Réquiem por la fiesta brava

lunes, 18 de abril de 2005 · 01:00
México, D F, 18 de abril (apro)- Advierto qué profunda emoción está obligada a suscitar la animada música que acompaña las corridas de toros Así como cada soldado antes de entrar en acción guerrera se siente impulsado por marchas y tambores a matar enemigos (no sabemos en las contiendas actuales cuál es el equivalente), los toreros y su fiel público taurófilo se excitan con sonoros toques de clarín y pasodobles, para gozar sin remordimientos de una faena que culminará cuando al animal se le arranca la vida, atravesándolo una certera, y a la vez, cruenta estocada Sólo así retumba la trinante música y acalla el alarido de los “olé”, un grito que según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua española proviene de la voz árabe “Wa-(a)llah” y significa “¡Por Dios!” Si la orquesta tocase entonces melodías saturninas a ritmos tortugueros, el redondel atascado dejaría de ser una colorida celebración para convertirse en algún soso espectáculo, gris, propio de fracasados pitecantropus No obstante, las temporadas taurinas sobreviven y son negocio redituable; de otro modo, habrían pasado ya a la historia y, así mismo, los toros continúan inspirando tonadas laudatorias en dedicación a sus heroicos y más cojonudos victimarios: los matadores (plural de “gladiador estúpido”, calificó un vate al que más tarde volveremos en este admirativo “Canto Rodado”) Viene a mi memoria el libro de Antonio Caballero Toros, toreros y públicos (El Áncora Editores; Colombia, 1992 297 pp), donde nos reveló una sorprendente premisa: “Nadie sabe de toros” En sus palabras: “A los intelectuales les gustan los toros porque se prestan, como casi nada en la vida, a la especulación irresponsable No es necesario saber nada de nada: basta con hacer comparaciones, rebotes, carambolas, con la feliz inocencia del niño que por primera vez juega al billar” Cuando un año después Luis H Aristizábal redactó su crítica al estudio de Caballero (intitulada precisamente “Nadie sabe de toros”, en el colombiano Boletín Cultural y Bibliográfico número 34), resaltaba: “Algo semejante, me digo, sucede con la pintura o con la música Todo el que medio sepa escribir se siente autorizado a estampar tonterías sobre lo que es, en esencia, incomunicable por fuera del ámbito de su propio lenguaje El de los toros no deja de ser un lenguaje cerrado que sólo guarda sentido en sí mismo” El texto de Aristizábal, juicioso y entretenido, se lee hoy con interés al no lanzar éste iracundas ni prolongadas diatribas antitaurinas contra Caballero --quien por su parte había partido de su Colombia natal para recorrer España de palmo a palmo y alegrarse en todas las plazas que incluyeron las más de 70 que posee Andalucía, donde los toros son el “deporte” por excelencia-- en pos de inspiración y para escribir finalmente este libro suyo sobre un tópico que lo apasionaba hasta la médula En la crítica de Aristizábal hallamos que, de la misma forma que el taurinismo como género literario posee defensores a ultranza (desde La tauromaquia o el arte de torear a caballo y a pie, de José Delgado y Gálvez Pepe Hillo, en 1800; pasando por versos de poetas como Miguel Hernández o aquel Gran diccionario tauromáquico El toreo de José Sánchez Neira, de 1879, entre otros), también existe el lado oscuro de la moneda (y cita: lo atestiguan tratados como el de 1991, La vergüenza nacional La cara oculta del negocio taurino, de Luis Gilpérez Fraile; o el poema del cubano-mexicano José María Heredia con la línea final ¡Espectáculo atroz, mengua de España!): “El libro de Caballero no elude las consabidas divagaciones acerca del manido tema de la barbarie de los toros, cuando observa que, a menudo, los historiadores taurinos ocultan escrupulosamente lo que era el espectáculo hace un siglo: una hecatombe, ese sacrificio ritual de cien toros que inventaron los griegos, sólo que, como se muestra en La gaviota del costumbrista Fernán Caballero, la hecatombe ocurría con el sacrificio, en cada corrida, de decenas de caballos embestidos atrozmente por el toro” El crítico colombiano ofrece comentarios punzantes acerca de “el único sacrificio ritual que pervive en Occidente, con excepción del santo sacrificio de la misa religiosa” Porque si Caballero justifica que un toro, “como toro, muere mejor en la plaza que en el matadero”, Aristizábal añade: “Y también, digo yo, el torero”; si aquél apunta: “El sufrimiento del toro, que sin duda es real (¡!), no es el propósito de la corrida sino su sacrificio ritual”, el crítico responde contundente: “Podríamos argüir, igual, que el propósito de Auschwitz tampoco era infligir dolor, sino eliminar con eficacia a seis millones de judíos” Personalmente, Aristizábal opta por un mejor equilibrio: “Me parecería más justo que las estadísticas mostraran: toros muertos, 518; toreros muertos, 442, o algo semejante Pues sólo con 63 matadores muertos en dos siglos, la posibilidad de morir en una corrida, diga lo que diga Caballero, es remota” Y lo que dice Caballero va para el Museo Ripley: “Los aficionados a los toros somos muy dados a la hipérbole Nadie que haya ido a los toros, a una corrida buena o incluso una mala, puede volver con un entusiasmo a la ópera (¡claro, las admirativas son de Roberto Ponce!)” Con afirmaciones así, qué fácil es comprender cuán estruendosa repercute la música durante cada matanza de domingo taurino, y por qué Caballero se engolosina trazando barbaridad tras barbaridad, como: “los toros, con sangre entran” O nos informe que “el público de Madrid es el más cruel del mundo”; pero, en especial, sepamos por su bondadosa pluma que el tendido de Las Ventas “es el enemigo declarado de los tendidos restantes, de los toreros, de los ganaderos, del presidente, del empresario ¡Todo un respetable experto en bramar algún insulto especialmente bien estructurado!” y además, ¡hombre!, que los más hermosos ombligos femeninos se observan en las corridas de Cali (¡¡!!) Vaya que este magnífico espectáculo de odios, dolor y asesinato legal merece, sin duda, una música con dosis afines a la brutalidad taurina que se ostenta como arte Leamos a Heredia (Santiago de Cuba, 1803-Toluca, Mexico, 1839) en “La muerte del toro”, poema publicado en El Sol de México, por 1832: Suena el clarín, y del sangriento drama Se abre el acto final, cuando a la arena Desciende el matador, y al fiero bruto Osado llama, y su furor provoca Él, arrojando espuma por la boca, Con la vista devórale, y el suelo Hiere con duro pie; su ardiente cola Azota los ijares y bramando Se precipita El matador sereno Ágil se esquiva, y el agudo estoque Le esconde hasta la cruz dentro del seno () Sin honor el cadáver arrastrado Es en bárbaro triunfo: yertos, flojos, Vagan los fuertes pies, turbios los ojos En que ha un momento centellear se veía Tal ardimiento, fuerza y energía, Y por el polvo vil huye arrastrado El cuello, que tal vez bajo el arado Era de alguna rústica familia Útil sostenedor En tanto el pueblo Con tumulto alegrísimo celebra Del gladiador estúpido la hazaña ¡Espectáculo atroz, mengua de España!

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