Contrahistoria de la Revolución Mexicana, de Carlos Antonio Aguirre Rojas

lunes, 14 de diciembre de 2009

MÉXICO, D.F., 9 de diciembre (apro).- “¿Por qué es necesaria una verdadera Contrahistoria de la gesta de 1910?”, es la pregunta que los editores (Facultad de Historia de la Universidad Michoacana en su colección “La Otra Mirada” de Clío), en el soporte de la obra de su autor Carlos Antonio Aguirre Rojas, presentan en “Contrahistoria de la Revolución Mexicana”.

Precedido de un epígrafe de Michel Foucalt, tomado de Genealogía del racismo (1976), que dice “…la contrahistoria (…) será el discurso de los que no poseen la gloria, o de los que habiéndola perdido, se encuentran ahora en la oscuridad y en el silencio…”. El texto A modo de introducción, (cuyo fragmento se reproduce en seguida), responde la pregunta inicial:

“Como Michel Foucalt nos lo ha recordado sabiamente, la contrahistoria no es otra cosa que el ‘lado malo’ o el lado oculto y subterráneo de la historia oficial, de esa historia oficial escrita por los vencedores y para los vencedores, es decir de la historia tradicional que sólo se complace en repetir y justificar la dominación y la victoria de aquellos que, en cada situación determinada, son los dominadores y los explotadores de las clases subalternas, y por ellos, los verdaderos ‘poseedores de la gloria’.

Así, esa contrahistoria siempre radical, no es otra cosa que el universo fundamental, masivo y esencial de todos esos hechos, fenómenos y procesos sociales e históricos que, siendo parte constitutiva e imprescindible de la trama compleja y decisiva de la historia de los hombres, no aparecen nuca, sin embargo, en los tradicionales y pomposos relatos de esa historia escrita por los vencedores, pero tampoco en las obras eruditas y aburridas de los mal llamados ‘historiadores’, que haciendo más bien un simple trabajo de anticuarios y de cronistas, ponen su esfuerzo y su pluma al servicio de esos mismos vencedores.

         “Por eso, frente a esta historia oficial y tradicional, que aburre a los niños en las escuelas, y a los adolescentes y adultos en los colegios, en las universidades y en los postgrados más diversos, y que usurpa el digno nombre de la ‘historia’, llenándolo con cronologías vacías de sentido o con biografías de falsos héroes en verdad inesenciales, lo mismo que con descripciones fatigosas y cansadas de aquellos  hechos y acontecimientos que por ‘espectaculares’ son menos intrascendentes y banales, frente a todo esto, Michel Foucalt ha defendido la importancia de construir una verdadera contrahistoria radical, es decir la historia de aquellos que en cada momento y situación son los que ‘no poseen la gloria’, y que al no poseerla, han sido también desposeídos de todo protagonismo histórico, e incluso hasta de toda posible presencia dentro de dichas versiones de la historia erudita tradicional.

“Historia o contrahistoria de los que no poseen la gloria, y que por ello han sido condenados al silencio y al olvido, que no es otra cosa que esa misma historia de las clases trabajadoras y oprimidas que Marx ha  reivindicado hace más de un siglo y medio, y que desde entonces y hasta hoy, se ha desarrollado siempre de manera paralela, opuesta y alternativa a esa misma historia oficial escrita por los vencedores. Historia de los grupos sociales fundamentales, es decir de los obreros, de los campesinos, de las mujeres, de las clases populares, de los indígenas, de los artesanos, de los ciudadanos, de los marginales, de las distintas minorías sociales o de los más diversos sectores sociales, que al no ser poseedores de la gloria, es decir del poder, del dinero, de la jerarquía o de la ventaja social en  cualquiera de sus formas, han sido simple y llanamente borrados e ignorados dentro del drama histórico que cotidianamente construyen y reconstruyen esos historiadores oficiales al servicio de quienes sí poseen la gloria.

“Historiadores cómplices del statu quo dominante en cada momento de la historia, cuya atención se encuentra embelesada exclusivamente en el recuento y en la narración de las vicisitudes principales de los presidentes, de los reyes, de los burgueses o de los aristócratas, lo mismo que de los príncipes, los caudillos militares, los grandes jerarcas de la iglesia o los intelectuales cómplices de esos mismos grupos que, aunque minoritarios, siempre han sido, no obstante, dominantes dentro de las distintas estructuras de la multifacético y compleja variedad de formas que reviste la jerarquía social, dentro de los diversos periodos de la historia humana hasta ahora vivida.

