La guerra del Mossad por la inteligencia artificial

lunes, 7 de mayo de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El 21 de abril, en la capital de Malasia, el ingeniero palestino Fadi al Batash, experto en la fabricación de cohetes y drones, fue acribillado frente a una mezquita por dos pistoleros de apariencia occidental que viajaban a bordo de una motocicleta BMW, y que actuaron “con frialdad profesional”, según los testigos. Nacido en la franja de Gaza, Al Batash vivía desde 2008 en Kuala Lumpur, donde era profesor en una universidad privada y también ejercía como imán. Pero además era militante de Hamas, por lo que el movimiento islamista, que controla desde hace un decenio su tierra natal, no vaciló en acusar de su asesinato al Mossad, el servicio de inteligencia exterior de Israel. El ministro de Defensa israelí, Avigdor Lieberman, negó cualquier implicación en el crimen y lo redujo a “un ajuste de cuentas entre facciones palestinas”. Pero la policía malaya confirmó que investigaba posibles vínculos con “los servicios secretos de un país extranjero hostil a Palestina”. El asesinato del ingeniero se produjo cuando en la frontera entre Gaza e Israel ya estaban en curso las protestas por los 70 años de la creación del Estado judío, y dos semanas después de que –entre decenas de muertos palestinos– cayera el fotoperiodista Yasir Murtaya, alcanzado por una bala que entró por el costado de su chaleco blindado, que con grandes letras decía “PRENSA”. Los soldados israelíes afirmaron que no habían disparado contra ningún periodista, pese a que sus superiores se vanagloriaban de saber dónde había impactado cada bala. Pero otra vez el ministro Lieberman, reputado por sus posiciones duras, sentenció que “en Gaza no hay ingenuos”, y que Murtaya era “un terrorista que militaba en el ala militar de Hamas y manejaba un dron para espiar a las Fuerzas Armadas de Israel”. Reconocido por su independencia, en 2015 el joven fotógrafo gazatí fue detenido y golpeado por milicianos de Hamas, quienes le confiscaron su material. El hecho fue denunciado ante la Federación Internacional de Periodistas. Y este 2018, luego de investigarlo a fondo, Estados Unidos le otorgó una subvención para su productora Ain Media. Murtaya había subido a Facebook la foto de un pequeño dron que usaba para las tomas aéreas de sus coberturas, pero el día de su muerte sólo llevaba una videocámara. Los servicios de inteligencia de Israel, y sobre todo su rama exterior, el afamado Mossad, siempre se han destacado por la efectividad de sus operaciones y la precisión en sus blancos. Así, en 1988 Jalil al Wazir, conocido como Abu Yihad y segundo de Yaser Arafat, fue baleado en Túnez. En 1992, el convoy de Abbas Masaui, lider de Hezbolá, fue bombardeado en Líbano. En 1995, Fathi Shikaki de la Yihad Islámica cayó acribillado en Malta. Y en 1997 Khaled Meshaal, de Hamas, casi murió cuando le rociaron veneno en una oreja en Jordania. Impactante fue la muerte de Ahmed Yasín, el fundador de Hamas, a quien en 2004 le cayó un misil israelí en Gaza. Y en 2008 le volaron la cabeza a Imad Mugniyeh, otro líder de Hezbolá, al adherir una bomba al respaldo de su coche en Damasco. Pero tal vez uno de los casos más sonados fue el asesinato de Mahmud al Mabhuh, otro líder de Hamas, en un lujoso hotel de Dubai, en 2010. En la operación participaron 18 personas y, a diferencia de otras en las que jamás queda pista, en ésta los agentes no se inhibieron ante las cámaras de seguridad y sólo utilizaron gorras y lentes oscuros. Además falisificaron pasaportes de ciudadanos israelíes con doble nacionalidad y usaron números telefónicos de Europa y tarjetas bancarias de Estados Unidos, lo que creó fricciones diplomáticas con varios países. Al igual que en la reciente muerte de Al Batash en Malasia, Hamas responsabilizó entonces al Mossad, lo mismo que el jefe de la policía de Dubai, Dhahi Jalfan Tamim, quien dijo que los asesinos actuaron “con profesionalidad y sangre fría”. Pero exceptuando los exabruptos del ministro Lieberman, Israel nunca ha reconocido, ni tampoco negado, su participación en estas operaciones; sólo calla. Sin embargo, la similitud del modus operandi y la afinidad de las víctimas siempre apunta hacia los servicios secretos israelíes. Y aunque no está claro de qué le sirven a Israel estos asesinatos selectivos, dado que los liderazgos enemigos se renuevan rápidamente y la ira de