Carta abierta al capitán del Titanic

lunes, 6 de abril de 2009
MÉXICO, D F, 1 de abril (apro)- Honorable señor: con admiración me enteré de su carta a este mismo buzón, en la que usted comparaba, acertadamente, a la Tierra con el desafortunado navío que estuvo a su mando, pero la misma también me ha causado estupor ¡Mire que preguntarse si los principales causantes de la degradación de nuestro planeta tendrán la vergüenza necesaria y el valor suficiente para hacer lo que usted hizo! ¡Qué ingenuidad! ¿No se da cuenta en el mundo en el cual viven? ¡Ah! El mismo poco tiene que ver con el honor, sentimiento propio de la Orden de Caballería, fruto de su Europa del medioevo y nada en absoluto con el sentido del mismo en la época que vivió este humilde servidor de usted: la del samurai, al que el sentimiento de culpa era capaz de llevar al suicidio
Ellos, tanto los autores intelectuales como materiales del progresivo envenenamiento, de la degradación de la Tierra que está poniendo en peligro la existencia de la vida sobre la misma, se mueven y respiran en una sociedad pragmática, es decir, en una sociedad en la que cree que la verdad está en todo pensamiento, palabra y obra que produzca efectos prácticos, positivos, por lo que ellos son, en lo personal, sumamente prácticos, este es, que todas sus ideas, declaraciones y actividades están conformadas y dirigidas por el provecho que puedan rendir a ellos mismos sobre todo, o al grupo de poder al que pertenezcan Si se analiza su vivir en relación con la ciencia, la tecnología, la industria, la producción y el comercio, ¿qué tenemos?, ¡que este último prepondera, ejerce un influjo dominante y hasta decisivo sobre los demás! También se puede observar, si se analiza, que las grandes empresas, o sea, los dueños, asesores o gerentes que están al frente de las mismas, arrastrados por su apasionada persecución del beneficio, de la ganancia, pueden aplicar de manera irresponsable --¡y vaya si muchos no lo hacen!? el conjunto de saberes humanos en la explotación de los recursos de la tierra Y lo mismo hacen, y por el mismo motivo con la vida física, imaginativa y emocional, con la educación del hombre; lo hacen en la medida de sus posibilidades, que no son pocas y, por supuesto, infinitamente mayores a las de cualquier hijo de vecino que pretenda combatirlas o simplemente resistirlas
Mas no hay que extrañarse de su conducta, que de raza le viene al galgo, como dice el refrán, pues a parte de ser hijos de su tiempo, así mismo son tataranietos de aquellos comerciantes, holandeses ellos, que, en su persecución de la ganancia, del dinero, por el privilegio que les concedieron los japoneses, el de poder llevar un barco mercante al año, sus tripulantes se prestaban sumisamente a presentarse ante la corte nipona, donde les hacían bailar ridículamente, saltar, finar que estaban borrachos, a hacer toda clase de desfiguros, de gestos estúpidos, presuntamente usuales entre los europeos, con el objeto de mostrar y convencer a sus anfitriones que eran superiores y que su país, el Japón, el centro de la civilización Eso si que era tener amor al dinero ¿O no?
Estos hombres, que consideran que los únicos valores dignos de tenerse en cuenta son los que se cotizan en la Bolsa, seguro que si recibieran una charola con un abanico encima, que en mis tiempos y en mi país significaba que se le había perdido la confianza que se le tenía a un samurai, falta gravísima, según el código Bushido, por la que no quedaba más remedio que hacerse el harakiri, seguro que se limitarían a darse aire con el mismo
Lo más triste de todo esto es que semejantes individuos, conformadores y gerentes de la que los estudiosos del tema denominan visión empresarial de la historia, por sus posibilidades --que no son pocas, como ya señalé--, moldean en buena medida las mentes de los que los rodean y temo por ello que si alguno de ellos saliera a la calle a abofetear, y al que se le ocurriera y pagara equis cantidad por bofetada, no le faltarían clientes, como dicen que le pasaba a un tal Lucio Veracio en la antigua Roma, que salía a la vía pública para divertirse dándose el gusto de abofetear al ciudadano que se le antojara y para evitarse enfadosos trámites en los tribunales, pagaba acto seguido al así agraviado la multa legal de 25 ases, con la cual se castigaba tal ofensa
¿Estaré equivocado al pensar así? ¿Usted qué cree, honorable capitán del infortunado Titanic?
Con todo el respeto que merece como hombre de honor que fue, de usted
ASHIKAGA, el samurai

Comentarios