Las novelas del petróleo

lunes, 31 de marzo de 2008
México, D F, 31 de marzo (apro)- En ocasión del aniversario 70 de la expropiación petrolera, el semanario Proceso reprodujo un capítulo de la novela El alba en las cimas, del historiador comunista, José Mancisidor En dicho texto, el autor, que en 1955 ganó un concurso literario convocado por el desaparecido periódico El Nacional, recrea las presiones a las que fue sometido el entonces presidente Lázaro Cárdenas por parte de las compañías petroleras inglesas, holandesas y norteamericanas Ese mismo año, la editorial América Nueva publicó la novela premiada por el jurado que en aquel tiempo estuvo conformado por Julio Jiménez Rueda, Francisco González Guerrero, Francisco Monterde, Alí Chumacero, y Andrés Henestrosa, quienes consideraron el libro como una "novela orientadora, hondamente mexicana: vale decir hispanoamericana" Al lado de la Novela de la Revolución y de los relatos indigenistas en México --como más tarde en toda Latinoamérica en este último caso--, se generó hacia mediados del siglo pasado una literatura del petróleo cuyas obras, salvo excepcionalmente --y gracias al cine, como La rosa blanca, de B Traven, filmada por Roberto Gavaldón-- son prácticamente desconocidas En su mayoría, estas novelas fueron inspiradas, dentro del marco nacionalista, en los abusos de las compañías extranjeras Así, la extorsión de Mr Taylor para adquirir mediante el engaño de una hipoteca la propiedad de una familia provinciana en el medio rural, en Oro negro, de Francisco Monterde, es la misma que combate el ingeniero Márquez en La hermana impura, de José Manuel Puig Casauranc, donde se entremezcla una historia de amor Al igual que en ésta, La rosa blanca se desarrolla en el Tampico de los años finales de la revolución, época también de Panchito Chapopote, donde Xavier Icaza narra el regreso a su pueblo natal de un campesino que vendió a las compañías sus "chapopoteras improductivas", convertidas ya en el auge del oro negro Otro pueblito, idílico y apacible, pero de la huasteca veracruzana, escenario de la misma convulsión, es el escenario de Resaca, donde César Garzurieta cuenta la resistencia de un campesino a vender su parcela, por lo cual es finalmente asesinado Por su parte, Huasteca, de Gregorio López y Fuentes, presenta el fenómeno de una familia campesina transformada en "nuevos ricos" para arrendar sus propiedades a perforadores norteamericanos Otra novela, Brecha de roca, sirve para que Héctor Raúl Almanza describa la lucha librada por los obreros para fundar el sindicato petrolero a partir del exterminio de una familia de Ebano, San Luis Potosí, donde la Huasteca Petroleum Company asentó sus reales y sus "guardias blancas" Asimismo, pero en una obra de teatro, Pánuco 137, Mauricio Magdaleno conduce al espectador al chantaje que la familia Galván sufre al rehuirse a vender su finca a la Pánuco Oil Company Obras mucho más recientes, posteriores ya a la expropiación petrolera, abordan el tema: en La cabeza de la hidra, Carlos Fuentes se centra en el efímero boom del régimen lopezportillista, simbolizando con el título del renacimiento multiplicado de una cabeza cortada porque el petróleo, dice Fuentes en el epílogo, es como el semen oscuro Morir en el golfo, de Héctor Aguilar Camín, personifica la corrupción del sindicato petrolero actual a través de un líder, presumiblemente Joaquín Hernández Galicia, La Quina, a no ser porque el autor intempestivamente hace aparecer a éste, con su verdadero nombre, junto al personaje central Una historia novelada del tema petrolero es México negro, de Francisco Martín González, y Nuestras raíces, de Javier Santos Llorente, es el testimonio periodístico novelado de la década de los veinte en Tampico, integrado con relatos verídicos de trabajadores como éste del jubilado Francisco Ariguznaga, "ciego y con ochenta y dos años de edad": "La Penn Mex era muy estricta, muy celosa con sus trabajadores Como ya estábamos sindicalizados, el gerente, mister John Rearde, ordenó que a un tanque de almacenamiento se le abriera un boquete Y cuando los guardias nos sorprendían en la noche tomando, allí nos metían, empujándonos con la boca del fusil Nos dejaban toda la noche y todo el día, a que apretara el calor del sol, y cuando el tanque era ya un infierno y la pestilencia del gas nos había mareado hasta casi perder el conocimiento, llegaba mister Rearde, nos regañaba y nos dejaba libres"

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