Beisbol en el desierto

lunes, 23 de mayo de 2005 · 01:00
México, D F, 23 de mayo (apro)- Según Hemingway, cuando un escritor encuentra una oración “verdadera”, el resto de la historia se escribe por sí misma Tal le aconteció a Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, 1964) que halló esa oración contemplando la fotografía de unos peones --acompañados de un perro-- a los que bautiza como los “Tereseros” porque, a sus espaldas, en el vagón de ferrocarril, se lee Hacienda Santa Teresa Ése fue el inicio; de ahí en adelante la novela se escribió de un tirón, según él mismo confiesa, y se lee, asÍ mismo, de un regocijado tirón En efecto, Juegos de amor y malquerencia (Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia 2001 y publicada por Joaquín Mortiz en 2003) narra las peripecias de diez peones a quienes el destino reunió en 1924 en la hacienda algodonera Santa Teresa “para el trabajo, pero también, y mucho más, para el borlote” Después de entrarle “a la friega desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde”, en el “calorón” de la comarca lagunera, se daban cita debajo del pinabete para cantar unos corridos cardenches que les aliviaban el corazón Los sábados, después de la raya, visitaban el “salón Doloritas” para el “argüende”, para echar bailongo cada uno con su prieta y deleitarse con unos tacos acompañados de harto chile y repollo Era un mundo de hombres y los “Tereseros” se entendían requetebién Esta rutina cambia radicalmente cuando, en un viaje a Torreón, la “Campamocha” descubre el beisbol y decide deslumbrar a sus compañeros con su descubrimiento Llega provisto de una pelota y dos guantes que se “voló”, pero le faltaba lo mero principal: el bat La carencia se remedia tallando con la chaira un palo de mezquite y puliéndolo amorosamente Luego, calzados con sus botas vaqueras, los “Tereseros” se inician en el deporte, cuya práctica los conducirá a aventuras y emociones insospechadas La narración es lineal, en dos voces diferentes, sin que el cambio de tercera a primera revele la identidad del narrador Es una historia sobre la amistad y el compañerismo entre estos hombres que comparten el pinabete grande, los cigarros Tigres, el sotol y al “Chamuquillo”, mientras entonan los melancólicos corridos cardenches cuyas tonalidades, me dijo alguna vez el también durangueño Antonio Avitia, gran conocedor de los corridos, semeja el agudo silbido del viento entre los huizaches y magueyes Es un relato que habla del norte, del desierto, del sol y el calor abrasador, pero sobre todo del beisbol Por supuesto, existe la historia de amor con la presencia de las mujeres que, a principios del siglo veinte, llegaron a estos lares en busca de trabajo, dinero y amor Sobresale en la novela el arte de Muñoz para rescatar el habla local, incluyendo vocablos propios de la zona y el diminutivo en “illo”, seguramente, como lo dice en un poema, porque es dueño “de la palabra coloquial y viva y hermosa y universal y eterna en mí/al menos en mí/de La Laguna” Salpimentado el texto con estas expresiones y animado en primerísimo lugar por el espíritu lúdico de Muñoz, ni duda cabe que merecía el premio Ibargüengoitia Jaime Muñoz es profesor de la Universidad Iberoamericana, campus Torreón, y está a cargo del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, sj, de la misma universidad Entre sus publicaciones más recientes se cuentan El principio del terror (México, Joaquín Mortiz, 2004) y Textos y mediciones Breve paseo por la reseña bibliográfica (Torreón, Coahuila, Univ Iberoamericana, 2004)

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