El Donald Trump de Filipinas

viernes, 17 de junio de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Así han dado en llamar un sinnúmero de medios internacionales al presidente electo de ese país asiático, Rodrigo Duterte, quien en mayo pasado ganó los comicios generales después de una campaña llena de exabruptos y promesas de mano dura, sin reparar en la legalidad, para acabar con el crimen en el archipiélago. La diferencia con Trump –al que Duterte califica como “fanático”– es que el filipino no es un recién llegado a la política. El abogado y exfiscal de 71 años ha sido alcalde de la ciudad de Davao durante siete periodos (22 años), y ahí ya aplicó sus recetas. Con “gran éxito”, dice él, aunque algunas estadísticas lo desmienten. En todo caso, si los índices delictivos disminuyeron en esa ciudad del sur de Mindanao, conocida antes como “la capital filipina del crimen”, fue por el accionar de grupos paramilitares que habrían acabado con la vida de al menos un millar de personas. Según organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos, bajo la alcaldía de Duterte las ejecuciones extrajudiciales de traficantes de droga, ladrones, violadores y hasta niños de la calle se convirtieron en actos recurrentes. Human Rights Watch denunció que el alcalde formó una red de escuadrones de la muerte (los DDS – Davao’s Death Squads) que tenían vía libre para actuar con impunidad. Duterte unas veces se ha deslindado y otras ufanado de encabezar estos grupos irregulares, como hizo en un programa de televisión el año pasado, cuando aceptó: “Efectivamente, yo soy el responsable”. Esta mano dura le valió en su feudo los apodos de “El Castigador” y “Duterte el Sucio”, en alusión a la película protagonizada por Clint Eastwood, “Harry el Sucio”, en la que el actor para hacer justicia utilizaba una pistola calibre .45, la misma que usaban los DDS para hacer “limpieza social”. Pero esta conducta ilegal no le restó popularidad al alcalde, sino todo lo contrario. Sus gobernados lo ven como un padre protector y le profesan gran admiración. Según refirió el enviado de El País, Xavier Fontdeglòria, su efigie puede verse por todas partes de la ciudad, dentro y fuera de las casas, en restaurantes y bares, comercios diversos y tiendas de souvenirs que ofrecen camisetas y otros objetos con su rostro y nombre. Duterte City, se lee en numerosas pancartas. Interrogadas personas de diferentes estratos sociales sobre los controvertidos métodos del alcalde, casi todas coincidieron en que se sentían más seguras desde que asumió el cargo. Muchas confesaron que a cambio de la seguridad preferían “no hacer muchas preguntas”, pero otras tantas lo apluadían. Una mujer le dijo al periodista español que “Duterte mata a quienes merecen morir”. Todo indica que una buena parte del electorado filipino que lo votó para la presidencia está de acuerdo con esta premisa, y ahora Duterte pretende aplicarla a nivel nacional. “A todos ustedes que andan con drogas… de verdad que a todos los voy a matar”, amenazó en su último mitin y ofreció a sus seguidores que “descuartizaría” a los criminales enfrente de ellos si lo pedían o “mataría a mis propios hijos si fueran drogadictos”. Según anunció en campaña, utilizaría a la policía y el ejército para “buscar y acabar en seis meses con esas lacras”, aunque ello pudiera costarle la vida a unas cien mil personas. “Y olvídense de las leyes de derechos humanos” desafió, además de advertir que en caso de que sus propuestas fueran censuradas por el Congreso lo disolvería e instauraría un gobierno “revolucionario”. Ante las acusaciones de que pretendía imponer una dictadura, sentenció: “¡Sí, soy un dictador!” Una probada de lo que podría ser la vida en Filipinas después del 30 de junio, cuando asuma Duterte, puede ya experimentarse. Alentada para que inicie la “guerra contra el crimen” aun antes de que tome posesión, la policía nacional ha reportado en la última quincena la muerte de más de veinte presuntos traficantes; y en la capital, Manila, se realizan razias contra menores, borrachos, alborotadores o cualquier desprevenido que sea sorprendido de noche deambulando por las calles. Y es que, según el futuro presidente, para instaurar el orden hay que empezar por aplicar los principios básicos de la disciplina en la sociedad. “Todos sabemos que beber en vía pública y que los jóvenes vaguen de noche por la calles es una fórmula para el crimen”, dijo a la AFP el superintendente Jemar Modequillo, encargado de aplicar el “Oplan RODY” (acrónimo en inglés de Rid the Streets of Drinkers and Youths, pero también el diminutivo de Rodrigo, nombre de Duterte). Reporteros de la agencia que acompañaron a Modequillo en la incursión nocturna a una de las tantas barriadas de la capital, pudieron observar cómo sus agentes detenían no sólo a borrachos y jóvenes, sino aun a niños menores de diez años, algunos inclusive acompañados por sus padres, y hasta a un transeúnte que se había quitado la camisa por el calor. El Grupo