         “Historia de los vencidos, de la que habla Walter Benjamin, o también de las víctimas, como la califican tanto Edward Palmer Thompson como Carlo Ginzburg, que sólo aparece con toda su fuerza, y que sólo se hace visible en todo su real protagonismo, cuando somos capaces de hacer visible en todo su real  protagonismo, cuando somos capaces de pasar el cepillo de la historia ‘a contrapelo’ de los hechos históricos analizados, para reconstruir esos relatos falsamente gloriosos de la historia tradicional, y para hacer emerger en toda su centralidad el verdadero papel activo de esas víctimas o ‘vencidos’ provisionales de la historia,  de esas clases populares que, en última instancia, son las que día a día construyen y reconstruyen el mundo, y hacen y rehacen a todas las sociedades del planeta, renovando las culturas, modificando o manteniendo los Estados y las relaciones sociales, reproduciendo las economías y redibujando y rediseñando los territorios, las ciudades, los campos y los espacios sociales y naturales de toda nuestra pequeña esfera terrestre.

“Con lo cual, la contrahistoria será entonces la historia entera de esas clases y grupos populares, considerada en todas sus múltiples y variadas manifestaciones, y por lo tanto lo mismo la historia de la cultura popular, y también de los movimientos sociales obreros, campesinos y populares que la historia de la economía y de las estructuras económicas a través de las cuales se explota a las distintas clases trabajadoras, o de los Estados y de la política que sirven como mecanismo e instrumentos de control, convencimiento y dominación de esos mismo grupos y movimientos sociales mayoritarios.

“Pero también, la historia de los espacios y de la geografías, naturales y sociales, que forman los diversos habitats de esos grupos sociales de su vida cotidiana, lo mismo que el análisis histórico del arte popular, de la religiosidad de las grandes masas, de sus formas específicas de organización familiar, o de sus más diversas costumbres, hábitos, creencias, prácticas o relaciones sociales posibles.

         “Historia de las clases subalternas que, necesariamente, se encuentra también conectada con esa historia de las estructuras profundas del devenir histórico que Fernand Braudel ha promovido y defendido a lo largo de toda su vida, o con la historia de las articulaciones esenciales de una cierta ‘estructura social’ tal y como la define Marc Bloch. Una historia que, además, es muy consciente del rol social del historiador y de la función social de los discursos históricos, como lo ha recordado siempre Emmanuel Wallerstein, quien insiste en el hecho de que esta historia crítica debe de asumir siempre, abierta y concientemente, esos posibles ‘usos’ sociales y políticos que pueden hacerse de los resultados del trabajo de los historiadores, tanto cuando son utilizados como arma de legitimación de los vencedores, y por ende como instrumento de glorificación de los actuales grupos y clases dominantes, como también cuando se transforman en herramientas intelectuales de la emancipación social y en palancas de una comprensión critica del pasado y del presente, en el esfuerzo de la búsqueda de la construcción de un futuro genuinamente diferente. Y por todo ello, una historia que se autoasume como contrahistoria radical, es decir como contrahistoria que se inclina, de manera voluntaria y consciente, hacia este segundo uso, crítico y emancipatorio, de sus propios resultados esenciales.

“Contrahisoria radical a la que es posible acceder por múltiples vías, que nos han sido ya mostradas por los mismos autores que antes hemos mencionado. Por ejemplo, a partir simplemente de descubrir o redescubrir un problema, un objeto de estudio o una dimensión hasta entonces ‘invisible’ a los historiadores, y que estando vinculada a esas realidades esenciales de los grupos y de las clases populares, ha hecho posible acceder a su historia de un modo innovador e importante. O también, a veces, a través de la estrategia de ‘complicar’ una pregunta, una respuesta, una explicación o una hipótesis determinada, abandonando las causalidades simples y directas, o las relaciones unívocas y unidireccionales, o dejando de lado los modelos deterministas monocausales y biunívocos, o renunciado a pensar los procesos y las realidades sociales y humanas en términos de simples sumas de elementos y de relaciones e influencias evidentes, procesos todos que rompen con las visiones superficiales y limitadas de la historia oficial de los vencedores, y nos dirigen hacia esa contrahistoria radical de las clases subalternas. (...)”.