Leñero y las parábolas de Jesús

martes, 8 de diciembre de 2009

MEXICO, D.F., 7 de diciembre.- Está por aparecer en Joaquín Mortiz Parábolas. El arte narrativo de Jesús de Nazaret, de Vicente Leñero, quien el próximo lunes 21 recibirá en Los Mochis el Premio Sinaloa que se entrega por vez primera a un escritor. El pequeño libro (96 páginas), con ilustraciones de Gustavo Doré, recoge 31 de esas parábolas, sólo que “reescritas” por Leñero “en el castellano que se habla en México”, según explica en el breve ensayo que las precede. Se reproducen tres de ellas, y se transcribe aparte una versión tradicional.

“El samaritano”

(Lucas 10, 30-37)

 

Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos asaltantes que luego de despojarlo y propinarle una paliza huyeron dejándolo medio muerto.

Un sacerdote bajó por ese camino. Al ver al herido, dio un rodeo. De igual modo un levita que pasó por aquel lugar se desvió al verlo y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se encontró con el herido. Al verlo, sintió compasión. Se acercó, lo limpió, vendó sus heridas y lo montó sobre su propia cabalgadura. Lo llevó a una posada y ahí cuidó de él. Al día siguiente, el samaritano sacó dos denarios de su bolsa, los entregó al posadero y le dijo: –Cuida de él. Si gastas más, te lo pagaré a mi regreso.

 

“Salió el sembrador a sembrar”

(Marcos 4, 3-9; Mateo 13, 3-4; Lucas 8, 5-8)

 

Salió el sembrador a sembrar. Y sucedió que al arrojar la semilla, unos granos cayeron al borde del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros cayeron entre las piedras donde no había mucha tierra; brotaron en seguida porque la tierra era poco profunda, pero apenas les pegó el sol los brotes se marchitaron y como les faltaba raíz se secaron muy pronto. Otros más cayeron entre espinas, y las espinas ahogaron la planta y ésta no alcanzó a dar fruto. Otros granos cayeron en tierra buena: crecieron, se desarrollaron, dieron fruto: el treinta, el sesenta, el ciento por uno.

 

“Un hombre tenía dos hijos”

(Lucas 15, 11-31)

 

Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre:

–Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.

Y el padre repartió entre sus dos hijos el patrimonio.

A los pocos días, el hijo menor recogió sus pertenencias y se marchó a un país lejano donde despilfarró sus bienes viviendo como un libertino.

Cuando ya se lo había gastado todo, sobrevino en aquella comarca una gran crisis y el hijo menor empezó a padecer necesidades. Entonces ofreció sus servicios a un hombre de aquel país y éste lo mandó a una de sus fincas a cuidar cerdos. Hubiera querido llenar su estómago con los olotes que comían los cerdos pero que nadie le daba a él. Y se puso a pensar: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra mientras aquí me muero de hambre. Me iré, volveré a casa de mi padre y le diré: ‘Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros’”.

Y el hijo menor se puso en camino y se fue a casa de su padre.

Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, conmovido, salió corriendo a su encuentro, se echó a su cuello y lo cubrió de besos.

El hijo empezó a decirle:

–Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo.

El padre dijo a sus criados:

–Tráiganle en seguida el mejor vestido y pónganselo. Pónganle también un anillo en la mano y sandalias en los pies. Maten al novillo cebado y hagamos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido encontrado.

Y se pusieron a celebrar la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Al regresar a la casa, oyó la música y los cantos. Llamó a un criado y le preguntó qué estaba pasando.

–Acaba de regresar tu hermano –le respondió–, y tu padre mandó matar el novillo cebado porque regresó sano.

El hijo mayor se enfadó, no quería entrar. Su padre salió a persuadirlo, le rogaba. Pero él le replicó: –Hace muchos años que te sirvo y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me diste ni siquiera un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. En cambio, ahora llega este hijo tuyo que se gastó tu patrimonio con prostitutas y le mandas matar el novillo cebado.

El padre le respondió: –Tú siempre estás conmigo, hijo, y todo lo mío es tuyo. Pero teníamos que alegrarnos y hacer una fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado.

Este texto se publicó en la edición 1727 de la revista Proceos que empezó a circular el domingo 6 de diciembre.

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