Volcán de Colima, del miedo al festejo

martes, 19 de octubre de 2004
* Doña Alberta Altamirano Pérez, de 105 años, centro de atención de la prensa La Yerbabuena, Col , 18 de octubre (apro)- “De aquí no nos movemos hasta que Dios nos lleve”, afirma, con una convicción que sólo puede ser resultado de los años vividos, doña Alberta Altamirano Pérez, quien está sentada en una silla a un lado del fogón de la cocina, con su figura encorvada y la cara semicubierta tras la bufanda que la protege del fresco de la mañana Esta mujer de casi 105 años de edad es una de las treinta y tantas personas que se han resistido a ser reubicadas desde hace más de dos años, cuando el gobierno estatal entregó casas a los lugareños que aceptaron mudarse a un conjunto habitacional ubicado 12 kilómetros al sur, en la periferia de Cofradía de Suchitlán, bajo el argumento de alejarlas del riesgo que implica vivir tan cerca del cráter del Volcán de Fuego “La gente le tiene miedo al volcán porque nos echó una bocanada de ceniza, pero no pasó de ahí Se fueron, ahí largaron sus animalitos y todo Daba lástima ver a los gatos, perros y gallinas buscando comida, pobres Nosotros no nos hemos ido porque vemos que el volcán no hace nada Si revienta, echa sus corrientes por los lados, no tiene más de dos corrientes y echa lumbre que se va por las corrientes, a nosotros no nos perjudica Lo único que cae es ceniza”, cuenta doña Alberta La anciana, que ha vivido toda su existencia en distintos pueblos de esta región, recuerda que alguna vez le tuvo miedo al volcán Era entonces una niña y escuchaba decir a los adultos que cada siglo la vida del volcán llegaba a su término con una erupción “Yo oía y lloraba, se me afiguraba que ya se iba a acabar en ese momento, estaba chiquilla y le tenía miedo Pero dicen que ya estamos en otro siglo: yo todavía estoy aquí y el volcán también sigue ahí” En la actualidad, la mujer está convencida de que el volcán “se va a acabar, pero al mismo tiempo va a acabar con todos, entonces por eso le digo, dónde se esconde uno” Originaria de Copala, Jalisco, doña Alberta vivió su niñez en San José del Carmen, después en el Cerro Grande, en La Becerrera, y desde hace más de 40 años llegó a La Yerbabuena, de la que es fundadora junto con sus hijos Leandro y Eusebio Cuéllar Altamirano “Aquí me gusta, me crié en rancho, soy ranchera He estado en Colima, en Ciudad Guzmán, pero no me gusta mejor vivir en rancho” A diferencia de su infancia, ya no le teme al volcán “Ahora me da gusto verlo, es un amigo bueno Le tienen más miedo ustedes que están lejos, y yo que estoy cerca no le tengo miedo” Dice: “El volcán es un cerro que existe sabe Dios desde cuándo Lo veo y siento que es bonito Cuando revienta no le tengo miedo porque está lejos En la primera reventazón que le conocí yo estaba chiquilla, tenía cuatro años Estaba en el Cerro Grande Reventó una vez y se empezó a ir la gente de San José para arriba Tenían miedo porque se prendía el cerro con la lumbre del volcán Se prendió el monte Se veía muy feo Parecía que se estaba acabando el volcán Se acabó de quemar el monte y se apagó el volcán Todos los palos quedaron secos Muchas luces se veían en el cerro” Cuando ocurrió la erupción de 1913, la última de mayores dimensiones, doña Alberta tenía 13 años “Esa sí estuvo buena, porque duró ocho días echando fuego Y bajaban las crecientes de lumbre hasta el cerro de El Campanario Duró reventando hasta que quedó bajito, bien chaparrito Casi quedó al ras del cerro que tiene al lado Y no pasó nada Bajaban arrastrados por la corriente los animales que se quemaron Pero para las personas no pasó nada No perjudicó a nadie Desde entonces echa sus bocanaditas de nubes, pero no pasa de que riega cenizas Es todo lo que hace No le tengo miedo, porque nunca ha matado personas” La magnitud de esa erupción provocó el miedo de los habitantes de los alrededores, quienes pidieron la intervención de las fuerzas divinas “Vino un obispo con gente a detener el fuego Entonces lo bautizó y le puso Francisco Arenas” El hecho de ser una de las pocas personas vivas que presenciaron la gran erupción de 1913, y de haber habitado la mayor parte de su vida junto al volcán, ha convertido a doña Alberta en el centro de atención de la prensa nacional e internacional en la última década Cada que sobreviene un periodo de crisis volcánica como el de las últimas tres semanas, ella se convierte en referencia obligada para los periodistas que visitan la zona --¿Usted de dónde viene? –pregunta al reportero con curiosidad --De Colima --Han venido muchos de muy lejos a preguntarme No sé por qué Vino hasta un gringo de por allá Vino a platicar conmigo sobre el volcán, porque yo no tengo más plática que esa Una crisis de tos interrumpe momentáneamente la conversación, que es retomada por la mujer sólo para ponerle punto final: “Ahorita estoy sorda, no entiendo de pronto las palabras, me gusta platicar, pero ahorita ya no puedo” El homenaje La nueva crisis eruptiva del Volcán de Fuego --iniciada el 30 de septiembre anterior y que tuvo sus mayores niveles de actividad en su primera semana, y después entró en una tendencia a la baja--, más que un motivo de preocupación para la mayoría de los habitantes que resisten en esta comunidad reubicada por el gobierno estatal hace más de dos años, es vista como un saludo del coloso frente al homenaje que le preparan los lugareños por tercer año consecutivo “El volcán, parte de nuestra historia, de nuestras vidas y las de nuestros ancestros, en vez de perjudicarnos siempre nos ha dado beneficios, nos provee de alimento, tierra, buen clima, nos fortalece el alma y también nos regala amigos”, señala la convocatoria suscrita por la comisión responsable del evento, integrada por Antonio Alonso Oseguera, Alicia Mejía Saldaña, Sofía Mejía Anguiano, Bruno Ramírez Cruz y Leandro Cuéllar Altamirano Programado para el domingo 24 de octubre en el jardín de La Yerbabuena, el tercer homenaje al Volcán de Fuego de Colima “Francisco Arenas” 2004, incluirá un ritual antes del amanecer, mientras que en el transcurso de la mañana se realizará una celebración eucarística, un foro científico, cultural y testimonial, música y una exposición informativa, fotográfica y artesanal “Los habitantes que pacíficamente resistimos en La Yerbabuena convocamos a todos los que quieran participar en esta celebración, y hacemos una atenta invitación a los colimenses, a los pueblos vecinos y a los distantes, del país y del extranjero, para que asistan y formen parte del tercer homenaje al gran amigo que jamás nos ha molestado Nosotros creemos que él tiene alegría, está vivo y por eso lo festejamos”

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