'Los andamiajes del miedo”, un crimen que desnuda Monterrey

martes, 30 de mayo de 2017
MONTERREY, NL (apro).- En enero de 1977, un respetable ciudadano de la localidad violó y balaceó a dos hermanas, estudiantes foráneas. A una la asesinó y a la otra la dio por muerta. Fue aprehendido, procesado y sentenciado, pero la condena fue reducida drásticamente y salió libre. El juicio popular lo exoneró. El incidente es relatado en la novela Los andamiajes del miedo (UANL, UV, 2016), de Pedro de Isla, un thriller que recrea, con las armas del periodismo, un crimen de época que exhibió a Monterrey como una ciudad cómplice, que protegió al homicida por ser uno de los suyos, y condenó a las chicas por foráneas y “ofrecidas”. “Fue un crimen que desnudó la ciudad”, señala en entrevista el autor, al referirse al incidente criminal, tras el cual se reveló la hipocresía de una sociedad que se dice justa, pero que no vacila en atropellar a quien amenaza con enlodar el nombre de sus ciudadanos. De Isla, ganador del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo 2005, organizado por Radio Francia, cuenta en este libro la historia de Laura y Elda Milett Medina, procedentes de Mérida, quienes una mala noche acudieron a una discoteca de moda de San Pedro, la entonces famosa Sgt. Pepper’s. Ahí conocieron a Edgar Contreras Martínez, un hombre que se ofreció a llevarlas a su casa, pero que en el trayecto las sometió con una pistola, las ultrajó y les disparó. El homicida fue identificado por la superviviente y perseguido hasta Estados Unidos, donde se había refugiado. Fue juzgado y condenado por violación y homicidio. Sin embargo, la justicia fue benévola y regresó pronto a la calle. “Salió a los cuatro años, liberado e indultado por el gobernador Alfonso Martínez Domínguez. Le rebajaron la condena y el día de Navidad le ofrecieron el perdón, como si fuera un borrachito. El tipo se quedó luego a vivir en la ciudad el resto de su vida, aunque se cambió el nombre. Y vivió tranquilamente el resto de su vida”, recuerda el narrador. El libro tiene una estructura dramática de tres niveles temporales, con múltiples voces narrativas. De Isla inventó los momentos que compartieron el homicida y sus víctimas en el antro, su traslado hacia su casa, el secuestro, la violación y la posterior ejecución a balazos. Esos instantes, los más dramáticos del relato, son contados en segunda persona, como si los dictara la conciencia de Contreras. En paralelo se desarrollan otras historias, también ficcionadas, que hablan del quehacer literario: un aspirante a escritor, un pobre diablo casualmente llamado también Edgar, busca lanzar su carrera en las letras por métodos deshonestos. Una anciana busca vender un texto novelado que su hijo elaboró antes de fallecer prematuramente. Edgar quiere comprar el escrito para presentarlo como historia de su creación y firmárselo. En otro momento, están los recuerdos del homicida, décadas después del hecho. Observa, en retrospectiva, cómo la noticia afectó a toda su familia y cómo tuvieron que sobrevivir a la presión social ocasionada por la revelación del respetado empresario como asesino. “A mí, más que el crimen, me importa explicar cómo reacciona la ciudad para proteger a los suyos. Cómo son los de aquí, son los buenos, los que llegan de otros lados son el problema, siempre lo han sido para esta ciudad. Las Millet son de Yucatán. Los de aquí son los buenos, los de afuera son los que vienen a contaminarnos”, explica el escritor. La licencia creativa que tomó De Isla fue completa. Hay una parte encontrada en archivos hemerográficos y conversaciones con personas que vivieron en ese tiempo. Pero el autor escribió con libertad para completar las partes de la historia que faltaban. “Como dice Vargas Llosa: cuando haces una novela basada en un hecho real, como lo hizo con "La fiesta del chivo", tienes datos reales y, en medio, tienes la oportunidad de meter tu cuchara literaria. Diría que el 35% de Los andamiajes del miedo es real, aunque quise hacer una buena mezcla. Están bien batidos los hechos y no puedes saber si algo es real o forma parte de lo que agregué”, dice. El autor entrelaza las historias para crear un relato que parece onírico, que se mueve entre la aparente realidad y un ambiente pesadillezco, donde dos chicas indefensas se encuentran a merced de un hombre que tiene una doble vida. Cuando emprendió la búsqueda detectivezca de los datos sobre el verdadero Edgar Contreras, De Isla descubrió que no existía expediente judicial del crimen, pues el archivo se perdió con miles de documentos que fueron arrastrados por la corriente del huracán Gilberto, que destrozó la capital de Nuevo León en 1988. A partir de ahí, se percató de que hubo algunas circunstancias que ayudaron a diluir el impacto del hecho en la conservadora sociedad regiomontana, que solapó a uno de sus miembros, en una complicidad vergonzosa que manchó el nombre de las víctimas. Es por ese maltrato hacia ellas, reflejado en el sesgado manejo mediático de la nota, que el escritor se interesó en el caso y lo asumió como un asunto personal. “Nunca me gustó cómo los medios las trataron a ellas, porque las convirtieron en culpables, porque fueron a una discoteca solas. Él era un buen hombre y fue provocado por estas malas mujeres que eran de fuera, y él cayó en la tentación. Las mostraron como Eva y Adán, porque ellas le pusieron la manzana, y así lo manejaron todos los medios”, dice. Cuarenta años después, en otras notas policiacas, radio, prensa, televisión e internet manejan las notas con distorsiones similares, culpando y exculpando con razonamientos infundados a quienes provocan hechos violentos, explica el cuentista. “Uno de los personajes de la novela dice que las ciudades crecen con sangre. La primera fundación de Monterrey tiene un crimen de por medio. Tienes el crimen de la calle Aramberri, que también marcó época. Está el asesinato de Eugenio Garza Sada, que también es recordado hasta ahora”, dice. Existe una tendencia actual de describir hechos de sangre ocurridos en la entidad, como "El crimen de la calle Aramberri", y "El asesinato de Paulina Lee", de Hugo Valdés; "Lo que guarda el río", de María de Alva; "El poemario Balacera", de Armando Alanís; "Tiempo de Cuaresma", de Ignacio Mendoza. A través del relato de hechos de sangre, los ciudadanos pueden saber cuál es su origen, afirma Pedro. “Efectivamente, hay un corpus de novela de crímenes en Monterrey. Siento que el crimen desnuda la ciudad y contarlo literariamente nos ayuda a explicar situaciones que de otra forma batallaríamos mucho para describir”, dice De Isla.

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