El cine se inventó para llegar a Bergman

lunes, 6 de agosto de 2007
México, D F, 1 de agosto (apro)-A finales de 1974, en el mismo año en que fue inaugurada la Cineteca Nacional (ubicada entonces en Río Churubusco y calzada de Tlalpan), tuvo lugar una retrospectiva de la obra cinematográfica de Ingmar Bergman, compuesta por 18 de las 36 películas que había dirigido hasta esa fecha La muestra comenzó con Prisión, un largometraje realizado en 1948, y concluyó con Gritos y susurros, hecha en 1972 Durante tres semanas, la Sala "Fernando de Fuentes" y el Salón Rojo estuvieron abarrotados por centenares de jóvenes que acudieron convocados por la ya legendaria fama del cineasta sueco Era la gran oportunidad de apreciar el trabajo de quien, precisamente en 1972, declaraba que dirigir cine era "transformar visiones, ideas, sueños y esperanzas en imágenes que deben transmitir al público una serie de sentimientos de manera muy eficaz El cine es una especie de médium que reproduce nuestros sueños a través de una gran diversidad de máquinas" Al cabo de esas tres semanas, la manera de apreciar el cine cambió por completo para muchas personas Bergman hacía que los espectadores de sus películas se dieran cuenta de que la cinematografía nada tenía que ver con el entretenimiento; de que el cine puede ser un arte refinadísimo, capaz de comunicar y hacer sentir emociones complejas y profundas; en síntesis, de que el cine puede ser poesía Pocos realizadores lo lograban: Jean-Luc Goddard, era uno Otro, Andrzej Wajda Apenas empezaban a exhibirse en México las películas de Alain Tanner Pero la densidad de la obra de Bergman es singular Sus películas son a ratos hilarantes, la mayor parte del tiempo devastadoras, como lo es siempre la belleza Algunas, como La hora del lobo, sumergen al espectador en una profunda atmósfera de rarefacción, ese minuto que el pintor cuenta segundo por segundo precisamente en la hora de la madrugada que da título a la cinta es, sin duda, el paréntesis de tiempo más largo y abismal que se haya filmado nunca Algunas de sus películas tienen el poder de hacer sentir a quien las mira que se está a punto de atestiguar una revelación, y cuando la proyección termina, perdura el estremecimiento de haber visto algo trascendental Sólo Andrei Tarkovsky, el cineasta ruso a quien Bergman admiró y ayudó cuando tuvo que abandonar la Unión Soviética, consigue someter al espectador a una tensión espiritual tan fuerte Es imposible saber si, en el futuro, habrá cineastas tan grandes como ellos Pero por ahora puede decirse que el cine ha existido para llegar a Bergman y a Tarkovsky Para eso fue inventado Sería extraordinario que, como homenaje a Bergman, los responsables de la Cineteca Nacional y de la Filmoteca de la UNAM sumaran esfuerzos con el gobierno sueco para presentar una retrospectiva completa de la obra cinematográfica de Bergman Si la retrospectiva de los años setenta se antoja hoy un acontecimiento memorable, la proyección de una muestra completa sería una gran regalo para los espectadores de hoy, en especial para los más jóvenes, abandonados en su mayoría a la miserable experiencia estética que les brinda la cartelera comercial o las igualmente tristes copias piratas

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