Crisis de identidad en el PRD

jueves, 10 de diciembre de 2009

Los partidos políticos son una proyección representativa de la sociedad y una estructura organizacional orientada a la búsqueda y mantenimiento del poder. Son instituciones necesarias para la democracia y constituyen el principal nexo entre el Estado y los ciudadanos. Los partidos deben renovarse para responder con eficacia a los desafíos que imponen el ejercicio de gobierno y las transformaciones sociales.

La izquierda ha sido un actor relevante del cambio en México, y más allá de sus disputas cotidianas por el poder, actualmente se encuentra inmersa en una profunda crisis de identidad. Por lo anterior, la pregunta que debemos formularnos se refiere al modelo de partido que la izquierda ha construido y al papel que está desempeñando en nuestro proceso de cambio político.

El tema de la refundación partidista tiene dos dimensiones. Una está vinculada a la estructura organizacional y tiene que ver con la cohesión de grupos y corrientes, con la estabilidad política interna, con las alianzas y la integración de los órganos de dirección. Otra se refiere a los principios y valores que la identifican, es decir, sus propuestas, concepciones y ejes programáticos. Estas dimensiones perfectamente alineadas permitirían integrar un partido moderno, realmente innovador, con oferta creíble de futuro y propuestas alternativas sobre el diseño y la aplicación de políticas públicas.

La izquierda representa una concepción y una modalidad de la política cuyas prácticas de intervención en la vida social buscan lograr un conjunto de objetivos estratégicos basados en la idea de progreso, pero en nuestro país el concepto de izquierda identifica proyectos muy diversos e incluso representa programas, símbolos y agrupaciones antagónicas. Su tendencia a la fragmentación hace indispensable preguntarse si todavía es posible identificar un núcleo de ideas y valores, de principios intelectuales y objetivos históricos que la agrupen y sean capaces de orientar su acción política.

Quizá nunca había sido tan difícil reconocer este conjunto de elementos. Sin embargo, no se tiene duda de lo que la izquierda no puede ser: una corriente que busque la planificación centralizada, la abolición del mercado y de la propiedad privada, la colectivización y la supresión de libertades. Tampoco puede representar un proyecto global de la sociedad en manos de una vanguardia elitista. Lo que ha muerto de la izquierda es un intento por realizar un sistema económico alternativo al capitalismo, así como un experimento político-autoritario.

Frente a lo novedoso de nuestro tiempo, la izquierda mexicana permanece inmersa en la cultura del viejo mundo político, y en cierto sentido se ha convertido en defensora del statu quo. Este eclipse acontece justamente cuando observamos un cambio de época, una crisis sin precedente, un momento histórico, como se decía antes.

Desde su nacimiento con la Revolución Francesa, la izquierda representó la oferta política del “nuevo mundo” y la “sociedad del futuro”. La perplejidad en que se encuentra hoy no tendría relevancia si no fuera porque ninguno de los grandes problemas sociales y políticos frente a los cuales se presentaba como alternativa desapareció con la caída de los regímenes socialistas. Es por ello que las limitaciones para su refundación organizacional y programática radican en que no están definidos los principios normativos y las prácticas institucionales a través de los cuales ofrecerá soluciones a los problemas de injusticia y pobreza que afectan a la población mexicana.

La liberalización de la economía y el crecimiento del mercado asumieron connotaciones salvajes sin ninguna regulación efectiva y sin que el Estado y los partidos se preocuparan por orientarlos. Existe una activa sociedad civil que ubica en un Estado atrasado a su principal enemigo y que ve en los partidos políticos sólo instancias de lucha descarnada por posiciones de poder entre grupos oligárquicos. Todo ha cambiado en el país, menos el Estado y sus partidos. La explosión de la complejidad social se ha dado a pesar de la inmovilidad de los liderazgos políticos. La sociedad civil ha caminado por su cuenta y, no obstante el tiempo transcurrido desde el inicio de nuestra peculiar transición política, no se ha dado una solución a esta crisis de representación.

¿Es posible entonces hablar de una izquierda mexicana del futuro? Por lo pronto, los programas y las ideas de la renovación política, social y cultural han influido poco en ella, por lo que resulta complicado definir un programa estratégico e identificar a quienes podrían asumirse como sus encarnaciones. El deseo de integridad que la izquierda mexicana proyecta no considera la diferencia un bien, sino que nutre un fuerte amor por las divisiones y las luchas intestinas. Esta incapacidad para convivir con las diferencias no ofende solamente al pensamiento democrático, sino que constituye una afrenta a la moderna sociedad mexicana organizada sobre la base de la diversidad.

La izquierda debe avanzar sobre el plano de la confiabilidad democrática y la credibilidad como fuerza de gobierno. La reconstrucción cultural y política de la izquierda debe partir del reconocimiento de que no existe política, y ciertamente no puede existir una política de izquierda, sin ideas. Del núcleo de valores que identifica al pensamiento de izquierda resaltan las categorías clásicas de libertad, igualdad y fraternidad. Pero también otras adquisiciones de valor pueden permitir dibujar una nueva identidad para la izquierda mexicana representada por los conceptos: solidaridad, inclusión, tolerancia y diversidad.

Una izquierda que asuma la temática de los derechos de ciudadanía como el eje central de su propuesta sería una izquierda nuevamente a la ofensiva sobre las condiciones de la modernidad.

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