Requerimiento

lunes, 14 de febrero de 2005
México, D F, 14 de febrero (apro)- ¡Al campo, al campo otra vez, mi señor! No decaiga su ánimo; haga oídos sordos a los cansados que anuncian la inutilidad de la utopía, del ideal, y repare que este tiempo de hierro precisa, como jamás antes, de su alto y esforzado ejemplo de defensor del mismo, aunque sea sueño, pues por serlo, precioso es a la humana naturaleza, ya que, como dijera el poeta Leon Felipe: “los sueños son la semilla de la realidad” Antes de darme un no, escuche mis razones y vea después si las mismas no asisten y hacen bueno este mi requerimiento Mire bien y tenga en cuenta, mi señor, que este aciago tiempo de la globalidad, para su mal, ha decretado la muerte de las ideologías, el ocaso de las revoluciones, persigue la ociosidad de la utopía y, con eso del final de la historia, hasta intenta la anulación del hacer humano ¡Que destrucción! Toda ella llevada a cabo por cuatro malandrines encantadores conocidos como relativismo, competencia, oportunidad y pragmatismo, que con sus ambigüedades, y más con sus malicias y embelecos, dejan el campo libre; y alientan y posibilitan el éxito de las más deleznables ambiciones que simbolizan tipos de la república de las letras Lo peor es que sea natural que así ocurra, reacuérdese y no olvide que uno de tantos regidores de la citada república, escribió y puso en evidencia que un hombre sin ideales da en hombre sin cualidades fácilmente, proclive por lo tanto, más que a otra cosa, a seguir los malos ejemplos o a convertirse en un Gregorio Samsa cualquiera No exagero Vea y dígame si no en esta aciaga globalidad no se está imponiendo globalmente la criminal ambición de Macbeth, ¡sin remordimiento!; si entre no pocos de los que tienen dominio sobre sus semejantes debido a su dinero faltan los sórdidos y siniestros Rapagón, Gobseck, Pantalón que, por vías de hecho hacen real su consigna de “¡eso, eso, primero mi dinero y después justicia!” Otros hay, sí, menos torcidos, pero como Hamlet, sus dudas les llevan al inmovilismo propicio a la indiferencia, la sumisión y hasta la complicidad; otros más hay y no son pocos, capaces, por servirse, de servir, incluso, si así se lo demandan, de vender su alma al diablo con tal de conseguir lo que ambicionan, como Fausto ¡Ah, mi señor! En esta edad de hierro, en la que, insisto, no faltan y más bien sobran peligrosos curas, duques, barberos, arrieros y bachilleres, peligrosos, digo, porque consienten, conspiran o atentan contra los sueños, los ideales de los demás, repito y sostengo ¡al campo, al campo otra vez! Vea que los cuatro malandrines encantadores nombrados de la modernidad, con sus ambigüedades, propicias al equívoco, dan mano libre a los arribistas, a los sin escrúpulos dispuestos a triunfar a toda costa, con el atropello, si en ello les va el beneficio, de la equidad, de la justicia ¡Ah, mi señor! ¡Al campo, al campo! Aprovechémonos que están celebrando con pífanos y atabales el cuarto centenario de su primera salida al mismo; mire que mucho queda por hacer en eso de deshacer agravios, enderezar entuertos, enmendar sinrazones, corregir abusos, satisfacer dudas ¡Al campo, al campo!, así seamos de nuevo molidos por ello a palos, manteados; que se nos dé una higa, risas, burla, escarnios y malas tretas de los acomodaticios, por lo que guste y mande, a las circunstancias; que el alto y esforzado ejemplo de defensor, ¡qué digo!, de Caballero del Ideal que es vuestra merced, conforte y anime a los desamparados, sirva a los agraviados, mueva y guíe a cada uno de los hombres por el bien de todos, pues en el entrevero que es la vida, ¿qué mayor privilegio para el hombre que servir al ideal en su lucha con la realidad? Ande y no sea perezoso, volvamos otra vez al campo a continuar con lo nuestro, que es el predicar con el obrar por sabido que obras son amores y no buenas razones, que una cosa es predicar y otra dar trigo Mire y no pierda de vista que ese su matrimoniar el pensar con el hacer para servir al bien desinteresadamente, sin segundas intenciones, con sacrificio propio, se finca y crece su fama, su glorioso y bien ganado título de Caballero del Ideal Por eso, mi señor, porque nuestros haceres no fueron trivial aventurerismo, ni intento de volver a un pasado, ni un ridiculizar libros de caballería para con ello desprestigiar al heroísmo en su combate por el bien y así desanimar toda lucha por el ideal, sino todo lo contrario, le repito: ¡Al campo, al campo! Su por siempre leal escudero SANCHO PANZA

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