de Asistencia Legal Gratuita, que defiende a víctimas de violaciones a derechos humanos, advirtió que estas medidas ya empiezan a atemorizar a los ciudadanos que gustan de asistir de noche a sitios como restaurantes, terrazas al aire libre o los populares karaokes, y que además se está traumatizando a niños, a quienes se separa de sus padres y retiene en estaciones de policía. Jose Diokno, presidente del grupo, externó además su preocupación de que estas campañas contra el crimen estén principalmente dirigidas hacia los más pobres, que son los más vulnerables. Peor aún, Duterte no sólo ha autorizado a los cuerpos de seguridad para matar criminales, sino ha llamado a la ciudadanía a hacer lo propio con cualquier “sospechoso”, lo que podría derivar en linchamientos. Centrada su oferta electoral en el ámbito de la criminalidad, poco se sabe cómo manejará Duterte otros problemas de seguridad internos como el proceso de paz con el movimiento separatista musulmán del sur del archipiélago, los resabios de las guerrillas comunistas y el desafío del grupo yihadista Abu Sayyaf, que juró lealtad al Estado Islámico y acaba de decapitar a dos rehenes canadienses. En materia de economía, ha adelantado que ésta quedará en manos de asesores expertos. A contracorriente de la crisis global, Filipinas ha mostrado durante los últimos años un crecimiento sostenido promedio (6.3% anual), que sin embargo no se ha manifestado en una mayor distribución de la riqueza en un país con lacerantes desigualdades. En política exterior, el eje se ubica en el diferendo que Manila mantiene con Pekín por varias islas en el Mar del Sur de China. En tanto que el gobierno saliente ha elevado una denuncia ante la Corte Internacional de Arbitraje de La Haya, Duterte se ha dicho dispuesto a una negociación bilateral e, inclusive, planteó la posibilidad de una explotación conjunta de esas aguas. La relación con otros países, inclusive con aliados tradicionales de Filipinas, puede estar sujeta a coyunturas, como lo evidenció uno de sus peores exabruptos durante la campaña. Interrogado sobre la violación y el asesinato de una misionera australiana durante un motín en una cárcel de Davao, intentó bromear: “Era tan guapa… ¡El alcalde debió haber sido el primero en la fila (para violarla)!” Por supuesto, el alcalde era él. Ante los reclamos de Australia y Estados Unidos, el entonces candidato les advirtió que como presidente no permitiría que se metieran en sus asuntos. Y frente a las críticas internas, se negó a pedir disculpas, al aducir que “así hablan los hombres”. Al final reculó y aceptó que “a veces me sale lo peor de mí por la boca”. Presentado como un hombre sencillo, independiente de la élite político-económica que ha gobernado por decenios y “la última esperanza” para los filipinos, además de su incontinencia verbal Duterte nunca ha ocultado su ajetreada vida sexual ni a sus múltiples amantes. “¡No puedo imaginar la vida sin viagra!”, espetó en público. Sin prejuicios sexuales en un país donde el 80% de la población se dice católica, no ha escondido su apoyo a la comunidad LGTB y tampoco se mordió la lengua para llamar “hijo de puta” al Papa Francisco, por los embotellamientos de tránsito que provocó durante su visita a Manila. Violento, autoritario, deslenguado, nada impidió que un electorado variopinto lo eligiera como presidente, dejando azorada no sólo a la tradicional clase política, sino preocupados a los sectores más democráticos de Filipinas, que temen una reedición de la dictadura de Ferdinand Marcos (1965-1986) que, además de una rampante corrupción, se caracterizó por la represión y la violación sistemática de los derechos humanos, y por quien Duterte ha expresado una admiración manifiesta. Esta preocupación se potencia por el hecho de que el hijo del dictador, y actual senador, Ferdinand Marcos Jr., se postuló a la vicepresidencia –en Filipinas se elige por candidaturas separadas– y quedó apenas 200 mil votos por debajo de la ganadora del oficialista Partido Liberal, María Elena Robredo, por lo que decidió impugnar la elección aduciendo “un fraude cibernético” operado desde el poder. A reserva de que el Tribunal Electoral le dé la razón, Bongbong, como se conoce al junior en Filipinas, podría ocupar un puesto en el gabinete de Duterte. La familia Marcos, pese a haber sido derrocada hace treinta años por una revuelta popular que la obligó a ir al exilio, ha vuelto hoy a estar políticamente activa. Imelda, la madre, es congresista por el feudo familiar de Ilocos Norte, donde es gobernadora la hermana, Imee Marcos. Benigno Aquino III, el mandatario saliente e hijo de Corazón Aquino, quien encabezó aquella revuelta, hizo un esfuerzo por convocar a todas las fuerzas políticas e impedir el triunfo de Duterte. Inclusive lo comparó con Hitler, pero fracasó y ahora tendrá que entregarle el poder. Y es que los pueblos votan por motivos coyunturales y no, no tienen memoria histórica.

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