La calle blanca, de David Huerta

lunes, 28 de agosto de 2006
México, D F, 28 de agosto (apro)- La fulguración, el asombro y la búsqueda formal permanente son algunas características de la obra poética de David Huerta, desde El jardín de la luz (UNAM, 1972), hasta La calle blanca, que acaba de editar Era Un poema de este volumen parece reflejarlo así, sólo que en una imagen donde todo (lector, poeta, texto, realidad) es uno: Se hundió el texto en él --al revés de la imagen tradicional: él hundido en el texto, concentrado, ceñudo, leyendo hasta la extenuación-- y fue un despertarse y signos y de calles, de cuerpos en los salones, de calles babilónicas El texto recorrió sus ojos, su cabeza, sus manos Parecía tener Una voluntad propia, una fuerza flexible, en todo semejante a la de un atleta Él escuchó las hojas del texto como susurros de máquinas que se oxidaran con lentitud; caían las hojas escritas en su vientre, en sus venas, en sus oídos Escrituras rápidas le recorrieron el pelo, la piel, los dedos Fue hundiéndose en él todo el abecedario combinado, sediento --y despertó en su boca una sed de imágenes De la garganta le salieron volutas de brisa De los ojos surgieron aguas y tintas, los nombres en su silencio y en su plenitud, como espíritus La obra de David Huerta (México, 1949) es ya obligada referencia literaria mexicana: Cuaderno de noviembre (Era, 1976); Huellas del civilizado (1977); Versión (1978; Era, 2005, Premio Xavier Villaurrutia); Incurable (Era, 1978); Historia (1990, Premio Carlos Pellicer); Los objetos están más cerca de lo que aparentan (1990); La sobra de los perros (1996); La música de lo que pasa (1997), y El azul en la flama (Era, 2002) Señalan sus editores: "En este libro deslumbrante, David Huerta recorre todo el teclado --del Lezama más hermético al Neruda más cotidiano--, y todo lo pone en duda con su voz genial, descompuesta y descoyuntada El poeta lo absorbe todo, lo dice, lo traduce, lo traslada todo a la poesía Este libro es, al mismo tiempo, una ética poética, una filosofía del conocimiento, una reflexión sobre los desquiciamientos de la percepción, una, o más bien muchas teorías poéticas, crípticas unas, otras que se burlan de sí, otras completamente inesperadas Es también, y a cada paso, una parábola sobre la palabra, sus misterios y sus milagros, y una genealogía y una arqueología del pensamiento Una voz que toma posesión de lo que le rodea del modo más sugerente y menos convencional "Sin duda, el caso de David Huerta es un caso único entre nosotros Su voz se ha afinado y el autor la domina y la convierte en un sinnúmero de instrumentos musicales, cada vez con mayor maestría, cada vez con más arte David Huerta no es un iluminado, no es un artesano, no es un virtuoso Es todo eso y es una artista, un notable y prolífico poeta, uno de los mejores entre nosotros La historia del arte, la historia literaria, Florencia, el Renacimiento están presentes en este libro móvil y diverso desde una mirada a veces cubista, a veces expresionista, otras abstracta, neorrealista, no figurativa o llanamente anecdótica, pero siempre iluminadora, donde la literatura, la vida, la experiencia del arte, el ser, el deber ser no están confundidos, aunque estén invariablemente entremezclados" El poemario La calle blanca (116 páginas), que reproduce en la portada una pintura de Miguel Castro Leñero (Arbol santo), con diseño de Juan Carlos Oliver, toma su nombre de un poema que cuenta: --La calle Émile Richard Parece un cuadro De Giorgio de Chirico --Mira, en este libro la portada es un cuadro de Giorgio de Chirico Alrededor, detrás, frente a nosotros, sin que nada veamos, mientras nos transformamos en esas mismas imágenes, las vendas rodean estatuas, una torre verde se refleja en el magnetismo de un agua pétrea, un ferrocarril cruza el horizonte apolíneo de la calle blanca Está dividido en tres partes, cada una con 26 textos Las partes son: "Albor de cúmulo", "Textos en el iris" y "Niebla de la retina" Desde esa faena verbal, desde esa ventana lingüística, desde esa perspectiva pictórica, adentrarse en La casa blanca puede ser una propuesta para empezar a leer a David Huerta hacia atrás, hacia El jardín de la luz, y viajar por una de las aventuras poéticas líricas más personales de las letras mexicanas contemporáneas

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