Había cine antes de Lumière

lunes, 28 de diciembre de 2009

MÉXICO, DF, 23 de diciembre (apro).- Para el historiador del arte fotográfico José Antonio Rodríguez (Ciudad de México, 1961), la historia del cine en México comienza mucho tiempo antes de aquel agosto de 1896, cuando los hermanos Lumière presentaron su cinematógrafo en tierras mexicanas.

Con el sugerente título El arte de las ilusiones, el también curador de exposiciones de fotografía y autor, entre otros libros, de Edward Weston, la mirada de la ruptura y Agustín Jiménez, memorias de la vanguardia, busca adentrarse en el cómo la sociedad mexicana fue adaptándose a los espectáculos en los cuales se proyectaban imágenes a través de diversos mecanismos como la linterna mágica, la fantasmagoría, el panorama, el cosmorama, el diorama y muchos otros que “crearon una ilusión visual”.

Motivado por el recuerdo de su padre --a quien evoca como un gran cinéfilo que recorría los cines de barrio de la colonia Roma, como el Gloria--, y ayudado inicialmente por su hermano José Luis Rodríguez, el investigador parte de la sentencia del historiador cinematográfico, documentalista, guionista y realizador italiano Virgilio Tosi:

“Había cine antes de Lumière.”

         Así, se sumerge en archivos, bibliografía y hasta una especie de “arqueología cinematográfica”, con el propósito de recuperar el trabajo que hicieron antes de Tomas Alva Edison y los Lumière, muchos otros que incluso --dice-- fueron anónimos hasta ahora. Explica en el volumen:

“...esta es una investigación que busca mostrar que había otra historia (esto es, una prehistoria) antes de la formal --y conocida-- historia cinematográfica mexicana. Se analiza la manera en que se dieron las condiciones --históricas, plásticas y tecnológicas-- para que el cine, como espectáculo y como cultura de la imagen, se llegara a dar.”

Cabe destacar, como lo dice él en esta última línea, que su estudio no se limita al desarrollo tecnológico o el impulso científico del cinematógrafo, sino que atiende a esa parte cultural del consumo o apreciación de las imágenes en actos públicos, es decir, de “las circunstancias que nos llevaron a ser espectadores”.

En su trabajo, el historiador establece también que, contrario a lo que siempre se ha señalado en el sentido de que fue el padre jesuita Athanasius Kircher el creador de la llamada linterna mágica, en realidad fue el matemático danés Thomas Walgens quien perfeccionó el invento, aunque Kircher se atribuyó la invención y en ello le siguieron otros historiadores. Añade que Walgens fue un gran divulgador del invento hacia mediados del siglo XVII.

Más aún, como una muestra de la exhaustiva investigación bibliográfica realizada para su estudio, cita unos fragmentos del poema Primero sueño de sor Juana Inés de la Cruz, en el cual la monja jerónima habla de la linterna mágica:

 

“Así linterna mágica, pintadas

representa fingidas

en la blanca pared varias figuras,

de la sombra no menos ayudadas

que de la luz: que en trémulos reflejos

los competentes lejos

guardando de la docta perspectiva,

en sus ciertas mensuras

de varias experiencias aprobadas

la sombra fugitiva

que en el mismo esplendor se desvanece,

cuerpo finge formado,

de todas dimensiones adornado,

cuando aun ser superficie no merece.”

 

De 286 páginas, el volumen se divide en 16 capítulos, entre ellos “La óptica, los fantasmas y los hechiceros”, “El mundo traído a casa”, “Combinar para fascinar: Fugaces gabinetes de la óptica”, “Otros ilusionistas: Gostkowski, Peschle, Miranda” y “La ilusión de la tridimensionalidad y los inventores que cambiaron el espacio visual”.

Editado por la Fototeca Nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en un formato casi de bolsillo, el libro incluye también algunas imágenes con diagramas de los artefactos anteriores al cinematógrafo, grabados en los cuales puede verse a la gente en las proyecciones, así como reproducción de ciertos documentos.

Al final, dice Rodríguez, “de la caverna platónica a la sala cinematográfica, las ilusiones permanecen”.

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