las bases se acrecienta, creando una espiral sin fin, sí llama la atención que a los blancos políticos y militares se han sumado ahora los científicos y técnicos, que revelan un nuevo tipo de guerra. Así, además de los dos casos inicialmente mencionados, en diciembre de 2016 fue asesinado en la ciudad tunecina de Sfax el piloto e ingeniero Mohamed Zawahiri, a quien Hamas reivindicó como uno de sus expertos en drones. Ocho ciudadanos de Túnez, incluida una periodista, fueron detenidos por el crimen, pero el movimiento islamista volvió a acusar a Israel. La guerra encubierta para frenar los avances tecnológicos no se ha limitado a los palestinos. En enero de 2012 Mustafá Ahmadi Roshan, catedrático de la Universidad de Tecnología e Ingeniería Química de Teherán y subdirector de mercadotecnia de la planta nuclear de Natanz, fue asesinado con una bomba de lapa que dos motociclistas pegaron a su automóvil. Era el cuarto atentado en dos años contra científicos nucleares iraníes, todos con el mismo método. Dos murieron instantáneamente al igual que Roshani; pero un tercero, Freydun Abbasi-Davani, jefe de la Organización de Energía Atómica de Irán, se salvó al saltar de su coche tras ver que adherían algo a su puerta. Las autoridades políticas y religiosas de Irán responsabilizaron a la CIA, el MI6 y el Mossad. Estados Unidos y Gran Bretaña lo negaron. Israel, como siempre, guardó silencio. Al mismo tiempo, un general estadunidense retirado, James Cartwright, reveló a la prensa cómo en 2010 Estados Unidos e Israel introdujeron en secreto un virus informático en la planta nuclear de Natanz, para frenar el programa atómico irání. En 2012, el periodista del New York Times, David E. Sanger, contó en un libro que el virus no sólo pretendía entorpecer dicho programa, sino disuadir al gobierno israelí de realizar un ataque “preventivo”, y que contó con la autorización de Barack Obama. El virus, bautizado como Stuxnet, inhabilitó al menos mil de las seis mil centrifugadoras de la planta nuclear, y descontroló durante meses los radares militares iraníes. No obstante, un error de programación hizo que el gusano cibernético se colara en la red, afectando los sistemas de seguridad de otros gobiernos y empresas extranjeras, lo que provocó una alerta internacional. Ninguno de los dos autores hizo comentarios. Para reforzar su unidad informática secreta, ahora el Mossad ha decidido incursionar en los negocios. Según información de Juan Carlos Sanz, corresponsal de El País en Jerusalén, a mediados del año pasado creó un fondo para invertir en empresas tecnológicas emergentes “con buenas ideas aprovechables en el espionaje”. Y cita campos de interés: robótica, encriptación, identificación automática de perfiles, recolección selectiva de información documental, etc. Hay disponible una financiación a fondo perdido de hasta dos millones de shequels (unos 650 mil dólares), y el servicio secreto israelí se compromete a no participar como accionista ni pedir que las empresas –no precisa si sólo nacionales– renuncien a sus derechos de propiedad intelectual o incorporen a otros socios inversionistas. Y, por supuesto, garantiza absoluta confidencialidad. El programa, bautizado con el término en español “Libertad”, fue anunciado directamente por el servicio de prensa del gobierno israelí, y el primer ministro Benjamín Netanyahu publicó en su cuenta de Twitter que “El Mossad seguirá siendo [una agencia] equipada con tecnología sofisticada, avanzada e innovadora, para cumplir con su tarea fundamental de garantizar la seguridad de Israel”. Cabe mencionar que la acusación de Netanyahu esta semana sobre el supuesto incumplimiento de Irán de detener su programa nuclear, se basó en media tonelada de documentos que agentes del Mossad sustrajeron en un golpe relámpago de archivos gubernamentales en Teherán. Y aunque la información ya es conocida y obsoleta, sirvió a sus objetivos de presionar al gobierno de Donald Trump para que retire el acuerdo firmado por Obama. Por otra parte, el ataque de cazas israelíes F-16 contra la base militar T-4 en Homs, en febrero pasado, en represalia por la presunta infiltración de un dron en el espacio aéreo de Israel, se centró precisamente en la base de drones que Irán mantiene en esta ciudad siria, para apoyar al régimen de Damasco. Tecnología contra tecnología. Pero sigue habiendo muertos.

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