Diario de Ladín, de Napoleón Rodríguez

lunes, 4 de diciembre de 2006
México, D F, 4 de diciembre (apro)- El historiador Napoleón Rodríguez, además de ser un amante de la historia de México, es también seducido por la prosa y saca a la luz el libro Diario de Ladín que son veintiún relatos que presenta dentro de la Colección Luna Silvestre El texto de 56 páginas tiene como esencia lo escrito por Jorge Luis Borges: A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos, de ello parte el autor para permitirse indagar sobre las huellas que no ceden al imperio del tiempo Don Napoleón nació en Saltillo, Coahuila, el 21 de abril de 1946 Estudió en la Escuela Normal de Coahuila, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el Centro Universitario de Ciencias Humanas, Claustro de Sor Juana En la actualidad es profesor de Educación Superior en el Centro de Actualización del Magisterio, en la Dirección General de Educación Normal (SEP) Ha publicado los siguientes libros: Ireneo Paz, liberal jalisciense (esbozo biográfico); Los verdaderos bandidos de Río Frío; Memorias e impresiones de un viaje a Inglaterra y Escocia de Manuel Payno (introducción y notas); El círculo de Animalia (poesía); Manuel Lozada, El tigre de Alica, de Ireneo Paz (prólogo) y tiene en prensa Los silencios del coronel Altamirano (crónicas) También ha colaborado con artículos culturales en diarios como La Jornada y en revistas como París-México (Francia), Esquis, Secuencia (Instituto de Investigación José Ma Luis Mora), Centauro, La Galera y Proceso A continuación se reproduce uno de los relatos que forman parte de este compendio, titulado "El árabe": * * * Siempre sentí atractivo por aquel pedazo de desierto que formaba la pequeña Bagdad Sobre todo impresionaban aquellas enormes palmeras cargadas de flor de dátil El agua del oasis de estrechas dimensiones era limpísima y servía para darle vida al lugar Fuera de ahí, el desierto se abría inconmensurable con un cielo de un zafir claro Aquel grupo que se ruina creaba el escenario para que los comensales se sintieran en otras latitudes Discernían sobre los pensadores entresacados de la historia, Maimónedes, Avicena, Averrones Eran impresionantes sus relatos Había una pequeña caballería con un par de caballos blancos cuyos cascos ligeros eran aptos para deslizarse sobre la fina arena Su dueño los tenía bien enjaezados para viajar a los lugares cercanos a los que proveía de aquellos dulces dátiles Las noches eran frías y la estrella de oriente era la guía para que los viajeros no se perdieran por aquellos caminos en donde la arena borraba todo camino que dejara huella Sobre el toldo de paja de las habitaciones, la arena se deslizaba insistente Los viajeros, cuyas monturas dejaban infinitas líneas por entre la maraña de arbustos cargados de ramas espinosas, a menudo contaban las peripecias que sufrían para llegar a aquel santuario de vida sosegada, caminos que recorrían lobos feroces y cuyos aullidos penetraban en la mente de los moradores En días invernales sus depredaciones eran harto conocidas Los pastores se cuidaban bien al enfrentarlos Millares de laberintos formaban un recorrido en mapa de misterio Se escurría el silencio y sólo la luz de millares de lucecillas, bañaban la madrugada que prometía ser hermosa El calor endurecía el cuerpo de la sempiterna salamandra Por la tarde el cielo se teñía de rojo y regresaba a posarse sobre el lugar la persistente melancolía La mesa se disponía para los comensales que degustaban aquel carnero asado a la leña Se servía con arroz y acompañado también con pan de trigo La hoja de higuera envolvía un jocoque dulce que conjuraba la tristeza Después se servía un café denso en pequeñas tazas acompañadas de pastelillos rellenos de nuez La noche se precipitaba con aullido de lobo ¡Oh, pequeño Bagdad bañado de añoranzas, cómo te recuerdo!

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