La riesgosa (y absurda) escalada saudita contra Qatar

viernes, 30 de junio de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hay noticias tan absurdas que parecen inverosímiles. Pero no lo son. El 20 de junio el diario Gulf Times informó que en el marco de la ruptura de relaciones diplomáticas con Qatar, Arabia Saudita estaba “deportando” a miles de camellos, cabras y ovejas qataríes que pastaban en su territorio. Según el Ministerio del Medio Ambiente de Doha, muchos de estos animales, particularmente sus crías, habrían muerto al tener que cruzar 400 kilómetros de desierto bajo temperaturas de hasta 48 grados centígrados. Los humanos que están en una situación similar no tienen que cruzar el desierto a pie. Pero según Amnistía Internacional (AI), enfrentan serios problemas humanitarios después de que Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos (EUA) y Bahrein decidieran expulsar a todos los ciudadanos qataríes y exigieran el retorno de sus connacionales residentes o de viaje en Qatar. Estas medidas se tornan más conflictivas en la medida en que los países miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) –los cuatro antes mencionados más Kuwait y Omán– permitan la libre circulación de sus ciudadanos, lo que ahora implicaría la separación de numerosas familias mixtas, así como la pérdida de puestos escolares y de trabajo. Muchas personas inclusive se han ocultado por temor a ser expulsadas o sufrir represalias. No se sabe cuántas están en esta situación, pero son miles. El flujo de mercancías también está interrumpido, ya que Arabia Saudíta y sus aliados cortaron todas las vías de comunicación aéreas, marítimas y terrestres con Qatar, un pequeño chipote de 11 mil 500 kilómetros cuadrados que emerge de la Península Arábiga hacia el Golfo Pérsico, y que apenas cuenta con 2.6 millones de habitantes, de los cuales sólo tres de cada 10 son locales y los demás extranjeros. En este bloqueo también están los productos de primera necesidad, dado que Qatar requiere importar el 80% de los alimentos que consume, 40% de los cuales entra por la frontera con Arabia Saudita, la única terrestre del minúsculo territorio. Ello ha dado pie no sólo a compras de pánico, sino a singulares puentes aéreos que transportan vacas, pollos, productos vegetales y toda clase de insumos de uso diario, incluidos medicamentos. Toda la economía está afectada. Muchos residentes han retirado sus depósitos bancarios y el mercado accionario sufrió una fuerte baja. Empresarios foráneos buscan abandonar el país y los multiples socios de Qatar en el extranjero se preguntan si podrá honrar sus compromisos. Además está en duda si en estas condiciones podrá concluir todas las obras para la celebración del Mundial de Futbol 2022. Pero lo que más preocupa desde la óptica internacional es el potencial bloqueo a las exportaciones de gas natural licuado, del cual Qatar posee una de las mayores reservas del mundo y con el que surte a una tercera parte del planeta, sobre todo Asia y Europa. Hasta ahora no se han interrumpido las rutas matítimas, pero algunos puertos emiratíes sí han prohibido atracar a buques qataríes. Como se recordará, el 5 de junio Arabia Saudita, Estados Unidos, Bahrein y Egipto rompieron relaciones y aislaron a Qatar, supuestamente por apoyar el terrorismo de corte islámico y tener vínculos con Irán, el gran rival chiita en la región. A ellos se sumaron el gobierno yemení de Abdrabbo Mansur Hadi (refugiado en Riad), el gobierno del este de Libia (apoyado por Estados Unidos) y las Maldivas. Ya en 2014 las mismas tres monarquías del Golfo, pero sin los países que se sumaron ahora, retiraron a sus embajadores de Doha, aduciendo que no había cumplido con su compromiso de no interferir en los asuntos internos de los demás. Se referían al apoyo que había dado Qatar a los Hermanos Musulmanes en Egipto y Siria, al calor de los movimientos populares de 2011, conocidos como la “Primavera Árabe”. Calificados como “terroristas” por monarcas y autócratas, los Hermanos Musulmanes constituyen sin duda la mayor organización islamista con base social en la región. Ello les permitió acceder al poder en Egipto por vía electoral, tras la caída de Hosni Mubarak, e impulsar la rebelión en Siria contra la dictadura de los Assad, que los reprimió brutalmente en los ochenta. También han apoyado a Hamas, en la franja de Gaza. En el diferendo de ahora, el “islam político” al que se hace referencia vuelve a ser esta hermandad musulmana, que tiene ramificaciones en toda la región. Hay que aclarar, empero, que su filiación es sunita y nada tiene que ver con el régimen chiita de Irán, el otro acusado de “promover el terrorismo”. Tampoco se le conocen vínculos orgánicos con grupos como Al Qaeda o el Estado Islámico. Como sea, el anuncio de la ruptura con el emirato qatarí se hizo poco después del viaje del presidente Donald