Desastre

lunes, 17 de enero de 2005
México, D F, 17 de enero (apro)- Atribulados vivientes: están seguros que, desde el pequeño nicho de fama que gozo y por lo cual perduro en la memoria, al menos de cierto sector de ustedes, participo de todo corazón en el estupor y espanto que les ha producido el terremoto y el tsunami que tanta muerte, destrucción y dolor han causado y siguen causando en el sudeste asiático Me explico y comprendo el pasmo, horror y angustia en que les han sumido los catastróficos efectos de tales fenómenos No es para menos, pues con los mismos, una vez más, la indiferente naturaleza ha puesto en evidencia de manera brutal lo frágil y vulnerable de nuestra especie, lo risible y vano de su orgullo y la imbécil futilidad de su arrogancia Ante esa su tragedia de efectos mundiales me voy a permitir hacerles una pregunta que pueden considerar insólita: ¿Piensan que la misma tendrá alguna profunda y positiva consecuencia en ese su mundo cada vez más y más interdependiente? Por favor, no la consideren impertinente o provocativa, ya que la misma es hija de una inquietud que me atormenta desde que decidí retirarme del mundanal ruido para cultivar mi huerto; decisión en la que influyó de manera determinante un desastre similar, aunque de proporciones mucho menores, al que ustedes están sufriendo, que tuvo lugar en 1755 y es conocido en la historia como “el terremoto de Lisboa” ¿Lo recuerdan? Por esas fechas, a pesar de que los europeos no dejábamos de estar enzarzados en deleznables guerras, esto es, persistir en esos sangrientos y sanguinarios juegos de poder por alcanzar e imponer supremacías; guerras que por intereses coloniales impusimos a los habitantes de otros continentes, con lo cual dimos pasos de gigante en eso que ustedes llaman globalización, los europeos, digo, a pesar de ello, ¿o sería por lo mismo?, dimos también en un complaciente optimismo generalizado, del que no se libraba la filosofía, las letras ni incluso la metafísica Vivíamos, por decirlo así, en una era dominada por la fe y de respeto a las autoridades establecidas, convencidos, como nuestras más brillantes y reconocidas inteligencias afirmaban hasta matemáticamente, que todo era “para lo mejor en el mejor de los mundos posibles” y que “incluso los males individuales contribuían al bien común”, ¡Oh, manes de Leibnitz, Pope, Shaftesbury, Pluche! Con el terremoto de Lisboa, ¿Lo recuerdan?, la canoa del complaciente optimismo de mi época comenzó a hacer agua Infinidad de europeos, aunque fuera a lo bestia, nos volvimos cartesianos, o sea, como las creencias que teníamos no nos daban el entendimiento suficiente para consolarnos de la crueldad de la catástrofe, ante la desesperación que ello nos producía, comenzamos a poner en duda todo: el optimismo, la sabiduría de los que lo proclamaron, la bondad del mundo, la utilidad del dolor, del sacrificio, la autoridad establecida, incluso la misma divinidad o al menos su poder y benevolencia ¿Qué cosa, verdad? ¡Pero así fue! Este dudar de todo, inclusive del bien y el mal, llevó a nuevas y osadas ideas y no faltaron quienes pensaran, que como ya era dudoso que tuvieran que responder por sus actos en el más allá, lógico y natural era que, en la tierra, no había que desaprovechar las oportunidades que se ofrecieran de hacer e imponer la santa voluntad de uno Otros, de los que yo fui símbolo y a ello debo mi fama, consideraron que, ante tanta duda, lo más sensato era retirare a cultivar el huerto propio Hoy, lo confieso, cuando lo pienso, creo que la erramos, que al no comprender, al no admitir lo atroz del desastre de Lisboa, caímos en el desastre, valga la redundancia, de tales posiciones, ¿pues no las ambiciones de unos, la desaprensión de otros, la prudencia de otros más, el cansancio de éstos y la desidia de los de allá o el miedo de aquello, no hizo que todos, al ceder a nuestras pulsiones, cayéramos en el egoísmo? Eso por una parte, por otra, ¿no con ello favorecimos, robustecimos, más que otra cosa, la idea de que cada cual debe concentrarse en conseguir lo máximo con sus propios recursos sin depender de los demás, y si es preciso, hasta compitiendo con ellos? Tienen que admitir que tuvimos el mayor de los éxitos, ¿pues no esa filosofía de vida que les dejamos en herencia es la más de moda en ese su momento, queridos vivientes? De ahí la pregunta que les hice al inicio de la presente, pues considero que si no la cuestionan, es difícil que el maremoto del sudeste asiático tenga consecuencias positivas y sustentables para el futuro ¿Piensan que me equivoco? Ojalá que así sea por el bien de nuestra especie Y con este ferviente deseo, se despide su amigo y seguro servidor CANDIDO

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