Siempre ha sido así. El recurso en esas condiciones es la guerra de guerrillas. Si las Fuerzas Armadas no lo hacen, el pueblo lo hace. No había escritos. Estudiábamos la guerra de guerrillas pero nadie en el Ejército había escrito nada. Llegado el momento, en 1964, don Marcelino lanzó la convocatoria para que se escribiera sobre guerra de guerrillas”, rememoraba Ríos de Hoyos. Los encabezados de los artículos publicados en Siempre! fueron considerados “subversivos”, sin embargo, su autor no dejó de recibir mensajes de respaldo. –Tienes toda la razón, eres muy osado, demasiado atrevido, pero difícilmente llegarás a ser algo efectivo –le dijo el entonces coronel Mario Ballesteros Prieto, quien le confesó que simpatizaba con sus ideas. Ríos de Hoyos entregó copia de los artículos al subdirector de la ESG. El material lo impresionó, lo reprodujo y se lo llevó al director del plantel, el general Alberto Cárdenas Rodríguez, militar de prestigio, exintegrante del Escuadrón 201. El veterano de la Segunda Guerra Mundial mandó el texto al titular de la Sedena, el general Matías Ramos Santos, y de ahí pasó a Presidencia con el jefe del EMP. Días después llegó una orden de Los Pinos. –Déjenlo tranquilo. Este adelanto del libro Jinetes de Tlatelolco. Marcelino García Barragán y otros retratos del Ejército Mexicano se publicó en la edición 2103 de la revista Proceso del 19 de febrero .

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