Trump a Arabia Saudita, donde se reunió con mandatrios de unos 50 países musulmanes. Según él, en materia del financiamiento al extremismo todos los dedos apuntaban a Qatar, y se congratuló de la embestida contra el gobierno de Doha. Como siempre, otras voces estadunidenses matizaron de inmediato las palabras de Trump. El secretario de Estado, Rex Tillerson, pidió a los actores “sentarse y resolver sus diferencias”, y “relajar” las condiciones del bloqueo, ya que generaban “consecuencias humanitarias no buscadas”. Hasta el Pentágono emitió un comunicado en el que agradecía a los qataríes el apoyo que prestan a sus efectivos en su territorio, y su “compromiso duradero con la seguridad regional”. Ocurre que después de que una mayoría de ciudadanos saudíes, empezando por Osama bin Laden, encabezara una serie de atentados contra instalaciones militares estadunidenses en la propia Arabia Saudita y luego los del 11 de septiembre de 2001, además de que Riad se negara a prestar su territorio para lanzar ataques aéreos contra Irak, Washington mudó su principal base militar en la zona precisamente a Qatar. Desde Al Udeid, en el desierto qatarí, es donde ahora el Comando Central para el Medio Oriente de Estados Unidos lanza sus operaciones contra los yihadistas del Estado Islámico en Irak y Siria, o los talibanes en Afganistán, como ocurrió con la llamada “madre de todas las bombas” en abril. Con la ventaja de que Doha no sólo no cobra alquiler, sino que ha contribuido para mejorar su infraestructura. Así, en plena crisis, el 15 de junio Estados Unidos firmó un acuerdo para vender a Qatar 36 cazas F-15 por un valor de 12 mil millones de dólares. Se trata de la mitad de un paquete ya aprobado desde el año pasado por el Congreso estadunidense, que prevé un total de 72 aeronaves. En este contexto, la insinuación de que Washington saque su base de Qatar parece caer en el vacío. Intereses y negocios van primero. Paradójicamente, al romper relaciones con Doha, la coalición militar que encabeza Arabia Saudita se privó del uso de esta base, desde donde sus aviones partían para bombardear a los rebeldes huthis en Yemen. Con todas estas contradicciones la solución del conflicto se ve difícil, porque pese a la mediación de Kuwait y a los llamados del secretario Tillerson y el ministro británico de Exteriores, Boris Johnson, para que los reclamos a Qatar fueran “razonables, realistas y factibles”, los que se plantearon el 24 de junio no lo son: Limitar sus lazos con Irán; terminar su cooperación militar con Turquía; dejar de apoyar a organizaciones islamistas; considerar terroristas a quienes el grupo determine (léase, Hermanos Musulmanes); repatriar a sus respectivos países a los opositores políticos que se refugien en territorio qatarí y cerrar la cadena televisiva Al Jazeera, cuya línea crítica evidentemente irrita a los otros gobiernos de la región. “Estas exigencias confirman lo que hemos dicho desde el principio: que el bloqueo ilegal no tiene nada que ver con el combate al terrorismo, sino con limitar la soberanía de Qatar y enajenar nuestra política exterior”, respondió el jeque qatarí Saif Bin Ahmed al Thani, dando a entender que no se plegaría a ellas, aunque las estaba “estudiando”. Independientemente de la respuesta, la crisis ha mostrado que el CCG, más que un organismo de cooperación, es uno de integración a la política dominante de Arabia Saudita. Esta situación no sólo crea tensiones frecuentes dentro de las monarquías del Golfo, sino que, en coyunturas como la actual, las enfrenta en grupo con otros actores de la región. Así, en lugar de alejar a Qatar de Irán y Turquía, las exigencias y el bloqueo lo acercaron aún más. Sus respectivos presidentes, Hassan Rohani y Recep Tayyip Erdogan, inmediatamente manifestaron su rechazo a tales disposiciones, y anunciaron que sus fronteras y puertos marítimos y aéreos permanecerían abiertos para suplir las afectaciones a la población qatarí. Teherán, que calificó como “inaceptable” el aislamiento de Qatar, dijo que no dejaría solo al emirato con el cual comparte los yacimientos de gas en el Pérsico, reforzando así no sólo la línea político-religiosa que lo divide de su rival saudí, sino también la económica. Ankara, por su parte, calificó la ruptura de relaciones diplomáticas como violatoria del derecho internacional, y Erdogan dijo que por ningún motivo pondría fin a la cooperación militar de Turquía con Qatar ni retiraría sus tropas de la base de Al Uldeid. En medio de estas tensiones, el rey Salmán de Arabia Saudí anunció el nombramiento de su hijo Mohamed como heredero al trono. El joven de 31 años y que hasta ahora se ha desempeñado como ministro de Defensa, es un claro promotor de la línea dura contra Irán y la guerra en Yemen. Lo que avizora que, lejos de solucionarse, los conflictos van para largo.

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