El MUAC: sede de una ENAP renovada

jueves, 24 de diciembre de 2009

MÉXICO, DF, 23 de diciembre.-Mediocre y pretencioso, tanto en su diseño arquitectónico como en su proyecto museístico, el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC), perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), requiere de una evaluación objetiva y de una reestructuración eficaz que abarque su gestión, misión y prospectiva como museo universitario.

Inaugurado el 26 de noviembre de 2008, el MUAC se ha perfilado en un año como un museo característico y convencional del mainstream, centrado en exposiciones-espectáculo que se pueden ver exactamente igual en varios museos del mundo, y las cuales se consumen como cualquier instalación-show de los parques temáticos de diversiones tipo Disneylandia. Un modelo museístico importado, homogéneo y global, que reproduce el discurso dominante del arte identificado comercialmente –de manera directa o indirecta– como contemporáneo. Un modelo museístico predecible y frívolo, que no se merece una instancia perteneciente a la Universidad Nacional.

Concebido y promovido 
–en la gestión del rector Juan Ramón de la Fuente (1999-2007)– por Gerardo Estrada como coordinador de Difusión Cultural (2004-2007) y Graciela de la Torre como directora general de Artes Visuales (2004 a la fecha), el proyecto del MUAC se vincula con un programa de adquisición de obras de arte contemporáneo mexicano que incrementó notoriamente su número de piezas entre 2005 y 2008, debido a la generosidad de un presupuesto institucional de aproximadamente 30 millones de pesos.

Parcial, excluyente (Proceso 1679) y definida por el propio museo como “la más amplia colección pública de arte contemporáneo de nuestro país”, la del MUAC aún no se conoce públicamente, ya que el programa de exposiciones ha privilegiado a autores extranjeros ajenos a la colección. ¿No es irresponsable y absurdo que una institución como la UNAM, que tiene tantas carencias y necesidades para atender la excesiva demanda de educación superior pública que existe en el país, haya invertido en una colección que ni se difunde ni se promueve?

Portador de un vergonzoso diseño arquitectónico realizado por el creador emérito Teodoro González de León (Proceso 1677), el MUAC no pone en valor ni a la UNAM ni a sus académicos ni a sus egresados. Basado en un ambicioso discurso que no logra concretarse en acciones, el proyecto museístico del recinto universitario carece de propuestas innovadoras y, en la temática general de sus exposiciones, no presenta ninguna diferencia con respecto al Museo Tamayo Arte Contemporáneo del Instituto Nacional de Bellas Artes.

Inaugurado, entre otras muestras, con una sensacionalista e inconsistente instalación que, bajo el título de Cantos cívicos, realizó el estadunidense Miguel Ventura para el Espai d’art Contemporani de Castelló, en Valencia, España, el MUAC albergó durante todo el año repeticiones y resonancias globales: emplazada en las instalaciones del museo desde junio de 2009 hasta enero de 2010, la muestra Cildo Meireles fue rentada bajo el pago de una cuota (fee) a la galería Tate Modern de Londres. Curada y organizada por el director de la galería londinense, el español Vicente Todolí, la exposición inaugurada en octubre de 2008 en el recinto londinense estaba programada para presentarse en 2009 en los museos de Arte Contemporáneo de Barcelona, Fine Arts de Houston y County Museum of Art de Los Ángeles. Cancelada en las dos últimas sedes, la muestra encontró en el MUAC una institución que, al contratarla a última hora, evidencia su falta de planeación. Y en lo que respecta a la pertinencia de un museo que se sostiene con el presupuesto de la UNAM y con las aportaciones que realizan particulares para apoyar proyectos avalados por la Universidad Nacional, ¿es adecuado que se contraten exposiciones? ¿Acaso no existen académicos en la UNAM capaces de organizar muestras con calidad de exportación? Y, muy especialmente, ¿cuánto pagó la UNAM por rentar, transportar, montar y asegurar la exposición de Cildo Meireles? Cuestionamientos que inciden en una evaluación obligada del desempeño de Guillermo Santamarina como coordinador de gestión curatorial del MUAC. Conocido por su descuido del patrimonio nacional (Proceso 1321 y 1581), el promotor –que en fechas recientes se ha convertido en artista con presencia en ferias comerciales y bienales– debe explicar la pertinencia y prospectiva de las políticas y costos de las acciones curatoriales del MUAC.

Y por último, algunas anotaciones sobre la experiencia museal que promueve el MUAC. Centrada en la banalidad del espectáculo e indiferente ante la contemplación lúdica que puede producir el arte cuando se mira, se experimenta y se comprende, la propuesta universitaria, lejos de generar interrelaciones artísticas entre el público, las obras y los autores, se concentra en interacciones superficiales que se reducen a tocar piezas y recorrer instalaciones.

Frente a este panorama de mediocridades, banalidades y ausencias de un proyecto de identidad universitaria, es pertinente reflexionar sobre un cambio de uso de las instalaciones del MUAC. Convertirlo en la sede de una escuela renovada de artes plásticas, con posibilidad de promover, difundir y valorar, a través de actividades museísticas, una creación universitaria centrada en la exigencia, la calidad y la competitividad creativa, podría ser un excelente proyecto de la gestión de José Narro como rector de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

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