¡Que se mueran los intelectuales!, de Armando González Torres

lunes, 14 de marzo de 2005
México, D F, 14 de marzo (apro)- ¿Sirven para algo los intelectuales en un nuevo siglo donde reina la fascinación tecnócrata e impera la obsesión por el poder económico? En las 168 páginas de los cinco capítulos que integran el ensayo ¡Que se mueran los intelectuales! de reciente aparición para Editorial Joaquín Mortiz, el poeta Armando González Torres (México, DF, 1964) contesta a esa capciosa cuestión afirmativamente; pero también y con ánimo crítico, desnuda algunas mañas de ciertos sectores intelectuales y su afán de poder, al tiempo que exige como una necesidad permanente la participación de la comunidad pensante nacional en el ejercicio intelectual, para elevar los niveles del debate público Por momentos, González Torres parodia el fenómeno intelectual en México, en frases como: “la culturita más que una comunidad de valores estéticos, es una comunidad de intereses que intenta mantener, con el mínimo esfuerzo, una imagen de vitalidad y grandeza cultural” No obstante, su análisis destaca el valor de la lectura como actividad fundamental y, en los linderos de la diatriba, este autor no recurre a sátiras cómicas como las que desarrollara el desaparecido cantautor tampiqueño Rockdrigo González, fallecido hacia 1985, en su canción “Los intelectuales”: En un lejano lugar retacado de nopales había unos tipos extraños llamados intelectuales Se la pasaban pensando para ser sabios y doctos pues no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos González Torres estudió en El Colegio de México y fue el ganador del Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen 1999, y del ensayo Alfonso Reyes 2001 (al año siguiente de obtener este galardón publicó Las guerras culturales de Octavio Paz) Entre sus poemarios se cuentan La conversación ortodoxa (1996), La sed de los cadáveres (1999) y Los días prolijos (2001) Los apartados de ¡Que se mueran los intelectuales! son: “Saber y lectura”, “¡Que se mueran los intelectuales!”, “Retratos ejemplares”, “Bestias negras” y “El arte de la envidia” Hemos tomado del primer capítulo el texto “La agonía de los intelectuales”, que reproducimos a continuación * * * La agonía de los intelectuales Los intelectuales, al menos los que dominaron la imaginación y el debate público en el siglo XX, se están muriendo: unos mueren de muerte natural, al cambiar el entorno que produjo su florecimiento, y otros se suicidan al abjurar de sus propios valores El antiintelectualismo, entendido como un rechazo al rigor, a la exigencia y al compromiso ético (que no político), no sólo proviene de los enemigos jurados del intelecto –los poderes políticos que se pretenden omnímodos, las iglesias, las plutocracias--, sino de los propios campos académicos, literarios y artísticos donde diversas enfermedades atacan lo que durante mucho tiempo se consideró la virtud del intelectual Son muchas las maneras en que los intelectuales atentan contra sí mismos y vulneran su prestigio profesional: cuando se envuelven en banderas universales para defender intereses particulares; cuando critican todos los fueros y privilegios, excepto los suyos; cuando adoptan el cliché u opinan de acuerdo al gusto de sus patrocinadores; cuando practican la hipocresía y la melcocha para ganar aplausos de la tribuna, o cuando se toman tan en serio su propio papel que actúan más sobre un escenario que sobre la realidad Sin duda son numerosas las preguntas que cualquier observador más o menos alejado de la trama de intereses de las instituciones y los grupos culturales, académicos o artísticos, puede plantearse ¿Son los intelectuales una serie de grupos de profesionales con intereses particulares legítimos, o son, como muchos de ellos gustan reputarse, una clase universal que defiende los más altos valores colectivos? ¿Los escritores son esos profetas románticos que alumbran la escena social, o son productores de textos en serie? ¿A qué hora escribe y, sobre todo, lee un escritor que aparece en todos los foros y tiene una vida social más agitada que la de cualquier publirrelacionista? En fin, las marquesinas de la cultura contemporánea y las declaraciones de los santones a menudo causan perplejidad Ciertamente, la situación precaria de la actividad intelectual y artística ante la sociedad de masas, la fuerza del mercado y el imperio de los medios electrónicos generan incentivos perversos y producen diversos engendros Sin embargo, es necesario advertir las amenazas que asuelan la actividad intelectual, pues la emasculación de la actividad critica, el conformismo en la creación y la apreciación, la desaparición de jerarquías entre productos culturales o la falta de fundamentos en la generación de prestigios son fenómenos que no sólo empobrecen y confunden el papel de la cultura, sino que ofenden al espectador inteligente e incrementan el descrédito de la profesión intelectual En este sentido, y ofrecida esta prescripción no pedida con un ánimo más pragmático que moral, el mejor ambiente para el florecimiento de la República de las Letras es aquél donde la esfera de la intelectualidad y sus valores de inteligencia, invención y rigor conserven, hasta donde sea posible, su autonomía relativa frente a las esferas del dinero, el poder, la religión o cualesquiera otras Para ello, entre otras cosas, es necesario propiciar y elevar el nivel de la crítica, mejorar las condiciones de competencia entre grupos e individuos, ampliar la cantidad y calidad del público, conectar el presente con la tradición, abrirse al escrutinio de la sociedad y defender, de manera abierta y pragmática, sin escudarse en poses, los legítimos intereses del gremio o, mejor, de los gremios intelectuales Poco ayuda, en este sentido, la sacralización de los ámbitos intelectuales y artísticos Por eso, pese a la abundancia de títulos en torno a la función y estatus de los intelectuales, sin duda hace falta una sociología, una tipología y, sobre todo, una picaresca del intelectual contemporáneo Porque si en este territorio se cultivan las grandes potencialidades y aspiraciones del espíritu, también se reflejan los más bajos sentimientos y apetitos y se generan las grandes mentiras e imposturas Quizá el humor, siempre revelador y piadoso, nos ayudaría a observar más agudamente nuestros excesos, a tomarnos menos en serio y a practicar el sano arte de reírnos de nosotros mismos

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